La vendedora de fósforos
de Hans Christian Andersen (1845)
Narrado por Mikel García Escucha la narración
Encontrarás un contexto histórico del relato y su autor, el relato escrito y la narración del mismo con mi voz. Esto lo hace más vivo y humano, con los matices personales que le he dado, de entonación, timbre, …
Por contraste también encontrarás un dialogo de IA que he creado partiendo del texto a modo de podcast. En el podcast, en el diálogo entre personajes IA introduzco ideas propias sobre el texto del autor a modo de análisis e interpretación. El contraste tiene interés y espero que propicie en quien escuche amplificar y hacer una auto revisión sobre su propia cosmovisión.
Explicación
Historia de «La vendedora de fósforos»
Título original: Den lille Pige med Svovlstikkerne (La niña con los fósforos)
Año de publicación: 1845
Argumento del cuento:
El cuento narra la historia de una niña pequeña y pobre que es enviada por su familia a vender fósforos en la calle en la víspera de Año Nuevo. Temblando de frío y con hambre, no se atreve a volver a casa porque no ha vendido ni un solo fósforo y teme el castigo de su padre.
Para entrar en calor, enciende los fósforos uno por uno. En cada llama, tiene visiones fugaces y hermosas: una estufa de hierro que le da calor, un banquete navideño con un ganso asado y, finalmente, un gran árbol de Navidad decorado. En la visión más importante, ve a su querida abuela, la única persona que la había tratado con amor y que ya ha fallecido.
Cuando enciende el último fósforo, ve a su abuela con claridad y le suplica que la lleve con ella. Para no perder esa visión, enciende todos los fósforos restantes. Al día siguiente, la encuentran congelada en la calle, con una sonrisa en el rostro y una caja de fósforos quemados a su lado. La gente comenta con pena que «seguro quería darse calor», sin saber las maravillosas visiones que tuvo en sus últimos momentos.
¿Por qué lo escribió? (Contexto y motivación)
Andersen escribió este cuento en 1845, y su creación está influenciada por varios factores personales y sociales.
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Una imagen inspiradora y una historia personal: Según los diarios de Andersen, el cuento nació cuando recibió un grabado de un artista danés, Johan Thomas Lundbye, que mostraba a una pequeña vendedora de fósforos. Esa imagen lo conmovió profundamente y le insistió para que escribiera un cuento basado en ella. Sin embargo, la historia también tiene un origen más personal. La madre de Andersen, de niña, había sido enviada por sus padres a pedir limosna. Ella le contó que una vez, al no poder volver a casa sin dinero, se sentó a llorar debajo de un puente. Esa experiencia de abandono y pobreza infantil caló hondo en el autor y se refleja en la desesperación de la niña.
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La crítica social y la pobreza infantil: Dinamarca, al igual que el resto de Europa, experimentaba en el siglo XIX las duras consecuencias de la Revolución Industrial y la desigualdad social. Andersen, que provenía de una familia extremadamente pobre (su padre era zapatero y su madre lavandera analfabeta), conocía de primera mano el sufrimiento de los marginados. «La vendedora de fósforos» es una poderosa crítica a la indiferencia de la sociedad hacia los más vulnerables. La niña pasa desapercibida para los transeúntes, que celebran la Nochevieja en sus cálidos hogares mientras ella muere de frío en la calle.
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La fe y la espiritualidad como consuelo: Andersen era un hombre profundamente religioso, aunque con una fe a menudo teñida de dudas y melancolía. En muchos de sus cuentos, la muerte no es un final trágico, sino una liberación y un paso hacia una vida mejor. Para la niña, la muerte no es un final frío y solitario, sino un reencuentro con el amor (su abuela) en el cielo, lejos del sufrimiento terrenal. Los fósforos se convierten en un símbolo de la esperanza y la fe que iluminan la oscuridad, aunque sea por un instante.
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Su propia sensibilidad y melancolía: Andersen era conocido por su carácter sensible y a menudo melancólico. Tenía una profunda capacidad para sentir la soledad y la tristeza, emociones que proyectó en muchos de sus personajes. La niña del cuento es la personificación de esa fragilidad: es invisible, silenciosa y su única compañía son sus propios sueños.
En resumen, Andersen escribió «La vendedora de fósforos» motivado por:
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La inspiración visual: Un grabado que le mostró la imagen de una niña pobre.
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Los recuerdos de su madre: La historia de pobreza y abandono que ella vivió en su infancia.
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Su propia experiencia de pobreza: Provenía de la clase baja y conocía bien la dureza de la vida para los desfavorecidos.
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La crítica a la indiferencia social: Quería mostrar el contraste entre la celebración y la miseria, y denunciar la falta de compasión.
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Su visión espiritual: La muerte como un escape del sufrimiento y un reencuentro con el amor divino.
Relato
La vendedora de fósforos de Hans Christian Andersen.
¡Qué frío hacía!; nevaba y comenzaba a oscurecer; era la última noche del año, la noche de San Silvestre. Bajo aquel frío y en aquella oscuridad, pasaba por la calle una pobre niña, descalza y con la cabeza descubierta. Verdad es que al salir de su casa llevaba zapatillas, pero, ¡de qué le sirvieron! Eran unas zapatillas que su madre había llevado últimamente, y a la pequeña le venían tan grandes, que las perdió al cruzar corriendo la calle para librarse de dos coches que venían a toda velocidad. Una de las zapatillas no hubo medio de encontrarla, y la otra se la había puesto un mozalbete, que dijo que la haría servir de cuna el día que tuviese hijos.
Y así la pobrecilla andaba descalza con los desnudos piececitos completamente amoratados por el frío. En un viejo delantal llevaba un puñado de fósforos, y un paquete en una mano. En todo el santo día nadie le había comprado nada, ni le había dado un mísero chelín; volvíase a su casa hambrienta y medio helada, ¡y parecía tan abatida, la pobrecilla! Los copos de nieve caían sobre su largo cabello rubio, cuyos hermosos rizos le cubrían el cuello; pero no estaba ella para presumir.
En un ángulo que formaban dos casas —una más saliente que la otra—, se sentó en el suelo y se acurrucó hecha un ovillo. Encogía los piececitos todo lo posible, pero el frío la iba invadiendo, y, por otra parte, no se atrevía a volver a casa, pues no había vendido ni un fósforo, ni recogido un triste céntimo. Su padre le pegaría, además de que en casa hacía frío también; solo los cobijaba el tejado, y el viento entraba por todas partes, pese a la paja y los trapos con que habían procurado tapar las rendijas. Tenía las manitas casi ateridas de frío. ¡Ay, un fósforo la aliviaría seguramente! ¡Si se atreviese a sacar uno solo del manojo, frotarlo contra la pared y calentarse los dedos! Y sacó uno: «¡ritch!».
¡Cómo chispeó y cómo quemaba! Dio una llama clara, cálida, como una lucecita, cuando la resguardó con la mano; una luz maravillosa. Parecióle a la pequeñuela que estaba sentada junto a una gran estufa de hierro, con pies y campana de latón; el fuego ardía magníficamente en su interior, ¡y calentaba tan bien! La niña alargó los pies para calentárselos a su vez, pero se extinguió la llama, se esfumó la estufa, y ella se quedó sentada, con el resto de la consumida cerilla en la mano.
Encendió otra, que, al arder y proyectar su luz sobre la pared, volvió a esta transparente como si fuese de gasa, y la niña pudo ver el interior de una habitación donde estaba la mesa puesta, cubierta con un blanquísimo mantel y fina porcelana. Un pato asado humeaba deliciosamente, relleno de ciruelas y manzanas. Y lo mejor del caso fue que el pato saltó fuera de la fuente y, anadeando por el suelo con un tenedor y un cuchillo a la espalda, se dirigió hacia la pobre muchachita. Pero en aquel momento se apagó el fósforo, dejando visible tan solo la gruesa y fría pared.
Encendió la niña una tercera cerilla, y se encontró sentada debajo de un hermosísimo árbol de Navidad. Era aún más alto y más bonito que el que viera la última Nochebuena, a través de la puerta de cristales, en casa del rico comerciante. Millares de velitas, ardían en las ramas verdes, y de estas colgaban pintadas estampas, semejantes a las que adornaban los escaparates. La pequeña levantó los dos bracitos… y entonces se apagó el fósforo. Todas las lucecitas se remontaron a lo alto, y ella se dio cuenta de que eran las rutilantes estrellas del cielo; una de ellas se desprendió y trazó en el firmamento una larga estela de fuego.
«Alguien se está muriendo» —pensó la niña—, pues su abuela, la única persona que la había querido, pero que estaba muerta ya, le había dicho: —Cuando una estrella cae, una alma se eleva hacia Dios.
Frotó una nueva cerilla contra la pared; se iluminó el espacio inmediato, y apareció la anciana abuelita, radiante, dulce y cariñosa.
—¡Abuelita! —exclamó la pequeña—. ¡Llévame, contigo! Sé que te irás también cuando se apague el fósforo, del mismo modo que se fueron la estufa, el asado y el árbol de Navidad.
Apresuróse a encender los fósforos que le quedaban, afanosa de no perder a su abuela; y los fósforos brillaron con luz más clara que la del pleno día. Nunca la abuelita había sido tan alta y tan hermosa; tomó a la niña en el brazo y, envueltas las dos en un gran resplandor, henchidas de gozo, emprendieron el vuelo hacia las alturas, sin que la pequeña sintiera ya frío, hambre ni miedo. Estaban en la mansión de Dios Nuestro Señor.
Pero en el ángulo de la casa, la fría madrugada descubrió a la chiquilla, rojas las mejillas, y la boca sonriente… Muerta, muerta de frío en la última noche del Año Viejo. La primera mañana del Nuevo Año iluminó el pequeño cadáver, sentado, con sus fósforos, un paquetito de los cuales aparecía consumido casi del todo. «¡Quiso calentarse!», dijo la gente. Pero nadie supo las maravillas que había visto, ni el esplendor con que, en compañía de su anciana abuelita, había subido a la gloria del Año Nuevo.





