El eco de Casandra en el mercado de la red de Hermes
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El arte de existir con la conciencia: naturaleza, alquimia, libertad e individuación como tercera naturaleza

Mikel Garcia Garcia 11 septiembre 2026

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Ensayo

El eco de Casandra en el mercado de la red de Hermes

 

Mikel Garcia Garcia. Septiembre 2026

 

Resumen

El ensayo sostiene que la clínica psicoanalítica contemporánea ya no gira en torno al conflicto edípico ni al síntoma reprimido, sino que se enfrenta a un yo desfondado, sometido a un presente eterno y a la micro-traumatización continua provocada por los estímulos digitales. La represión ha sido desplazada por la renegación —el mecanismo por el cual sabemos que el algoritmo nos manipula o que el mundo se deshace, pero actuamos como si no supiéramos—, generando una escisión que impide habitar la realidad. En este contexto, el Superyó ya no prohíbe, sino que exige goce, consumo y rendimiento, sumiendo al sujeto en la insignificancia: una sociedad que no instituye un mundo común, solo un mercado de datos.

Para comprender las redes sociales, el autor recurre al mito. La estructura de la red es hermética: Hermes, dios de la velocidad, el flujo y el engaño, rige el algoritmo que premia el enganche y la viralidad. El usuario se convierte en un pequeño Mercurio que comercia con su imagen, pero queda atrapado en la música del sistema. Por otro lado, el contenido que se publica encarna el arquetipo de Casandra: la profetisa condenada a decir la verdad sin ser creída. Cada usuario que denuncia o reflexiona con sinceridad es enterrado por el ruido y la indiferencia algorítmica, mientras que lo superficial triunfa. Apolo, el dios de la luz y la razón, encarna el algoritmo: otorga visibilidad o la arrebata sin piedad, quemando con su luz totalitaria. El usuario oscila entre Hermes (viralizar, engañar) y Casandra (decir la verdad), y esa tensión genera fatiga, polarización y la sensación de que nadie escucha a nadie.

El odio, lejos de ser una anomalía, es una condición estructural. Freud muestra que el yo nace rechazando; Jung añade que la sombra no integrada se proyecta en el otro. Las redes sociales optimizan este odio: eliminan el cuerpo, aceleran la reacción y premian la intensidad emocional. Lo matizado no circula; el odio sí, porque es rápido, claro y rentable. La ambivalencia interna se externaliza como polarización: cuanto menos integramos nuestra sombra, más necesitamos enemigos. El odio genera interacción, beneficio económico y simplifica el pensamiento, fragmentando lo colectivo. Lacan señala, además, que odiar produce goce, da identidad y reduce la angustia, por lo que resulta difícil soltarlo.

El verdadero problema no es que haya demasiado odio, sino que no hay espacio para procesarlo. Cuando no se simboliza, se actúa. Los sujetos fragmentados, cansados y nihilistas son carne de cañón para discursos que multiplican el odio y señalan chivos expiatorios. Este mecanismo, bien conocido por los manuales de la extrema derecha, utiliza el miedo a la catástrofe para que el pueblo pida orden y tolere el inicio de dictaduras. La tarea pendiente, tanto para Freud como para Jung, es hacer el odio consciente, pensable e integrable.

 

Palabras clave:

Renegación. Goce. Sombra. Hermes. Casandra. Apolo. Algoritmo. Fragmentación. Polarización. Optimización del odio.

 

Contenido

La hoguera de la voz: el mito de las redes en la era de la renegación. 1

El odio en tiempos de redes: entre el inconsciente, la fragmentación y el poder 2

 

La hoguera de la voz: el mito de las redes en la era de la renegación

El centro de la clínica ya no es el conflicto edípico. Ya no es el síntoma que regresa como un mensaje cifrado desde el sótano de la represión. Hoy, el centro de la clínica es un yo desfondado, un yo que no tiene tiempo de ligar la experiencia porque el mundo se le ha convertido en una trinchera de estímulos perpetuos. El trauma ya no es la granada que estalla una sola vez en la guerra de trincheras; el trauma es el scroll interminable, la notificación que no cesa, la luz fría de la pantalla que perfora el sueño y la vigilia. Las trincheras de Verdún se han sustituido por el feed de Instagram. Hemos pasado del shock único a la micro-traumatización continua. La temporalidad se ha acelerado hasta la desaparición del antes y el después: todo ocurre en un presente eterno e inaprensible, donde el yo ya no puede captar experiencias, solo reaccionar a estímulos.

Y en esa aceleración, la represión ha cedido su trono a la renegación. Ya no se olvida el deseo prohibido; se desmiente la realidad evidente. Sabemos que el mundo se deshace, que el algoritmo nos manipula, que el otro se ha vuelto un dato en una pantalla. Pero ese saber no nos atraviesa: lo sabemos, pero actuamos como si no supiéramos. Es el imperio de la fórmula lacaniana: Je sais bien, mais quand même… —lo sé muy bien, pero aun así… Esta escisión del yo, este partir la realidad en dos para no tener que habitarla, es el mecanismo psíquico dominante del siglo XXI. La neurosis nos hacía sufrir por lo que éramos; la renegación nos impide ser lo que podríamos llegar a ser.

Frente a este paisaje desolado, la cultura no nos exige abstinencia; nos exige goce. El Superyó, que antes era el agente de la prohibición, se ha vuelto perverso: ya no dice «no harás», sino «¡disfruta!», «¡consume!», «¡sé el empresario de ti mismo!». Este mandato de goce, vacío y adictivo es la forma más eficaz de la represión excedente que ya denunció Marcuse. No hay tiempo para la tristeza, ni para el duelo, ni para el silencio. El sujeto, desbordado por la exigencia de rendir y consumir, queda a la deriva, sin un imaginario social que le ofrezca un «entre» donde encontrar sentido. Castoriadis lo llamó insignificancia: la sociedad ya no instituye un mundo común, solo ofrece un mercado de datos.

Es en este abismo donde se alza la arquitectura de las redes sociales, y para entender su poder y su veneno, hay que mirarlas con los ojos del mito. Las redes no son una simple tecnología; son una encrucijada mítica donde dos fuerzas se desgarran mutuamente, y el usuario es el campo de batalla.

La estructura de la red, su esencia misma, es puramente hermética. Hermes es el dios de la velocidad, del flujo incesante, del comercio, de la encrucijada y del engaño. Es el mensajero que corre sin descanso, el ladrón de ganado y de palabras. El algoritmo es su templo: todo se intercambia a la velocidad del rayo (tiempo por datos, atención por validación). La red no busca la verdad, busca el enganche, y sabe que la mentira, la indignación y el morbo venden mucho más que la reflexión. En las redes, el usuario se simbiotiza con Hermes: publica, reacciona, corre, comercia con su propia imagen, se convierte en un pequeño Mercurio atrapado en el eterno presente de la siguiente notificación. La red te da un megáfono, pero te exige que bailes su música.

Pero, ¿qué ocurre con lo que se dice en ese medio? Ahí entra Casandra. La profetisa troyana a la que Apolo concedió el don de la profecía, pero a la que, por haberlo traicionado, maldijo con la condena de que nadie, jamás, creería una sola de sus palabras. Casandra vio la caída de Troya, la muerte de Héctor y el engaño del caballo de madera, pero fue encerrada por su propia familia por «loca». Su tragedia no es no saber; es saber y ser sistemáticamente ignorada.

Todos los días, millones de usuarios publican verdades incómodas, denuncias profundas, análisis lúcidos, peticiones de ayuda sinceras. Y, como Casandra, su verdad es enterrada por el algoritmo, ahogada en el ruido de mil memes, o ridiculizada. El don de la palabra se convierte en una maldición: cuanto más profunda es la reflexión, más expuesto está uno a la indiferencia o al escarnio. La red te da un megáfono (el don de Apolo), pero te lo conecta a un sistema que se ríe de tu palabra y no la escucha. El usuario es Casandra cuando se da cuenta de que su reflexión más sincera obtiene cinco likes, mientras que un vídeo de un gato bailando obtiene cinco millones.

¿Y Apolo? Apolo no es el usuario ni el contenido; Apolo es el algoritmo. Es el dios de la luz, la razón, la profecía y la armonía. Pero la sombra de Apolo es el juez implacable, el que todo lo ve y todo lo condena. El algoritmo te otorga el don de la visibilidad, pero te lo arrebata si no cumples sus reglas. Es la «luz divina» que ilumina tu publicación para que la vean millones, o que la deja en la oscuridad perpetua sin que sepas por qué. La maldición de Casandra (que nadie te crea) es, hoy, la maldición del algoritmo: tu verdad circula, sí, pero en la cámara de eco de tu propio muro, sin llegar a quien realmente debería escucharla. Apolo, es totalitario. Si no hay un contrapeso (la oscuridad, la duda, la tierra), su luz quema.

El usuario moderno oscila constantemente entre estas dos fuerzas. Es Hermes cuando su objetivo es viralizar, engañar al algoritmo, vender su marca personal, ser el trickster que se burla del sistema. Es Casandra cuando su objetivo es decir la verdad incómoda, compartir una vulnerabilidad genuina, y se enfrenta al muro de la indiferencia. La tragedia del usuario digital es que, para ser escuchado, debe actuar como la sombra de Hermes (usar titulares sensacionalistas, bailar en TikTok, mentir un poco para llamar la atención). Pero la verdad que grita debajo (la de Casandra) es la del abandono y la herida. El resultado es la fatiga mental, la polarización y la sensación de que «nadie escucha a nadie».

En esta encrucijada, el odio encuentra su hábitat perfecto. No es una anomalía, sino una respuesta lógica, aunque patológica, a este desgarro. A continuación, la sección que desmenuza este mecanismo queda intacta, porque describe con precisión quirúrgica el mecanismo psíquico y neurobiológico que convierte la frustración de Casandra y la velocidad de Hermes en el combustible de la fragmentación social.

El odio en tiempos de redes: entre el inconsciente, la fragmentación y el poder

El odio no es una anomalía. No es un error del sistema psíquico. Es, desde el psicoanálisis, una de sus condiciones de posibilidad.

Sigmund Freud ya señalaba que el yo, en sus orígenes, no ama: rechaza. Antes de poder vincularse, necesita expulsar lo que le resulta displacentero. En ese gesto inaugural —decir “esto no”— aparece el germen del odio.

Pero la vida psíquica no se detiene ahí. Madurar implica algo mucho más complejo: soportar que aquello que amamos también lo odiamos. La ambivalencia no es un defecto, sino un logro.

Neurociencia

El par amor–odio, que en psicoanálisis aparece como ambivalencia estructural, en neurociencia se traduce en sistemas parcialmente solapados de procesamiento emocional, motivacional y social. No son polos opuestos puros, sino configuraciones dinámicas que comparten circuitos y difieren en su regulación.

Tanto el amor como el odio activan: putamen, ínsula (en distintos grados), circuitos de saliencia. Esto sugiere: el cerebro no separa radicalmente amar y odiar, sino que los procesa como formas intensas de implicación con el otro.

Cuando el odio no puede pensarse y menos simbolizarse

En ciertas organizaciones psíquicas, especialmente las descritas por Otto Kernberg como estructuras borderline, esta integración falla.

El sujeto no puede sostener simultáneamente amor y odio hacia el mismo objeto. Entonces divide el mundo: o idealiza, o destruye. Sin matices. Sin transición.

Aquí el odio no es una emoción más. Es una estrategia de supervivencia psíquica. Odiar protege frente a algo más temido aún: la pérdida del yo, el abandono, la disolución.

Oscilación amor ↔ odio; amígdala hiperreactiva. Baja integración; corteza prefrontal menos eficaz en regulación. Alta reactividad; sistemas de apego inestables.

Amor, odio y memoria. Ambos estados fortalecen la memoria emocional (hipocampo + amígdala) y generan recuerdos más vívidos. Por eso: los vínculos intensos son difíciles de olvidar, las experiencias de traición pueden virar rápidamente hacia el odio.

La sombra que no queremos ver

Carl Jung aporta una clave decisiva: aquello que rechazamos de nosotros mismos no desaparece, sino que se convierte en sombra.

La sombra no es solo lo “malo”, sino todo lo no reconocido: agresividad, envidia, resentimiento, deseo de destrucción.

Cuando no es integrada, ocurre algo fundamental: la proyectamos en el otro. Entonces el otro se convierte en: el culpable, el corrupto, el ignorante, el enemigo. Y el odio encuentra una justificación moral.

Además, Jung propone no solo la sombra personal sino la colectiva que resulta de la proyección de la sombra personal en el colectivo y que resulta incrementada exponencialmente.

Redes sociales: el escenario perfecto

Las redes sociales no crean el odio, pero sí lo optimizan.

En plataformas como Meta Platforms o X: desaparece el cuerpo del otro, se acelera la reacción, la reactividad, se premia la intensidad emocional.

El resultado es claro: lo matizado no circula, lo ambivalente no engancha, el odio sí. Porque el odio es rápido, claro, contundente… y altamente rentable en términos de atención.

Redes sociales: un acelerador neurobiológico. El entorno digital potencia estos circuitos: estímulos rápidos → activación dopaminérgica; conflicto → activación de amenaza; recompensas sociales (likes) → refuerzo conductual. Resultado: más reactividad, menos regulación, ciclos rápidos amor/odio.

Del conflicto interno a la guerra externa

Lo que antes era conflicto psíquico: “amo y odio al mismo objeto”, se transforma en el espacio digital en: “yo tengo razón, el otro es el problema”.

La ambivalencia interna se externaliza como polarización. Y aquí es donde la lectura junguiana se vuelve crucial: cuanto menos integro mi sombra, más necesito enemigos.

Fragmentación y poder

No hace falta pensar en conspiraciones para entender lo que ocurre. Basta con observar las dinámicas: el odio genera interacción, la interacción genera beneficio económico, la polarización simplifica el pensamiento, la fragmentación debilita lo colectivo.

En este contexto, el odio cumple una función social: divide, simplifica y canaliza la agresividad sin transformarla. En lugar de dirigirse hacia estructuras complejas, la agresión circula horizontalmente: entre usuarios, entre grupos, entre identidades. Es decir, entre nosotros.

El goce de odiar

Aquí Jacques Lacan añade una capa incómoda: el odio no solo descarga… también produce goce. Indignarse da identidad, atacar da consistencia, pertenecer a un bando reduce la angustia. Por eso no es tan fácil soltarlo.

¿Qué está en juego?

No es solo un problema moral o político. Es psíquico. Cuando el odio no puede pensarse: se actúa, se proyecta, se contagia. Y el sujeto pierde algo fundamental: la capacidad de reflexionar sobre sí mismo.

Una tarea pendiente

Tanto para Sigmund Freud como para Carl Jung, el trabajo psíquico no consiste en eliminar el odio, sino en hacerlo consciente, pensable, integrable.

Porque solo cuando reconocemos nuestra propia sombra: el otro deja de ser enemigo absoluto, el conflicto deja de ser guerra, y el pensamiento vuelve a ser posible.

Epílogo

El verdadero problema de nuestro tiempo no sea que haya demasiado odio, sino que hay demasiado poco espacio para procesarlo. Y cuando el odio no se simboliza… se actúa.

Sujetos fragmentados, cansados, decepcionados, nihilistas pasivos, borderlines, con mente de enjambre, es decir, la mayoría de los ciudadanos resultantes de unos sistemas familiares y educativos fracasados, son la carne de cañón, para dejarse llevar por apologistas con discursos que multiplican el odio hasta que llega a doler y, muestran, con justificaciones, los chivos expiatorios donde descargar catárticamente ese dolor.

El odio, la fragmentación, el miedo a la catástrofe son las herramientas que se usan para que el pueblo pida orden al caos y tolere el inicio de las dictaduras. Lo saben muy bien los manuales de la extrema derecha.

 

Autor

Mikel García García

Médico y cirujano (Universidad Navarra, 1975). Psicólogo (Universidad San Sebastián, 1982). Psicoanalista junguiano. Formación experiencial y teórica en: Psicoanálisis, Terapia Sistémica Familiar, Psicoanálisis Reichiano (vegetoterapia caracteroanalítica), Psicología Analítica Junguiana, Psicoterapia Transpersonal. Experiencia de Muerte Cercana a los 33 años. Máster en “Astronomía y astrofísica” VIU (Universidad Valencia, 2014). Doctor Internacional en «Estudios Internacionales en Paz, Conflictos y Desarrollo», Universitat Jaume I (UJI Castellón, 2020). Máster en Fotografía Artística y Narrativa Visual (Universidad Internacional de la Rioja, 2022). Máster en Inteligencia Artificial (BIG SCHOOL, Madrid 2024) y Máster en Inteligencia Artificial (Universidad Isabel I, Madrid 2025). 

Colaborador con ONG médicas de intervención internacional, y en programas de formación a personal sanitario de atención Primaria; SIDA; maltrato infantil; muerte digna y a docentes. Especializado en maltrato infantil, trauma, duelo, tanatología, acompañamiento al muriente, integración de sistemas, estados de trance y místicos. Terapeuta de “Grupos de Duelo Online Ventana a ventana” desde confinamiento COVID-19. Psiconauta, antropólogo investigador del alma en la clínica médica y psicoterapéutica y trabajos de campo antropológicos cualitativos y cuantitativos, con énfasis en la Acción Participativa, docencia y divulgación psicopolítica de los hallazgos. Promotor de acciones participativas para el despertar del desierto interior y para la transformación social. Didacta  de la Sociedad Internacional Para el Desarrollo del Psicoanálisis Junguiano (SIDPaJ). Fotógrafo. Buceador. Alquimista. Hilozoísta. Hijo de Hermes. Creador herido. https://bit.ly/mikelcurriculum  iratxomik@gmail.com

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