Sueño de flautas

Sueño de flautas

de Hermann Hesse (1914)

Narrado por Mikel García  Escucha narración

Encontrarás un contexto histórico del relato y su autor, el relato escrito y la narración del mismo con mi voz. Esto lo hace más vivo y humano, con los matices personales que le he dado, de entonación, timbre, …

Por contraste también encontrarás un dialogo de IA que he creado partiendo del texto a modo de podcast. En el podcast,  en el diálogo entre personajes IA introduzco ideas propias sobre el texto del autor a modo de análisis e interpretación. El contraste tiene interés y espero que propicie en quien escuche amplificar y hacer una auto revisión sobre su propia cosmovisión.

Explicación

«Sueño de flauta» (Flötentraum)

Es un poema que pertenece a la época temprana de Hermann Hesse, un período marcado por viajes, la búsqueda de sí mismo y una fuerte conexión con la naturaleza. Para entender por qué lo escribió, hay que considerar varios factores:

  1. Pertenece al libro «Música del solitario» (Musik des Einsamen): El poema fue publicado por primera vez en 1914 dentro de este poemario. El título de la colección ya nos da una pista fundamental: la música y la soledad son dos ejes centrales en la obra de Hesse. «Sueño de flauta» es, precisamente, la cristalización poética de estos dos temas.
  2. El viaje a la India (1911): Aunque el poema se publicó en 1914, está profundamente influenciado por el viaje que Hesse realizó a India, el sudeste asiático y Ceilán (actual Sri Lanka) en 1911. Este viaje no fue una huida, sino una búsqueda espiritual y cultural. Quería conocer las raíces de su familia (su abuelo materno y su padre fueron misioneros en la India) y explorar las filosofías orientales que tanto le fascinaban. El poema refleja ese anhelo por lo lejano, lo exótico y lo espiritual que caracteriza a Oriente en el imaginario de Hesse.
  3. El anhelo de una vida más auténtica: En 1914, Hesse ya era un escritor establecido, pero también sentía un profundo conflicto interno. Cuestionaba los valores de la sociedad occidental industrializada y burguesa. Anhelaba una existencia más simple, más conectada con la naturaleza y con un sentido espiritual más profundo. «Sueño de flauta» es la representación onírica de ese anhelo: un músico (el alter ego del poeta) es llevado por el sonido de su propia música hacia un mundo ideal, un «bosque sagrado» donde reina la armonía y la paz, un claro contraste con el mundo real.
  4. La inminencia de la Primera Guerra Mundial: Aunque el poema fue escrito y publicado justo al inicio de la guerra (1914), su tono pacífico y su evasión hacia un mundo idílico pueden interpretarse como un presagio y una respuesta inconsciente a la tormenta que se avecinaba. El mundo de paz y armonía del sueño es la antítesis de la violencia que estaba a punto de desatarse en Europa.

En resumen, Hesse escribió «Sueño de flauta» motivado por:

  • La fascinación por Oriente: Tras su viaje a la India, plasmó en el poema la imagen de un Oriente espiritual y misterioso.
  • La búsqueda espiritual personal: El poema refleja su propio anhelo de trascender la realidad material y encontrar un lugar de paz interior y conexión con el cosmos.
  • El Romanticismo alemán: El poema bebe directamente de la tradición romántica, con su amor por la naturaleza, la música como vehículo del alma y la figura del artista solitario en busca de lo absoluto.

Por lo tanto, «Sueño de flauta» no es solo un bello poema, sino una ventana a las inquietudes más profundas de un joven Hermann Hesse que, a las puertas de una guerra que cambiaría el mundo, soñaba con un refugio de paz, música y eternidad.

 

Relato

Sueño de flautas

Toma –me dijo mi padre al darme una flauta de hueso- y recuerda a tu padre cuando alegres con tu instrumento a otra gente de otros países. Es el momento de que aprendas conociendo el mundo. Te doy esa flauta porque otro trabajo no sabes y sólo te gusta cantar. Toca sólo aquello que alegre y endulce, si haces lo contrario habrás desperdiciado los dones que te ha dado dios.

Mi querido padre era muy entendido en todo, pero no en música y creía que sólo con soplar en la linda flauta se obtenía lo que uno quería. No quise desilusionarlo, guardé el regalo y le dije adiós.

Conocía el valle hasta el molino más importante de todo el pueblo. Después de él venía lo desconocido y ese nuevo mundo me parecía muy divertido. Una abeja se paró en mi manga y la llevé en el viaje, así, cuando decidiera volver a volar podría mandar saludos a mi país.

Caminé al costado de valles, de bosques y del río. Todo me resultaba familiar. Oía las mismas voces de las flores del trigo. Yo les contestaba cantando y seguíamos entendiéndonos como en mi pueblo. En eso la abeja, ya descansada, subió hasta mi cuello, voló alrededor de mi cabeza y emprendió vuelo en línea recta hacia mi tierra.

Del bosque salió una jovencita rubia con sombrero de alas anchas y con un cesto.

-Dios sea contigo –le dije- ¿hacia dónde vas?

-A llevarles la comida a los segadores, ¿y, tú hacia dónde te diriges?

-Recorro el mundo por deseo de mi padre que me cree un gran tocador de flauta, pero no sé suficiente. Antes debo perfeccionarme.

-Ah… pero algo debes saber hacer.

-Sé cantar.

-¿Qué tipo de cosas?

-Todo tipo: para la mañana, para la noche, para los animales y las flores, ahora podría cantarte una sobre una jovencita que cruza el bosque para llevarle la comida a los segadores…

-¡Cántala!

-¿Cómo es tu nombre?

-Brígida.

Y canté sobre la bella Brígida con sombrero de paja, contaba como las flores la miraban y se estiraban para tocarla. Me escuchó y aprobó la canción. Y como yo sentía hambre me dio un pedazo de pan. Como yo empecé a mordisquearlo sin detenerme, me dijo: -No se come caminando.

Nos sentamos y mientras yo comía ella me miraba con las manos cruzadas. -¿No me cantarías otra cosa?

-Si, ¿qué prefieres?

-Algo sobre una muchacha triste porque su novio se ha ido.

-Eso no lo sé cantar. Y no hay que tener penas…Mi padre me dijo que sólo cante para la alegría y la bondad. Tal vez la de la alondra o la de la mariposa…

-¿No conoces alguna de amor?

-¡Sé la más bella de todas!

Y canté sobre el enamoramiento de los rayos del sol con las flores, de la hembra de los pájaros en espera del macho y que cuando lo ve llegar emprende el vuelo. Y canté sobre las rubias y los jóvenes que consiguen un trozo de pan con sus canciones. Y dije cómo ese joven ya no deseaba pan sino un beso y cómo sigue cantando hasta que ella acepta.

En ese momento Brígida me besó, callándome. Abrió y cerró  sus ojos y yo miraba esas estrellas de cerca donde me reflejaba y también las flores del prado.

-Qué sabio es mi padre, me dijo que el mundo era bello.  Y ahora te ayudaré hasta donde está la gente trabajando.

Tomé la canasta y seguimos andando juntos con el mismo estado de ánimo. El bosque hablaba con su voz fresca y olorosa. Canté hasta sentirme fatigado. Tal era la cantidad de voces que oía desde los árboles, las flores, el agua y las matas. Y me di cuenta de que si fuera capaz de entender todas las músicas del mundo –las de plantas, hombres, animales, nubes, lejanas montañas y estrellas- y si todo cantara al unísono dentro de mí sería dios y cada una de mis canciones perduraría en el firmamento como una estrella más.

Mientras yo iba pensando y maravillándome con esas ideas Brígida se paró y volvió a tomar su canasta.

-Subo por ahí –dijo- Arriba en los campos sembrados está mi gente, ¿vienes?

-No puedo. Debo andar por el mundo. Gracias por tu pan y por tu beso, me acordaré de ti.

Por encima de la canasta de comida se inclinó y volvimos a besarnos. Tan lindo fue su beso que casi me dio pena. Dije muy apurado adiós y empecé a caminar.

Ella subió lentamente, en el límite del bosque al abrigo de las hojas de un haya miró hacia donde yo me encontraba, la saludé con mi sombrero y ella me contestó y se esfumó en el bosque como una visión.

Seguí caminando tranquilo hasta llegar a un atajo donde había un molino y un bote. También vi a un hombre solo, sentado, que parecía estar esperándome. Y apenas subí al bote y me quité el sombrero empezó a navegar en la dirección de la corriente. El hombre estaba en el timón, atrás, y yo en el centro. Le pregunté adónde nos dirigíamos y me miró con ojos nublados de gris:

-Tú ordenas –dijo con voz sorda-, por el río, hacia el mar, a una gran ciudad. Todo es mío.

-¿Todo? ¿Acaso eres el rey?

-Tal vez –contestó- Y tú pareces poeta, cántame una canción para este viaje.

Ese hombre serio no me tranquilizaba, y el bote iba tan rápido, sin ruido… Tomé coraje y canté al agua que al chocar con la costa hace más sonoro su canto y termina su largo camino.

El hombre no demostraba ninguna emoción. Cuando terminé cabeceó como si dormitara. Y de pronto ante mi sorpresa empezó a cantar  también sobre el río y cómo corre a través de los valles. Y su canto era en todo superior al mío aunque sonara distinto. El río que él cantaba era algo que destruía salvajemente en su torbellino al bajar de la cumbre, que se enfurecía al ser contenido por un molino o un puente, que odiaba las barcas que lo navegaban y que en su seno acunaba con placer cadáveres de los ahogados.

Nada de lo que decía me gustaba pero lo cantaba tan bien que, confuso, me calle. Si esa voz sorda decía la verdad hasta entonces yo sólo había interpretado tonterías. Y a lo mejor entonces el mundo no era sólo luz, como dios, y el suave susurro de la selva, tan hondo, no era a lo mejor su bondad sino su ira contenida.

Seguimos navegando entre las sombras que crecían y cada nueva canción que intentaba, notaba que mi voz no era tan clara ni diáfana y el extraño hombre del timón me contestaba siempre con un mundo sordo y oscuro que cada vez me entristecía más.

Muy triste estaba y pensaba que a lo mejor no volvía a ver las flores, ni a Brígida. Para no entristecerme con el anochecer canté con voz potente: en el violáceo crepúsculo canté la canción de Brígida y de su beso.

Con las sombras callé. El hombre gris también cantó sobre el amor, los bellos ojos y las hermosas bocas. Y su canto sobre las aguas que se oscurecían era una delicia. Pero ese amor desconfiado y lúgubre terminaba en la niebla en la que los hombres se extravían entre sus dolores y crímenes.

Sentí tanta tristeza como si durante años hubiera sido el peregrino de la tristeza. Sentí que ese desconocido me transmitía una corriente de angustias desconocidas que se hundía en mí.

-Es decir que la vida no es lo más bello –dije ya angustiado- sino la destrucción final. Entonces canta de una vez, rey de la tristeza, la canción de la muerte.

El hombre cantó a la muerte con las estrofas más hermosas que alguna vez soñé. Pero la muerte tampoco era la belleza última, ni la protección final. Vida y muerte, una era la otra y estaban unidas en estrecho abrazo de lucha amorosa y ése era el único sentido del mundo. Y la luz que expandía esa unión podía vivificar cualquier hediondez y también rodearla de sombra. Y de esas sombras podía lograrse el placer más total aunque el amor se encegueciera con tanta tiniebla.

Sus palabras me iban serenando; no reconocía otro poder en el mundo que el emanado de ese hombre. Me miraba con cierta melancolía y sus ojos mostraban la luz y la sombra del mundo. Esbozó una sonrisa, lo que me alentó para rogarle:

-Volvamos! Todo aquí me produce temor. Quiero volver a mi tierra y ver a Brígida o volver a la casa de mi padre.

El hombre señaló las tinieblas con la lámpara que ponía luz en su anguloso rostro.

-Ningún camino regresa –dijo con serenidad y cierta dulzura- Para conocer el mundo hay que avanzar. Y has tenido a la mejor muchacha y cuanto más te alejes su belleza crecerá. Avanza, toma el timón.

Yo tenía una terrible pena pero veía que la razón estaba en las palabras del desconocido. Pensaba en Brígida, en mi patria, en todo lo que me había rodeado hasta entonces, tan luminoso y tan perdido. Pero en aquel momento debía cubrir el lugar del desconocido en el timón. Me adelanté hacia donde estaba el timón. El hombre se me acercó sin una palabra, me miró y me alcanzó el farol.

Pero cuando estuve instalado frente al timón con el farol bien apoyado me di cuenta de que estaba solo. Estremecido vi que el hombre silencioso había desaparecido. Pero no sentí miedo, sabía que iba a suceder así. Y todo el camino desde la partida de la casa paterna hasta el barco, pasando por Brígida, me parecía una ensoñación. Era viejo y estaba triste y parecía como si mi vida hubiera transcurrido siempre sobre esas aguas ondulantes.

Ya no podía llamar al timonel y esa verdad me sacudió.

Para comprobar lo que ya era una sospecha en mí iluminé el agua y desde su superficie oscura unos ojos grises me tranquilizaron. Era una cara vieja y conocedora: era yo mismo.

Y como no hay ningún camino que regrese avancé sobre las aguas negras por el corazón de la noche.

 

Hermann Hesse.

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