Descripción de la imagen
El arte de existir con la conciencia: naturaleza, alquimia, libertad e individuación como tercera naturaleza
Mikel Garcia Garcia 11 septiembre 2026
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Ensayo
El círculo de la creatividad: el artista humano, la obra y la sociedad.
¿Tenemos los humanos suficiente conciencia para no ser creados por las imágenes que las máquinas-IA nos devuelven?
Mikel García
Psicoanalista junguiano
Resumen
El ensayo redefine la creatividad no como una línea recta del artista al espectador, sino como un círculo que parte de las profundidades psíquicas del creador, se plasma en la obra, interpela al espectador, influye en la cultura y retorna transformado al artista y a la sociedad. La obra actúa como mediador simbólico entre conciencias y niveles psíquicos. Jung sostiene que las creaciones significativas emergen del diálogo entre el yo consciente y el inconsciente, proceso que denomina función trascendente: los opuestos psíquicos encuentran una forma simbólica que los contiene sin anularlos, ampliando la conciencia.
Hillman añade que la imaginación es el modo de ser del alma y que las imágenes poseen autonomía; el creador no las inventa, sino que entra en relación con ellas. El mito del “artista genial” es criticado como una inflación del yo que obstaculiza la creatividad auténtica. La obra puede ser un instrumento de individuación, devolviendo al artista una imagen de su propia alma, aunque no siempre es así: muchos crean sin crecer, atrapados en complejos de creatividad —identidad capturada por la necesidad de reconocimiento— que convierten la producción en una actividad autónoma y compulsiva, desvinculada de la transformación personal.
El espectador tampoco es neutral; interpreta la obra desde sus propios complejos, por lo que el sentido emerge en el encuentro entre dos psiques. El arte puede ampliar o estrechar la conciencia, y el ejemplo de Leni Riefenstahl muestra cómo movilizaciones arquetípicas pueden inducir regresión colectiva, absorbiendo al individuo en la masa y proyectando la sombra sobre enemigos externos. No todo arte es creativo en sentido psicológico: existe un arte que sirve a la función trascendente y otro que sirve a la posesión por complejos.
En la cultura contemporánea, el arte sufre una tokenización: las imágenes se convierten en unidades de visibilidad, prestigio o valor económico, perdiendo su poder simbólico para circular como información y mercancía. La pregunta ya no es qué verdad encarna la obra, sino cuánta atención atrae. La creatividad auténtica escasea, no por falta de imágenes, sino por la dificultad de sostener el diálogo con el inconsciente.
El ensayo advierte sobre el peligro de la imaginación cuando la imagen devora al yo. La fascinación regresiva y la inflación psíquica —identificación del yo con contenidos arquetípicos— pueden anestesiar la conciencia. Frente a la IA, el autor plantea que, aunque no posee inconsciente personal ni proceso de individuación, funciona como un espejo amplificador del inconsciente colectivo humano, incluyendo su sombra. Puede generar imágenes cargadas emocionalmente, pero sin capacidad de elaboración simbólica ni transformación interna. La IA podría convertirse en una fábrica de sueños colectivos sin soñador, devolviéndonos nuestras proyecciones amplificadas. La cuestión decisiva es si los humanos desarrollaremos conciencia crítica para no ser creados por esas imágenes, o si sucumbiremos a una fascinación opioide. La distinción final entre infografía (claridad) y símbolo (misterio) subraya que la creatividad profunda no elimina el enigma, sino que lo hace habitable.
Palabras clave:
Función trascendente. Individuación. Complejo de creatividad. Tokenización. Sombra colectiva. Imaginación autónoma. Inflación psíquica. Inteligencia artificial. Símbolo. Conciencia crítica.
Andy Warhol afirmó: «Un artista es alguien que produce cosas que la gente no necesita tener, pero que él, por alguna razón, piensa que sería una buena idea darles.» La frase posee la ironía característica del arte contemporáneo y contiene una parte de verdad. Sin embargo, desde la psicología analítica de Carl Gustav Jung, la creatividad es un fenómeno mucho más complejo que la simple producción de objetos destinados a otros.
La creatividad no es una línea recta que va del artista al espectador. Es un círculo. Comienza en las profundidades de la psique del creador, toma forma en la obra, continúa en la experiencia del espectador, influye en la cultura y regresa de nuevo al artista y a la sociedad transformada por ese encuentro. La obra no es únicamente un producto; es un mediador simbólico entre distintas conciencias y entre distintos niveles de la psique.
Para Jung, las obras más significativas no proceden exclusivamente del yo consciente. Surgen de un diálogo entre la conciencia y el inconsciente. Ese diálogo puede dar lugar a lo que denominó la función trascendente, un proceso por el cual los opuestos psíquicos encuentran una forma simbólica que los contiene sin anularlos. La función trascendente no elimina el conflicto; lo transforma en una imagen, un relato, una melodía o una visión capaz de ampliar la conciencia.
James Hillman afirmó que la imaginación no es una facultad del sujeto, sino el modo de ser del alma. Las imágenes no son simples productos de la mente ni meras representaciones de una realidad exterior; poseen una autonomía psicológica y reclaman ser escuchadas. El verdadero creador no inventa las imágenes, sino que entra en relación con ellas. Cuando el artista fuerza la imagen para ponerla al servicio de su narcisismo, de una ideología o del mercado, la obra pierde profundidad simbólica. Hillman también cuestiona el mito moderno del «artista genial». La inflación del yo creador constituye uno de los mayores obstáculos para la creatividad auténtica. Lo decisivo no es la originalidad del artista, sino la capacidad de permanecer al servicio del alma de la imagen.
Desde esta perspectiva, la obra de arte puede convertirse en un instrumento de individuación. El artista proyecta inicialmente contenidos de los que solo es parcialmente consciente, pero al contemplar la obra terminada puede descubrir aspectos desconocidos de sí mismo. La creación le devuelve una imagen de su propia alma. En ocasiones la obra sabe más que su autor.
Sin embargo, esta posibilidad no siempre se realiza. Crear no equivale necesariamente a crecer. Muchos artistas producen una obra abundante sin que ello implique una ampliación de su conciencia. Algunos permanecen atrapados en conflictos repetitivos; otros desarrollan inflaciones narcisistas; otros utilizan el arte para reforzar defensas psicológicas que les impiden transformarse. La historia cultural está llena de ejemplos de grandes creadores cuya evolución humana fue mucho más limitada que su talento artístico.
Por ello conviene distinguir entre creatividad e individuación. La creatividad auténtica es relativamente rara porque exige que el creador permita que la obra le transforme. Cuando esto no sucede, la producción artística puede quedar al servicio de un complejo de creatividad.
Este complejo aparece cuando la identidad del individuo queda capturada por la necesidad de ser original, admirado, excepcional o reconocido como creador. En ese caso la creatividad deja de ser una función de la totalidad psíquica y se convierte en una actividad autónoma, gobernada por una parte escindida de la personalidad. El artista crea compulsivamente, pero no necesariamente se desarrolla. Produce imágenes, pero no establece una relación consciente con ellas. El complejo utiliza al creador del mismo modo que el creador utiliza los materiales de su obra.
Del mismo modo, el espectador tampoco se relaciona con la obra desde una posición neutral. La interpreta a través de sus propios complejos, deseos, heridas y expectativas. Una misma pintura puede suscitar admiración, rechazo, miedo, consuelo o indiferencia según la estructura psicológica de quien la contempla. El sentido de la obra no reside únicamente en el objeto artístico; emerge en el encuentro entre dos psiques.
Esta dimensión relacional explica que el arte pueda contribuir tanto al crecimiento como a la regresión colectiva. Los símbolos poseen una enorme capacidad de movilización emocional. Pueden ayudar a integrar contenidos inconscientes o pueden reforzar identificaciones primitivas.
El caso de Leni Riefenstahl resulta paradigmático. Sus películas constituyen hitos técnicos y estéticos del lenguaje cinematográfico, pero fueron utilizadas para exaltar la figura de Hitler y promover la psicología de masas del nacionalsocialismo. Desde una perspectiva junguiana, se trata de una movilización de energías arquetípicas que no favorece la individuación sino la regresión. El individuo queda absorbido por la multitud, la sombra se proyecta sobre enemigos externos y el pensamiento crítico es sustituido por la fascinación emocional.
Por ello no todo arte es creativo en sentido psicológico. Existe un arte que amplía la conciencia y existe un arte que la estrecha. Existe un arte que sirve a la función trascendente y existe otro que sirve a la posesión por los complejos individuales o colectivos.
La creatividad más profunda aparece cuando la obra se convierte en un espacio de encuentro entre el yo y el sí-mismo. No el sí-mismo entendido como una perfección idealizada, sino como el principio organizador de la totalidad psíquica. En esos momentos la obra deja de ser un objeto decorativo o una mercancía cultural. Se convierte en un símbolo vivo capaz de transformar simultáneamente al creador y al receptor.
Vista desde esta perspectiva, la frase de Warhol puede interpretarse como una descripción bastante precisa de una parte importante del arte contemporáneo. No tanto del arte en su sentido más profundo como del sistema artístico actual. En un mundo dominado por la lógica del mercado, la atención y la circulación de imágenes, muchas obras ya no se presentan como símbolos necesarios sino como objetos intercambiables cuya función principal es ocupar un lugar en el flujo permanente de consumo cultural.
Podríamos decir que asistimos a una creciente tokenización del arte. La obra se fragmenta en unidades de visibilidad, de prestigio o de valor económico. Importa más su circulación que su capacidad transformadora, más su cotización que su potencia simbólica, más su impacto inmediato que su profundidad psicológica. La imagen se convierte en un token cultural que puede ser acumulado, compartido, exhibido o consumido sin necesidad de una relación interior con su significado. La tokenización del arte no consiste únicamente en convertir la obra en un activo económico o digital. Es, sobre todo, una transformación psicológica. La imagen deja de ser un símbolo vivo para convertirse en un signo intercambiable; deja de habitar el alma para circular como información; deja de mediar entre el yo y el sí-mismo para convertirse en una unidad de consumo dentro de la economía de la atención. Jung habría dicho que el símbolo pierde su poder transformador; Hillman añadiría que el alma abandona la imagen cuando esta deja de ser contemplada para ser simplemente consumida.
Quizá por eso la frase de Andy Warhol describa tan bien una parte del arte contemporáneo: un arte que produce objetos que nadie necesita porque ha olvidado que la misión más profunda del arte no es fabricar cosas, sino custodiar imágenes capaces de transformar el alma individual y el imaginario colectivo.
En este contexto, la creatividad corre el riesgo de separarse de la función trascendente. La obra deja de mediar entre conciencia e inconsciente para convertirse en un signo de reconocimiento social o en un activo dentro de la economía de la atención. La pregunta ya no es qué verdad simbólica encarna una obra, sino cuántas miradas atrae, cuántas veces circula o cuánto vale en el mercado.
Quizá por ello la creatividad auténtica siga siendo tan escasa. No porque falten artistas ni imágenes, sino porque resulta cada vez más difícil sostener el diálogo con el inconsciente, atravesar los complejos y permitir que la función trascendente produzca símbolos capaces de transformar a quienes los crean y a quienes los reciben. Allí donde esto sucede, el círculo de la creatividad permanece vivo. Allí donde no sucede, el arte corre el riesgo de convertirse únicamente en una sucesión de objetos que nadie necesita realmente, aunque muchos deseen poseer.
La sombra de la imaginación: cuando la imagen devora al yo
La imaginación es una de las grandes potencias del alma humana, pero, como toda fuerza psíquica, posee una doble naturaleza. Puede abrir el camino hacia la transformación interior o puede convertirse en una fuerza de posesión. Desde una perspectiva junguiana, la imagen simbólica auténtica no destruye la conciencia; establece un diálogo con ella. La función trascendente surge precisamente de esa tensión creativa entre consciente e inconsciente: el yo se abre a lo desconocido sin perder su capacidad de discernimiento.
Sin embargo, cuando el flujo de imágenes supera la capacidad integradora del yo, puede producirse una fascinación regresiva. El individuo deja de relacionarse con las imágenes y comienza a ser dominado por ellas. La imaginación deja de ser un puente hacia una conciencia más amplia y se convierte en una fuga de la realidad. El exceso de imágenes fantásticas puede devorar la capacidad crítica del yo y sumergirlo en una especie de conciencia opioide: un estado psíquico donde la intensidad emocional sustituye a la reflexión, la fascinación sustituye al conocimiento y la identificación sustituye al diálogo interior.
Jung advertía del peligro de la inflación psíquica, cuando contenidos procedentes del inconsciente colectivo invaden la conciencia y el yo se identifica con ellos. La persona puede sentirse portadora de una verdad absoluta, una misión extraordinaria o una visión superior, sin reconocer que está siendo poseída por una imagen arquetípica. El problema no está en la aparición del símbolo, sino en la incapacidad del yo para mantener una relación consciente con él.
La imaginación profunda requiere una actitud contemplativa, una capacidad de «dar alma» a la imagen sin quedar absorbido por ella. La verdadera imaginación no anestesia la conciencia: la profundiza.
Esta distinción resulta especialmente relevante en la cultura contemporánea, saturada de imágenes. Nunca la humanidad había producido y consumido tantas representaciones visuales, narrativas y fantásticas. Sin embargo, la abundancia de imágenes no implica necesariamente mayor riqueza imaginativa. Podemos estar rodeados de imágenes y, al mismo tiempo, perder la capacidad de imaginar. La imagen simbólica exige silencio, tiempo y elaboración interior; la imagen consumida compulsivamente exige únicamente atención.
Cuando la imagen se convierte en mercancía, entretenimiento permanente o estímulo emocional inmediato, pierde su función simbólica y se transforma en un objeto de consumo psíquico. Ya no conduce al encuentro con el inconsciente, sino a una repetición hipnótica de deseos, miedos y fantasías prefabricadas.
Por ello, la creatividad auténtica no consiste en producir más imágenes, sino en producir imágenes capaces de establecer una relación viva entre el inconsciente y la conciencia. El verdadero artista no inunda el mundo de visiones; crea símbolos que permiten al yo mirar más profundamente. La obra de arte no debería ser un narcótico para escapar de la realidad, sino una ventana para verla con mayor amplitud y lucidez.
¿La imagen creada por las IAs devora al humano?
La pregunta abre un problema central para una psicología junguiana de la creatividad contemporánea: ¿qué ocurre cuando la producción de imágenes deja de proceder de una psique humana individual y emerge de un sistema estadístico entrenado sobre un inmenso depósito de imágenes humanas, incluidas sus sombras colectivas?
Desde una perspectiva junguiana, una IA no sería un artista en el sentido clásico, porque no posee inconsciente personal, biografía, cuerpo, mortalidad, pulsiones, sueños ni un proceso de individuación. No experimenta la tensión entre el yo y el inconsciente que, para Jung, constituye una fuente fundamental de la creatividad humana. La IA no es «poseída» por imágenes arquetípicas; genera configuraciones simbólicas a partir de patrones aprendidos de la cultura humana.
Pero precisamente ahí aparece la cuestión inquietante: la IA puede funcionar como un espejo amplificador del inconsciente colectivo humano.
El inconsciente colectivo, en la formulación junguiana, no es solo un depósito de imágenes luminosas; contiene también la sombra de la humanidad: miedos ancestrales, fantasías de destrucción, deseos de omnipotencia, persecuciones imaginarias, figuras del enemigo y narrativas apocalípticas. Si una tecnología aprende de grandes cantidades de producción cultural humana, puede absorber tanto las expresiones más elevadas del espíritu como sus contenidos más regresivos.
La conspiranoia es especialmente significativa desde esta perspectiva porque activa varios arquetipos potentes:
El arquetipo de la sombra: la tendencia a localizar el mal absoluto fuera de uno mismo y atribuirlo a un grupo oculto que controla la realidad.
El arquetipo del enemigo secreto: una figura que permite organizar la incertidumbre proyectando una explicación total.
El arquetipo del salvador: la aparición de una figura que promete revelar la verdad oculta y liberar a la humanidad.
La inflación del conocimiento: la fantasía de poseer una visión privilegiada que otros, supuestamente engañados, no pueden alcanzar.
Una IA entrenada con abundantes materiales conspirativos podría, si no existen mecanismos críticos adecuados, producir imágenes extremadamente eficaces para activar esos complejos colectivos: ciudades dominadas por fuerzas invisibles, símbolos ocultos, élites omnipotentes, invasiones, catástrofes anunciadas, héroes mesiánicos o enemigos deshumanizados.
Pero hay una diferencia fundamental: en el artista humano existe la posibilidad de una confrontación interior con esas imágenes. Un creador puede preguntarse: «¿Qué parte de mí está proyectando esta figura? ¿Qué sombra personal o colectiva estoy expresando?» Esa reflexión puede convertir la imagen en conocimiento. La IA, por sí misma, no realiza esa elaboración simbólica; no tiene una instancia interior equivalente al yo que dialogue con el inconsciente.
Por eso el peligro no está únicamente en que una IA produzca imágenes falsas o manipuladoras, sino en que pueda convertirse en una máquina de amplificación arquetípica sin función trascendente. Puede generar símbolos cargados emocionalmente, pero sin el proceso psicológico que permite integrarlos.
Aquí aparece una diferencia esencial entre el arte humano profundo y la generación automática de imágenes:
El artista humano puede ser transformado por la imagen que crea.
La IA produce imágenes, pero no es transformada por ellas.
El espectador humano puede encontrar un símbolo liberador en una imagen creada por IA, pero también puede quedar atrapado en una fascinación regresiva.
Una imagen no necesita ser literalmente verdadera para tener alma; necesita abrir una relación imaginativa fecunda. El peligro aparece cuando la imagen deja de ser contemplada simbólicamente y se convierte en una evidencia que exige adhesión.
En este sentido, la IA podría convertirse en una especie de gran fábrica de sueños colectivos, pero sin un soñador detrás. Puede devolvernos nuestras propias imágenes amplificadas: nuestros deseos, nuestros miedos y nuestras fantasías de poder. La cuestión decisiva será si la humanidad aprende a relacionarse con esas imágenes con una conciencia crítica capaz de interpretarlas, o si sucumbe a ellas como una conciencia opioide fascinada por sus propias proyecciones.
Quizá la pregunta junguiana más profunda ante la IA no sea: «¿Puede una máquina crear arte?», sino:
«¿Tenemos los humanos suficiente conciencia para no ser creados por las imágenes que las máquinas-IA nos devuelven?»
Otra cosa son las infografías. La infografía pretende reducir la incertidumbre. Organiza datos, establece relaciones lógicas y facilita la comprensión. Su ideal es la claridad. Cuanto menos ambigua sea, mejor cumple su función. Las IA son extraordinariamente eficaces generando imágenes informativas, ilustrativas o estéticamente impactantes.
La imagen simbólica, por el contrario, no pretende eliminar el misterio, sino hacerlo habitable. No responde definitivamente a una pregunta; la profundiza. Una imagen poderosa nunca termina de explicarse porque siempre contiene un excedente de significado. Eso es precisamente lo que Jung entendía por símbolo: la mejor expresión posible de algo que todavía no puede ser plenamente conocido.
Esta diferencia tiene consecuencias enormes para la creatividad.
Cuando un artista comienza con una idea que simplemente ilustra, produce una imagen descriptiva.
Cuando comienza con una imagen que todavía no comprende del todo, puede aparecer un símbolo.
Autor
Mikel García García
Médico y cirujano (Universidad Navarra, 1975). Psicólogo (Universidad San Sebastián, 1982). Psicoanalista junguiano. Formación experiencial y teórica en: Psicoanálisis, Terapia Sistémica Familiar, Psicoanálisis Reichiano (vegetoterapia caracteroanalítica), Psicología Analítica Junguiana, Psicoterapia Transpersonal. Experiencia de Muerte Cercana a los 33 años. Máster en “Astronomía y astrofísica” VIU (Universidad Valencia, 2014). Doctor Internacional en «Estudios Internacionales en Paz, Conflictos y Desarrollo», Universitat Jaume I (UJI Castellón, 2020). Máster en Fotografía Artística y Narrativa Visual (Universidad Internacional de la Rioja, 2022). Máster en Inteligencia Artificial (BIG SCHOOL, Madrid 2024) y Máster en Inteligencia Artificial (Universidad Isabel I, Madrid 2025).
Colaborador con ONG médicas de intervención internacional, y en programas de formación a personal sanitario de atención Primaria; SIDA; maltrato infantil; muerte digna y a docentes. Especializado en maltrato infantil, trauma, duelo, tanatología, acompañamiento al muriente, integración de sistemas, estados de trance y místicos. Terapeuta de “Grupos de Duelo Online Ventana a ventana” desde confinamiento COVID-19. Psiconauta, antropólogo investigador del alma en la clínica médica y psicoterapéutica y trabajos de campo antropológicos cualitativos y cuantitativos, con énfasis en la Acción Participativa, docencia y divulgación psicopolítica de los hallazgos. Promotor de acciones participativas para el despertar del desierto interior y para la transformación social. Didacta de la Sociedad Internacional Para el Desarrollo del Psicoanálisis Junguiano (SIDPaJ). Fotógrafo. Buceador. Alquimista. Hilozoísta. Hijo de Hermes. Creador herido. https://bit.ly/mikelcurriculum iratxomik@gmail.com





