Aprender a escuchar: una experiencia personal de la meditación

Aprender a escuchar: una experiencia personal de la meditación

  Mikel Garcia Garcia

4 noviembre 2026

Escuchar: una experiencia personal de la meditación

Aprender a escuchar: una experiencia personal de la meditación

Mikel Garcia Garcia

4 noviembre 2026

La meditación se resiste a ser definida desde fuera. Hay experiencias que, cuando intentamos explicarlas demasiado, pierden aquello que las hace significativas.

Por eso prefiero hablar de mi relación con la meditación y de lo que he ido comprendiendo a través de ella. En mi recorrido he ido descubriendo que el silencio no es simplemente ausencia de palabras, y que escuchar la propia interioridad es un misterio.

Fui aculturado en el cristianismo. Durante mi adolescencia, el pensamiento de Teilhard de Chardin y la Teología de la Liberación tuvieron una importancia especial. En aquella época, aquellas lecturas me permitieron imaginar que la experiencia religiosa podía no estar encerrada en un sistema dogmático, sino abrirse a una comprensión evolutiva del ser humano y del cosmos. Fue importante porque comenzó a producirse una transformación que después se haría más profunda: no se trataba tanto de abandonar la dimensión espiritual como de abandonar una determinada forma de entenderla.

Fui alejándome del catolicismo dogmático sin abandonar la pregunta por lo espiritual. No me interesaba sustituir una creencia por otra, sino conservar abierta la pregunta por aquello que nos trasciende sin convertir inmediatamente el misterio en una doctrina.

Durante mi formación universitaria Jung apareció en mi horizonte existencial y produjo en mí un reconocimiento. La idea de que la psique no se reduce a la conciencia, de que el inconsciente posee una autonomía relativa, de que los sueños y los símbolos pueden constituir formas de conocimiento espiritual y de que la vida humana implica un proceso de individuación, transformó progresivamente mi manera de comprender al ser humano.

Años después, una experiencia límite de muerte cercana por ahogamiento me sumergió en lo numinoso, sin convertir esa experiencia en una prueba de ninguna verdad metafísica. He aprendido que las experiencias intensas necesitan ser respetadas antes que explicadas. Pero aquella vivencia hizo que algunas cuestiones que hasta entonces pertenecían principalmente al ámbito intelectual pasaran a formar parte de mi experiencia encarnada.

Desde entonces, mi relación con la meditación ha estado marcada por una convicción: hay dimensiones de la experiencia humana que no pueden ser comprendidas completamente.

Esto no significa despreciar el pensamiento. Mi formación médica, psicológica y filosófica me ha enseñado el valor extraordinario de la razón. Pero también me ha enseñado sus límites. Hay una diferencia entre comprender conceptualmente una experiencia y dejar que una experiencia nos transforme.

La meditación se sitúa precisamente en esa frontera.

Fui aculturado en una imagen del ser humano como alguien que piensa y, porque piensa, es. El yo organiza, decide, interpreta, proyecta y actúa. Sin esa capacidad difícilmente podríamos vivir. El problema es confundir el yo con la totalidad de nuestra existencia.

La meditación me ha ayudado a experimentar algo muy sencillo y, al mismo tiempo, radical: yo no soy todo lo que ocurre en mí.

Puedo observar un pensamiento y, por tanto, no soy ese pensamiento. Puedo sentir miedo y no soy ese miedo. Puedo observar una emoción o reconocer un deseo sin identificarme con ellos ni quedar poseído por su intensidad. Puedo percibir una imagen interna sin correr a explicarla.

Este desplazamiento es, para mí, uno de los núcleos de la meditación.

No se trata de eliminar el yo. El yo es necesario. Se trata de relativizarlo.

Esta distinción es particularmente importante desde una perspectiva junguiana. El yo necesita aprender que no es el rey de la psique.

Tal vez por eso entiendo la meditación menos como una técnica de concentración que como una práctica de descentramiento.

Cuando me siento a meditar, adopto una postura de semiloto zen y comienzo atendiendo a la respiración. La respiración es extraordinariamente sencilla porque no tengo que producirla. Está sucediendo. Antes de que yo decida respirar, ya estoy respirando. Y esa evidencia corporal contiene una lección filosófica: la vida sucede antes de que el yo la administre.

Al principio puedo observar la entrada y salida del aire. Puedo sentir el movimiento del abdomen o del tórax, el contacto de los pies con el suelo, la posición del cuerpo, las tensiones musculares.

Esto último ha adquirido mucha importancia en mi trayectoria.

Incluso cuando hablamos de las emociones o del cuerpo, muchas veces terminamos convirtiéndolos en objetos de pensamiento. El cuerpo participa en la memoria, en el deseo, en el miedo, en la relación y en la construcción de la identidad.

A veces descubro que estoy aparentemente tranquilo y, sin embargo, mi respiración es superficial. O que una determinada preocupación se expresa como una tensión en la mandíbula. O que una emoción que no había reconocido aparece primero como una modificación de la postura. El cuerpo no siempre explica lo que ocurre, pero puede anunciarlo.

Por eso, para mí, meditar también significa escuchar corporalmente: habitar el cuerpo sin separarlo de mi experiencia interior, sintiendo que también en él habita y es parte de mi alma.

Después aparecen los pensamientos.

Y aquí comienza una de las dificultades más conocidas de la meditación: ¿qué hacer con ellos?

Durante mucho tiempo se ha presentado la meditación como una lucha contra el pensamiento. Hay que vaciar la mente, se dice. Pero cuanto más he trabajado con la psique, menos sentido encuentro en esa formulación. La mente no es una habitación que podamos dejar completamente vacía a voluntad.

Si aparece un pensamiento, aparece.

Puedo seguirlo y perderme en él. Puedo luchar contra él y aumentar su fuerza. O puedo reconocerlo y dejarlo pasar.

No se trata de decir: «No debo pensar esto». Tampoco: «Este pensamiento significa exactamente esto». Simplemente: «Esto está apareciendo en mí».

Parece una diferencia mínima, pero cambia radicalmente la relación con la propia experiencia.

Algo semejante ocurre con las emociones. Meditar no significa estar siempre tranquilo. Algunas veces ocurre lo contrario. Cuando disminuye el ruido exterior, pueden aparecer contenidos que quedan ocultos por la actividad.

Puede aparecer tristeza. Irritación. Impaciencia. Soledad. Deseo. Miedo. Aburrimiento.

El aburrimiento es interesante porque muestra hasta qué punto necesitamos estímulos permanentes. Cuando no ocurre nada extraordinario, el yo puede sentirse incómodo. Busca inmediatamente algo que hacer, pensar, recordar, planificar o consultar.

Quizá uno de los primeros descubrimientos de la meditación sea precisamente este: cuánto nos cuesta no hacer.

Vivimos en una cultura que ha convertido el hacer en una medida de valor. Hacer más, producir más, aprender más, optimizarnos más. Incluso el cuidado de uno mismo puede convertirse en una tarea de rendimiento.

También la meditación puede caer en esta trampa.

Podemos comenzar a meditar para ser mejores meditadores. Podemos medir cuánto tiempo permanecemos sentados, cuántas experiencias extraordinarias tenemos, cuánto disminuye nuestra ansiedad o cuánto aumenta nuestra concentración. Y entonces hemos introducido nuevamente al yo productivo en un espacio que pretendía ofrecerle una muerte simbólica.

No me interesa conseguir algo mediante la meditación, ni entrenarme para alcanzar un objetivo determinado. La meditación no es una conquista.

Es una disponibilidad para estar ante lo que aparece y soportar que no desaparezca inmediatamente.

Esta disposición tiene una dimensión espiritual.

Hoy me resulta difícil pensar en lo espiritual como un conjunto de respuestas. Lo entiendo más como una profundidad de la pregunta.

No necesito saber exactamente qué es aquello que llamamos Dios, trascendencia, sí-mismo, espíritu o misterio para experimentar que la conciencia humana no agota la realidad.

La meditación puede preservar ese espacio de no saber.

Y esto me parece particularmente importante en una época como la nuestra. La ciencia nos permite comprender aspectos extraordinarios de la realidad; la tecnología multiplica nuestra capacidad de intervención; la inteligencia artificial empieza incluso a cuestionar nuestra antigua imagen de la inteligencia humana.

Pero saber más no significa necesariamente comprender.

Podemos acumular información y perder sabiduría.

Tenemos acceso instantáneo a millones de respuestas y hemos perdido la capacidad de permanecer ante una pregunta.

La meditación introduce la posibilidad de no responder inmediatamente.

Quizá esa sea una de sus funciones más importantes en el mundo contemporáneo.

Meditar es un acto de recuperación de la atención.

Sentarme y decidir durante un tiempo que no voy a seguir cada estímulo significa recuperar una pequeña parcela de existencia libre.

Pero existe otra consecuencia todavía más importante: la meditación puede enseñarnos a tolerar la incertidumbre.

El yo quiere saber qué significa lo que ocurre, por qué ocurre, qué sucederá después y qué debe hacer. Necesitamos esa capacidad para orientarnos. Sin embargo, cuando se vuelve excesiva, transforma toda experiencia en un problema que debe ser resuelto.

La meditación permite, durante un tiempo, que algo sea simplemente lo que está ocurriendo. No necesito saber inmediatamente qué significa.

Esto resulta especialmente importante desde mi experiencia como psicoterapeuta.

Interpretar demasiado pronto puede ser otra forma de defensa. A veces creemos que comprendemos algo cuando, en realidad, hemos conseguido evitar sentirlo.

El silencio permite otra relación con la experiencia.

Primero sentir.

Después, si es necesario, comprender.

Esta secuencia es especialmente importante cuando aparecen imágenes simbólicas. La perspectiva junguiana enseña a desconfiar de las interpretaciones demasiado rápidas. El símbolo no es una señal que tenga un significado único y previamente establecido. Es una forma de expresión que puede contener más de lo que la conciencia sabe.

Cuando durante la meditación aparece una imagen, la miro.

La dejo estar.

Observo qué asociaciones despierta.

Y, sobre todo, observo qué relación establece conmigo.

Porque una imagen no solamente representa algo. También puede invitar a una transformación en quien la contempla.

Encuentro una relación profunda entre meditación y función trascendente, concepto que se refiere a la capacidad de la conciencia de producir una tercera posibilidad cuando la psique queda atrapada entre posiciones opuestas. No se trata de elegir mecánicamente entre dos polos, sino de permitir que emerja algo nuevo de la tensión entre ellos.

La meditación puede crear las condiciones para que esa tercera posibilidad aparezca.

Puede surgir una comprensión inesperada. Cuando dejo de luchar contra una emoción, puedo descubrir qué estaba intentando comunicar. Cuando dejo de identificarme con un pensamiento, aparece otro punto de vista.

No siempre sucede.

Y quizá sea importante decirlo.

Meditar no garantiza una transformación.

No constituye una vacuna contra el sufrimiento, la enfermedad, el duelo, la angustia o el conflicto. Tampoco sustituye a la psicoterapia cuando esta es necesaria, ni a la atención médica cuando existe un problema médico. Algunas experiencias contemplativas intensas pueden incluso resultar desorganizadoras para determinadas personas y quizás no deban meditar antes de hacer una psicoterapia.

La espiritualidad necesita discernimiento.

Esta es una cuestión especialmente importante. En nuestro tiempo existe una proliferación de discursos sobre conciencia, energía, despertar y transformación que pueden convertir experiencias subjetivas en certezas universales. Una experiencia intensa es verdadera como experiencia sin que la interpretación que hacemos de ella sea necesariamente verdadera.

He aprendido a respetar la experiencia sin idolatrarla.

Después de haber conocido en carne propia estados de conciencia extraordinarios y trabajado con personas que han atravesado experiencias límite, sé que lo numinoso puede transformar, pero también producir inflación. Una persona puede confundir una experiencia de apertura con la adquisición de una autoridad especial.

La humildad es entonces una forma de protección psicológica y espiritual.

No todo lo que aparece en la conciencia debe obedecerse.

No toda experiencia extraordinaria contiene una revelación literal.

Meditar también consiste en aprender esta diferencia.

Con los años, mi manera de entender la meditación se ha ido alejando de la búsqueda de estados especiales. Ya no me interesa tanto conseguir una experiencia determinada como desarrollar una determinada actitud ante la experiencia.

Quizá por eso podría decir que la meditación se ha ido convirtiendo para mí en una pedagogía de la escucha.

Escuchar el cuerpo.

Escuchar la respiración.

Escuchar el pensamiento sin quedar atrapado en él.

Escuchar las emociones.

Escuchar las imágenes.

Escuchar al otro.

Y, finalmente, escuchar aquello que no sé nombrar.

Este último aspecto es el que más cerca coloca la meditación de lo sagrado.

Lo sagrado no tiene por qué identificarse con una determinada representación religiosa. Puede aparecer allí donde experimentamos que la realidad posee una profundidad que no podemos reducir completamente a nuestros conceptos.

El silencio abre un espacio para esa experiencia.

La trascendencia de la meditación no está en lo que sentimos mientras estamos sentados en silencio. Está en lo que hacemos cuando nos levantamos.

Si después de meditar no escucho al otro, reacciono automáticamente ante la discrepancia o me creo espiritualmente superior, quizá mi silencio se haya convertido en una defensa.

Si, por el contrario, puedo detenerme un poco antes de responder, reconocer mi propia sombra, tolerar mejor aquello que no comprendo y escuchar al otro sin intentar reducirlo inmediatamente a mis categorías, entonces quizá el silencio haya comenzado a producir una transformación.

Por eso, cuando hoy me pregunto qué significa para mí meditar, no respondería que significa alcanzar la paz.

Tampoco diría que significa vaciar la mente ni alcanzar la iluminación.

Ni siquiera diría que significa encontrarme conmigo mismo.

Diría algo más sencillo: significa aprender a no huir inmediatamente de aquello que acontece en mí.

Sentarme.

Respirar.

Sentir el cuerpo.

Observar.

Esperar.

Escuchar.

Y permitir que el alma tenga un espacio en el que pueda expresarse.

Quizá el silencio sagrado sea precisamente eso: un lugar interior donde el yo se retira durante un tiempo para que pueda escucharse algo que procede del misterio.

Después el yo vuelve. Tiene que volver. Tenemos que actuar, decidir, trabajar, amar, cuidar, equivocarnos y responder ante el mundo. La meditación no pretende abolir la vida ordinaria.

Su propósito, al menos tal como hoy la comprendo, es regresar a ella de otra manera.

Con un poco menos de prisa, de certeza.

Con un poco más de escucha.

Y con una mayor conciencia de que la vida humana es más grande que aquello que somos capaces de pensar sobre ella.

A veces, después de tantos años intentando comprender, vuelvo a una experiencia muy sencilla: sentarme, respirar y adoptar una actitud de oración.

Me costó aprender a rezar. Durante mucho tiempo entendí el rezo religioso como una comunicación entre un «yo» separado y un «Tú» divino y trascendente, acompañada de peticiones y expectativas casi mágicas. Hoy lo entiendo de otra manera: como un estado de comunión, unificación o no-dualidad, en el que se desvanece la separación entre quien reza y aquello a lo que se dirige. Rezar es escuchar lo que llega, sin chantajes ni condiciones.

Entonces descubro que no necesito comprenderlo todo.

Que puedo permanecer, escuchar, no saber.

Y que, en ese no saber, puede abrirse un espacio inesperado para la transformación.

Ese espacio es, para mí, el silencio.

Y ese silencio, cuando realmente consigo habitarlo, es tan sagrado como la muerte.

Autor

Mikel García García

Médico y cirujano (Universidad Navarra, 1975). Psicólogo (Universidad San Sebastián, 1982). Psicoanalista junguiano. Formación experiencial y teórica en: Psicoanálisis, Terapia Sistémica Familiar, Psicoanálisis Reichiano (vegetoterapia caracteroanalítica), Psicología Analítica Junguiana, Psicoterapia Transpersonal. Experiencia de Muerte Cercana a los 33 años. Máster en “Astronomía y astrofísica” VIU (Universidad Valencia, 2014). Doctor Internacional en «Estudios Internacionales en Paz, Conflictos y Desarrollo», Universitat Jaume I (UJI Castellón, 2020). Máster en Fotografía Artística y Narrativa Visual (Universidad Internacional de la Rioja, 2022). Máster en Inteligencia Artificial (BIG SCHOOL, Madrid 2024) y Máster en Inteligencia Artificial (Universidad Isabel I, Madrid 2025).

Colaborador con ONG médicas de intervención internacional, y en programas de formación a personal sanitario de atención Primaria; SIDA; maltrato infantil; muerte digna y a docentes. Especializado en maltrato infantil, trauma, duelo, tanatología, acompañamiento al muriente, integración de sistemas, estados de trance y místicos. Terapeuta de “Grupos de Duelo Online Ventana a ventana” desde confinamiento COVID-19. Psiconauta, antropólogo investigador del alma en la clínica médica y psicoterapéutica y trabajos de campo antropológicos cualitativos y cuantitativos, con énfasis en la Acción Participativa, docencia y divulgación psicopolítica de los hallazgos. Promotor de acciones participativas para el despertar del desierto interior y para la transformación social. Didacta  de la Sociedad Internacional Para el Desarrollo del Psicoanálisis Junguiano (SIDPaJ). Fotógrafo. Buceador. Alquimista. Hilozoísta. Hijo de Hermes. Creador herido. https://bit.ly/mikelcurriculum  iratxomik@gmail.com

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