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De Goya
El arte de existir con la conciencia: naturaleza, alquimia, libertad e individuación como tercera naturaleza
Mikel Garcia Garcia 11 septiembre 2026
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Ensayo
Actualización sobre material onírico e individuación
Mikel Garcia García. 11 abril 2026
Resumen
El ensayo revisa la teoría junguiana del sueño a la luz de la neurociencia contemporánea. Los estudios de Elce et al. (2025, 2026) demuestran que el recuerdo y el contenido de los sueños están determinados por rasgos individuales, calidad del sueño y experiencias vitales, confirmando que los sueños no son ruido neuronal sino producciones estructuradas. Raffaelli et al. (2023) añaden una pieza clave: existe continuidad fenomenológica entre los sueños y la deambulación mental diurna, especialmente en contextos de preocupación emocional, lo que refuerza la hipótesis de que el sueño procesa «asuntos inconclusos». Esta evidencia converge con la intuición junguiana de que el sueño expresa dinámicas psíquicas en curso, aunque se distancia del universalismo arquetípico al subrayar la variabilidad contextual.
El texto distingue entre la ocurrencia del sueño y su recuerdo: no recordar no implica no soñar, ya que funciones neurobiológicas esenciales —depuración de metabolitos, plasticidad sináptica— ocurren independientemente de la memoria consciente. Sin embargo, recordar los sueños podría facilitar la integración de contenidos afectivos, actuando como puente entre la experiencia nocturna y la elaboración diurna, en línea con la práctica clínica junguiana.
Una segunda línea de reflexión aborda la plasticidad del sueño. El sueño bifásico, documentado por el historiador Roger Ekirch en la Europa preindustrial, muestra que la organización del descanso no es universal ni inmutable. El intervalo entre dos sueños constituye un estado liminal donde la conciencia, menos rígida, permite una mayor permeabilidad a contenidos inconscientes. Este umbral —que la modernidad ha tendido a eliminar mediante la farmacologización del malestar y el ideal de sueño continuo— es estructuralmente creativo: en él pueden emerger imágenes, intuiciones y preguntas que durante el día no encuentran espacio.
Frente al elevado consumo de hipnosedantes en España —22% de la población adulta—, el texto propone distinguir entre el insomnio patológico, que requiere intervención, y los despertares nocturnos que, en ciertas condiciones, pueden ser transitados como umbrales. No se trata de romantizar la fragmentación del sueño, sino de recuperar una actitud de escucha hacia lo que aparece en esos intervalos. La cuestión no es cómo deberíamos dormir, sino cómo habitamos lo que nos ocurre cuando dormimos. En una cultura que tiende a eliminar los márgenes, el gesto más radical quizá no sea optimizar el sueño, sino sostener, aunque sea por unos minutos, ese estado en el que la conciencia no está completamente fijada y donde algo otro puede insinuarse.
Palabras clave: Sueño. Individuación. Deambulación mental. Sistema generativo. Continuidad onírica. Estado liminal. Sueño bifásico. Plasticidad. Farmacologización. Umbral.
Contenido
Actualización sobre material onírico e individuación. 1
El sueño se olvida con facilidad, y sin embargo su efecto continúa actuando en el inconsciente. 4
Entre dos sueños: plasticidad, umbral y forma de la conciencia. 5
La farmacologización del umbral 8
El sueño como sistema generativo. Imaginación nocturna y producción simbólica. Una relectura de Jung a la luz de la ciencia contemporánea del sueño.
En los últimos años, la investigación empírica sobre el sueño ha experimentado un desplazamiento significativo desde modelos reductivos hacia marcos interpretativos de carácter generativo, en los que el contenido onírico deja de entenderse como un epifenómeno pasivo para ser concebido como una producción estructurada de la mente. En este contexto, los trabajos recientes de Valentina Elce y colaboradores publicados en Communications Psychology en 2025 y 2026 aportan evidencia empírica robusta sobre la relación entre rasgos individuales, experiencias vitales y configuración narrativa de los sueños, abriendo un campo de diálogo particularmente fecundo con la tradición analítica inaugurada por Carl Gustav Jung. A esta línea se suma de forma decisiva el estudio de Quentin Raffaelli y colaboradores publicado en Scientific Reports, que introduce una dimensión intermedia entre cognición diurna y sueño al establecer la continuidad fenomenológica entre los sueños y el pensamiento espontáneo no orientado a tareas, particularmente en contextos de preocupación emocional como la pandemia de COVID-19.
Deambulación mental[1],
El estudio de 2025 establece que variables como la propensión al mind-wandering (deambulación mental) la actitud hacia los sueños y la calidad del sueño influyen de manera significativa en la frecuencia y riqueza sensorial del recuerdo onírico (Elce et al., 2025)[2]. Este resultado implica que el acceso al material onírico está mediado por disposiciones cognitivas específicas, lo cual introduce una primera ruptura con modelos universalistas del sueño. El trabajo de 2026 profundiza en esta línea al demostrar que el contenido de los sueños presenta regularidades semánticas correlacionadas con rasgos de personalidad y experiencias recientes, de modo que “dreams are not random by-products of neural noise but structured experiences shaped by individual traits and waking life” «los sueños no son subproductos aleatorios del ruido neuronal, sino experiencias estructuradas moldeadas por rasgos individuales y la vida en vigilia» (Elce et al., 2026, p. 3)[3]. Este desplazamiento hacia un modelo generativo encuentra un soporte empírico complementario en el estudio de Raffaelli et al. (2023)[4], donde se afirma que “dreams showed the highest correspondence with task-unrelated thoughts” «los sueños mostraron la mayor correspondencia con pensamientos no relacionados con la tarea» (Raffaelli et al., 2023, p. 5), estableciendo una continuidad directa entre el flujo cognitivo espontáneo diurno y la experiencia onírica.
Este punto resulta crucial, ya que permite articular un modelo continuo de la mente en el que el sueño no constituye una ruptura radical con la vigilia, sino una intensificación de ciertos modos de pensamiento. En este sentido, Raffaelli et al. sostienen que el mind-wandering (deambulación mental) y los sueños comparten un énfasis en las preocupaciones actuales, en línea con teorías previas que consideran ambas formas de cognición como intentos de procesar «asuntos inconclusos» (Raffaelli et al., 2023, p. 7). Esta formulación conecta directamente con la hipótesis de continuidad del sueño y con la idea de que los contenidos oníricos están modulados por la relevancia emocional de las experiencias recientes. De hecho, el estudio muestra que los individuos con mayor preocupación por la pandemia presentaban sueños más negativos y desestructurados, y que esta relación estaba mediada por la rumiación, entendida como un estilo cognitivo caracterizado por la repetición pasiva de contenidos afectivos negativos.
La integración de estos hallazgos permite reformular el sueño como un sistema de procesamiento afectivo-cognitivo en el que convergen memoria, emoción y estilo mental. Desde la perspectiva de la neurociencia contemporánea, esto se alinea con modelos de procesamiento predictivo y con la concepción de la mente como un sistema generativo que simula escenarios posibles a partir de experiencias pasadas. Sin embargo, esta misma estructura puede ser reinterpretada a la luz de la teoría junguiana del símbolo, en la que el sueño no es una reproducción de la realidad ni una descarga aleatoria, sino una producción simbólica que expresa dinámicas psíquicas en curso. Jung afirma que «el sueño es un fenómeno natural que no intenta engañar, sino expresar algo de la manera más adecuada posible» (Jung, 1964, p. 161)[5], lo cual resuena con la idea contemporánea de que el sueño organiza narrativamente contenidos relevantes para el sujeto.
No obstante, la comparación revela tanto convergencias como divergencias. Mientras que Jung postula la existencia de estructuras arquetípicas universales, los estudios empíricos recientes enfatizan la variabilidad individual y la dependencia contextual del contenido onírico. En este sentido, los datos de Raffaelli et al. refuerzan la idea de que los sueños están profundamente modulados por preocupaciones actuales y estilos cognitivos como la rumiación, lo cual sugiere una arquitectura más dinámica y situada de la psique. Sin embargo, esta variabilidad no excluye necesariamente la existencia de patrones simbólicos recurrentes, sino que puede interpretarse como una modulación individual de estructuras más profundas, como se puede entender desde la formulación junguiana de los complejos en la que los arquetipos (incognoscibles en sí mismos) se presentan en los sujetos mediados por la personalidad que el sujeto ha estructurado en su desarrollo.
El sueño se olvida con facilidad, y sin embargo su efecto continúa actuando en el inconsciente
En este marco, resulta imprescindible introducir una discusión específica sobre la relación entre el hecho de soñar, el recuerdo o no de los sueños y sus implicaciones para la salud cerebral. Los datos de Elce et al. (2025) indican que el recuerdo onírico no es un simple epifenómeno, sino que está vinculado a variables como la calidad del sueño y la disposición cognitiva. Esto sugiere que recordar los sueños podría ser un indicador indirecto de ciertos estados funcionales del cerebro durante el descanso. No obstante, es necesario evitar una simplificación frecuente: no recordar los sueños no implica no soñar, ya que la actividad onírica es una característica prácticamente universal del sueño REM. La cuestión crítica no es la presencia del sueño, sino su accesibilidad a la memoria consciente. Jung mismo advirtió que «el sueño se olvida con facilidad, y sin embargo su efecto continúa actuando en el inconsciente» (Jung, 1964, p. 157), anticipando la distinción contemporánea entre la ocurrencia del sueño y su recuerdo.
Desde la neurobiología del sueño, procesos fundamentales como la eliminación de metabolitos neurotóxicos y la reorganización sináptica ocurren con independencia del recuerdo onírico. En particular, durante el sueño profundo se activa el sistema glinfático, responsable de la depuración de sustancias como el beta-amiloide, cuya acumulación se asocia con enfermedades neurodegenerativas. Este proceso de «limpieza» cerebral sugiere que el dormir tiene una función restaurativa esencial que trasciende la experiencia subjetiva del sueño. Asimismo, durante el sueño REM y las fases de transición se producen fenómenos de plasticidad sináptica, en los que se refuerzan o debilitan conexiones neuronales, contribuyendo a la consolidación de la memoria y a la adaptación emocional[6].
Sin embargo, el hecho de recordar los sueños podría estar relacionado con una mayor permeabilidad entre los sistemas de memoria implícita y explícita, lo cual podría tener implicaciones clínicas. Algunos estudios sugieren que las personas con mayor frecuencia de recuerdo onírico presentan también mayor actividad en regiones asociadas a la introspección y al procesamiento emocional. En este sentido, el recuerdo de los sueños podría facilitar la integración consciente de contenidos afectivos, actuando como un puente entre la experiencia nocturna y la elaboración diurna. Esta hipótesis se alinea con la práctica clínica junguiana, donde el trabajo con sueños recordados constituye una herramienta central para el proceso de individuación. Jung escribió que «los sueños son los portadores de la compensación y contienen todo lo que falta en la conciencia del soñante» (Jung, 1964, p. 148), lo que presupone precisamente que el sueño puede ser recordado e integrado.
No obstante, desde una perspectiva estrictamente neurocientífica, no hay evidencia concluyente de que recordar más sueños tenga un efecto protector directo frente a la demencia. Lo que sí está sólidamente establecido es que la calidad y continuidad del sueño son factores críticos en la prevención del deterioro cognitivo. La fragmentación del sueño, la reducción del sueño profundo y las alteraciones del ritmo circadiano se asocian con un mayor riesgo de enfermedades neurodegenerativas. En este contexto, el sueño puede entenderse como un proceso de mantenimiento cerebral en el que convergen funciones de reparación metabólica, reorganización sináptica y regulación emocional. Como afirman Elce y colaboradores, «dormir bien es condición necesaria para que el sistema generativo onírico funcione adecuadamente, pero el recuerdo de los sueños depende además de factores atencionales y metacognitivos» (Elce et al., 2025, p. 8).
Desde la perspectiva junguiana, esta dimensión reparadora adquiere un sentido simbólico adicional. El sueño no solo restaura el cerebro, sino que también reequilibra la psique. En The Red Book (El Libro Rojo)[7], Jung describe cómo las imágenes emergentes del inconsciente actúan como compensaciones a la actitud consciente, introduciendo elementos que permiten una reorganización interna. Esta función compensatoria puede interpretarse, en términos contemporáneos, como una forma de regulación homeostática tanto a nivel psicológico como neurobiológico. La frase «las imágenes del inconsciente me hablan, y debo escucharlas como si fueran seres vivos» (Jung, 2009, p. 232) puede leerse aquí como una intuición precoz de que el contenido onírico no es irrelevante, sino potencialmente integrador.
En el ámbito clínico, la convergencia entre estos enfoques tiene implicaciones significativas. La práctica analítica junguiana se basa en la exploración del significado personal de las imágenes oníricas, evitando interpretaciones reductivas. Los datos empíricos recientes refuerzan esta orientación al mostrar que el contenido del sueño está profundamente enraizado en la experiencia subjetiva y en las preocupaciones actuales del individuo. En particular, la relación entre rumiación y sueños negativos sugiere que el sueño puede funcionar como un amplificador de estados afectivos, lo cual tiene relevancia directa para la intervención terapéutica. Jung advierte que «no hay reglas fijas para la interpretación de los sueños; cada sueño es una entidad individual» (Jung, 1964, p. 173), y esta afirmación encuentra respaldo en la evidencia contemporánea que subraya la singularidad estructural de cada producción onírica.
En síntesis, la articulación entre los estudios de 2023, 2025 y 2026 permite configurar un modelo integrado del sueño como sistema generativo, continuo con la cognición diurna y profundamente modulable por factores individuales y contextuales. Este modelo converge con la intuición junguiana de que el sueño es una producción simbólica activa, aunque se distancia de su universalismo arquetípico al enfatizar la variabilidad y la dependencia situacional. La incorporación de la dimensión neurobiológica de la reparación cerebral, la eliminación de toxinas y la plasticidad sináptica amplía este marco, situando el sueño como un proceso multidimensional en el que la salud, la cognición y la simbolización se entrelazan. De este modo, el sueño aparece no solo como un fenómeno psicológico, sino como un eje fundamental de mantenimiento y transformación del sistema mente-cerebro, cuya comprensión requiere integrar niveles de análisis que van desde la biología hasta la experiencia simbólica.
Entre dos sueños: plasticidad, umbral y forma de la conciencia[8]
La modernidad ha tendido a estabilizar una imagen uniforme del dormir: continuidad, regularidad, ocho horas. Un bloque homogéneo que responde a la lógica de la eficiencia. Sin embargo, la historia —cuando se la examina con rigor— introduce una variación significativa en ese modelo y, con ella, una pregunta más profunda sobre la relación entre sueño, conciencia y creatividad.
Sueño bifásico
Existe un núcleo empírico sólido: lo que hoy denominamos “sueño bifásico”. El historiador Roger Ekirch ha documentado de forma sistemática que, en amplios sectores de la Europa preindustrial, era habitual una organización del descanso en dos tramos: un “primer sueño” tras el anochecer, un periodo de vigilia intermedia —de aproximadamente una o dos horas— y un “segundo sueño” hasta el amanecer. Esta estructura aparece en fuentes diversas: diarios personales, literatura, registros judiciales y tratados médicos. En ellas se describe con naturalidad ese intervalo nocturno como un tiempo en el que las personas rezaban, conversaban, realizaban pequeñas tareas domésticas o, en algunos casos, se entregaban a la escritura o la reflexión. No se trata, por tanto, de una anomalía, sino de una forma históricamente situada de habitar la noche.
Este punto exige precisión: el sueño humano es plástico. No existe una única arquitectura universal e inmutable, sino una gama de configuraciones posibles moduladas por factores culturales, ambientales y tecnológicos. La consolidación del sueño monofásico continuo no es tanto la revelación de una verdad biológica definitiva como el resultado de una progresiva reorganización del tiempo social.
Ahora bien, reconocer esta plasticidad no implica confundir categorías clínicas. El sueño bifásico, tal como aparece en los registros históricos, no es equivalente al insomnio. El insomnio se define por la dificultad persistente para iniciar o mantener el sueño, acompañada de malestar o deterioro funcional durante el día. En el patrón bifásico, en cambio, el despertar intermedio no se vive como una interrupción problemática, sino como una parte integrada del ciclo nocturno. La diferencia no es meramente cuantitativa (dormir más o menos), sino cualitativa: la relación subjetiva con el despertar y su inserción en un ritmo asumido como normal.
La cuestión se vuelve más compleja cuando se confronta este modelo histórico con la fisiología contemporánea del sueño. La investigación moderna —iniciada, entre otros, por Nathaniel Kleitman— ha descrito con detalle la arquitectura del descanso en términos de ciclos, fases y ritmos circadianos, incluyendo la alternancia entre sueño REM y no REM. ¿Rompe el sueño bifásico este marco? No necesariamente. Puede integrarse de varias formas: el sistema circadiano regula ventanas de propensión al sueño y a la vigilia, pero no impone estrictamente un único episodio continuo; los ciclos REM/no REM (de unos 90 minutos) pueden distribuirse en bloques separados sin perder su organización interna; la vigilia intermedia podría entenderse como una fragmentación del episodio nocturno más que como una anomalía fisiológica. Desde este punto de vista, el sueño bifásico no contradice la ciencia del sueño, sino que evidencia su flexibilidad. Lo que cambia no es la mecánica profunda del organismo, sino la forma cultural de ensamblar sus ritmos.
Es precisamente en ese ensamblaje donde emerge la dimensión simbólica. El intervalo entre dos sueños constituye un estado liminal: un espacio de conciencia que no pertenece plenamente ni al orden diurno ni al dominio onírico. Aquí la lectura de Carl Gustav Jung resulta especialmente fecunda. En ese umbral, el yo pierde parte de su rigidez adaptativa sin disolverse por completo, permitiendo una mayor permeabilidad a los contenidos del inconsciente. No se trata de una apertura absoluta —como en el sueño profundo—, sino de una condición intermedia en la que el sujeto puede observar sin controlar del todo, y recibir sin quedar absorbido. Esta tensión es estructuralmente creativa. La imaginación, en este contexto, no es producción ex nihilo, sino articulación de materiales que emergen desde estratos no plenamente conscientes. De ahí que, en los registros históricos, ese tiempo nocturno aparezca vinculado a prácticas de interioridad: escritura, contemplación, oración. No porque exista una cualidad mística inherente a una franja horaria específica, sino porque se configura una situación psíquica singular: disminución de la censura racional, debilitamiento de la linealidad temporal, intensificación de la asociación simbólica.
Conviene, sin embargo, evitar una deriva interpretativa frecuente: la sacralización de este intervalo como si constituyera una “hora privilegiada” —las llamadas “Horas de Dios”— o, en el extremo opuesto, su instrumentalización como prueba de una supuesta manipulación histórica deliberada que habría impuesto el modelo de sueño continuo. Ambas lecturas son reductivas. No hay base empírica para afirmar una conspiración consciente que haya redefinido globalmente lo que se considera un sueño saludable. La generalización del patrón monofásico responde a transformaciones estructurales: iluminación artificial, disciplina laboral, sincronización social, una robotización del ser. Tampoco hay que atribuir al intervalo bifásico una cualidad ontológicamente superior. Hacerlo implicaría sustituir un dogma por otro.
Lo que sí puede afirmarse es algo más matizado y, quizá, más relevante: la modernidad ha tendido a reducir los umbrales, a minimizar los espacios de indeterminación en los que la conciencia no está completamente organizada por la función. En ese sentido, la cuestión no es restaurar una forma histórica concreta, sino interrogar qué condiciones permiten hoy la emergencia de esos estados liminales. Despertares nocturnos, momentos de suspensión, intervalos en los que el tiempo deja de ser estrictamente instrumental. La creatividad, desde esta perspectiva, no depende de un horario específico, sino de una configuración psíquica: la coexistencia inestable entre control y apertura, entre forma y deriva. El sueño bifásico documentado históricamente ofrece un ejemplo de cómo esa configuración puede aparecer de manera espontánea en una determinada ecología temporal.
El umbral como práctica
Quizá la cuestión no sea decidir cómo deberíamos dormir, sino preguntarnos cómo estamos habitando lo que nos ocurre cuando dormimos. ¿Vivimos los despertares nocturnos como fallos que deben ser corregidos de inmediato? ¿O como umbrales que, en ciertas condiciones, podrían ser transitados? No se trata de romantizar la fragmentación del sueño ni de negar la necesidad de descanso profundo. El cuerpo necesita dormir, y en muchos casos, dormir bien implica continuidad. Pero hay una diferencia entre cuidar el descanso y cerrar sistemáticamente cualquier fisura en la conciencia.
En esos momentos de duermevela —cuando el pensamiento no está del todo ordenado, cuando las imágenes aparecen sin esfuerzo, cuando el tiempo pierde su linealidad— la psique se encuentra en una posición singular: menos defendida, menos rígida, menos dirigida. Ahí puede emerger material que no encuentra lugar durante el día. La pregunta es incómoda, pero necesaria: ¿Hasta qué punto el ideal de “dormir como un bebé” funciona también como una defensa? No solo frente al cansancio, sino frente a esos estados intermedios donde el yo pierde control y algo otro comienza a insinuarse. En la obra de Jung, el encuentro con el inconsciente nunca es completamente cómodo. Implica exposición, ambigüedad, incluso desorientación. Pero también es la condición de posibilidad de una relación más profunda con uno mismo.
Recuperar el valor del umbral no implica cambiar de horario, sino de actitud. Prestar atención a lo que aparece en esos intervalos. Anotar una imagen antes de volver a dormir. Permitir que una idea se desarrolle sin forzarla. No todo insomnio es creativo. No toda vigilia nocturna es significativa. Pero algunas lo son. Y en una cultura que tiende a eliminar los márgenes, tal vez el gesto más radical no sea optimizar el sueño, sino escuchar lo que ocurre cuando este se interrumpe.
Entre dos sueños no hay una verdad perdida esperando ser recuperada. Pero sí puede haber algo más modesto y, a la vez, más exigente: una forma de atención, una disposición. La posibilidad de que, en ese breve intervalo donde la conciencia no está completamente fijada, algo —una imagen, una intuición, una pregunta— encuentre el espacio para aparecer.
La farmacologización del umbral
España ofrece un caso especialmente significativo. Un 27,4 % de la población ha consumido hipnosedantes alguna vez, y un 12 % lo ha hecho en el último año. Alrededor de un 22 % de los adultos consume actualmente tranquilizantes o pastillas para dormir. España se sitúa entre los países con mayor consumo de benzodiacepinas del mundo. En términos diarios, se estiman 110 personas por cada 1.000 tomando estas sustancias cada día. Además, estos fármacos —diseñados para uso puntual— tienden a convertirse en consumo crónico, a pesar de que sus indicaciones recomiendan periodos breves de semanas, no de años.
Este fenómeno no puede reducirse a una simple “mala práctica” individual. Apunta a algo más estructural: una tendencia a farmacologizar el malestar y a regular el sueño como si fuera una función que debe ser optimizada sin fricción. En este contexto, el despertar nocturno deja de ser una experiencia posible del cuerpo para convertirse en un síntoma, una disfunción, algo a corregir y suprimir químicamente. Si el intervalo entre dos sueños es un espacio de permeabilidad psíquica —donde emergen contenidos no plenamente conscientes—, su eliminación sistemática implica también una forma de silenciamiento de lo inconsciente.
Una cultura orientada a la productividad, la estabilidad y la previsibilidad tiende a reducir la ambigüedad, la interrupción, la irrupción de lo no controlado. El sueño continuo perfecto se convierte así en algo más que una recomendación médica: en un ideal de funcionamiento psíquico donde no hay fisuras. Pero las fisuras son precisamente el lugar donde algo puede aparecer.
No se trata de oponer ciencia y experiencia, ni de rechazar el valor clínico de los tratamientos cuando son necesarios. Sería irresponsable. Hay insomnios que destruyen la vida cotidiana y requieren intervención. Sin embargo, también es necesario introducir una distinción más fina: no todo lo que interrumpe es patológico; no todo lo que incomoda debe ser eliminado. En una cultura donde una parte significativa de la población recurre a psicofármacos para dormir, la noche ha dejado de ser un territorio a explorar para convertirse en un problema a resolver.
La aspiración a “dormir como un bebé” puede ser, al menos en ciertos casos, una defensa frente a esos umbrales donde el yo pierde control. Y sin embargo: ¿qué ocurre en esos momentos de duermevela? ¿Qué imágenes emergen cuando el pensamiento se afloja? ¿Qué material queda sistemáticamente acallado? La propuesta no es eliminarlos, sino saber relacionarnos con ellos sin miedo ni automatismo correctivo. Sostener, aunque sea por unos minutos, ese estado en el que la conciencia no está completamente fijada y en el que, precisamente por eso, todavía puede decir algo que durante el día no logra hacerse oír.
Conclusiones
El texto articula una lectura integradora del sueño que converge con la psicología analítica de Jung desde los hallazgos empíricos de la neurociencia contemporánea. Los estudios de Elce et al. (2025, 2026) y Raffaelli et al. (2023) confirman que los sueños no son residuos neuronales azarosos, sino experiencias estructuradas, moduladas por rasgos de personalidad, preocupaciones actuales y estilos cognitivos como la rumiación y la deambulación mental. Esta evidencia respalda la tesis junguiana de que el sueño es una producción simbólica activa, aunque matiza su universalismo arquetípico al enfatizar la variabilidad individual y la dependencia situacional.
El sueño emerge como un sistema generativo que procesa afectos, consolida memoria y regula la homeostasis psíquica, en un continuo con el pensamiento espontáneo diurno. Esta continuidad fenomenológica reabre la pregunta por los estados liminales: el intervalo entre dos sueños —documentado históricamente en el sueño bifásico de la Europa preindustrial— constituye un umbral de permeabilidad psíquica donde el yo pierde rigidez sin disolverse, permitiendo la emergencia de contenidos inconscientes. Frente a la tendencia moderna a farmacologizar el malestar y suprimir toda fisura nocturna —España es uno de los países con mayor consumo de benzodiacepinas—, el texto propone recuperar una relación más atenta con esos espacios de indeterminación, sin romanticismos ni dogmatismos, como condición para la creatividad y la individuación.
Bibliografía
Elce, V., et al. (2025). The individual determinants of morning dream recall. Communications Psychology. https://doi.org/10.1038/s44271-025-00191-z
Elce, V., et al. (2026). Individual traits and experiences predict the content of dreams. Communications Psychology. https://doi.org/10.1038/s44271-026-00447-2
Jung, C. G. (1964). El hombre y sus símbolos. Aguilar. (Trabajo original publicado en 1964).
Jung, C. G. (2010). El libro rojo. El hilo de Ariadna. (Trabajo original publicado póstumamente en 2009).
Raffaelli, Q., Andrews, E. S., Cegavske, C. C., Abraham, F. F., Edgin, J. O., & Andrews-Hanna, J. R. (2023). Dreams share phenomenological similarities with task-unrelated thoughts and relate to variation in trait rumination and COVID-19 concern. Scientific Reports, *13*, 7102. https://doi.org/10.1038/s41598-023-33767-y
[1] El mind-wandering (deambulación mental) es un fenómeno psicológico en el que la atención de una persona se desvía de la tarea que está realizando en el momento presente hacia pensamientos internos, recuerdos, imaginaciones o planes futuros que no están relacionados con dicha tarea. Es lo que coloquialmente llamamos «estar en las nubes», «pensar en otra cosa» o «desconectar». El mind-wandering está asociado a la activación de la Red por Defecto (Default Mode Network, DMN). Esta red cerebral se activa cuando no estamos concentrados en una tarea externa y nuestra mente «vaga» libremente. La DMN conecta varias regiones cerebrales, incluyendo la corteza prefrontal medial, la corteza cingulada posterior y el lóbulo parietal inferior. La DMN fue descubierta por Marcus Raichle y su equipo a finales de los años 90, al observar que ciertas áreas del cerebro se activaban más cuando los sujetos estaban en reposo que cuando realizaban tareas cognitivamente exigentes. Se cree que esta red está implicada en la simulación de futuros, la recuperación de recuerdos autobiográficos y la teoría de la mente (capacidad de atribuir estados mentales a otros). El viaje del héroe (individuación) requiere momentos de «mente errante» en los que se establecen conexiones inesperadas entre materiales inconscientes. La imaginación activa junguiana es una forma de mind-wandering dirigido.
[2] Elce, V., et al. (2025). The individual determinants of morning dream recall. Communications Psychology. https://doi.org/10.1038/s44271-025-00191-z
[3] Elce, V., et al. (2026). Individual traits and experiences predict the content of dreams. Communications Psychology. https://doi.org/10.1038/s44271-026-00447-2
[4] Raffaelli, Q., Andrews, E. S., Cegavske, C. C., Abraham, F. F., Edgin, J. O., & Andrews-Hanna, J. R. (2023). Dreams share phenomenological similarities with task-unrelated thoughts and relate to variation in trait rumination and COVID-19 concern. Scientific Reports, 13, 7102.
https://doi.org/10.1038/s41598-023-33767-y
[5] Jung, C. G. (1964). El hombre y sus símbolos. Aguilar. (Trabajo original publicado en 1964).
[6] El sistema glinfático, descubierto por Nedergaard y colaboradores en 2012, funciona predominantemente durante el sueño profundo (sueño de ondas lentas) y no durante el sueño REM. La plasticidad sináptica, en cambio, ocurre en múltiples fases del sueño, incluyendo el sueño REM. Es importante no atribuir la totalidad de los procesos restauradores a una única fase del sueño, ya que cada fase contribuye de manera específica a diferentes funciones.
[7] Jung, C. G. (2010). El libro rojo. El hilo de Ariadna.
Autor
Mikel García García
Médico y cirujano (Universidad Navarra, 1975). Psicólogo (Universidad San Sebastián, 1982). Psicoanalista junguiano. Formación experiencial y teórica en: Psicoanálisis, Terapia Sistémica Familiar, Psicoanálisis Reichiano (vegetoterapia caracteroanalítica), Psicología Analítica Junguiana, Psicoterapia Transpersonal. Experiencia de Muerte Cercana a los 33 años. Máster en “Astronomía y astrofísica” VIU (Universidad Valencia, 2014). Doctor Internacional en «Estudios Internacionales en Paz, Conflictos y Desarrollo», Universitat Jaume I (UJI Castellón, 2020). Máster en Fotografía Artística y Narrativa Visual (Universidad Internacional de la Rioja, 2022). Máster en Inteligencia Artificial (BIG SCHOOL, Madrid 2024) y Máster en Inteligencia Artificial (Universidad Isabel I, Madrid 2025).
Colaborador con ONG médicas de intervención internacional, y en programas de formación a personal sanitario de atención Primaria; SIDA; maltrato infantil; muerte digna y a docentes. Especializado en maltrato infantil, trauma, duelo, tanatología, acompañamiento al muriente, integración de sistemas, estados de trance y místicos. Terapeuta de “Grupos de Duelo Online Ventana a ventana” desde confinamiento COVID-19. Psiconauta, antropólogo investigador del alma en la clínica médica y psicoterapéutica y trabajos de campo antropológicos cualitativos y cuantitativos, con énfasis en la Acción Participativa, docencia y divulgación psicopolítica de los hallazgos. Promotor de acciones participativas para el despertar del desierto interior y para la transformación social. Didacta de la Sociedad Internacional Para el Desarrollo del Psicoanálisis Junguiano (SIDPaJ). Fotógrafo. Buceador. Alquimista. Hilozoísta. Hijo de Hermes. Creador herido. https://bit.ly/mikelcurriculum iratxomik@gmail.com





