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El arte de existir con la conciencia: naturaleza, alquimia, libertad e individuación como tercera naturaleza
Mikel Garcia Garcia 11 septiembre 2026
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Ensayo
El alma de la Tierra y la sombra del antropocentrismo: una relectura junguiana de la ética.
Mikel Garcia 14 abril 2026
Hace poco fuimos testigos de la misión Artemis II. El viaje espacial realizado por Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen durante 10 días. Vimos imágenes espectaculares de la Tierra y de la Luna, capturadas con precisión científica. Pero también, sin buscarlo, los astronautas y muchas personas sintieron algo más: una especie de espiritualidad más femenina, más participativa. Una sensación de pertenencia a una «casa común» que necesitamos cuidar.
Esa casa —nuestra morada, nuestra guarida— ha sido configurada por la costumbre del ser humano como especie dominante. El filósofo Heidegger hablaría del Dasein (el «estar ahí» del ser humano en el mundo) en la corriente de Heráclito. En el fondo, todo esto nos remite a la ética: ¿cómo debemos habitar este lugar?
Como afirma el sociólogo Bruno Latour, a partir de Galileo, los humanos comenzaron a situarse «fuera del suelo», contemplando la Tierra desde una exterioridad astronómica. La tecnología moderna, que nació de esa distancia, nos ha conducido a sociedades inviables en un planeta que se vuelve inhabitable pero paradójicamente la misma tecnología ha permitido la misión Artemis II y lo que la humanidad ha sentido.
El “filósofo del espacio” Frank White acuñó el término overview effect, como el «cambio cognitivo en quienes ven la Tierra desde fuera y lejos de la Tierra». El filósofo destacaba que nunca se encontró con un solo astronauta que sintiera algo diferente. Todos «volvían con un sentimiento de urgencia por contribuir a preservar el mundo».
Es evidente que la moral y ética imperantes no funcionan para preservar el planeta, y menos la escalada actual en el que los belicistas en delirios de poder que reducen la ética a plegarse a sus planteamientos han generado una guerra en el golfo pérsico coincidente unos días con la misión Artemis.
Desde hace mucho se han alzado voces que claman por una nueva ética, me parece importante los planeamientos de Neumann que cito con frecuencia.
En esta ocasión voy a centrarme en ir un poco más allá de éticas de la Tierra que son bastante mejores que las imperantes para enriquecerlas desde aportaciones junguianas.
Cuando en este texto hablo de Gaia, Gea o el arquetipo de la Gran Madre, no me refiero a seres conscientes con intencionalidad. No atribuyo a la Tierra una voluntad, un propósito o una agencia psicológica similar a la humana. Eso sería convertir estos arquetipos en espíritus o entidades religiosas, lo cual no es mi enfoque. Hablo de imágenes simbólicas del alma, de patrones universales de la psique que emergen en mitos, sueños y emociones colectivas. Que Gaia «devore» o «acoja la muerte» es una forma poética y psicológica de expresar procesos reales (tsunamis, ciclos vitales) que la psique humana experimenta como numinosos, pero no implica que el planeta tenga mente o intención. Dicho esto, continúo.
- Gaia como arquetipo de la Gran Madre
Desde la psicología analítica de Carl Gustav Jung, la hipótesis Gaia no es solo un concepto científico. Es mucho más: es la reemergencia de un arquetipo universal en el lenguaje de la ciencia. Gaia es la Gran Madre Tierra: Gea, Deméter, Cibeles, Pachamama. Un símbolo presente en todas las culturas humanas, desde los mitos griegos hasta las cosmovisiones andinas.
Lo que hace poderoso a Gaia no es solo su veracidad empírica (que los sistemas de la Tierra se autorregulan), sino su carga numinosa. Es decir, esa energía emocional y espiritual que nos conecta con una imagen primordial que la modernidad reprimió. Cuando Latour habla de «desplazamiento ontológico», en términos junguianos eso es la disociación del logos (la razón) del mito (la narrativa sagrada).
Pero ojo: no explorar la sombra del arquetipo de la Gran Madre es un error. Gaia también puede devorar. Tsunamis, pandemias, extinciones masivas, volcanes, huracanes. La Tierra no es solo un útero nutricio y acogedor; también es una tumba, un vientre que retoma lo que dio. Una ética verdaderamente gaiana debería integrar esa ambivalencia. Si solo nos quedamos con la faceta amable, estamos construyendo una espiritualidad edulcorada, una naturaleza de Instagram y TikTok que niega o banaliza la tragedia.
- El desplazamiento ontológico como pérdida de alma
Cuando Latour denuncia que la modernidad nos ha situado «fuera del suelo», un junguiano añadiría: hemos perdido el vínculo simbólico con la tierra. La ciencia galileana nos regaló un universo infinito, pero vacío de sentido. Un cosmos mecanizado, sin dioses, sin ninfas, sin espíritus del bosque. La «tierra patria» no es solo el suelo geográfico; es la tierra simbólica, el suelo arquetípico donde el alma echa raíces.
Muchas éticas ecológicas actuales intentan re-sacralizar nuestra relación con el entorno. Pero cuidado: no hablo de sacralizar en sentido religioso dogmático, sino en sentido psicológico profundo. Sin embargo, estas éticas se quedan cortas si solo proponen cambiar hábitos y leyes. No basta con reciclar, instalar paneles solares o prohibir plásticos. Eso es necesario, pero insuficiente. Hay que restaurar el mito. Es decir, recuperar narrativas que integren al ser humano en un cosmos vivo, donde los ríos tengan memoria, los árboles tengan presencia, y los animales sean nuestros parientes mayores.
Sin ese componente mítico, cualquier ética corre el riesgo de convertirse en un sistema de obligaciones sin eros: sin pasión, sin deseo, sin asombro. Y el asombro, como bien sabía Kant, es el combustible de la moral.
- El problema de la «única sede de valor» y la sombra antropocéntrica
Aquí hay que hablar claro: la inflación del ego humano —eso que llamamos antropocentrismo— es, desde la lente junguiana, una forma de posesión por el arquetipo del Héroe. Ese héroe que se cree separado y superior a la naturaleza. Que domina, conquista, extrae, transforma. El héroe prometeico que roba el fuego a los dioses y termina encadenado a una roca.
Pero también hay éticas ecológicas que caen en la trampa inversa. Algunas corrientes afirman que «la dignidad es la forma misma de la ley moral» y que debemos extender esa dignidad a la totalidad del ecosistema. Suena bonito, pero ¿quién decide qué es «la totalidad»? ¿Quién define los límites? La sombra de esta ética holística puede ser el pensamiento mágico (todo está conectado, luego cualquier acción se justifica) o el totalitarismo verde (en nombre de Gaia, se pueden justificar sacrificios humanos, desplazamientos forzados, o incluso eugenesia ecológica).
La individuación —ese proceso junguiano de llegar a ser uno mismo— no consiste en disolver el ego en el todo. Eso sería una regresión psicótica. Tampoco consiste en inflar el ego hasta creerse dueño del mundo. La individuación es establecer una relación dialógica entre el ego (nuestro yo consciente, limitado) y el sí-mismo (ese centro total de la personalidad que sí tiene una dimensión cósmica). Enfatizar la ecodependencia hasta el extremo corre el riesgo de disolver la subjetividad humana en el colectivo bioférico. Y eso sería otra forma de inflación, ahora por identificación con la totalidad.
- Kant, el deber y la sombra del superyó
El filósofo Immanuel Kant nos dejó su famoso imperativo categórico: obra de tal modo que la máxima de tu acción pueda convertirse en ley universal. Algunos ecologistas han intentado reformularlo en sentido holístico: «obra de tal modo que tus acciones contribuyan al florecimiento de la vida en su conjunto». Pero eso, desde una perspectiva junguiana, es un racionalismo más.
La ley moral no es solo racional. También es arquetípica. Kant hablaba de dos cosas que llenaban su ánimo de admiración y respeto: «el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí». Pues bien, ambas son expresiones de lo numinoso: el cielo estrellado desde el asombro cósmico, la ley moral desde la conciencia ética. Ambas nos desbordan.
Pero la ley moral también tiene sombra. El deber puede volverse tiránico, frío, deshumanizado. Freud llamó a eso el superyó (ese juez interno cruel que nunca está satisfecho). Jung lo asociaba al aspecto negativo del «viejo sabio». Convertir a Gaia en el fundamento material del deber corre el riesgo de crear un nuevo imperativo categórico aún más implacable: «Debes vivir para Gaia». ¿Y si la persona sufre? ¿Y si su vida individual entra en conflicto con el bien del todo? ¿Quién decide cuándo un ser humano es «insostenible»?
- El florecimiento de la vida como bien supremo: una crítica desde el arquetipo del sufrimiento
Muchas éticas gaianas actuales asumen que el bien supremo es la riqueza y el florecimiento de la vida. Suena esperanzador, optimista, prometeico. Pero Jung cuestionaría ese sesgo. ¿Qué lugar tiene el sufrimiento en esta ética? ¿Y la pérdida, la enfermedad, la muerte? ¿Son meros accidentes a evitar, o forman parte esencial del arquetipo de la vida?
Pongamos un caso concreto, que ya hemos discutido en otros textos: el de Noelia Castillo, una persona que vivía con un sufrimiento insoportable y que solicitaba una muerte digna. Una ética gaiana centrada solo en el «florecimiento» tendría muchas dificultades para abordar su caso. Porque Noelia no florecía. Su vida era agonía.
Sin embargo, una ética gaiana más madura podría responder que la eutanasia es compatible si se entiende como un acto de compasión que evita el sufrimiento innecesario. Pero yo añadiría algo más: el arquetipo de la Gran Madre también acoge la muerte como parte del ciclo. Gaia no solo da vida, la retoma. Una ética verdaderamente gaiana debería integrar la muerte voluntaria como un acto de retorno consciente al seno de la Tierra, no como un fracaso del florecimiento. Morir también es una forma de honrar a la Tierra.
- La ausencia de lo inconsciente y la sombra colectiva
Aquí llegamos al punto más profundo. La psicología junguiana pregunta: ¿qué inconsciente colectivo está operando en la crisis ecológica? ¿Qué complejos culturales nos impiden habitar la Tierra de forma simbiótica?
Por ejemplo: el complejo del progreso (siempre más, siempre adelante, el crecimiento infinito en un planeta finito). El complejo de dominación (la naturaleza debe ser controlada, sometida, explotada). Y también, atención, el complejo del salvador que puede aparecer en los propios ecologistas: «nosotros los que sabemos (que Gaia es el fundamento) debemos guiar a los que aún no saben». Eso es exactamente la sombra del activismo bienintencionado.
Las éticas gaianas que sean solo una ética de la luz —proponiendo hábitos, fundamentos científicos, campañas de concienciación— sin trabajar con la sombra, no van a propiciar una transformación real. ¿Por qué? Porque si no reconocemos que también nosotros, los que escribimos y leemos esto, tenemos pulsiones de dominio, codicia, indiferencia, pereza, y a veces hasta placer en destruir, entonces nuestra ética será hipócrita. Y la hipocresía es el mayor enemigo del cambio.
Una ética materialmente «correcta» puede generar una nueva forma de inflación moral: el fariseísmo ecológico. Y eso, en lugar de salvar el planeta, genera rechazo, culpa paralizante o reacciones negacionistas.
Gaia no es solo luz, también es sombra
La crisis ecológica no es solo un problema de hábitos erróneos. Es un problema de pérdida de alma, de desconexión con los símbolos que nos integran en el cosmos. Y esa pérdida no se repara solo con argumentos científicos o imperativos categóricos reformulados. Requiere un trabajo de individuación que incluya el descenso a la sombra, el encuentro con lo numinoso, la recuperación del mito.
Gaia no es solo un sistema de retroalimentación biogeoquímica. Es una imagen del alma que nos interpela a nivel profundo. Y esa interpelación no siempre es amable. Gaia también es la Tierra que tiembla, que abrasa, que ahoga, que arrasa ciudades y civilizaciones enteras.
Una ética gaiana auténtica debería enseñarnos a morir simbólica y realmente, no solo a florecer. Porque la vida y la muerte son las dos caras de la misma Madre.
En última instancia, la ley moral no está solo «en mí» (como decía Kant). Está en la tierra, en los animales, en los sueños, en los síntomas del cuerpo y del planeta. Y la verdadera «buena voluntad» no es la que obedece ciegamente a un imperativo externo, sino la que sabe escuchar el mensaje de la naturaleza profunda, tanto la externa (los ecosistemas, los climas, los ciclos) como la interna (los sueños, las emociones, los arquetipos).
Ese mensaje, en el caso de Noelia, era: «déjame ir».
Quizás la Tierra también nos esté diciendo lo mismo, pero en otra clave: «aprende a soltar, a morir a tiempo, a no aferrarte a una versión infantil de mí».
Y ahora te pregunto a ti, que has llegado hasta aquí:
¿Crees que nuestra relación con la Tierra necesita más datos científicos o más trabajo con la sombra? ¿Has sentido alguna vez que Gaia no solo da vida, sino que también «devora»? ¿Qué lugar das al sufrimiento y la muerte en tu propia ética ecológica?
Autor
Mikel García García
Médico y cirujano (Universidad Navarra, 1975). Psicólogo (Universidad San Sebastián, 1982). Psicoanalista junguiano. Formación experiencial y teórica en: Psicoanálisis, Terapia Sistémica Familiar, Psicoanálisis Reichiano (vegetoterapia caracteroanalítica), Psicología Analítica Junguiana, Psicoterapia Transpersonal. Experiencia de Muerte Cercana a los 33 años. Máster en “Astronomía y astrofísica” VIU (Universidad Valencia, 2014). Doctor Internacional en «Estudios Internacionales en Paz, Conflictos y Desarrollo», Universitat Jaume I (UJI Castellón, 2020). Máster en Fotografía Artística y Narrativa Visual (Universidad Internacional de la Rioja, 2022). Máster en Inteligencia Artificial (BIG SCHOOL, Madrid 2024) y Máster en Inteligencia Artificial (Universidad Isabel I, Madrid 2025).
Colaborador con ONG médicas de intervención internacional, y en programas de formación a personal sanitario de atención Primaria; SIDA; maltrato infantil; muerte digna y a docentes. Especializado en maltrato infantil, trauma, duelo, tanatología, acompañamiento al muriente, integración de sistemas, estados de trance y místicos. Terapeuta de “Grupos de Duelo Online Ventana a ventana” desde confinamiento COVID-19. Psiconauta, antropólogo investigador del alma en la clínica médica y psicoterapéutica y trabajos de campo antropológicos cualitativos y cuantitativos, con énfasis en la Acción Participativa, docencia y divulgación psicopolítica de los hallazgos. Promotor de acciones participativas para el despertar del desierto interior y para la transformación social. Didacta de la Sociedad Internacional Para el Desarrollo del Psicoanálisis Junguiano (SIDPaJ). Fotógrafo. Buceador. Alquimista. Hilozoísta. Hijo de Hermes. Creador herido. https://bit.ly/mikelcurriculum iratxomik@gmail.com





