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De Goya
El arte de existir con la conciencia: naturaleza, alquimia, libertad e individuación como tercera naturaleza
Mikel Garcia Garcia 11 septiembre 2026
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Ensayo
La sombra del poder en el abuso infantil religioso.
Cuando denunciar «abuso infantil» se convierte en abuso religioso. Un análisis del nazismo-Riefenstahl y la ultraderecha y 90 años desde inicio guerra civil española
Mikel Garcia 18 julio 2026
Resumen
El ensayo analiza el abuso infantil religioso como un fenómeno estructural que trasciende la violencia física directa, involucrando mecanismos de adoctrinamiento, complicidad institucional y manipulación simbólica. Desde la experiencia clínica del autor, el abuso perpetrado por «perpetradores sagrados» —figuras investidas con autoridad divina— fractura el orden simbólico de la víctima, dejando huellas que emergen en sueños, pesadillas y estados no ordinarios de conciencia. El adoctrinamiento basado en el miedo al infierno y la represión instintiva, junto con la «conspiración del silencio» que protege a los agresores, constituyen formas de abuso psicológico que anulan la capacidad crítica y mantienen a las víctimas en un estado de infancia mental permanente.
El texto demuestra que la etiqueta de «abuso infantil» aplicada a la diversidad de género por líderes de ultraderecha constituye una modalidad de abuso religioso secularizado. Esta estrategia inviste al líder de autoridad trascendente, fabrica un infierno secular (el caos identitario), señala a un chivo expiatorio (personas LGTBIQ+, trans) y exige lealtad incuestionable mediante la posverdad. Esta violencia simbólica replica la estructura del abuso religioso tradicional: fractura la conciencia crítica, genera miedo paralizante y anula a las víctimas como sujetos.
El nazismo es presentado como el paradigma histórico del abuso religioso político. Hitler fue investido como un arquetipo del Salvador-Sacrificador, la esvástica funcionó como icono litúrgico, y la arquitectura de Speer generaba una experiencia de lo numinoso. Leni Riefenstahl, como cineasta-sacerdotisa, transformó la propaganda en liturgia visual, convirtiendo la violencia en una experiencia estético-religiosa que anulaba el juicio moral. La ultraderecha actual —Milei, Trump, Bolsonaro, y en España Vox— reproduce esta estructura arquetípica sin el poder estatal total, pero con los mismos mecanismos: líder carismático como perpetrador sagrado, pánico moral como infierno secular, y proyección de la sombra sobre minorías deshumanizadas.
El ensayo dedica una sección extensa a la Guerra Civil Española, que comenzó hace 90 años con el golpe del 18 de julio de 1936. Fue el campo de pruebas de la Segunda Guerra Mundial, donde nazis y fascistas ensayaron el bombardeo masivo sobre población civil (Guernica) y las tácticas del Blitzkrieg. El balance humano es devastador: entre 380.000 y 735.000 muertos, 114.226 desapariciones forzadas, 30.000 personas aún en fosas comunes, y entre 200.000 y 300.000 exiliados. La Iglesia española legitimó el golpe como una «Cruzada» y sostuvo el nacionalcatolicismo como ideología oficial.
La Transición española se construyó sobre un «pacto de silencio» que garantizó la impunidad de la dictadura mediante la Ley de Amnistía de 1977. Este olvido institucional no curó la herida, sino que la mantuvo latente. Las leyes de Memoria Histórica (2007) y Memoria Democrática (2022) han intentado reparar la deuda, pero el debate sigue polarizado. El auge de la idealización del franquismo entre los jóvenes —un 20% de los menores de 24 años— revela los síntomas de una sombra no integrada: desinformación en redes, falta de educación histórica y frustración ante la precariedad presente.
El autor concluye que la integración de la sombra colectiva es la única vía para la reconciliación genuina. Jung advertía que lo reprimido no desaparece, sino que regresa de forma patológica. La polarización actual, el negacionismo y la fractura social son síntomas de una memoria no elaborada. La «memoria histórica» debe ser una herramienta terapéutica: exhumar fosas, reconocer a todas las víctimas y trascender la dicotomía entre bandos. La resistencia contra el abuso religioso, en todas sus formas, comienza por la integración de la propia sombra. Quien reconoce que el fascista, el abusador y el inquisidor habitan en sí mismo como posibilidad, puede mirar el abismo sin pestañear y contribuir a una sociedad donde la memoria no sea un campo de batalla, sino un puente hacia la reconciliación.
Palabras clave:
Abuso religioso. Perpetrador sagrado. Sombra colectiva. Chivo expiatorio. Nazismo. Ultraderecha. Guerra Civil. Pacto de silencio. Memoria histórica. Integración.
Contenido
El abuso infantil religioso. 3
- El concepto de «Perpetradores Sagrados». 3
- Adoctrinamiento como «Abuso Psicológico». 3
- Complicidad y la «Ligazón con el Mal». 3
- Manifestaciones del Trauma en la Clínica. 3
- Uso Político y Distorsiones. 4
- La fabricación de un «Enemigo Funcional». 4
- El mecanismo del «Ataque por Sustitución». 4
- Desvío de la atención de problemas reales. 4
- El uso de la posverdad y la autorreferencialidad. 4
Abuso religioso secularizado. 4
- El líder como perpetrador sagrado laico. 5
- El miedo al infierno secularizado. 5
- Proyección de la Sombra y chivo expiatorio. 5
- Complicidad y conspiración del silencio. 5
- Las víctimas reales. 5
El precedente totalitario: abuso religioso, estética sagrada y culto al Führer en el nazismo. 6
- La liturgia nazi: símbolos religiosos artísticos como herramienta de dominación. 6
- Leni Riefenstahl: la cineasta-sacerdotisa del abuso religioso estético. 6
- Abuso psicológico y adoctrinamiento infantil 7
- La proyección de la Sombra y el chivo expiatorio ritual 7
- Analogías con la ultraderecha actual y el caso español 7
- El caso español: estética neofranquista y abuso religioso solapado. 8
Conclusión del nazismo como matriz del abuso religioso político. 8
90 años de la sublevación que condujo a la guerra civil en España. 8
Los impulsores: Una trama civil y militar 9
España fue el primer escenario de la lucha global entre democracia, fascismo y comunismo. 9
La guerra civil anticipó la brutalización del conflicto. 10
El Balance Humano: Muertos, Desaparecidos y Exilio. 10
Las Consecuencias Culturales: Ruptura, Censura y Exilio Interior 11
El Despertar de la Memoria: Las Leyes de Memori 13
¡Viva España! ¡Viva la Legión! ¡Viva el Cristo de la Buena Muerte! 17
El abuso infantil religioso
El abuso infantil religioso es un fenómeno complejo que involucra tanto la violencia directa por parte de perpetradores sagrados como mecanismos sistémicos de adoctrinamiento y complicidad institucional.
Basándome en mi experiencia clínica, en textos que he publicado y en la convergencia con otros autores analizo las dimensiones clave de este fenómeno:
1. El concepto de «Perpetradores Sagrados»
El abuso perpetrado en contextos religiosos es particularmente devastador porque el agresor es investido con una autoridad divina, lo que genera marcas profundas en el orden simbólico y en el inconsciente colectivo de las víctimas. Asociaciones simbólicas: En la práctica clínica, he observado cómo el trauma irrumpe en la conciencia a través de símbolos; por ejemplo, en un proceso analítico, la aparición de una serpiente en un sueño reveló la asociación inconsciente entre este animal y el falo de un sacerdote-diablo perpetrador, un periodo de la vida que el paciente había disociado. Dificultad de reintegración: El proceso de sanación para estas víctimas es arduo, requiriendo a menudo un esfuerzo por reintegrar la dimensión religiosa humana que ha sido fracturada por la violencia del perpetrador.
2. Adoctrinamiento como «Abuso Psicológico»
Autores como Richard Dawkins califican la instrucción religiosa dogmática impuesta a los niños como una forma de abuso psicológico o mental. El «Virus de la Fe»: La religión se describe como un virus que infecta el cerebro de los niños, quienes están genéticamente programados para creer ciegamente en las figuras de autoridad para sobrevivir. El miedo al infierno: El uso de imágenes de fuego eterno y condenación para vigilar la moral de los niños se considera abusivo, ya que anula su capacidad de pensar libremente y los atrapa en un estado de infancia mental permanente. Represión instintiva: La educación religiosa rígida a menudo conlleva una represión del instinto (como el rechazo a la masturbación), lo cual puede actuar como detonante de neurosis y trastornos de angustia graves durante la adolescencia.
3. Complicidad y la «Ligazón con el Mal»
Desde la ética de Erich Neumann, la complicidad con el abuso no se limita a los perpetradores, sino a todos aquellos que «han visto y no han actuado». Formas de complicidad: La omisión consciente, la evasión voluntaria e incluso la ignorancia intencional («desviar la mirada porque no se quiso ver») son modalidades que permiten que el mal persista en las instituciones. La conspiración del silencio: En muchos casos, las estructuras religiosas alimentan una «conspiración del silencio» que impide la reparación adecuada de las víctimas.
4. Manifestaciones del Trauma en la Clínica
El trauma derivado de abusos sexuales y violencia temprana deja huellas permanentes en la psique que a menudo emergen en estados no ordinarios de conciencia: Emergencia de la Sombra: Durante terapias individuales y grupales, en encuentros con plantas sagradas, suele producirse una reconexión traumática con abusos sexuales del pasado, permitiendo que la «sombra colectiva» y «el mal» emerjan para ser procesados. Mecanismos de defensa: El miedo a los «depredadores» puede manifestarse en pesadillas recurrentes, como el sueño del Hombre de los lobos analizado por Freud, que refleja aspectos disociados de la psique originados en traumas no procesados.
5. Uso Político y Distorsiones
En el ámbito sociopolítico actual, algunos líderes utilizan el concepto de «la ideología de género es abuso infantil» de forma instrumental para atacar identidades disidentes. Esto no es un fenómeno aislado, sino una estrategia de comunicación calculada que busca movilizar a las masas a través del miedo y la indignación moral, desplazando el debate de los problemas estructurales hacia una guerra cultural permanente.
a. La fabricación de un «Enemigo Funcional»
La política de la ultraderecha utiliza la técnica de construir un «enemigo funcional» para aglutinar a su base. Al vincular identidades disidentes (como el colectivo LGTBIQ+ o las personas trans) con términos extremadamente sensibles como la pedofilia o el abuso infantil, logran: Deshumanizar al oponente: Al calificar la «ideología de género» como un «cáncer a extirpar», líderes como Javier Milei habilitan una violencia simbólica que justifica políticas de exclusión. Presentarse como protectores: Se posicionan como los únicos defensores de los «niños normales» frente a una supuesta degeneración social.
b. El mecanismo del «Ataque por Sustitución»
Un ejemplo reciente de esta distorsión es el fenómeno de los therians (personas que se identifican con animales) en España. Según las fuentes, este fenómeno fue inflado deliberadamente mediante bulos —como la creación de subsidios inexistentes o la instalación de areneros en escuelas— para actuar como un caballo de Troya. El objetivo no era atacar a los adolescentes con máscaras, sino usar esa imagen para atacar a las personas trans por asociación, sugiriendo que la libre autopercepción de género conduce inevitablemente al «caos identitario» y, por extensión, a un entorno peligroso para la infancia.
c. Desvío de la atención de problemas reales
Esta narrativa de «pánico moral» cumple la función de cortina de humo. Mientras la atención pública se centra en debates sobre identidades minoritarias tildadas de «abusivas», se ignoran crisis sistémicas como: La precariedad juvenil: La falta de vivienda, el desempleo y la ausencia de futuro para las nuevas generaciones. La privatización del estrés: El sistema convierte fallos políticos y económicos en «fracasos individuales», llevando a los jóvenes a buscar chivos expiatorios para su frustración.
d. El uso de la posverdad y la autorreferencialidad
El éxito de estos discursos radica en su potencia performativa, más que en su veracidad. Se crea un campo de delirio autorreferencial donde declaraciones como «la ideología de género es abuso infantil» no buscan describir un hecho, sino reconfigurar lealtades y marcar fronteras entre «nosotros» (los virtuosos) y «ellos» (los perversos). En este ecosistema digital, los algoritmos premian el escándalo y el odio, permitiendo que estas distorsiones se conviertan en núcleos de identidad comunitaria.
Abuso religioso secularizado
Hasta aquí, he descrito los mecanismos del abuso infantil religioso tradicional y señalado, en el punto 5, su distorsión política como arma de confrontación cultural. A continuación, intento demostrar que esta misma estrategia —etiquetar la «ideología de género» como abuso infantil— constituye una modalidad estructural de abuso religioso, aunque operada en un ámbito secularizado que utiliza a las minorías como pantallas de proyección para canalizar el malestar social, evitando así cualquier transformación real del sistema y perpetuando una lógica de confrontación que Kant denominaría la antítesis de una paz verdadera
a. El líder como perpetrador sagrado laico
En el abuso religioso clásico, el perpetrador inviste su autoridad con un mandato divino, fracturando el orden simbólico de la víctima. Figuras como Milei o Trump actúan como arquetipos del Salvador o del Guerrero justiciero: se presentan como protectores únicos de la infancia «normal» frente a una degeneración social. Sus seguidores les otorgan una autoridad cuasi-trascendente e incuestionable que replica la estructura de poder del sacerdote-abusador. El discurso de «defensa de los niños» se vuelve un dogma, y cualquier disidencia es demonizada. Estos líderes funcionan como un «espejo deformante» que da permiso a la sociedad para expresar impulsos reprimidos (agresión, odio, prejuicio) bajo el manto de una «justicia superior».
b. El miedo al infierno secularizado
El miedo al infierno anula la capacidad crítica y mantiene a los niños en un estado de infancia mental permanente. En este caso, el miedo se desplaza: ya no es el fuego eterno, sino el caos identitario y la supuesta perversión de los menores por parte de colectivos LGTBIQ+ o personas trans. Este pánico moral funciona como un infierno secular: quienes aceptan la «ideología de género» son marcados como cómplices del abuso, y los niños deben ser «rescatados» mediante la exclusión del otro. Es un adoctrinamiento que impide el pensamiento complejo y exige lealtad absoluta a la narrativa del líder.
c. Proyección de la Sombra y chivo expiatorio
Al llamar «abuso infantil» a la diversidad de género, la ultraderecha proyecta su propia sombra —agresividad, deseo no regulado, miedo a la diferencia— sobre las minorías. Estas se convierten en chivos expiatorios rituales, una estructura típica de los sistemas religiosos arcaicos: se carga sobre el «otro» toda la culpa para que el grupo dominante se sienta puro. Este acto de proyección no es solo político; es abusivo en términos espirituales, porque impide que la sociedad enfrente sus propias contradicciones y obliga a las víctimas (los disidentes) a cargar con la sombra colectiva.
d. Complicidad y conspiración del silencio
La complicidad con el abuso incluye «desviar la mirada». En este caso, esa complicidad se traslada a los medios afines, los algoritmos de redes sociales y los votantes que repiten el bulo sin verificar. Se crea un campo de delirio autorreferencial (posverdad) donde la falsedad no importa: lo relevante es la lealtad al relato. Esto replica la «conspiración del silencio» de las instituciones religiosas que protegían a los perpetradores. Quienes denuncian el uso político del abuso infantil son silenciados o acusados de «defender a pedófilos», invirtiendo la realidad.
e. Las víctimas reales
El verdadero abuso religioso —entendido como manipulación de la conciencia mediante símbolos sagrados— se ejerce simultáneamente sobre dos grupos: Sobre los niños: se les instrumentaliza como símbolo abstracto de pureza, negándoles su condición de sujetos reales. Se fabrica un peligro inexistente (areneros para therians, subsidios falsos) para movilizar el miedo, mientras se ignoran los abusos reales a menores dentro de ciertas instituciones religiosas o familiares.Sobre los disidentes sexuales y de género: se les somete a una violencia simbólica que los deshumaniza («cáncer a extirpar»), repitiendo la lógica de la inquisición religiosa. Esta violencia, aunque no use una sotana, tiene estructura de abuso espiritual: exige la anulación de la identidad propia bajo amenaza de condenación social y exclusión.
Conclusión.
El punto 5 del artículo describe una modalidad de abuso religioso porque sustituye a Dios por el Líder, el infierno por el caos identitario, el pecado por la disidencia de género y la salvación por la exclusión del otro. Utiliza la proyección de la Sombra colectiva como mecanismo central de dominación, obligando a la sociedad a sacrificar a sus minorías en un ritual político de purificación ilusoria.
Este abuso no ocurre en una iglesia, sino en el espacio público digital, pero su estructura arquetípica es idéntica a la del perpetrador sagrado: inviste de autoridad trascendente a un discurso que fractura la conciencia crítica, genera miedo paralizante y exige lealtad incuestionable. La víctima —ya sea el niño real o la persona disidente— queda atrapada en un sistema simbólico que la anula como sujeto, exactamente como ocurre en el abuso religioso tradicional.
El precedente totalitario: abuso religioso, estética sagrada y culto al Führer en el nazismo
El nazismo no fue solo un régimen político, sino un fenómeno de abuso religioso colectivo que utilizó símbolos, rituales y una estética de lo sagrado para secuestrar la conciencia de un pueblo. Desde la psicología junguiana, este proceso representa una de las manifestaciones más extremas de la posesión arquetípica y la proyección de la Sombra.
a. La liturgia nazi: símbolos religiosos artísticos como herramienta de dominación
El Tercer Reich sustituyó sistemáticamente los símbolos del cristianismo por una parafernalia sagrada propia: La cruz gamada (esvástica) no era un mero emblema político, sino un símbolo religioso arcaico (presente en tradiciones hindúes, budistas y germánicas) que fue invertido y re-significado como signo de la raza aria pura. En su versión nazi, funcionaba como un icono litúrgico: aparecía en estandartes que se bendecían con «sangre de los mártires», en altares improvisados en los mítines y en los vitrales de algunos templos neopaganos; El culto al Führer: Hitler fue investido como un arquetipo del Salvador-Sacrificador. Los discursos en Núremberg seguían una estructura de misa pagana: procesión de antorchas, coros de miles de voces, juramentos colectivos y momentos de silencio que imitaban la consagración eucarística. Los niños del régimen aprendían a rezar: «Adolf Hitler, amén»; Estética de lo numinoso: La arquitectura de Albert Speer (catedrales de luz, tribunas monumentales) buscaba generar una experiencia de lo sagrado sin Dios. El espectador debía sentirse pequeño, sobrecogido, en presencia de una fuerza trascendente y terrible. Esa es la definición junguiana de lo numinoso: una emoción que puede ser divina o demoníaca.
b. Leni Riefenstahl: la cineasta-sacerdotisa del abuso religioso estético
Leni Riefenstahl (1902-2003) fue la directora cinematográfica que convirtió la propaganda nazi en una liturgia visual de masas. Sus dos obras maestras —El triunfo de la voluntad (1935) y Olympia (1938)— no son simples documentales: son rituales filmados que operan como abuso religioso a través de la imagen.
Datos clave de su trayectoria: Fue actriz de cine de montaña (cine de Heimat) antes de que Hitler la eligiera personalmente para filmar el Congreso de Núremberg de 1934. El triunfo de la voluntad: Utiliza 30 cámaras, ángulos contrapicados que convierten a Hitler en una figura colosal (técnica del punto de vista heroico), música wagneriana y montajes que imitan la estructura de un oratorio sacro. La película comienza con Hitler bajando de las nubes en un avión —una parusía (venida gloriosa) secularizada— y termina con el coro «Eine Nation, Ein Führer, Ein Reich» (Una nación, un Führer, un Reich) entonado como si fuera un amén litúrgico. Olympia (sobre los Juegos Olímpicos de Berlín 1936): Idealiza el cuerpo ario como un arquetipo de perfección divina, utilizando ralentíes, fundidos y planos que convierten a los atletas en estatuas griegas vivientes. La película abre con una secuencia de ruinas clásicas y una antorcha que viaja mítica y religiosamente desde Olimpia hasta Berlín, fusionando el paganismo helénico con el nazismo.
Desde la psicología junguiana: Riefenstahl actuó como una sacerdotisa de la Sombra colectiva. Su cámara no registraba la realidad; la consagraba. Transformó la violencia, el militarismo y el odio racial en una experiencia estético-religiosa que anulaba la conciencia crítica del espectador. Quien veía sus películas no razonaba: sentía lo numinoso, se entregaba al arquetipo. Eso es exactamente lo que hace el abuso religioso tradicional: usar símbolos sagrados para suspender el juicio moral.
Su complicidad y negación: Tras la guerra, Riefenstahl afirmó repetidamente que ella «solo hacía arte» y que desconocía el Holocausto. Sin embargo, documentos posteriores demostraron que utilizó prisioneros de campos de concentración como extras (aunque ella lo negó hasta su muerte). Esta conspiración del silencio —negar haber visto el mal mientras se contribuía activamente a su estetización— replica exactamente la «ligazón con el mal» descrita por Erich Neumann en el punto 3 de este artículo.
c. Abuso psicológico y adoctrinamiento infantil
Las Juventudes Hitlerianas funcionaron como un sistema de abuso religioso sistemático: Los niños eran separados de sus familias (como en las órdenes religiosas) y sometidos a rituales de iniciación violenta. Se sustituyó la cruz por la esvástica, la Biblia por Mein Kampf, y el amor al prójimo por el odio racial. El miedo al infierno cristiano fue reemplazado por el miedo a la degeneración de la raza: los niños soñaban con monstruos judíos o eslavos, proyectando la sombra colectiva sobre grupos enteros.
d. La proyección de la Sombra y el chivo expiatorio ritual
Jung lo advirtió en los años 30: el nazismo era una posesión arquetípica por Wotan (dios germánico de la furia y la guerra). La Sombra colectiva de Alemania —humillación post Versalles, crisis económica, miedo al comunismo— fue proyectada sobre: El judío: convertido en arquetipo del demonio, del envenenador de la sangre, del asesino de dioses (paralelo al Anticristo). El homosexual, el gitano, el discapacitado: otros chivos expiatorios que debían ser eliminados para «purificar» el cuerpo social.
Este mecanismo es idéntico al del abuso religioso tradicional: un líder sagrado (el Führer) señala a un grupo como «malo absoluto», los deshumaniza (los llama Untermenschen – subhumanos) y legitima su exclusión o exterminio como un acto de salvación colectiva.
e. Analogías con la ultraderecha actual y el caso español
El nazismo no es un fenómeno aislado del pasado; sus estructuras arquetípicas reaparecen en la ultraderecha contemporánea, aunque sin el poder estatal total que tuvo Hitler. Las analogías no son históricas (no hay campos de concentración), sino simbólico-estructurales:
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Dimensión |
Nazismo |
Ultraderecha actual (internacional) |
Ultraderecha española (Vox) |
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Líder como perpetrador sagrado |
Hitler como Mesías germánico |
Milei (Argentina), Trump (EE.UU.), Bolsonaro (Brasil) como «salvadores de la patria» |
Santiago Abascal como «defensor de la cristiandad» y «España sagrada» |
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Símbolos religiosos artísticos |
Esvástica, águila imperial, catedrales de luz |
Cruz cristiana (apropiada como emblema de guerra cultural), banderas con iconos medievales |
Bandera de España con el yugo y las flechas (símbolos falangistas), uso del Valle de los Caídos como lugar de peregrinaje, la Virgen del Pilar como estandarte |
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Enemigo funcional (chivo expiatorio) |
Judío, comunista, homosexual |
«Ideología de género», inmigrante musulmán, «woke» |
«Lobbies LGTBI», «okupas», «independentistas», «menas» |
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Miedo al infierno secularizado |
Degeneración racial |
Caos identitario, pedofilia encubierta |
«Adoctrinamiento en escuelas», «dictadura de género», «destrucción de la familia» |
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Rituales de masas |
Mítines en Núremberg |
Convenciones del CPAC, mitines con himnos y juramentos |
Actos de Vox en Vistalegre, procesiones cívico-religiosas, uso del himno nacional como canto sagrado |
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Complicidad y conspiración del silencio |
Iglesias cristianas que miraron hacia otro lado |
Algoritmos de redes sociales, medios afines que repiten bulos |
Obispos españoles que bendicen políticas de Vox, jueces conservadores que silencian denuncias |
f. El caso español: estética neofranquista y abuso religioso solapado
En España, Vox ha desarrollado una estética de la nostalgia sagrada que funciona como abuso religioso secularizado: Uso del Valle de los Caídos: Aunque hoy sea un monumento controvertido, para cierta ultraderecha sigue siendo un lugar de peregrinaje donde se venera a Franco como mártir de la «cruzada nacional». Esto replica la estructura del culto a los santos; La bandera con el yugo y las flechas: No es solo un símbolo político, sino un icono litúrgico que evoca la pureza de una supuesta «España eterna» cristiana y militar. En los mítines de Vox, se despliega como si fuera un estandarte de batalla religiosa; Discurso de «reconquista»: Utilizan el término «Reconquista» (evento histórico cargado de simbolismo cristiano-militar) para referirse a la lucha contra la izquierda y el independentismo. Esto convierte la política en una guerra santa donde el adversario es un infiel; Ataque a la memoria histórica: Al negar las fosas comunes o justificar la dictadura, proyectan la sombra colectiva sobre las víctimas del franquismo, a las que acusan de «revivir odios». Es el mismo mecanismo que el nazismo usó con los judíos: la víctima es culpable por recordar.
Conclusión del nazismo como matriz del abuso religioso político
El nazismo demostró que cuando un líder político se inviste de autoridad sagrada, utiliza símbolos religiosos artísticos y señala a un chivo expiatorio colectivo, se produce una modalidad de abuso religioso masivo que puede llevar al genocidio. La ultraderecha actual —incluida la española— no es idéntica al nazismo, pero reproduce su estructura arquetípica: un líder carismático que actúa como sacerdote laico, un pánico moral que funciona como infierno secular, y una proyección de la sombra sobre minorías que son deshumanizadas mediante el lenguaje de la «pureza» y la «defensa de los niños».
En el caso español, el añadido de la estética neofranquista y la connivencia con sectores de la Iglesia católica convierte a Vox en un heredero simbólico de aquel abuso religioso totalitario, aunque operando dentro del marco democrático. La diferencia no es de esencia, sino de grado y de poder.
Como mostró el nazismo —y hoy replican ciertas formaciones de ultraderecha, incluida Vox—, cuando un líder inviste su discurso de autoridad trascendente, fabrica un infierno secular y señala a un chivo expiatorio, se reproduce la misma estructura arquetípica del perpetrador sagrado: fractura de la conciencia crítica, miedo paralizante y exigencia de lealtad incuestionable. La víctima —niño, disidente, inmigrante, o la memoria histórica de un pueblo— queda anulada como sujeto, exactamente como en el abuso religioso tradicional y en el totalitarismo del siglo XX.»
90 años de la sublevación que condujo a la guerra civil en España
Un sábado como el del 18 julio 2026, hace 90 años llegó la noticia de la sublevación
La conspiración previa al golpe de julio de 1936 fue una trama compleja y prolongada, fraguada durante meses por un amplio espectro de fuerzas políticas y militares que buscaban poner fin al régimen republicano. Venía gestándose desde los inicios de la Segunda República, alimentada por el rechazo a las reformas del gobierno.
El general José Sanjurjo lideró un primer golpe fallido en 1932, conocido como la «Sanjurjada». La victoria electoral del Frente Popular en febrero de 1936 aceleró la conspiración, al temer los sectores conservadores que la República derivara hacia una revolución socialista.
Los impulsores: Una trama civil y militar
El núcleo militar: La dirección recayó en un grupo de generales:
José Sanjurjo: Era el líder nominal y estaba destinado a ser el jefe del nuevo Estado. Al estar exiliado en Portugal, actuaba como la autoridad máxima desde la distancia.
Emilio Mola: Fue el verdadero «cerebro» y organizador de la conspiración. Conocido como «el Director», diseñó el plan minuciosamente.
Francisco Franco: Se unió a la conspiración, pero no fue su líder principal. Su papel era clave por su prestigio al mando del Ejército de África.
Y otros militares como Gonzalo Queipo de Llano o Miguel Cabanellas
La trama civil estaba integrada por monárquicos alfonsinos, carlistas y la Falange. Figuras como José Calvo Sotelo (monárquico) y José María Gil Robles (CEDA) tuvieron contactos y ofrecieron apoyo.
Mola asumió el control total de la conspiración en abril de 1936. Su plan era un alzamiento militar coordinado y simultáneo en todas las guarniciones donde tuvieran apoyos. El objetivo era tomar el poder de forma rápida e instaurar una dictadura militar. En los meses previos, Mola trabajó en el secretismo para asegurar adhesiones y establecer contactos con las potencias fascistas (Italia y Alemania) para asegurar su apoyo logístico. Todo estaba listo para el 18 de julio, pero el asesinato de Calvo Sotelo y una filtración forzaron el adelanto del alzamiento en Melilla para la tarde del 17 de julio a las 17:00 horas. La guarnición de Melilla fue la primera en levantarse. Este adelanto se produjo porque los golpistas temían que sus planes fueran descubiertos.
Extensión a la península (18 de julio): Al día siguiente, el levantamiento se extendió a las guarniciones de la España peninsular. Fracaso inicial: El golpe no triunfó en todo el país. Logró controlar zonas del norte, oeste y sur, pero fracasó en centros clave como Madrid, Barcelona y Valencia. Esta división territorial provocó que el país quedara partido en dos zonas (republicana y sublevada), dando inicio a una larga y cruenta guerra civil.
España fue el primer escenario de la lucha global entre democracia, fascismo y comunismo.
Lo más urgente para los sublevados era trasladar el Ejército de África (las tropas más veteranas) desde Marruecos a la península, ya que la Armada republicana bloqueaba el estrecho. Hitler les proporcionó 20 aviones de transporte (Junkers 52) y cazas, permitiendo el primer puente aéreo de la historia.
Tras la muerte del general Sanjurjo en un accidente aéreo, Franco fue elegido Jefe de Estado de los sublevados en octubre de 1936, convirtiéndose en el líder indiscutible del bando nacional, y finalmente en dictador tras la victoria en 1939.
Mussolini envió decenas de miles de soldados (el Corpo Truppe Volontarie), carros de combate y aviación. Fue el principal sostén militar de Franco durante toda la guerra.
Francia y Reino Unido impulsaron un pacto para prohibir la venta de armas a ambos bandos. Fue un fracaso absoluto: Alemania e Italia lo firmaron pero lo incumplieron descaradamente, mientras que la República quedó atada de pies y manos para comprar armas legalmente.
Para contrarrestar a los fascistas, la Unión Soviética (Stalin) comenzó a enviar aviones, tanques y asesores militares a la República. Además, se organizaron las Brigadas Internacionales, con más de 35.000 voluntarios de 50 países (como Hemingway u Orwell) que acudieron a defender la democracia frente al fascismo.
Precisamente por este apoyo externo masivo, la guerra dejó de ser un simple alzamiento militar para convertirse en un campo de pruebas para la Segunda Guerra Mundial, donde nazis probaron sus tácticas (como el bombardeo aéreo masivo sobre población civil en Guernica).
La Guerra Civil Española fue, efectivamente, el campo de batalla anticipado de la Segunda Guerra Mundial, no solo en el plano militar, sino sobre todo en el ideológico. Por primera vez, las tres grandes fuerzas que dominarían el siglo XX se enfrentaron en un mismo escenario: Fascismo/Nazismo (en el bando sublevado, apoyados por Hitler y Mussolini). Democracia liberal (representada por las potencias occidentales, aunque con una trágica inacción). Comunismo soviético (en el bando republicano, con la URSS de Stalin como principal valedora).
Fue el laboratorio donde los alemanes e italianos ensayaron su maquinaria de guerra que usarían después en Europa. La Legión Cóndor probó el bombardeo masivo sobre población civil (el terror aéreo) en Guernica (1937), una técnica que luego aplicaron en Varsovia, Róterdam o Londres. Los carros de combate (tanques) y las tácticas de coordinación aire-tierra que luego perfeccionarían en el Blitzkrieg (guerra relámpago) se ensayaron en los campos de Extremadura y el Ebro.
La guerra civil anticipó la brutalización del conflicto.
No solo se combatía contra ejércitos, sino contra «ideas». Hubo persecución religiosa, asesinatos de intelectuales y una fuerte represión en la retaguardia, algo que se replicaría de forma extrema en el frente del Este durante II guerra mundial. La política de «No Intervención» de Francia y Reino Unido fue el ensayo general de la política de apaciguamiento que permitió a Hitler anexionarse Austria y Checoslovaquia. Al abandonar a la República, las democracias occidentales demostraron al Eje que no estaban dispuestas a luchar por sus valores, lo que animó a Hitler a iniciar la guerra mundial.
El bando sublevado (con Franco al final) ganó en 1939, pero el eje ideológico que representaba perdió en 1945. Por eso se dice que la guerra civil fue, simbólicamente, la «primera batalla de la Segunda Guerra Mundial», aunque con un desenlace trágico y opuesto al final europeo.
El Balance Humano: Muertos, Desaparecidos y Exilio
La Guerra Civil (1936-1939) no solo terminó con la vida de cientos de miles de personas en el campo de batalla, sino que la represión sistemática durante y después del conflicto dejó una herida demográfica y social profunda.
Cifra total de víctimas mortales: No existe una cifra única y universalmente aceptada, ya que las estimaciones varían según los historiadores y los métodos de cálculo. Las horquillas más citadas oscilan entre un mínimo de 380.000 y un máximo de 735.000 muertos. Otras fuentes hablan de alrededor de medio millón de muertos. Estudios demográficos, que comparan la población que España debería haber tenido con la real, cifran el exceso de mortalidad en 540.000 personas solo entre 1936 y 1939.
Muertos en combate y retaguardia: De esa cifra total, se estima que los muertos en el frente fueron entre 150.000 y 200.000. La represión en la retaguardia fue también masiva: se calcula que hubo más de 100.000 asesinatos en la zona sublevada y unas 50.000 en la zona republicana.
Represión franquista (1939-1975): La violencia no cesó con el fin de la guerra. La dictadura institucionalizó la represión. Se estima que hubo unas 150.000 ejecuciones por causas políticas durante y después de la guerra. Además, se contabilizan al menos 114.226 desapariciones forzadas, y se calcula que unas 30.000 personas permanecen aún desaparecidas en fosas comunes. El número de presos políticos y prisioneros de guerra que pasaron por campos de concentración y trabajos forzados asciende a más de un millón.
Exilio: La derrota republicana forzó al exilio a entre 200.000 y 300.000 personas. La mayoría se dirigió a Francia y América Latina, donde intelectuales, artistas y científicos como Antonio Machado, Rosa Chacel o Rafael Alberti continuaron su obra lejos de su patria.
La Iglesia española fue un pilar fundamental del régimen franquista, legitimando el golpe de Estado como una «Cruzada» y bendiciendo la represión.
Durante la dictadura: El nacionalcatolicismo fue la ideología oficial, y la Iglesia controló la educación y la moral pública.
En la Transición y después: La jerarquía eclesiástica ha mantenido una posición ambivalente. Por un lado, ha pedido perdón por su «falta de caridad» y ha colaborado en la exhumación de fosas. Por otro, se ha resistido a condenar explícitamente el franquismo y ha defendido el Valle de los Caídos como un lugar de reconciliación, lo que ha generado fuertes críticas por parte de los colectivos de memoria histórica.
Las Consecuencias Culturales: Ruptura, Censura y Exilio Interior
La victoria franquista supuso una profunda ruptura con la tradición cultural y científica, imponiendo un modelo basado en la censura, el nacionalcatolicismo y el aislamiento.
Exilio de intelectuales y artistas: La diáspora de una generación entera de creadores fue el golpe más duro. Figuras clave de la literatura, el arte y la ciencia se vieron obligadas a abandonar España. Su partida no solo empobreció la vida cultural del país, sino que también enriqueció a los países de acogida, especialmente en Hispanoamérica.
Censura y represión cultural: El régimen impuso un férreo control sobre toda la producción cultural. Se prohibieron libros, se persiguió a los autores disidentes y se instauró un sistema de censura previa que condicionó toda la creación artística e intelectual. Esto llevó a muchos creadores que permanecieron en España a practicar la autocensura para poder publicar o exponer su obra.
Aislamiento científico y cultural: La dictadura, especialmente en sus primeras décadas, impuso un aislamiento internacional que marginó a España de las corrientes culturales y científicas europeas. El pensamiento crítico y la innovación fueron sistemáticamente sofocados.
Una cultura oficial monolítica: El régimen promovió un arte y una cultura oficiales, identificados con el nacionalcatolicismo y los valores del «imperio». Esto generó una producción cultural, a menudo de baja calidad, que ensalzaba al régimen y sus ideales, mientras se marginaba o perseguía cualquier expresión que no encajara en ese molde.
En definitiva, la guerra y la dictadura no solo tuvieron un coste humano inasumible, sino que truncaron el desarrollo cultural de España, provocando una ruptura generacional y un aislamiento del que el país tardaría décadas en recuperarse.
El Valle de los Caídos (construido entre 1940 y 1959) es el monumento más polémico de la memoria histórica en España. Fue concebido por Franco como un mausoleo para honrar a los caídos de su «Cruzada», pero también albergó los restos de 33.833 víctimas de ambos bandos, muchas de ellas exhumadas sin el consentimiento de sus familias.
Significado para el franquismo: Era el gran símbolo del régimen, un lugar de peregrinación y exaltación de la dictadura.
El debate actual
Durante décadas, los restos de Franco estuvieron enterrados allí (hasta 2019, cuando fueron exhumados y trasladados al cementerio de Mingorrubio). La Ley de Memoria Democrática de 2022 busca convertir el Valle en un «cementerio civil» y un lugar de memoria para todas las víctimas, eliminando cualquier simbología de exaltación franquista. Sin embargo, el proceso es lento y controvertido, con tensiones entre el Estado, la Iglesia y las asociaciones de víctimas.
Una parte significativa de la juventud española tiene una visión positiva de la dictadura franquista. Según el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), casi un 20% de los jóvenes de entre 18 y 24 años considera que los años del franquismo fueron «buenos» o «muy buenos». Más aún, más de un 17% de los jóvenes afirma que la democracia actual es peor que la dictadura.
Muchos jóvenes no tienen una idea clara de lo que significó vivir sin libertades fundamentales.
Falta de educación: El 80% de los jóvenes que han terminado la ESO desconoce aspectos clave de la represión franquista. Casi la mitad de la generación Z (18-28 años) no sabe situar el franquismo en el tiempo.
Desconocimiento de figuras clave: Casi la mitad de los jóvenes desconoce cómo murió el poeta Federico García Lorca, fusilado al inicio de la guerra.
Idealización por ignorancia: Al carecer de «herramientas críticas», son más permeables a narrativas simplificadas que idealizan el pasado, confundiendo «versiones legítimas de la Historia».
Mitología franquista: Se ensalzan mitos como la construcción de embalses, la prosperidad económica o la creación de la Seguridad Social, atribuyéndolos al régimen cuando, en muchos casos, fueron impulsados posteriormente.
Propaganda en redes: Creadores de contenido en plataformas como TikTok o YouTube reinterpretan la historia, difundiendo bulos y teorías conspirativas que son consumidos como verdades incuestionables.
Rebeldía y provocación: Para algunos adolescentes, reivindicar a Franco o decir «Viva Franco» se ha convertido en una forma de «retar al profesorado» o de parecer «el malote de la clase», una pulsión «antisistema» propia de la edad.
Frustración con el presente: La precariedad laboral, las dificultades para acceder a una vivienda y la sensación de que «viven peor» que sus padres generan un caldo de cultivo para discursos que prometen un pasado de orden y estabilidad.
Idealizar el franquismo implica ignorar por completo la realidad de la dictadura:
Falta de libertades y represión: Fue un régimen que prohibió los partidos políticos y los sindicatos, instauró una férrea censura y persiguió cualquier disidencia. Las mujeres, en particular, vivieron bajo un rol social y familiar extremadamente restrictivo.
Precariedad y desigualdad: La mayoría de la población vivía con salarios bajos, jornadas laborales extenuantes y sin derechos como las vacaciones pagadas o la protección por desempleo.
En resumen, la visión positiva del franquismo entre los jóvenes es un fenómeno impulsado por la desinformación, la propaganda en redes sociales y la frustración ante un presente incierto. No es el resultado de un conocimiento profundo de la historia, sino un síntoma de una memoria colectiva débil que permite que los mitos del pasado se utilicen como un espejismo para los problemas del futuro.
La relación entre «memoria histórica» y «olvido» en España es un debate central y abierto sobre cómo afrontar el legado de la Guerra Civil y la dictadura franquista. Es un conflicto que enfrenta, por un lado, el deseo de recordar y reparar a las víctimas y, por otro, la idea de que el silencio y el olvido fueron necesarios para la transición a la democracia.
La Transición española (1975-1982) se construyó en gran medida sobre la base de un «pacto de silencio» o de «olvido». Para asegurar una transición pacífica y evitar que los traumas del pasado descarrilaran el proceso, los partidos políticos acordaron dejar atrás las reivindicaciones sobre el pasado, priorizando la estabilidad y la consolidación de la democracia.
Este pacto se materializó legalmente con la Ley de Amnistía de 1977, que eximió de responsabilidad a los responsables de delitos durante el franquismo, garantizando así la impunidad de la dictadura y dejando a las víctimas sin justicia. Este «olvido» fue, por tanto, una decisión política institucionalizada.
El Despertar de la Memoria: Las Leyes de Memoria
Con el tiempo, la demanda social de justicia y reconocimiento para las víctimas fue creciendo, llevando a la aprobación de dos leyes fundamentales:
Ley de Memoria Histórica (2007): Aprobada durante el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, fue el primer gran paso oficial para reconocer a las víctimas de la Guerra Civil y la dictadura. Sus medidas incluían declarar ilegítimos los tribunales franquistas y la retirada de símbolos franquistas de edificios públicos. Sin embargo, no abordó la apertura de fosas comunes de manera efectiva, fue criticada por ser insuficiente y no contar con el apoyo del Partido Popular.
Ley de Memoria Democrática (2022): Aprobada por el gobierno de Pedro Sánchez, vino a sustituir y ampliar la ley anterior. Su objetivo es profundizar en el reconocimiento de las víctimas, declarar ilegal el régimen franquista y poner a la administración pública como responsable de la localización y exhumación de desaparecidos. Su tramitación fue polémica y recibió el voto en contra del Partido Popular, Vox y Ciudadanos.
Lejos de cerrarse, el debate sobre la memoria histórica se ha intensificado en los últimos años, polarizando a la sociedad y a la clase política.
Posturas enfrentadas: La izquierda y los partidos nacionalistas periféricos suelen abogar por políticas activas de memoria, justicia y reparación. La derecha, especialmente Vox, se opone frontalmente a estas leyes, defendiendo el «pacto de silencio» de la Transición y acusando al gobierno de reabrir heridas del pasado
El papel de la sociedad civil: Organizaciones como la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) han sido fundamentales para mantener viva la memoria. Su labor, junto con la de arqueólogos y antropólogos forenses, ha sido crucial en la exhumación de fosas comunes, dando sepultura digna a miles de víctimas. Hoy en día, aún quedan miles de fosas por exhumar y más de 10.000 cuerpos por recuperar.
La falta de educación en las aulas sobre el franquismo y el auge de la desinformación en redes sociales están creando un caldo de cultivo para la idealización de la dictadura.
Para el historiador Walther L. Bernecker, esta situación demuestra que el «pacto de silencio» no logró enterrar el pasado, sino que lo dejó latente, y que la «memoria histórica» se ha convertido en un campo de batalla ideológico en el presente.
Jung advertía que todo lo que se reprime en el inconsciente no desaparece, sino que se vuelve más potente y regresa de forma patológica. El silencio institucional sobre las víctimas y la represión franquista no curó la herida, sino que la mantuvo latente, generando un trauma colectivo que se transmite de generación en generación.
Síntomas del presente
La polarización política actual, la dificultad para alcanzar un relato común sobre el pasado y el resurgimiento de discursos que idealizan la dictadura pueden interpretarse como síntomas de esta Sombra no integrada. Es el retorno de lo reprimido, que emerge en forma de conflictos y divisiones en el presente.
En resumen, la memoria histórica en España es un campo de batalla entre el derecho a la verdad y la reparación de las víctimas, y la tentación política de mirar hacia otro lado. Es un debate que refleja las heridas no cerradas de un pasado que se niega a ser enterrado y que, hoy más que nunca, se dirime también en las aulas y en las redes sociales.
Trabajo personal
La individuación, el proceso de integrar la Sombra para alcanzar la plenitud, no es solo un camino individual, sino que también puede aplicarse a una sociedad. Para España, este proceso implicaría:
Reconocer la Sombra: Asumir la responsabilidad por los crímenes cometidos por todos los bandos, sin justificaciones ni relativismos. Esto implica un duelo colectivo por las víctimas de ambos lados.
El trabajo de la memoria: La «memoria histórica», desde esta perspectiva, no es un ejercicio de revanchismo, sino una herramienta terapéutica. Recordar, exhumar fosas y reconocer el sufrimiento de las víctimas es el primer paso para iluminar la oscuridad y comenzar a integrar aquello que se ha mantenido en la sombra.
Trascender la polaridad: El objetivo final no es que un bando «venza» sobre el otro en el relato histórico, sino trascender esa dicotomía. Se trata de construir una identidad nacional más compleja y matizada, que pueda contener ambas narrativas sin desgarrarse. Como señaló Jung, «hasta que lo inconsciente no se haga consciente, el inconsciente dirigirá tu vida y tú lo llamarás destino». El «destino» de España, su presente polarizado, es el resultado de no haber hecho consciente su Sombra colectiva.
En definitiva, la lectura junguiana nos invita a ver el conflicto sobre la memoria histórica en España no como un debate político estéril, sino como la manifestación de un proceso psicológico profundo. La dificultad para integrar el pasado, el auge de los discursos negacionistas y la fractura social actual son síntomas de una Sombra colectiva que clama por ser reconocida. La verdadera reconciliación, desde esta óptica, no vendrá del olvido, sino de la valentía de mirar de frente a los propios monstruos para, finalmente, poder trascenderlos.
Conclusiones
El ensayo «La sombra del poder en el abuso infantil religioso» desarrolla un análisis profundo y multifacético que conecta el abuso religioso tradicional con sus formas secularizadas contemporáneas, trazando un arco que va desde la psicología clínica hasta la crítica política y la memoria histórica. A lo largo del texto, el autor entrelaza la experiencia clínica con el análisis junguiano, la teoría política y la historia de España para demostrar que el abuso religioso no es un fenómeno del pasado, sino una estructura que se reproduce en diferentes contextos bajo nuevas máscaras.
Primera conclusión: el abuso infantil religioso es un fenómeno estructural que trasciende la violencia física directa. No se limita a los actos de perpetradores individuales, sino que involucra mecanismos sistémicos de adoctrinamiento, complicidad institucional y manipulación simbólica. La investidura de autoridad divina sobre el agresor —lo que el autor denomina «perpetradores sagrados»— fractura el orden simbólico de la víctima de un modo que va más allá del trauma sexual, afectando su capacidad de reintegrar la dimensión religiosa de su vida. El adoctrinamiento basado en el miedo al infierno, la represión instintiva y la «conspiración del silencio» son modalidades de abuso psicológico que dejan huellas profundas en la psique, manifestándose clínicamente en formas oníricas, pesadillas recurrentes y estados no ordinarios de conciencia donde emerge la sombra colectiva.
Segunda conclusión: la etiqueta de «abuso infantil» aplicada a la diversidad de género constituye una forma de abuso religioso secularizado. Cuando líderes políticos de ultraderecha califican la «ideología de género» como una amenaza para la infancia, están operando exactamente con la misma estructura arquetípica que el abuso religioso tradicional: invisten su discurso de autoridad trascendente (el líder como salvador), fabrican un infierno secular (el caos identitario, la pedofilia encubierta), señalan a un chivo expiatorio (personas LGTBIQ+, trans, therians) y exigen lealtad incuestionable mediante un campo de delirio autorreferencial donde la posverdad no importa como descripción, sino como marcador de lealtad. Esta violencia simbólica no ocurre en una iglesia, sino en el espacio público digital, pero su estructura es idéntica: fractura la conciencia crítica, genera miedo paralizante y anula a las víctimas como sujetos.
Tercera conclusión: la proyección de la sombra y el mecanismo del chivo expiatorio son los ejes psíquicos que sostienen tanto el abuso religioso tradicional como su versión política secularizada. En ambos casos, la comunidad (o el grupo de poder) proyecta sobre un «otro» —judío, hereje, disidente sexual, inmigrante— sus propios impulsos reprimidos (agresividad, miedo a la diferencia, deseo no regulado). Este «otro» es deshumanizado mediante un lenguaje de pureza y contaminación («cáncer a extirpar», «plaga», «enemigo»), y su exclusión o aniquilación simbólica se presenta como un acto de salvación colectiva. La violencia real contra las minorías se legitima como defensa de la infancia, invirtiendo la realidad: quienes realmente son abusados —niños reales, disidentes sexuales, víctimas de la memoria histórica— quedan invisibilizados mientras se fabrica un peligro inexistente para movilizar el miedo.
Cuarta conclusión: el nazismo constituye el paradigma histórico del abuso religioso político, y su estructura arquetípica reaparece en la ultraderecha contemporánea. El régimen nazi no fue solo un sistema político, sino un fenómeno de abuso religioso colectivo que utilizó símbolos sagrados, rituales de masas y una estética de lo numinoso para secuestrar la conciencia de un pueblo. La cruz gamada, el culto al Führer y la arquitectura de las catedrales de luz generaban una experiencia de lo sagrado sin Dios, una posesión arquetípica que Jung identificó como la activación de Wotan, el dios germánico de la furia y la guerra. Leni Riefenstahl, como cineasta-sacerdotisa, transformó la propaganda en liturgia visual, convirtiendo la violencia y el odio racial en una experiencia estético-religiosa que anulaba la conciencia crítica del espectador. Esta misma estructura —líder carismático como perpetrador sagrado, pánico moral como infierno secular, chivo expiatorio como víctima ritual— se reproduce hoy en figuras como Milei, Trump o Bolsonaro, y en España en la estética neofranquista de Vox, que utiliza el Valle de los Caídos como lugar de peregrinaje, la bandera con el yugo y las flechas como icono litúrgico, y el discurso de la «reconquista» como guerra santa.
Quinta conclusión: la Guerra Civil Española fue el primer escenario de la lucha global entre democracia, fascismo y comunismo, y su memoria sigue siendo un campo de batalla abierto. El golpe militar del 18 de julio de 1936, apoyado por Hitler y Mussolini, convirtió a España en el laboratorio donde se ensayaron las tácticas de la Segunda Guerra Mundial: el bombardeo aéreo masivo sobre población civil (Guernica), la coordinación aire-tierra del Blitzkrieg y la brutalización del conflicto ideológico. La política de «No Intervención» de Francia y Reino Unido fue el ensayo general del apaciguamiento que permitió a Hitler anexionarse Austria y Checoslovaquia. El balance humano es devastador: entre 380.000 y 735.000 muertos, más de 100.000 ejecuciones en la zona sublevada, 114.226 desapariciones forzadas, 30.000 personas aún desaparecidas en fosas comunes, y entre 200.000 y 300.000 exiliados. La Iglesia española legitimó el golpe como una «Cruzada» y sostuvo el nacionalcatolicismo como ideología oficial durante la dictadura, manteniendo una posición ambivalente en la Transición y en la actualidad.
Sexta conclusión: el «pacto de silencio» de la Transición no curó la herida, sino que mantuvo latente la sombra colectiva. La Ley de Amnistía de 1977 garantizó la impunidad de la dictadura y dejó a las víctimas sin justicia. Este olvido institucionalizado no fue neutral: permitió que la memoria traumática se transmitiera de generación en generación como un trauma no elaborado. Las leyes de Memoria Histórica (2007) y Memoria Democrática (2022) han intentado reparar esta deuda, pero el debate sigue polarizado, y el auge de discursos que idealizan el franquismo entre los jóvenes —un 20% de los menores de 24 años considera que la dictadura fue «buena» o «muy buena»— revela los síntomas de una sombra no integrada. La desinformación en redes sociales, la falta de educación sobre el franquismo en las aulas y la frustración ante la precariedad presente crean un caldo de cultivo para la idealización del pasado como un espejismo de orden y estabilidad.
Séptima conclusión: la integración de la sombra colectiva es la única vía para una reconciliación genuina. Jung advertía que todo lo que se reprime en el inconsciente no desaparece, sino que se vuelve más potente y regresa de forma patológica. La polarización política actual, la dificultad para alcanzar un relato común sobre el pasado y el resurgimiento de discursos negacionistas son síntomas de esta sombra no integrada. La «memoria histórica» no debe ser un ejercicio de revanchismo, sino una herramienta terapéutica: exhumar fosas, reconocer el sufrimiento de todas las víctimas y asumir la responsabilidad por los crímenes cometidos por todos los bandos. El objetivo final no es que un bando venza en el relato histórico, sino trascender esa dicotomía y construir una identidad nacional más compleja y matizada, capaz de contener ambas narrativas sin desgarrarse.
Octava conclusión: la Iglesia española, como institución, ha sido cómplice de la represión y el olvido, pero también puede ser agente de reconciliación si se atreve a integrar su propia sombra. Su papel en la legitimación del golpe de Estado, su bendición de la represión y su defensa del Valle de los Caídos como lugar de reconciliación han sido formas de complicidad con el mal. La jerarquía eclesiástica ha mostrado una posición ambivalente: por un lado, ha pedido perdón por su «falta de caridad»; por otro, se ha resistido a condenar explícitamente el franquismo. La verdadera reparación exigiría un reconocimiento público de su responsabilidad histórica, la colaboración activa en la exhumación de fosas y la renuncia a la defensa de símbolos que exaltan la dictadura. Sin esa integración de su sombra institucional, la Iglesia seguirá siendo parte del problema, no de la solución.
Novena conclusión: el abuso religioso no es un fenómeno exclusivamente católico, sino una estructura universal que puede manifestarse en cualquier sistema que invista a una autoridad con un mandato trascendente y utilice el miedo y la proyección para controlar la conciencia. El análisis del nazismo, la ultraderecha actual y el caso español demuestra que esta estructura puede operar en contextos seculares, sustituyendo a Dios por el Líder, el infierno por el caos identitario, el pecado por la disidencia y la salvación por la exclusión del otro. La pornografía, las redes sociales y la política de la indignación son versiones contemporáneas de esta misma lógica: ofrecen un goce inmediato que anula la capacidad de pensar críticamente, exactamente como el miedo al infierno anulaba la capacidad de cuestionar al sacerdote.
Décima conclusión: la resistencia contra el abuso religioso, en todas sus formas, comienza por la integración de la propia sombra. No hay vacuna política contra el fascismo que no pase por el trabajo interior de cada ciudadano. El primer paso para no convertirse en un perpetrador o en un cómplice es reconocer que el fascista, el abusador y el inquisidor están en uno mismo, esperando su oportunidad. Ese reconocimiento no es motivo de vergüenza, sino la condición de posibilidad de la libertad. Quien integra su sombra —quien siente odio pero no actúa desde él, quien desea poder pero no lo convierte en destructividad, quien teme a la diferencia pero no la convierte en enemigo— puede mirar el abismo de la historia sin pestañear y contribuir a construir una sociedad donde la memoria no sea un campo de batalla, sino un puente hacia la reconciliación.
Apéndice
¡Viva España! ¡Viva la Legión! ¡Viva el Cristo de la Buena Muerte!
En la mañana del Jueves Santo (2 de abril de 2026), cientos de legionarios desembarcaron en el puerto de Málaga procedentes de Almería a bordo del buque de asalto anfibio ‘Galicia’. Tras formarse, desfilaron marcialmente por las calles de la ciudad al ritmo de cornetas y tambores hasta llegar a la Plaza de Fray Alonso de Santo Tomás, donde se encuentra la Congregación de Mena, la sede de la hermandad.
Se trata de una tradición con casi un siglo de antigüedad que se ha convertido en un símbolo de identidad de la ciudad y de la propia Legión.
La misión de la Legión era participar en la ceremonia de traslado y entronización del «Santísimo Cristo de la Buena Muerte y Ánimas», conocido popularmente como el Cristo de Mena, y colocarlo en el trono procesional para salir esa misma noche.
El Significado del Nombre «Cristo de Mena»: Aunque oficialmente se llama «Cristo de la Buena Muerte», la imagen es universalmente conocida como el «Cristo de Mena». Este nombre proviene de su autor original, el célebre escultor del Barroco español Pedro de Mena y Medrano, quien talló la primera versión de esta imagen en 1660. La imagen original fue destruida durante la Guerra Civil en 1931 y reemplazada por la actual, una obra de 1942 del imaginero malagueño Francisco Palma Burgos, aunque la advocación y el nombre popular se mantuvieron.
El Significado del «Cristo de la Buena Muerte»
Esta imagen es mucho más que una talla religiosa; es un poderoso símbolo espiritual e identitario para la Legión Española.
Patrón y Protector de la Legión: El título del «Cristo de la Buena Muerte» es el Patrón y Protector oficial de la Legión Española. Esta vinculación se remonta a 1928, cuando los mandos del Tercio, recién creado, solicitaron a la hermandad que esta imagen se convirtiera en su protectora celestial. La devoción se hizo oficial en 1930 y, desde entonces, su presencia es consustancial a la identidad legionaria.
Un Vínculo Forjado en el Norte de África: El origen de esta devoción está estrechamente ligado a los primeros años de la Legión, cuando combatía en las duras campañas del norte de África. Los legionarios, que enfrentaban la muerte diariamente en el frente, buscaron en esta imagen un protector que les ofreciera el valor para luchar y la esperanza de una «buena muerte» en el campo de batalla.
«El Cristo de los Legionarios»: La conexión es tan intensa que la imagen es popularmente conocida en Málaga como «El Cristo de los legionarios». Su influencia es tal que en cada acuartelamiento de la Legión en España existe una réplica de esta imagen presidiendo los actos más solemnes.
«El Novio de la Muerte»: El acto alcanza su clímax emocional cuando los legionarios, con la imagen ya en el trono, entonan el «Novio de la Muerte». Esta marcha militar se ha convertido en el himno no oficial de la Legión y su letra, que habla de una relación de amor y entrega con la muerte, resuena con una fuerza extraordinaria en este contexto, creando una atmósfera de profunda emotividad y fervor.
Un Acto de Fe y de Identidad Militar: Para los legionarios, cargar al Cristo de la Buena Muerte a hombros y trasladarlo a su trono no es solo un acto religioso. Es una ceremonia de exaltación de sus señas de identidad: el honor, el sacrificio, la disciplina y la hermandad, todo ello envuelto en una tradición que se ha perpetuado durante casi un siglo.
Reflexiones
El «complejo cultural de la Buena Muerte» y sus sombras
El «Complejo cultural de la Buena Muerte» es una estructura poderosa:
Arquetipo del héroe sacrificial: El Cristo guerrero, el legionario que ofrece su vida por la patria. Es una forma del «Complejo del Salvador» aplicado a la muerte propia: uno se salva a sí mismo (en el sentido de obtener honor, gloria, trascendencia) muriendo de una determinada manera.
Sombra patriarcal y militarista: El desfile, los vítores, la masculinidad exaltada, la disciplina. Todo ello forma parte de un sistema que valora ciertas muertes (las del guerrero) e invisibiliza otras (las de las víctimas silenciosas del abandono social). El «Cristo de la Buena Muerte» es, en ese sentido, un símbolo que puede operar como mecanismo de distracción colectiva que acrecienta la idealización de unas formas de muerte y desvaloriza otras formas de muerte: mientras se aplaude al legionario que muere con honor, se deja en el desamparo a quienes mueren sin épica, sin ritual, sin comunidad.
Negación del sufrimiento ordinario: Este complejo solo valora la muerte que ocurre en condiciones extraordinarias (combate, martirio, heroísmo).
Autor
Mikel García García
Médico y cirujano (Universidad Navarra, 1975). Psicólogo (Universidad San Sebastián, 1982). Psicoanalista junguiano. Formación experiencial y teórica en: Psicoanálisis, Terapia Sistémica Familiar, Psicoanálisis Reichiano (vegetoterapia caracteroanalítica), Psicología Analítica Junguiana, Psicoterapia Transpersonal. Experiencia de Muerte Cercana a los 33 años. Máster en “Astronomía y astrofísica” VIU (Universidad Valencia, 2014). Doctor Internacional en «Estudios Internacionales en Paz, Conflictos y Desarrollo», Universitat Jaume I (UJI Castellón, 2020). Máster en Fotografía Artística y Narrativa Visual (Universidad Internacional de la Rioja, 2022). Máster en Inteligencia Artificial (BIG SCHOOL, Madrid 2024) y Máster en Inteligencia Artificial (Universidad Isabel I, Madrid 2025).
Colaborador con ONG médicas de intervención internacional, y en programas de formación a personal sanitario de atención Primaria; SIDA; maltrato infantil; muerte digna y a docentes. Especializado en maltrato infantil, trauma, duelo, tanatología, acompañamiento al muriente, integración de sistemas, estados de trance y místicos. Terapeuta de “Grupos de Duelo Online Ventana a ventana” desde confinamiento COVID-19. Psiconauta, antropólogo investigador del alma en la clínica médica y psicoterapéutica y trabajos de campo antropológicos cualitativos y cuantitativos, con énfasis en la Acción Participativa, docencia y divulgación psicopolítica de los hallazgos. Promotor de acciones participativas para el despertar del desierto interior y para la transformación social. Didacta de la Sociedad Internacional Para el Desarrollo del Psicoanálisis Junguiano (SIDPaJ). Fotógrafo. Buceador. Alquimista. Hilozoísta. Hijo de Hermes. Creador herido. https://bit.ly/mikelcurriculum iratxomik@gmail.com





