Fascismo como síndrome civilizatorio: la “caza del moro”.

Fascismo como síndrome civilizatorio: la “caza del moro”.

Fascismo como síndrome civilizatorio: la “caza del moro”.

Mikel Garcia. 17 julio 2025

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Descripción de la imagen

Trabajando con inteligencia artificial. Por Mikel García.

 

Autor

 

Mikel García García[i]

[i] Médico y cirujano (Universidad Navarra, 1975). Psicólogo (Universidad San Sebastián, 1982). Psicoanalista junguiano. Formación experiencial y teórica en: Psicoanálisis, Terapia Sistémica Familiar, Psicoanálisis Reihiano (vegetoterapia), Psicología Analítica Junguiana, Psicoterapia Transpersonal. Experiencia de Muerte Cercana a los 33 años. Máster en “Astronomía y astrofísica” VIU (Universidad Valencia, 2014). Doctor Internacional en «Estudios Internacionales en Paz, Conflictos y Desarrollo», Universitat Jaume I (UJI Castellón, 2020). Máster en Fotografía Artística y Narrativa Visual (Universidad Internacional de la Rioja, 2022). Máster en Inteligencia Artificial (BIG SCHOOL, Madrid 2024) y Máster en Inteligencia Artificial (Universidad Isabel I, Madrid 2025). 

Colaborador con ONG médicas de intervención internacional, y en programas de formación a personal sanitario de atención Primaria; SIDA; maltrato infantil; muerte digna y a docentes. Especializado en maltrato infantil, trauma, duelo, tanatología, acompañamiento al muriente, integración de sistemas, estados de trance y místicos. Terapeuta de “Grupos de Duelo Online Ventana a ventana” desde confinamiento COVID-19. Psiconauta, antropólogo investigador del alma en la clínica médica y psicoterapéutica y trabajos de campo antropológicos cualitativos y cuantitativos, con énfasis en la Acción Participativa, docencia y divulgación psicopolítica de los hallazgos. Promotor de acciones participativas para el despertar del desierto interior y para la transformación social. Didacta  de la Sociedad Internacional Para el Desarrollo del Psicoanálisis Junguiano (SIDPaJ). Fotógrafo. Buceador. Alquimista. Hilozoísta. Hijo de Hermes. Creador herido. https://bit.ly/mikelcurriculum  iratxomik@gmail.com

Presentación y contenido

El ensayo “Fascismo como síndrome civilizatorio: la caza del moro” de Mikel García (julio 2025) analiza los disturbios racistas en Torre Pacheco y otros episodios recientes en Europa como síntomas de un fenómeno más profundo que trasciende la política: el fascismo entendido como estructura emocional colectiva y síndrome civilizatorio. Lejos de ser un hecho aislado, el fascismo se presenta como una patología de masas basada en la represión afectiva, el miedo a la libertad, la sumisión a la autoridad y la proyección del odio reprimido hacia el “otro”, especialmente el inmigrante.

El autor sostiene que la personalidad potencialmente fascista, descrita por Adorno, no pertenece a individuos excepcionales, sino que habita en ciudadanos comunes. Esta personalidad combina moralismo sexual, obediencia autoritaria, pensamiento binario, agresión hacia la diferencia y miedo a la introspección. Estas disposiciones, cultivadas por estructuras familiares rígidas y contextos de inseguridad, pueden activarse políticamente mediante discursos simplificadores. Goebbels sintetizó este proceso en sus principios de propaganda —simplificación, repetición y unanimidad— que hoy se reproducen amplificados por redes sociales y algoritmos, generando una psicopolítica del odio.

El texto aborda la misoginia como núcleo del fascismo español, herencia del franquismo y del catolicismo patriarcal. La mujer libre o feminista sigue siendo presentada como amenaza, reapareciendo en el discurso digital de la extrema derecha a través del acoso en redes y la deslegitimación del feminismo. Esta “falocracia virtual” perpetúa el ideal de pureza y orden masculino frente al “caos” femenino, reeditando la represión de la libertad sexual y emocional como base del autoritarismo.

García recurre a una amplia genealogía teórica. Freud explica el narcisismo de las pequeñas diferencias, que convierte diferencias mínimas en odios profundos; Reich interpreta el fascismo como producto de la represión sexual; Jung analiza la proyección de la Sombra colectiva sobre el extranjero, en el caso español el “moro”, evocando fantasmas coloniales e históricos; Adorno y Marcuse examinan la educación autoritaria y la industria cultural como reproductoras del pensamiento fascista; Foucault y Han relacionan el racismo con el biopoder y la psicopolítica neoliberal; Deleuze y Guattari describen el fascismo como máquina deseante que canaliza la frustración social hacia la violencia tribal.

El ensayo ilustra estas dinámicas con el personaje ficticio MKG, un obrero español educado en valores autoritarios que encuentra en el odio al inmigrante una forma de pertenencia y sentido. MKG encarna la banalidad del mal: no es un monstruo, sino un síntoma de la soledad, represión y precariedad contemporáneas.

El autor distingue entre discurso de odio y delito de odio, subrayando cómo la propaganda se cuida de incitar indirectamente la violencia que otros ejecutan. La “caza al moro” es, así, una manifestación de la psique colectiva enferma y de la manipulación política del miedo.

En sus conclusiones, García propone estrategias de prevención del fascismo desde una perspectiva integral: educación emocional y crítica, memoria histórica, cultura del disenso, empatía radical, redes comunitarias y ética del cuidado. La cura del síndrome fascista no se limita al plano ideológico, sino que requiere una transformación del deseo, del cuerpo y de los vínculos sociales. Prevenir el fascismo, concluye, es integrar la sombra colectiva, reconocer la diferencia y convertir la vulnerabilidad en fuente de humanidad compartida.

Ensayo

Los disturbios en Torre Pacheco, Murcia, España, en julio 2025, como los vividos en los últimos años —incluyendo episodios de violencia racial, agresiones físicas y simbólicas contra migrantes, en España (El Ejido 2000, tras el asesinato de tres vecinos por inmigrantes marroquíes, se produjo una ola de violencia xenófoba), Reino Unido (agosto 2024. Tras un apuñalamiento en Southport el 29 de julio que mató a tres niñas y fue atribuido falsamente a un musulmán) y América— generan miedo, y suscitan preguntas que requieren investigación profunda más allá de las respuestas superficiales y estereotipadas que abundan. ¿Cómo es posible que los discursos de odio de unos pocos calen en la población que vota cada vez más a la extrema derecha? ¿Es cierto que la condición humana es tan oscura que estos episodios sacan lo peor de las personas?
En este artículo voy a investigar lo que han aportado autores que citaré en adelante y me centraré en las singularidades de España. Finalizaré con sugerencias acerca de qué hacer para combatir el fascismo. El artículo es un borrador que presenta ideas y explicaciones aún no suficientemente articuladas, pero que pueden tener cierta utilidad para que el lector pueda reflexionar sobre perspectivas que quizás no conoce y sacar sus conclusiones.
Miguel de Cervantes define la Historia en el capítulo IX de su Don Quijote como “camino de la verdad, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir”.

El fascismo no es únicamente una ideología política, sino una estructura emocional colectiva, un tipo de organización de la psique de masas que se basa en: La represión sexual y emocional; La autoridad patriarcal rígida; El miedo a la libertad y la proyección del odio reprimido hacia un enemigo externo (judío, extranjero, comunista, etc.). El fascismo se alimenta de pulsiones inconscientes manipuladas políticamente, los discursos de odio son alimentados desde ciertos sectores mediáticos y políticos, exacerbando el miedo y fomentando una identidad colectiva basada en la exclusión del diferente.
El fascismo es una estructura latente, un síndrome civilizatorio con diversos síntomas, entre ellos la xenofobia -islamofobia- y la aporofobia, muchas veces relacionadas, que no es un problema de ignorancia, sino una patología de la estructura emocional de masas, reproducida en lo cotidiano.
¿Qué es una personalidad potencialmente fascista? El concepto proviene principalmente de Theodor W. Adorno. La personalidad potencialmente fascista no es un “monstruo externo” sino que está latente en muchos ciudadanos comunes. La personalidad fascista se estructura en torno a Ideales del Yo y a la identificación con un Amo que encarna el orden. El sujeto potencialmente fascista tiene algunas de estas características clave:
Sexualidad reprimida: Moralismo y miedo a la libertad sexual.
Convencionalismo: Adhesión rígida a valores sociales convencionales.
Sumisión autoritaria: Obediencia acrítica a figuras de autoridad.
Agresión autoritaria: Hostilidad hacia quienes infringen los valores convencionales.
Anti-intracepción: Oposición a la introspección, emociones y subjetividad.
Superstición y estereotipia: Pensamiento mágico, clichés sobre el mundo.
Suspicacia paranoica: conspiparanoica.
Poder y dureza: Idealización de fuerza, dominación, disciplina.
Destructividad y cinismo: Tendencia a ver el mundo como hostil y a justificar la violencia.
Proyección: Atribuir a otros los propios impulsos reprimidos.
Militantismo fanático: Se pasa a la acción y se crean los entornos favorables para pasar a la acción con justificación.

¿Te reconoces en alguna?

La praxis fascista cala en poblaciones con personalidades potencialmente fascistas, especialmente en contextos de inseguridad, desigualdad o crisis identitaria. Estos contextos pueden sembrarse intencionadamente apelando a los miedos profundos de la estructura fascista de la población. La praxis fascista busca el poder y la dominación y utiliza herramientas para lograrlo. Joseph Goebbels, el “enano cojo y diabólico” -un enano místico- tal y como lo definía Goering, desarrolló durante su infancia un “enorme complejo de inferioridad” debido a su escasa estatura y a una malformación en el pie que le condenaría a una cojera permanente. Terminó desarrollando los 11 principios de la propaganda nazi. Principios “ilustrados”, metódicos, y eficaces para crear una disposición mental en la población que justifique la violencia. Actualmente los 11 principios se siguen usando y su eficacia de multiplica gracias a la tecnología, las redes sociales y el concurso de la Inteligencia Artificial (Durante 16 horas, Grok 3 empezó a soltar barbaridades como elogios a Hitler, amenazas al presidente de Turquía y respuestas cargadas de racismo. Tanto se le fue la pinza que lo apagaron, aunque seguía respondiendo con imágenes que decían “me están censurando”).
Cito 3 de los 11: 1. Principio de simplificación y enemigo único. «Reducir todo a un antagonismo binario y personificar la culpa en un solo grupo». Ejemplo en España: VOX reduce problemas complejos (precariedad laboral, crisis agrícola) al binomio «españoles vs. invasores moros», como en Torre Pacheco (2025). VOX llama sistemáticamente MENA a todos los menores migrantes, reduciendo su complejidad a un único enemigo: “Un mena, 4.700 € al mes; tu abuela, 426 €”. 6.- Principio de orquestación. “La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentadas una y otra vez desde diferentes perspectivas, pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas”. De aquí viene también la famosa frase: “Si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad”. «Bombardear con mensajes constantes para anular el pensamiento crítico»: 500 tuits/hora con hashtags como StopInvasión. 11. Unanimidad. Se difunde la idea de que “todo el mundo” comparte ese pensamiento: “Tu abuela y tus valores están amenazados…”, reforzando la impresión de consenso mayoritario.
La misoginia como núcleo del proyecto fascista en España. El fascismo español proyectó su Sombra colectiva (miedo, deseo reprimido, culpa, odio a la debilidad) en la figura de la mujer republicana, sexualmente libre, activa políticamente.
El fascismo español fusionó el catolicismo integrista con doctrinas autoritarias, promoviendo un modelo de mujer centrado en la «tríada sagrada»: madre, esposa y ángel del hogar. Este ideal se basaba en interpretaciones pseudocientíficas del darwinismo social y la eugenesia, que justificaban la inferioridad biológica femenina. El odio hacia las mujeres perpetuaba la supremacía masculina y prefiguraba todas las formas de autoritarismo social. La mujer fue estigmatizada como «caos» frente al «orden» masculino, necesitando control moral y político.
La extrema derecha actual emplea redes sociales como armas de hostigamiento. Esto es una reactualización del mito: la mujer libre como portadora del mal social. Trolls misóginos (anonimizados) atacan a mujeres públicas con insultos sexualizados, acusándolas de «subvencionadas» o «traidoras». Este odio refleja la resistencia ante la pérdida de privilegios patriarcales. Falocracia virtual: Según análisis periodísticos, grupos como Forocoches o seguidores de VOX operan con una «lógica de falo violador»: humillan a mujeres mediante comentarios sobre su físico, amenazas sexualizadas y desprecio al feminismo. Deslegitimación de políticas igualitarias: Como en el franquismo, se atacan subvenciones a asociaciones feministas o LGTBI, tachándolas de «fraude» o «caprichos». Esta retórica, alimentada por medios conservadores, oculta su función redistributiva y de reparación histórica.

Qué explican algunos autores:
S. Freud. Introdujo el término «narcisismo de las pequeñas diferencias» en «El malestar en la cultura» (1930), describiéndolo como un fenómeno paradójico donde comunidades con profundas similitudes (étnicas, lingüísticas, culturales) desarrollan hostilidad mutua precisamente por sus diferencias mínimas. Este mecanismo ofrece una «satisfacción cómoda e inofensiva de la inclinación violenta» que fortalece la cohesión interna al proyectar la agresión hacia un «enemigo próximo». Cuando aparece el extraño y conviven, se convierte en el enemigo próximo prevalente, el chivo expiatorio con el que se ejerce una violencia sutil, que podría denominarse racismo “blando”. El racismo «blando» no es un residuo de la barbarie, sino un producto perverso de la civilización que instrumentaliza diferencias mínimas para sostener jerarquías. Su violencia es sutil, pero no menos letal. En Moisés y el monoteísmo, Freud vincula el monoteísmo con la represión violenta de tradiciones anteriores. El monoteísmo judío surge de la imposición de creencias mediante la fuerza, generando un legado de culpa y conflicto
W. Reich —psicoanalista marxista y discípulo de Freud— en su obra La psicología de masas del fascismo (1933), intenta responder a una pregunta central: ¿Por qué las masas obreras apoyan al fascismo, incluso en contra de sus propios intereses materiales?: El fascismo emerge de la represión sexual en la familia patriarcal autoritaria, generando sujetos sumisos identificados con figuras de autoridad. Esta estructura es la «célula germinal del fascismo» que proyectan su agresión en chivos expiatorios (inmigrantes como «contaminación racial»). La represión sexual se proyecta en modos concretos como: acusación de perversión sexual (los judíos eran definidos por los nazis como perversos sexuales); o violación (Migrantes como violadores en el discurso racista contemporáneo. Migrantes —especialmente árabes, africanos y musulmanes— como el nuevo “peligro sexual”). Es una estrategia clásica del racismo y el fascismo que sirve para deshumanizar, movilizar el miedo, y justificar políticas de exclusión, violencia o exterminio, y es un discurso profundamente afectivo y simbólico, que apela al miedo visceral al cuerpo del otro: como si el cuerpo racializado tuviera un goce excesivo, una potencia peligrosa, una “amenaza animal”. Mecanismos de manipulación colectiva: Los símbolos (como la esvástica), la religión represiva y el terror sistemático explotan traumas inconscientes y fantasías colectivas. Así como en el fascismo clásico el “judío” era culpado de la decadencia moral y económica, en estos casos el “moro” se convierte en el blanco del odio reprimido.
C. Jung (Arquetipos e inconsciente colectivo, 1934). El arquetipo del “extraño” y la sombra proyectada. El extraño (el outsider, el otro) representa en muchas culturas una figura ambivalente: es peligroso y fascinante, temido y deseado. Suscita sentimientos paranoides. En términos junguianos, el extraño encarna aspectos inconscientes que el yo no reconoce ni acepta -la sombra-, que se proyecta hacia fuera especialmente sobre los que son distintos, vulnerables o marginales. Se proyectan en el «moro» los traumas y fantasmas coloniales no resueltos de España y hechos históricos no resueltos (pérdida de Al-Ándalus, memoria del Protectorado, el miedo a la «contaminación» cultural, la barbarie de la expulsión de judíos y musulmanes en la edad media). Consignas como «Defendemos nuestro pueblo» reactivan el mito de la Reconquista. Aquí la xenofobia y el racismo funcionan como mecanismos de defensa psíquicos colectivos: Rechazar al otro no solo evita el dolor de confrontar el mal interno, sino también la amenaza de transformar la identidad mediante la luz que el otro irradia. Cuando el yo se identifica con una identidad colectiva (raza, nación, género, religión), cualquier diferencia se vive como: Una amenaza de fragmentación; Una pérdida de seguridad ontológica; Un riesgo de contagio simbólico. De ahí nacen fantasías de invasión, descontrol, de “ser borrado” o “reemplazado” por el otro (como en el Gran Reemplazo), típicas de ideologías xenófobas. La violencia en Torre Pacheco refleja una psicosis colectiva: se temen amenazas inexistentes y se rechaza lo desconocido con pánico. El anciano agredido se convierte en la excusa para legitimar una agresión colectiva y el “efecto llamada”.
T. Adorno (La personalidad autoritaria, 1950): La familia autoritaria fomenta la «personalidad autoritaria» mediante la obediencia ciega y el castigo, creando sujetos propensos a la adhesión a líderes fuertes y la hostilidad hacia grupos marginalizados. La industria cultural difunde estereotipos que anulan el pensamiento crítico. El «síndrome fascista» incluye pensamiento dicotómico (nosotros/ellos). La industria cultural amplifica este proceso mediante bulos en medios sensacionalistas (ej.: vinculación automática, magrebí-delincuencia), legitimando la violencia.
J. Lacan (Escritos, 1966): El goce (jouissance) se canaliza mediante un objeto a (el inmigrante como «amenaza») que satisface pulsiones agresivas bajo un gran Otro simbólico (la «España Pura»). El Universo Desokupa (la empresa ultra que quiere enseñar a España a defenderse de lo que sea) encarna líderes que prometen restituir un orden perdido mediante la violencia. Lo Real lacaniano —aquello que resiste la simbolización— irrumpe en fenómenos como la «caza al moro» como trauma no procesado: la imposibilidad de integrar la diversidad cultural en el relato nacional herido por la «declinación de la imago paterna» en la estructura social.
H. Marcuse (El hombre unidimensional, 1964): El capitalismo genera el «hombre unidimensional» incapaz de criticar el sistema. La represión desublimadora canaliza frustraciones hacia falsas liberaciones (xenofobia), evitando la crítica al capitalismo. La clase trabajadora ataca a inmigrantes (sus compañeros de explotación) en lugar de al sistema capitalista. Vox instrumentaliza este malestar, con discursos de «autodefensa», ofreciendo una falsa «liberación» mediante la xenofobia.
M. Foucault (Vigilar y castigar, 1975; Historia de la sexualidad, 1976): El racismo opera como biopoder: el Estado gestiona poblaciones mediante la exclusión del «indeseable». El fascismo de masas es una extensión de este mecanismo. Foucault explica cómo las instituciones religiosas monoteístas (Iglesia, confesión, dogma) han sido mecanismos de control de los cuerpos, la sexualidad y el deseo, especialmente desde la infancia. El sujeto religioso se constituye por medio de la culpa, el pecado y la autovigilancia. Esta subjetividad culpabilizada es altamente manipulable por el poder, facilitando el sometimiento político o moral.
Deleuze/Guattari (El Anti-Edipo, 1972; Mil Mesetas, 1980): Las turbas son máquinas de guerra deseantes: flujos de agresión que se territorializan en «cacerías humanas». El fascismo es una «máquina de guerra deseante» que captura flujos de deseo colectivo hacia la destrucción. Las turbas actúan por «producción deseante» (éxtasis de la cacería), no por ideología. «¡Vamos a cazar moros!», crea una multitud fascista temporal. Esto refleja la «línea de fuga revertida»: el deseo de comunidad, frustrado por el capitalismo, se satisface en violencia tribal.
E. Laclau (La razón populista, 2005). El pueblo vs la élite: el populismo se articula en torno a una frontera política entre un nosotros (el pueblo) y un ellos (la oligarquía, el sistema, los corruptos, etc.). El populismo de derecha construye significantes vacíos (ej.: «inmigración ilegal») que unifican demandas dispersas bajo un enemigo común. Vox articula malestares rurales (abandono estatal, desempleo) en un relato de «invasión mora”. VOX y el discurso populista: Construye un pueblo ideal (españoles trabajadores, cristianos, víctimas del separatismo o de la inmigración); Identifica un enemigo (progresistas, feminismo, inmigrantes ilegales, «la casta»); Utiliza significantes vacíos como «España», «libertad», «sentido común», que permiten sumar demandas diversas bajo un mensaje común. Una versión perversa de esta lógica populista: Se construye un “nosotros” (autóctonos explotados o abandonados) frente a un “ellos” (emigrantes supuestamente beneficiados, delincuentes o invasores); Este “pueblo” es activado emocionalmente mediante discursos de miedo y pérdida (trabajo, seguridad, cultura); Movilizan estas pasiones populares en forma de odio.
Jan Assmann (Violencia y Monoteísmo, 2014). El monoteísmo introduce una «violencia estructural» al establecer una división radical entre religión verdadera (propia) y falsa (ajena), lo que justifica la exclusión del «otro». La creencia en un Dios único fomenta la intolerancia mediante lógicas binarias (ej.: elegido/rival, sagrado/profano). Las grandes religiones monoteístas (judaísmo, cristianismo, islam) tienden a estar organizadas bajo jerarquías rígidas que reflejan una visión del mundo patriarcal, con un Dios único, masculino, omnipotente y juez. Características comunes: Autoridad vertical: Dios → profetas → líderes religiosos → fieles; Moral binaria: bien/mal, puro/impuro, creyente/hereje; Sumisión del individuo: obediencia como virtud suprema; Control del cuerpo y la sexualidad: especial énfasis en la contención y represión. Estas características pueden fomentar una interiorización del autoritarismo: el “padre celestial” se convierte en modelo de todas las autoridades (padre, Estado, jefe, ley). La estructura familiar tradicional, con un padre como figura de orden y castigo, reproduce este esquema divino. En los textos fundacionales de las tres religiones monoteístas, encontramos episodios violentos autorizados o mandados por Dios: En la Biblia hebrea (Tanaj), Yahvé ordena la aniquilación de pueblos enteros (Amalecitas, Cananeos). En el cristianismo medieval, las Cruzadas fueron impulsadas con la promesa de indulgencia total: “Dios lo quiere”. En el islam, en el Corán hay versos que han sido usados para justificar la guerra santa (yihad) defensiva o expansionista.
Byung-Chul Han (Psicopolítica, 2014; La expulsión de lo distinto, 2017): La autoexplotación neoliberal genera fatiga social que deriva en violencia inmunitaria contra «lo otro». Las redes sociales amplifican el odio. El agotamiento neoliberal convierte al cuerpo migrante en diana de la frustración acumulada. La «violencia de lo idéntico» hacia el «diferente». Hacia el migrante, percibido como alteridad disruptiva en una comunidad obsesionada con la homogeneidad identitaria.
Vladislav Šolc y George Didier (Dark Religion: Fundamentalism from The Perspective of Jungian Psychology 2018. Religión Oscura: Fundamentalismo desde la Perspectiva de la Psicología Junguiana) El libro explora con detalle el impacto de la religión oscura como estructuras defensivas que protegen contra las experiencias numinosas en lugar de integrarlas en la consciencia. Este aspecto se destaca como un elemento que conduce al desarrollo de la hybris, la inflación, la posesión, las personalidades maná, la unilateralidad y otras formas de adaptación psicológica inadecuada. El libro introduce el concepto de «credo fuerte», que abarca diferentes denominaciones para el fenómeno de la posesión por arquetipos, como el fanatismo, el fundamentalismo, el radicalismo y el sectarismo. Los autores se refieren a este concepto como «teocalipsis».

Una personalidad fascista contemporánea

Presento un perfil narrativo ficcional de una personalidad fascista contemporánea en un sujeto que llamo MKG. Es una figura verosímil, no caricaturesca, que permite comprender cómo se encarna hoy el fascismo subjetivo. He procurado que el perfil no se identifique con ningún sector económico:
MKG: «No es racismo, es sentido común. Esto no es lo que era.»
MKG no se define como político. Nunca lo ha sido. Dice que le da igual la izquierda o la derecha, pero cada vez que abre la boca suelta un juicio que parece salido de un manual de propaganda nacionalista. «Mi abuelo con 14 años ya trabajaba en lo que fuera para ganarse la vida. No como estos que vienen y se lo damos todo». MKG trabaja con máquinas. Su día es rutinario, preciso, repetitivo. Como su pensamiento. Las cosas son o no son. Lo ambiguo le irrita. No soporta a quienes dudan, vacilan o se contradicen. La inseguridad le produce angustia. Prefiere repetir frases de youtubers o políticos que siente “claros”, que “van de frente”.
Estructura de personalidad
Educado en una familia autoritaria, donde el padre era «el que mandaba» y la madre “callaba, pero era la que te miraba con culpa”, creció reprimiendo el miedo y la ternura. Aprendió que sentir era debilidad. Que llorar era de maricas. Que los que protestan “no aguantan nada”. Reprime el deseo, pero lo proyecta en forma de violencia: sueña con castigar a los «okupas», a los marroquíes que ve en su barrio, a las mujeres que “juegan con los hombres” y a los “pijos progres que viven en barrios sin gitanos”. Le perturba profundamente la ambigüedad de género y la libertad sexual. El cuerpo libre le parece amenazante. Siente una mezcla de atracción y odio ante la feminidad emancipada, que percibe como burlona y superior. A veces ve porno de dominación. Después se siente sucio. No tolera la complejidad. En el fondo, teme que su mundo se desmorone. Por eso necesita creer que España es una, que la historia es gloriosa, que hay héroes y traidores. Cada vez que siente que algo se le escapa, busca una causa externa: los políticos, los inmigrantes, los “globalistas”, los antifascistas.
Sobre MKG
Lacan diría que su goce está en el odio compartido. Encuentra comunidad en el desprecio. En los grupos de Telegram donde se comparten vídeos de robos, donde se exageran cifras de ayudas a extranjeros. Allí se siente parte de algo. Allí es escuchado. Allí es alguien.
Adorno habría dicho que MKG tiene una personalidad autoritaria: sumiso con los de arriba, agresivo con los de abajo. Solo respeta la fuerza. Siente asco por la debilidad.
Byung-Chul Han diría que su soledad posmoderna se convierte en violencia defensiva: su identidad frágil necesita enemigos para no disolverse.
Laclau explicaría cómo MKG es interpelado por una retórica populista que construye un “nosotros” y un “ellos” con fuerza afectiva. Cuando grita “¡Fuera moros!” no está hablando de inmigración, sino de su angustia existencial.
Reich lo habría visto como el producto perfecto de una educación que castra el cuerpo, el deseo, la ternura. Un sujeto moldeado para obedecer y odiar.
Deleuze y Guattari lo describirían como un fascista deseante: un sujeto que desea su propia servidumbre, que encuentra placer en los límites, en las jerarquías, en las órdenes.
Epílogo simbólico. MKG no es un monstruo. Es un síntoma. Es la expresión humana de una sociedad que reprime el afecto, destruye el lazo social y alimenta la exclusión como identidad. Vive entre el miedo a no ser nada y la ilusión de pertenecer a algo. Pero sin ser un monstruo puede ser carne de cañón para la violencia justificada.

Dinámica de la cadena de odio: De la retórica a la violencia.
Discurso vs. delito de odio.
Los delitos de odio se definen en el artículo 510 del Código Penal español como actos que «fomentan, promueven o incitan al odio, hostilidad o violencia» por motivos como origen étnico, religión u orientación sexual. Incluyen desde humillaciones públicas (pena: 6 meses-2 años) hasta incitación a la violencia (1-4 años de prisión). Mientras el discurso de odio (lenguaje discriminatorio en redes o medios) puede no ser delito si no incita directamente a la violencia, el delito de odio implica acciones penales con motivación discriminatoria. La ONU destaca su papel en la deshumanización de grupos vulnerables.
La propaganda nazi crea el caldo en el discurso, cuidando no llegar al delito, solo dicen la verdad, es difícil demostrar que esperen que el delito lo cometerán otros ejecutores. La ley actual no es suficiente.
Las “cacerías” no son actos espontáneos. Estos episodios de odio no son meras explosiones raciales, sino el producto de una interacción entre estructuras psíquicas, discursos políticos y dinámicas sociales. Son fenómenos complejos donde: La estructura autoritaria interna (Reich, Adorno) permite la obediencia violenta. El discurso político articula esa obediencia como defensa colectiva (Laclau). Los discursos de odio circulan libremente gracias a una tolerancia represiva (Marcuse).
En redes, se activa una psicopolítica emocional que genera miedo, solidaridad antagónica y auto-vigilancia (Han, Foucault). El agresor proyecta en el inmigrante una sombra personal y colectiva (Jung). La violencia se realiza como una defensa de un territorio simbólico y grupal (Deleuze/Guattari).
Los perfiles que participan en agresiones racistas como la “caza al moro” suelen compartir: Frustraciones personales y sociales acumuladas. Deseo de pertenecer a un grupo con poder. Identificación con figuras políticas que refuerzan su visión. Narrativas de odio, compartidas emocionalmente en redes sociales.

Amor vs odio.
El odio y el amor son sentimientos fundamentales, profundamente entrelazados en nuestra biología y en la estructura de la psique. Aunque pueden parecer opuestas, desde una perspectiva neurocientífica y psicodinámica, comparten raíces comunes y revelan mucho sobre el funcionamiento humano en sus niveles más profundos.
Estudios de neuroimagen (como los de Semir Zeki y colegas) han demostrado que amor y el odio activan áreas cerebrales superpuestas, especialmente en regiones relacionadas con: la motivación (putamen, ínsula), la planificación de acciones (corteza frontal medial), y las emociones viscerales.
Ambos sentimientos pueden transformarse uno en otro. En relaciones intensas, especialmente de apego inseguro, el amor frustrado puede volverse odio. Esta labilidad emocional tiene correlatos en la plasticidad de las redes cerebrales implicadas en el apego y la agresión. Odio como defensa: Puede ser una defensa contra el dolor del amor frustrado o la dependencia. El odio muchas veces protege del sentimiento de vulnerabilidad que genera el amor. El odio puede surgir como respuesta al reconocimiento de lo que el otro revela de nosotros mismos: el odio al semejante puede estar ligado al narcisismo herido. “No entiendo por qué lo amo tanto si me hace tanto daño. Y al mismo tiempo, a veces lo odio con todo mi ser.”

¿Es España racista?
Hay evidencias de racismo estructural y social. También hay respuestas: Marco legal progresista. España tiene una de las legislaciones más avanzadas de Europa contra delitos de odio (Art. 510 CP) y cuenta con un III Plan de Acción (2025-2028); Y una sociedad civil activa. En el contexto europeo, España es menos racista que la media UE: Según el European Social Survey (2023), España ocupa el puesto 11/27 en tolerancia, por encima de Francia o Alemania.
La invención de «razas» (blancos, indios, negros) durante la colonización fue un dispositivo para: Justificar la explotación laboral (esclavitud, encomiendas). Establecer una jerarquía global de humanidad: lo «europeo» como sinónimo de racionalidad/progreso, lo «no-europeo» como atraso.
El racismo estructural tiene un nivel básico de «racismo blando» (o racismo sutil) que se refiere a manifestaciones de discriminación racial menos evidentes que el racismo abierto y violento, pero igualmente dañinos. Estas prácticas suelen estar normalizadas, camufladas en lo cotidiano, y se basan en estereotipos, microagresiones o exclusiones sistémicas. El racismo blando genera consecuencias muy importantes. Daño psicológico: Estrés, ansiedad y sentimiento de no pertenencia. Desigualdad estructural: Menos oportunidades laborales, educativas y de vivienda. Normalización y banalización de la violencia: La sutileza hace difícil identificarlo y combatirlo, perpetuando el ciclo.
Raíces y factores contextuales:
El narcisismo de las pequeñas diferencias y las peculiaridades de la personalidad potencialmente fascista en un momento histórico en el que la guerra civil y las condiciones educativas en la dictadura franquista incrementaron los factores de familias autoritarias.
Herencia colonial: La historia de España con esclavitud, colonialismo en África y América, la expulsión de judíos y musulmanes, y la persecución al pueblo gitano, dejó jerarquías raciales internalizadas. La «Leyenda Negra» (mito de la crueldad española en América) alimenta un nacionalismo defensivo que estigmatiza lo «no europeo».
Narrativa de «homogeneidad»: La idea de una España «blanca y católica» excluye a minorías étnicas (judíos, musulmanes, gitanos) que llevan siglos en el país.
«El racismo es la colonialidad del poder incrustada en los hábitos más íntimos, en los pliegues del alma.» Silvia Rivera Cusicanqui, quien explica un racismo internalizado en sociedades poscoloniales).
La democracia occidental se construyó sobre el genocidio colonial. Cuando VOX llama «invasores» a migrantes, repite el discurso de los conquistadores contra los «indios bárbaros».
Las Leyes de Limpieza de Sangre (estatutos de limpieza de sangre) surgieron en la España del siglo XV como un sistema jurídico-religioso de segregación racial. Su objetivo era excluir a descendientes de judíos y musulmanes convertidos (conversos y moriscos) de cargos públicos, instituciones educativas, órdenes militares y religiosas. Tras las revueltas antisemitas de 1391 y la presión de la Inquisición (1478), miles de judíos y musulmanes se convirtieron al cristianismo. Surgió la sospecha de que los conversos practicaban su fe en secreto (criptojudaísmo). Pruebas de «pureza»: Genealogías: Investigar ancestros hasta 3-4 generaciones. Testigos: Declaraciones bajo juramento sobre la «limpieza» del candidato. Documentos notariales: Certificados de bautismo y matrimonio cristiano antiguo. Quienes no podían probar limpieza perdían estatus social (deshonra) frente al surgimiento de una aristocracia de sangre frente a una masa de «manchados». Economía racializada: Exclusión de judíos y moriscos de gremios y comercios, consolidando élites cristianas viejas. Su legado permea aún el racismo contemporáneo como una lógica perversa del racismo como teología política. La «mancha» judía/musulmana era hereditaria, no se borraba con el bautismo. VOX hoy habla de «invasión» como contaminación étnica-cultural. Creación de archivos raciales (Libros Verdes de Aragón), hoy perfilamiento racial en bases policiales de «etnia». Así como los estatutos demonizaban al converso como «infiltrado», hoy se estigmatiza al migrante magrebí como «invasor encubierto». La defensa de la «España eternamente católica» (usada por Franco) es herencia directa de la teocracia de los estatutos. Estos estatutos no fueron un «error histórico»: fueron la primera burocracia racial moderna, donde Iglesia y Estado unieron fe, sangre y poder. Su sombra persiste porque: El fascismo necesita cuerpos «impuros» para movilizar odio. La democracia española no ha desmontado los mitos de pureza identitaria.
Manifestaciones de racismo blando en España:
Microagresiones cotidianas: Comentarios como «Eres muy listo para ser moro», «No pareces gitana» o «¿De dónde eres de verdad?». Chistes étnicos («humor» que ridiculiza culturas o rasgos físicos). Elogios exotizantes: «Qué bonito es tu pelo afro» (tratándolo como algo ajeno).
Estereotipos internalizados: Asociar a personas latinas con trabajos domésticos o de bajos salarios. Presuponer que personas negras o magrebíes son «inmigrantes recientes» (incluso si son españolas). Vincular a la comunidad gitana con delincuencia o absentismo escolar.
Exclusión en espacios públicos y servicios: Perfilamiento racial (racial profiling): Controles policiales desproporcionados a personas racializadas (documentados por ONGs como SOS Racismo). Discriminación en ocio: Acceso denegado a discotecas («por aforo»), especialmente a hombres negros o magrebíes. Trato diferenciado en tiendas: seguimiento constante por parte de seguridad.
En España, un migrante marroquí es tratado como «cuerpo explotable» (jornalero en Murcia), no como sujeto de derechos. Emigrantes africanos trabajan 12h/día por 30€, mientras supermercados europeos multiplican ganancias.
Medios españoles llaman «MENAs» a niños migrantes (criminalizándolos), repitiendo lógicas coloniales.
Las vallas de Melilla/Ceuta son tecnologías raciales: disfrazan de «control migratorio» lo que es caza humana de cuerpos no-europeos.
Tokenismo y apropiación cultural: Incluir a una persona racializada en un equipo/publicidad solo para «aparentar diversidad». Usar símbolos culturales (como trenzas africanas o indumentarias gitanas) como «moda», sin respetar su significado.
Aunque existen normas contra la discriminación (como la Ley 15/2022 contra el racismo), su aplicación es débil.
Medios de comunicación: Cubrimiento sesgado de migración (vinculándola a delincuencia) o representación estereotipada de minorías.
Capitalismo racializado: «El salario del obrero blanco en Europa se subsidia con la superexplotación del cuerpo racializado en el Sur Global». Migrantes marroquíes en la agricultura murciana trabajan en condiciones neoesclavas.
El «otro» (musulmán, migrante subsahariano) encarna la colonialidad reactualizada: no es un extranjero, sino un cuerpo colonizable.
Negación del racismo: Frases como «En España no hay racismo», «Aquí todos somos iguales» o «Eso es cosa del pasado», que invisibilizan experiencias de las víctimas. Minimizar denuncias: «Es una broma», «No fue con mala intención».

¿Cómo prevenir la emergencia del fascismo en el sujeto?
¿Cómo aprovechar la crisis de la emergencia del conflicto en Torre Pacheco?
Prevenir la emergencia de tendencias fascistas en el sujeto requiere más que rechazar ideologías totalitarias. Supone intervenir en las raíces emocionales, simbólicas y sociales que predisponen al autoritarismo. Como advertía Theodor Adorno en La personalidad autoritaria, el fascismo no es solo un fenómeno político, sino una estructura psíquica latente que puede activarse ante situaciones de crisis.
Presento a continuación un esbozo de ideas, dimensiones y acciones posibles a realizar bastantes ya propuestas y desarrolladas por diversos autores.
El fascismo encuentra terreno fértil, allí donde hay miedo, humillación, fragmentación simbólica, ausencia de pensamiento crítico y rechazo de la diferencia. La tarea, entonces, es individual y colectiva, política y espiritual, emocional y estructural. Prevenir el fascismo en el sujeto no es solo una tarea ideológica, sino una praxis integral que articula cuerpo, palabra, historia, deseo y comunidad. Es sembrar instituciones, narrativas y vínculos que disuelvan la fantasía de pureza identitaria y abracen la pluralidad como potencia.
Como señala Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo, el fascismo surge cuando el sujeto se siente superfluo. La respuesta es crear espacios donde cada vida sea irrepetible e imprescindible. Esto exige combinar la revolución libidinal (Marcuse) con instituciones que encarnen justicia material (Fraser).
Como dijera Jung: “La individuación no es separación, sino la integración de la diferencia”.
Prevenir el fascismo es cultivar la potencia de lo diverso en cada subjetividad. No basta con negar el odio; hay que hacer del cuidado un ritual político y de la diferencia un goce existencial.
No se busca solo la convivencia pacífica, sino también la integración con enriquecimiento cultural recíproco. El emigrante trabaja con brecha salarial y aporta riqueza a la nación, pero ese hecho no debe ser el fundamento de la aceptación de la inmigración.
Objetivos.
Educación emocional: Fomentar la expresión de afectos, el pensamiento crítico y la empatía.
Autoconocimiento: Explorar la sombra (Jung), la pulsión (Freud), El instinto (Reich), el deseo (Deleuze) para evitar proyectarlos.
Discurso político inclusivo: Desarticular cadenas que construyen enemigos internos.
Resistencia cultural: Promover narrativas que celebren la diferencia y la complejidad.
Dimensiones y acciones
1. Dimensiones psicodinámicas y afectivas
Autoconocimiento y sombra. Carl Jung propone explorar la sombra personal y colectiva para evitar proyecciones destructivas sobre el otro: “Lo que niegas te somete, lo que aceptas te transforma”. Además, el concepto de «sombra dorada» sugiere que también proyectamos potenciales reprimidos (creatividad, libertad, espiritualidad) que nos incomodan. Técnicas de diálogo con la sombra (identificar proyecciones de miedo/odio en «el otro»).
Pulsión y represión. Sigmund Freud y Wilhelm Reich señalan que la pulsión reprimida, cuando no se sublima ni se canaliza creativamente, puede devenir en violencia o sumisión. Herbert Marcuse propone una revolución libidinal que libere la energía creativa de la psique (Eros y civilización). Talleres de bioenergía social que transformen ira en acción colectiva (ej.: teatro foro sobre xenofobia).
Deseo y máquinas sociales. Deleuze y Guattari entienden el deseo como una fuerza colectiva. El fascismo captura el deseo social, creando una máquina de goce autoritaria. Prevenirlo implica producir otras formas de deseo colectivo (cooperación, alegría, justicia). Mapear flujos deseantes capturados por discursos fascistas y reconectarlos con redes solidarias. Insurrección deseante: Crear máquinas de guerra nómadas (Deleuze) que reconfiguren el placer lejos del autoritarismo.
Incluir a Paulo Freire (Pedagogía del oprimido): Educación dialógica donde el sujeto identifique sus propias opresiones internalizadas. Ejemplo: Debates en escuelas sobre cómo el fascismo surge de crisis económicas no resueltas.
2. Educación crítica y memoria histórica
Pensamiento complejo. Superar relatos simplistas que culpan a «otros» (migrantes, pobres, mujeres) de problemas estructurales. Incluir educación filosófica, mediática y narrativa en el sistema educativo. Enseñar ecología de saberes (Boaventura de Sousa Santos) para analizar problemas estructurales.
Historia y trauma. Enseñar las consecuencias reales del fascismo: Holocausto, franquismo, genocidios. Evitar la idealización de pasados autoritarios como formas de «orden». Recuperar testimonios del franquismo y Holocausto mediante archivos orales (como los de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica).
Walter Benjamin (Tesis sobre la historia): Recuperar historias de los vencidos mediante archivos contra-monumentales.
Vacunas narrativas (Sander van der Linden): Exponer previamente a micro-dosis de discursos fascistas con desmontaje crítico.
Talleres de memoria corporal (ejercicios que confrontan gestos internalizados de sumisión/dominación racial). Luchas por el territorio-cuerpo: Movimientos por el derecho para vestir trajes tradicionales en espacios formales.
3. Fortalecer valores democráticos y cuidado comunitario
Cultura del disenso. Aprender que disentir no es traición. La ciudadanía crítica requiere debate, conflicto productivo y negociación. Talleres de alfabetización mediática para identificar discursos de «chivo expiatorio» (ej.: vincular inmigración con inseguridad).
Empatía radical. Fomentar experiencias reales con la diferencia (voluntariados, intercambios culturales, diálogo interreligioso). Cartografiar necesidades locales (ej.: acceso a agua en zonas rurales) para vincular libertades y bien común. Crear asambleas de controversia (espacios para debatir conflictos con reglas de respeto).
Contacto con diversidad: Programas de intercambio intercultural (ej.: «Vecinos por un mes» en barrios multiétnicos).
Ética del cuidado. Byung-Chul Han propone una comunidad basada en la vulnerabilidad compartida, no en la competencia narcisista.
Nancy Fraser (Escalas de justicia): Combina redistribución económica (políticas públicas) con reconocimiento identitario (luchas simbólicas). Ejemplo: Cooperativas agrícolas mixtas que garanticen salarios dignos y respeto a tradiciones culturales.
Julia Kristeva (Poderes de la perversión): Trabajar la abyección hacia lo extraño mediante literatura migrante.
Frantz Fanon (Piel negra, máscaras blancas): Dinámicas de descolonización del deseo en espacios educativos.
4. Fortalecimiento emocional e identitario
Gestión del miedo. El fascismo prospera cuando el sujeto no puede nombrar ni simbolizar sus miedos. Es necesario trabajar la alfabetización emocional. Mapear zonas de inseguridad existencial en territorios (ej.: barrios desindustrializados).
Espacios de pertenencia. Crear redes afectivas reales que ofrezcan comunidad sin exclusión: asociaciones, cooperativas, asambleas barriales. Rituales de pertenencia: Ceremonias públicas de investidura ciudadana para jóvenes en riesgo de exclusión.
Llenar vacíos identitarios: Redes de apoyo mutuo (ej.: bancos de tiempo donde se intercambian habilidades sin dinero).
Judith Butler (Marcos de guerra): Frente a la deshumanización, promover duelos públicos por vidas precarizadas (ej.: ceremonias por migrantes fallecidos). Esto confronta la diferencia jerarquizada que alimenta el fascismo.
La diversidad como portadora de lo luminoso. Lo paradójico es que al otro también se le proyectan en la sombra (sombra dorada) valores reprimidos positivos por los sujetos que temen perder su hegemonía o su identidad rígida: Vitalidad; Creatividad; Sexualidad libre; Pluralidad; Sensibilidad; Conexión con la tierra o con lo espiritual. Rechazar al otro no solo evita el dolor de confrontar el mal interno, sino también la amenaza de transformar la identidad mediante la luz que el otro irradia. Reconocer al otro como proyección de lo propio. Asumir la sombra personal y colectiva. Aceptar que la identidad se enriquece con la diferencia. La diversidad no es amenaza, sino posibilidad de individuación colectiva: nos permite integrar aspectos reprimidos y evolucionar. Crear laboratorios de proyección donde se identifiquen valores reprimidos (vitalidad/creatividad) atribuidos al «otro».
Talleres de mitos, cuentos y leyendas de otras culturas que narran problemas existenciales universales.
Bancos de sombra dorada. Intercambio de habilidades donde los migrantes enseñen saberes ancestrales (medicina andina, tejido bereber).
Édouard Glissant (Poética de la relación): Fomentar identidades-rizoma frente a raíces únicas excluyentes.
5. Vigilancia ante señales de radicalización
Indicadores
Lenguaje deshumanizador («plaga», «invasores»).
Nostalgia autoritaria («con Franco esto no pasaba»).
Teorías conspirativas (antisemitismo, xenofobia, negacionismo).
Estrategias
Cuestionar con empatía y pensamiento crítico:
“¿Qué pruebas tienes?”
“¿Qué alternativa no violenta propones?”
“¿Has hablado con alguien que vive eso?”
«¿Quién se beneficia de que odies a este grupo?» (revelar intereses políticos/económicos).
«¿Qué perderías si este grupo tuviera derechos plenos?» (cuestionar privilegios).
Talleres de teatro social (Augusto Boal) para canalizar la rabia en acción política no violenta.
6. Herramientas sociales e institucionales
Escuelas: Filosofía política, arte, alfabetización mediática. Incluir filosofía política desde primaria (ej.: manuales de Adela Cortina sobre ética aplicada). Cátedras de filosofía de patio (discusión ética en recreos). Corresponsales juveniles para detectar discursos de odio.
Medios de comunicación: Evitar sensacionalismo, promover pluralismo. Auditar algoritmos de redes sociales que amplifican discursos de odio (inspirado en Safiya Umoja Noble). Consejos de redacción ciudadana.
Políticas públicas: Garantizar acceso a vivienda, salud, cultura. Renta Básica Universal (Van Parijs) para reducir miedos económicos explotados por fascismos. Presupuestos feministas para cuidados.
Foros ciudadanos: Espacios deliberativos locales (asambleas interculturales, círculos de diálogo).
7. Modelos comunitarios:
Democracia laboral reichiana: Cooperativas con autogestión rotativa y educación sexual integral. Principios de la democracia laboral (Reich): 1. Autogestión: Decisiones colectivas sin jerarquías coercitivas. 2. Canalización saludable de la libido: Educación sexual, arte y conocimiento crítico. 3. Ética del cuidado: «El amor, el trabajo y el conocimiento deben gobernar la vida»
Comunidades del cuidado (Byung-Chul Han): Huertos urbanos interculturales como espacios de vulnerabilidad compartida.
Populismo emancipatorio (Laclau): Articular luchas dispersas bajo significantes como «Dignidad Rural» (campesinos + inmigrantes).
Psicopolítica local: Asambleas vecinales con metodologías de consenso (inspiradas en zapatistas) para gestionar conflictos.
Arte como antídoto: Residencias artísticas en zonas rurales (ej.: murales colaborativos que narren migraciones).
Alianzas transclase: Sindicatos de plataformas digitales (repartidores) + agricultores, exigiendo seguridad social universal.

La maestra de alas doradas

La maestra de alas doradas

La maestra de alas doradas

Retomo parte de un cuento que escribí en mi adolescencia en el que Iratxo (un duende) tenía varios amigos animales. Entre ellos una mariposa llamada Pinpilipauxa. En aquel cuento subyacía la metamorfosis en una genealogía trágica. En este hay un proceso real de transformación.

Mikel García. 28 abril 2025.

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Descripción de la imagen

Trabajando con inteligencia artificial. Por Mikel García.

 

Autor

 

Mikel García García[i]

[i] Médico y cirujano (Universidad Navarra, 1975). Psicólogo (Universidad San Sebastián, 1982). Psicoanalista junguiano. Formación experiencial y teórica en: Psicoanálisis, Terapia Sistémica Familiar, Psicoanálisis Reihiano (vegetoterapia), Psicología Analítica Junguiana, Psicoterapia Transpersonal. Experiencia de Muerte Cercana a los 33 años. Máster en “Astronomía y astrofísica” VIU (Universidad Valencia, 2014). Doctor Internacional en «Estudios Internacionales en Paz, Conflictos y Desarrollo», Universitat Jaume I (UJI Castellón, 2020). Máster en Fotografía Artística y Narrativa Visual (Universidad Internacional de la Rioja, 2022). Máster en Inteligencia Artificial (BIG SCHOOL, Madrid 2024) y Máster en Inteligencia Artificial (Universidad Isabel I, Madrid 2025). 

Colaborador con ONG médicas de intervención internacional, y en programas de formación a personal sanitario de atención Primaria; SIDA; maltrato infantil; muerte digna y a docentes. Especializado en maltrato infantil, trauma, duelo, tanatología, acompañamiento al muriente, integración de sistemas, estados de trance y místicos. Terapeuta de “Grupos de Duelo Online Ventana a ventana” desde confinamiento COVID-19. Psiconauta, antropólogo investigador del alma en la clínica médica y psicoterapéutica y trabajos de campo antropológicos cualitativos y cuantitativos, con énfasis en la Acción Participativa, docencia y divulgación psicopolítica de los hallazgos. Promotor de acciones participativas para el despertar del desierto interior y para la transformación social. Didacta  de la Sociedad Internacional Para el Desarrollo del Psicoanálisis Junguiano (SIDPaJ). Fotógrafo. Buceador. Alquimista. Hilozoísta. Hijo de Hermes. Creador herido. https://bit.ly/mikelcurriculum  iratxomik@gmail.com

Cuento

La maestra de alas doradas

En un valle rodeado de montañas azules, vivía Iratxo, un niño de cinco años con ojos curiosos y manos siempre manchadas de tierra por buscar el corazón de las piedras . Su mejor amiga no era otro humano, sino Pin, una mariposa monarca cuyas alas brillaban como si guardaran astillas de sol en sus venas. Pin no era una mariposa cualquiera: hablaba en susurros que solo Iratxo entendía, y cada tarde, al caer el sol, se posaba en su hombro para darle una lección.

—Hoy aprenderás el secreto de las orugas —dijo Pin una tarde de otoño, mientras señalaba con sus antenas un capullo colgado de un roble.

—¿Por qué se esconden allí? —preguntó Iratxo, tocando la crisálida sedosa.

—Porque para volar, primero hay que desprenderse de todo lo que creías ser —respondió ella, y sus alas vibraron como campanillas de viento.

Primera lección: La piel que sobra.

Pin llevó a Iratxo a ver a una oruga que mordisqueaba una hoja con ansiedad.

—Ella cree que comerla la hará crecer para siempre —explicó Pin—. Pero pronto aprenderá que no se trata de acumular, sino de soltar.

Al día siguiente, la oruga había comenzado a tejer su capullo.

—¿Está muerta? —preguntó Iratxo, preocupado.

—Muerta para lo que fue, viva para lo que será —dijo Pin—. La muerte no es un final… es un umbral.

Segunda lección: El invierno que canta.

Cuando llegó el frío, las flores del valle se marchitaron. Iratxo lloró al ver los pétalos caídos. Pin, compasiva, lo llevó a un manzano viejo, cuyas ramas peladas guardaban brotes diminutos.

—Las raíces no duermen, Iratxo —susurró—. Solo esperan la canción secreta de la tierra para florecer de nuevo.

—¿Y tú? ¿Morirás cuando llegue la nieve? —preguntó él, abrazando su jersey.

—Mis alas se irán… pero no yo —respondió Pin, posándose en su corazón—. Lo esencial nunca se va.

Tercera lección: El vuelo que regresa.

Una mañana de primavera, Iratxo encontró a Pin inmóvil bajo el roble, sus alas doradas ahora opacas. Corrió hacia ella, gritando, hasta que una voz familiar resonó:

—¡Mi cuerpo era solo un traje prestado, pequeño guerrero! —era Pin, pero ahora su voz venía de todas partes: del viento, del río, del latido de su propio pecho.

—¿Dónde estás? —gritó Iratxo, entre lágrimas.

—Donde siempre: en el capullo que se abre, en la semilla que aguarda bajo la nieve, en tus risas nuevas cada vez que aprendes a perder sin miedo…

Esa noche, Iratxo soñó con un jardín de crisálidas brillantes. En el centro, una mariposa de luz pura, con los ojos de Pin, extendió sus alas como dos llamas suaves.

—El amor es la más bella y dolorosa de las lecciones —susurró Pin, y su voz resonó como un trueno cálido—. Para amar de verdad, debemos abrirnos a la posibilidad de sufrir. Vivir es atreverse a sostener ambas alas: la alegría y el dolor.

Iratxo miró sus manos pequeñas, recordando las lágrimas cuando Pin se fue.

—¿Por qué duele tanto? —preguntó.

—Porque el amor verdadero no teme a las grietas —respondió Pin, acercándose—. Así como el capullo debe romperse para que la mariposa nazca, el corazón debe aprender a latir incluso cuando se quiebra… Ese es el secreto para volar.

Al amanecer, Iratxo salió al valle. En el roble, una nueva mariposa —de alas azules como lágrimas secas— agitó sus antenas hacia él. Y aunque no hablaba, él supo que las lecciones continuaban.

A los dieciséis años, una noche de insomnio, Iratxo vio a Pin en sueños: sus alas doradas se deshacían como ceniza mientras el viento susurraba «Correrás hasta olvidar que las raíces necesitan lluvia«. Al despertar, encontró una pluma azul pegada a su ventana —¿casualidad o advertencia?—. La guardó en un cajón sin poder responderse.

Tras años sumergido en la «escuela de la vida cotidiana», Iratxo —ahora un joven de 24 años— aguijoneado por las exigencias de ocupar su «nicho» (estudios, trabajos precarios, relaciones fugaces, diagnósticos de su consultorio rural) se convirtió en un experto en correr, pero no en volar. Las grietas de sus desamores se endurecieron como cicatrices. Había enterrado las enseñanzas de Pin bajo capas de pragmatismo y el dolor lo convenció de que las mariposas solo existían en sus cuentos infantiles.

Llevaba un año trabajando de médico rural, vivía solo, y, para su trabajo, atemperando su soledad con la lectura de filósofos, psicoanalistas, … Solo estaba acompañado por sus sueños. Una noche, mientras limpiaba su habitación, Iratxo encontró un viejo frasco con alas de mariposa secas. Al abrir el frasco, un aroma a menta salvaje —el mismo que impregnaba el valle donde Pin enseñaba— le quemó las fosas nasales. Al tocar las alas, una voz susurró:

—»Las heridas no son jaulas, son raíces».

Era la voz de Pin, pero ahora sonaba lejana, como si hablara desde el fondo de un pozo. Esa misma noche soñó con un capullo negro atrapado en una telaraña. Dentro, algo forcejeaba por nacer.

Guiado por sueños recurrentes, Iratxo regresó al valle de su infancia. El roble donde Pin solía posarse estaba seco, pero bajo sus raíces descubrió una cueva oculta: el Jardín de las Crisálidas Olvidadas, un lugar donde yacían capullos abandonados por quienes temieron transformarse.

Allí, en la penumbra del jardín interior, una mariposa ciega le habló:

—Para sanar, debes tejer un nuevo capullo con los hilos rotos de tu pasado.

Iratxo, aún con el asombro tierno de quien cree que todo habla, masculló:

—¿Tejer con hilos rotos? Parece terapia de trauma… ¡Aquí está!

La mariposa se quedó quieta, como si sus alas vieran más de lo que sus ojos pudieran imaginar.

—Ahora acepta las pruebas de nuestra sabiduría, con sus cuatro claves de la metamorfosis —susurró.

La sombra del nicho

Un espejo de agua le mostró una figura inesperada -su sombra-, ya no el niño que soñaba mariposas, sino un hombre gris, encorvado bajo el peso de «éxitos» que sonaban huecos.

—¡Corriste tanto! por miedo a no ser suficiente!… ¿Qué huellas dejaste al pasar? —rugió la sombra.

Iratxo se quedó en silencio. Por primera vez, no respondió. No justificó, no huyó. Miró de frente a la sombra, no como enemiga, sino como parte olvidada de sí mismo. Y comprendió que no se trataba de dejar huella en la carrera, sino de caminar con alma.

El banquete de las lágrimas

En una mesa de piedra, Iratxo encontró los frutos amargos de sus desamores. Al comerlos, revivió cada herida, pero esta vez escuchó el mensaje oculto:

—El amor que duele es el que te enseña a soltar, no a poseer —susurró una voz que venía de dentro.

Iratxo tembló, pero entendió que la salada amargura no era enemiga del amor, sino su frontera. Si se atrevía a cruzarla, sin aferrarse, sin exigir, algo dentro de él podía transformarse. Y entonces, como una mariposa que deja atrás su capullo, supo que el verdadero amor no retiene, sino que acompaña el vuelo.

El vuelo de las alas rotas

Una mariposa con un ala fracturada lo condujo a un acantilado.

—Salta sin redes. Las cicatrices son mapas, no cadenas. Cuida tus heridas todos los días como yo hago con mi ala rota. Iratxo, ya no el niño, y aún no del todo hombre, dio el salto con la calma de quien confía en sus raíces, aunque tiemble el abismo.

El coro de las crisálidas

Voces ancestrales emergieron del fondo de la tierra:

—Te dimos miedo porque éramos espejos de tu propio potencial dormido.

Entonces Iratxo comprendió: no era el miedo en sí lo que lo paralizaba, sino el poder que ocultaba. Lo que más temía —su sombra, su grandeza, su sensibilidad— no eran monstruos ajenos, sino partes suyas no reconocidas. Las crisálidas no eran amenazas, sino guardianas de su potencia latente. Aprendió que solo enfrentando lo que lo asusta puede despertar lo que lo hace único. Y que cada miedo abrazado con coraje abre una puerta a su propia luz.

En el centro del jardín, Iratxo encontró un altar con dos velas. Una mostraba a Pin radiante; la otra, a Pin marchita.

—Elegirás ¿amor sin dolor o vida sin amor? —preguntó el viento.

Iratxo sopló ambas velas y declaró:

—Elijo amar, aunque duela, vivir, aunque muera mil veces.

De las cenizas emergió Pin renacida, ahora con alas de obsidiana y oro:

—La individuación no es llegar a ser perfecto, sino completo —le dijo.

Y entonces Iratxo supo que ser completo no era un destino, sino el arte de tejer y destejerse, como aquel capullo negro que una vez temió abrir. Las heridas en su pecho ya no eran grietas, sino ventanas por donde entraba el canto de las mariposas que había liberado en el jardín de las crisálidas olvidadas. Aunque seguía tropezando, ahora sabía que cada caída era un hilo más en el tapiz de su alma.

Una tarde, mientras caminaba por el bosque, encontró una mariposa de ojos velados posada en una piedra. Sus alas, de niebla de olvido, vibraban como un susurro ancestral:

—¿Recuerdas que la intuición no necesita ojos? —dijo la voz de Pin, ahora fundida con la suya.

Iratxo cerró los párpados y, por primera vez, vio el mundo no con la mirada, sino con el latido. Percibió el dolor de la tierra, la alegría de los ríos, y entendió que Pin era su ánima perdida, la guardiana de todos los olvidos.

En su siguiente desamor, Iratxo no huyó. En lugar de esconder las alas rotas, las exhibió como un estandarte. La mujer que lo dejó le dijo:

—Eres demasiado intenso, como un volcán en erupción.

Él sonrió, recordando las velas duales de luz y sombra:

—Los volcanes crean islas nuevas donde antes solo había mar.

Al cumplir treinta y tres años, Iratxo regresó al roble seco del valle. Con sus manos, cavó hasta encontrar las raíces, donde descubrió un nuevo capullo negro brillando como un astro enterrado. En lugar de temerle, lo acunó contra su pecho. Dentro, no había una crisálida, sino un espejo que reflejaba todas sus versiones: el niño que lloraba a Pin, el joven roto, el hombre que ahora abrazaba la paradoja de ser crisálida eterna.

—Florecer no es el fin —murmuró al viento—. Es aprender a marchitarse sin dejar de ser raíz. El viaje infinito del ser, donde cada muerte es un renacer en capas más profundas de autenticidad. La vida no es una carrera hacia la meta, sino un baile con las sombras.

Ser humano —escribió en su cuaderno de médico— es habitar la paradoja: crisálida que se sabe eterna, raíz que florece al pudrirse.

Bajo el velo de la noche, Iratxo fue visitado por un sueño que le trajo a Pin, con manos de bruma, mostrándole un enjambre de mariposas azules gigantes, criaturas de alas translúcidas que brillaban como fragmentos de cielo derramado sobre la oscuridad de la noche. Volaban entrelazando el aire, tejiendo un tapiz danzante, donde cada aleteo era un latido, cada espiral una nota en una sinfonía de luz y silencio de alas. Volaban en grupo. Sus cuerpos no seguían un compás externo: se afinaban unas a otras, sincronizando el aleteo con el eco sutil del viento generado por las demás. El viento, cómplice y guía, tejía una coreografía invisible, y el corazón de Iratxo, hechizado, comenzó a latir al ritmo de aquel código secreto del universo.

—Las hallarás en las entrañas de Sudamérica —susurró Pin, mientras las criaturas se fundían con el horizonte, dejando tras de sí un rastro de chispas de luz como polvo estelar disuelto en el aire.

Iratxo partió, llevando consigo el eco de aquel azul imposible. En Nicaragua, el Atlántico -tan bravo como antiguo-, rugió contra su piel en la playa de Peloponeso, devorándole el aliento en un abrazo líquido que casi le arranca la vida. Las mariposas, mudas, guardaron silencio incluso al contemplar que un delfín -como si recordara un pacto antiguo-, entregó el cuerpo de Iratxo a sus amigos.

Años más tarde, bajo la luna de sangre de Venezuela, la selva le entregó su último secreto. Allí, entre los Yanomami, donde la tierra canta con voces ancestrales, las mariposas azules aguardaban. En una noche de caza con los Yanomami, mientras el monte respiraba en sombras, le visitaron las mariposas. Volaban como en su sueño, tejiendo el aire en círculos vivos, sincronizando su aleteo con el corazón de Iratxo y el latido compartido de sus compañeros de caza.

Entonces, una de ellas, mensajera de un idioma anterior a las palabras, se posó sobre su hombro izquierdo. Una mariposa atrevida, mensajera de un idioma olvidado, se posó en su hombro izquierdo, Y en el dibujo de sus alas, Iratxo pudo leer cual es el precio de la belleza.

Pero esa… es otra historia.

Dioniso y la hiedra: Un abrazo entre éxtasis alquímico, arte y eternidad

Dioniso y la hiedra: Un abrazo entre éxtasis alquímico, arte y eternidad

Dioniso y la hiedra: Un abrazo entre éxtasis alquímico, arte y eternidad

Mikel García. 14 abril 2025.

Actualizado: 28 abril 2025

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Trabajando con inteligencia artificial. Por Mikel García.

Dioniso con ménades

Dioniso aparece como Anthropos mostrándose coronado con una corona de hiedra bajo una luna partida: oscura-verde e iluminada. Sostiene hiedra son su mano izquierda. Su cuerpo rodeado de enredadera, zarcillos serpentinos y bayas negras. Una ménade sostiene un corazón que es semilla de un árbol cuya copa son hojas de hiedra y que continua la pierna izquierda del dios y bebe del estanque vino-sangre. El corazón es el de Dioniso que no fue devorado por los titanes.

Autor

 

Mikel García García[i]

[i] Médico y cirujano (Universidad Navarra, 1975). Psicólogo (Universidad San Sebastián, 1982). Psicoanalista junguiano. Formación experiencial y teórica en: Psicoanálisis, Terapia Sistémica Familiar, Psicoanálisis Reihiano (vegetoterapia), Psicología Analítica Junguiana, Psicoterapia Transpersonal. Experiencia de Muerte Cercana a los 33 años. Máster en “Astronomía y astrofísica” VIU (Universidad Valencia, 2014). Doctor Internacional en «Estudios Internacionales en Paz, Conflictos y Desarrollo», Universitat Jaume I (UJI Castellón, 2020). Máster en Fotografía Artística y Narrativa Visual (Universidad Internacional de la Rioja, 2022). Máster en Inteligencia Artificial (BIG SCHOOL, Madrid 2024) y Máster en Inteligencia Artificial (Universidad Isabel I, Madrid 2025). 

Colaborador con ONG médicas de intervención internacional, y en programas de formación a personal sanitario de atención Primaria; SIDA; maltrato infantil; muerte digna y a docentes. Especializado en maltrato infantil, trauma, duelo, tanatología, acompañamiento al muriente, integración de sistemas, estados de trance y místicos. Terapeuta de “Grupos de Duelo Online Ventana a ventana” desde confinamiento COVID-19. Psiconauta, antropólogo investigador del alma en la clínica médica y psicoterapéutica y trabajos de campo antropológicos cualitativos y cuantitativos, con énfasis en la Acción Participativa, docencia y divulgación psicopolítica de los hallazgos. Promotor de acciones participativas para el despertar del desierto interior y para la transformación social. Didacta  de la Sociedad Internacional Para el Desarrollo del Psicoanálisis Junguiano (SIDPaJ). Fotógrafo. Buceador. Alquimista. Hilozoísta. Hijo de Hermes. Creador herido. https://bit.ly/mikelcurriculum  iratxomik@gmail.com

Presentación

Presentación

Somos racimos borrachos de luna,

savia fermentada en el vientre de las ménades,

mientras la hiedra teje con raíces oscuras

un sudario de raíces y preguntas.

Bajo la piel del dios que baila entre uvas y delirios, la hiedra crece como un himno verde. Dioniso, el de los nacimientos —nacido del fuego y la ceniza, de lo divino y lo desgarrado—, lleva en sus sienes una corona de hiedra retorcida, símbolo de un pacto ancestral: la vida que se aferra, que trepa, que nunca se rinde. La hiedra junto al toro, la serpiente, y el vino son los signos de la característica atmósfera dionisíaca, y Dioniso está estrechamente asociado con los sátiros, centauros y silenos.

La hiedra, con sus hojas en forma de corazón hendido, no es simple adorno. La savia es sangre vegetal, un latido que une lo salvaje y lo sagrado. En los rituales dionisíacos, sus zarcillos envolvían el thyrsus, la vara de caña y piña, convertida en cetro de éxtasis (fuego alquímico). Los seguidores del dios, poseídos por el vino y la danza, masticaban hiedra para entrar en trance, porque sus hojas guardan el secreto de morir sin morir: un veneno que abre puertas a lo invisible, un éxtasis que desata el alma de su cárcel terrenal. Sus hojas y frutos contienen saponinas triterpénicas, principalmente hederina, un compuesto que, en dosis elevadas, actúa como un protector de la planta contra depredadores. También tiene Falcarinol. En los rituales de Dioniso, las ménades (seguidoras del dios) masticaban hiedra para inducir trance y visiones, aun sabiendo su toxicidad. La clave estaba en la dosis: pequeñas cantidades actuaban como puente entre lo mortal y lo divino, alterando la percepción. Era un juego con el abismo: el mismo veneno que podía matar, en manos del dios del éxtasis, se volvía llave de lo sagrado. El efecto del alcohol -depresor de partes inhibidoras del sistema nervioso-, facilitaba la pérdida de control, la danza frenética y la disolución del ego, además, el alcohol potencia la absorción de hederina, que, en dosis pequeñas, como era lo común, no llega a ser tóxica, sino que induce un estado no ordinario de conciencia, temblores y una sensación de vértigo sagrado, percibido como contacto con lo divino. La mezcla de vino rojo (Rubedo alquímico, asociada al fuego, la sangre) y la savia blanca de la hiedra (Albedo, ligada a la luna, lo femenino), simboliza el Matrimonio Alquímico (conjunción de opuestos), donde la materia (rojo) y lo espiritual (blanco) se fusionan para generar un nuevo estado de conciencia.

La hiedra con el vino, sí, pero la hiedra es el componente más importante y por su aspecto más femenino, el ingrediente del que casi no se habla y que pocos asocian a los ritos dionisíacos para disolver los límites de lo humano. Al masticarla, el veneno llevaba a un estado de manía (locura divina), donde la razón se quebraba y emergía el instinto primigenio. En ese trance, el acto de desgarrar carne —como hicieron las ménades con Orfeo— no era simple violencia, sino un ritual de comunión: romper la forma para liberar lo sagrado, imitando el destino de Dioniso, desmembrado por los Titanes y renacido.

El sparagmos (descuartizamiento) era un acto simbólico (desmembramiento del EGO): Como la hiedra que estrangula árboles para florecer, las ménades destruían lo establecido (el cuerpo, la civilización) para que algo nuevo surgiera. El veneno, al debilitar la cordura, permitía a las mujeres (sometidas a roles rígidos en la Grecia clásica) transgredir todo orden, convirtiéndose en fuerzas de la naturaleza, sin ley ni culpa.

La hiedra: unión de muerte y renacimiento. Su veneno paraliza, pero su verdor perenne simboliza la vida que persiste. Las ménades, al matar, no actuaban como asesinas, sino como sacerdotisas de un ciclo cósmico: para que el vino fermente, las uvas deben aplastarse; para que el alma se libere, el cuerpo debe romperse.

Orfeo, el poeta que prefería a Apolo (dios de la razón y la armonía, que llevaba corona de laurel), fue descuartizado por ménades no por casualidad. Su muerte refleja el conflicto entre dos visiones del mundo: Dioniso (caos, éxtasis, veneno que desata lo oculto) vs. Apolo (orden, luz, formas perfectas). El laurel simboliza victoria y pureza, mientras la hiedra representa lo oscuro y enredado serpentino. Al matar a Orfeo, las ménades no solo obedecían al dios, sino que destruían la ilusión de control, recordando que incluso la belleza (la música de Orfeo) nace del mismo abismo que el delirio. Aunque Apolo rechaza la hiedra, su hermana gemela, Artemisa, no la rechaza.

El veneno de la hiedra y la violencia de las ménades son dos caras de la misma moneda dionisíaca: solo a través de la disolución (del ego, de la forma, de la razón) puede brotar lo verdaderamente sagrado. Como escribió Eurípides en Las Bacantes:

«Lo más dulce es cazar lo salvaje / con manos ensangrentadas / y ofrecerlo al dios que nace / una y otra vez de su propio grito».

La hiedra es también sombra y resurrección. Trepa sobre tumbas, cubre ruinas, y en invierno, cuando la vid duerme desnuda, ella permanece verde, recordándole al mundo que Dioniso no es solo el dios del vino, sino de aquello que retorna, que renace de sus propias cenizas. Como el dios desmembrado y rehecho, la hiedra muere en una rama para florecer en otra, eterna viajera entre el abismo y la luz.

En sus raíces se esconde el misterio más profundo: la hiedra no existe sin algo a lo que abrazarse. Así el éxtasis dionisíaco, que solo florece cuando el alma se enreda en el caos, en el dolor, en la carne. Dioniso, el dios que ríe con lágrimas de vino, nos susurra: «No temas caer; de la podredumbre nacen las enredaderas más altas».

Y en ese abrazo entre lo efímero y lo eterno, la hiedra y el dios bailan, recordándonos que hasta en la decadencia hay un ritmo sagrado, un verde que nunca se apaga.

En el atanor (horno alquímico) de la psique, la hiedra sería la vinculación entre el plomo de la materia bruta (el ego) y el oro del self.

Verde es la hiedra que trepa por el muro

de la torre donde el Anthropos dormita.

Sus raíces son serpientes de humedad antigua,

sus hojas, esmeraldas que susurran:

«Todo lo que niegas, todo lo que escondes,

es savia que alimenta mi ascenso».

El Anthropos despierta con piel de musgo,

sus venas son ríos de tinta y clorofila.

En su pecho, un jardín donde crecen

las preguntas que el ego podó con miedo.

La hiedra le enseña a no temer al invierno:

«Cada grieta en tu máscara de mármol

es un camino hacia el centro,

donde el verde y el oro son uno,

donde la muerte es semilla

y la vida, un himno que nunca se repite».

 

En la psicología junguiana, el Anthropos (del griego ἄνθρωπος, «ser humano») representa al arquetipo del Hombre Primordial, una figura simbólica que encarna la totalidad psíquica, la unión de los opuestos y la meta final de la individuación: la integración del consciente y el inconsciente en un self unificado. La hiedra verde, con su verdor perenne y su naturaleza enredadera, emerge como un símbolo poderoso de este proceso, dialogando con el lenguaje alquímico y arquetípico. La hiedra, al mantenerse verde incluso en invierno, refleja la eternidad del self, que trasciende las crisis y «muertes» psicológicas (como la sombra, la confrontación con el inconsciente).

En Mysterium Coniunctionis, Jung vincula el verde al «cauda pavonis» (cola del pavo real), etapa alquímica donde surgen todos los colores, simbolizando la unificación de los opuestos.

El verde, mezcla de azul (espíritu) y amarillo (materia), representa la síntesis psíquica. En visiones alquímicas, el Anthropos a veces aparece con tonalidades verdes, simbolizando su conexión con la naturaleza primordial y la vida que late bajo las capas de la racionalidad. «El verde es la vida que no conoce la muerte» (Jung, Símbolos de transformación).

En sueños de pacientes soñar con hiedra indicaba que el inconsciente estaba incubando para integrar aspectos necesarios para la individuación (la sombra, el ánima/animus), su verdor sugiere que el proceso, aunque lento, es vital y persistente.

Relación entre Dioniso y Cristo

Es un tema que ha sido explorado por estudiosos de la mitología comparada. Ambos encarnan símbolos de muerte y renacimiento, sacrificio y trascendencia, pero desde cosmovisiones radicalmente distintas.

El vino como sangre sagrada. Dioniso: El vino es un extasiante, un símbolo de embriaguez divina que disuelve los límites entre lo humano y lo animal, lo racional y lo instintivo. En sus rituales, lo bebían junto a la savia de la hiedra para fundirse con el dios. Cristo: En la Eucaristía, el vino se transforma en su sangre, un acto de comunión que redime y une a los creyentes en un cuerpo místico. Ambos usan el vino como sangre que conecta lo terrenal con lo divino, aunque en Dioniso es caótica y liberadora, mientras en Cristo es ordenada, -apolínea- y autosacrificial.

Entre la vid y la hiedra,

la sangre y la savia,

Dioniso ríe en la sombra

mientras Cristo levanta el cáliz.

¿Quién puede separar el veneno

de la luz que nace entre las grietas?

 

El doble rostro: humano y divino. Dioniso: Es un dios «nacido dos veces»: primero de la mortal Sémele (a la que Zeus carbonizó con su luz al ceder a la petición de Sémele que dudaba de él azuzada por los celos de Hera) y luego de Zeus pues este lo rescató de Sémele y terminó la gestación en su cuerpo haciendo de su hueco poplíteo un útero. Dioniso tuvo dos «madres» (Sémele y Zeus) antes de nacer, de ahí procede el epíteto dimētōr (‘de dos madres’), relacionado con su doble nacimiento. Dioniso es dios no por retoño de Zeus sino porque ha sido gestado por lo personal humano de Sémele y lo inconsciente colectivo (arquetipo sí-mismo). Encarna la dualidad entre la fiesta y la locura, la fertilidad y la violencia. Cristo: En el cristianismo, es Dios hecho hombre, plenamente divino y humano. Su dualidad es armoniosa: el sufrimiento humano se sublima en la salvación. Ambos son mediadores entre mundos, pero Dioniso disuelve los límites, mientras Cristo los aúna y jerarquiza.

Muerte y resurrección. Según el mito órfico, Dioniso fue desmembrado por los Titanes (de ahí el epíteto de Zagreo) y fue vuelto a la vida por Zeus quien lo entroniza como gobernante universal, despertando la ira de Hera, quien incita a los Titanes a destruirlo. Los Titanes, usando espejos (simbolizando cómo la ilusión -Maya, fantasía fantástica alienante- distrae al alma de su trabajo de integrar la imagen en su dimensión simbólica de la fantasía vera y queda atrapada en la fascinación de lo fantástico), atraen al niño y lo descuartizan. Lo devoran todo excepto su corazón que Atenea rescata. Zeus, furioso, fulmina a los Titanes con sus rayos. De sus cenizas surge la humanidad, mezcla de lo titánico (materia oscura) y lo divino (el corazón de Dionisio). Del corazón Zeus reconstruye a Dioniso. La aporía de que Sémele su madre humana sea anterior a la humanidad que surge de las cenizas de los titanes tiene interés. Indica estadíos distintos de la evolución humana, los últimos de las cenizas quizás los sapiens. Sémele una estirpe anterior.

El desmembramiento representa la fragmentación del Self (el yo original, divino) ante las fuerzas caóticas (Titanes = sombra, impulsos destructivos). El corazón salvado es símbolo del núcleo inmortal del ser, aquello que ni la muerte ni el caos pueden corromper. En alquimia, equivaldría al lapis philosophorum (piedra filosofal), esencia indestructible que sobrevive a la nigredo (putrefacción). El renacimiento simboliza la individuación: reconstruir la totalidad psíquica integrando lo oscuro (cenizas titánicas) y lo luminoso (corazón divino). El corazón centro de la afectividad y el amor. La trinidad: corazón de la madre, corazón del padre y corazón del retoño, están presentes desde un inicio de la existencia. Los corazones de los progenitores pueden ser o no amorosos en su acto de procrear y la crianza, están condicionados por sus complejos amorosos. El corazón del nuevo ser está “puro” de historia personal, está ligado más a lo inconsciente colectivo que a lo personal en su inicio. El desarrollo del infante si se hace en condiciones adecuadas tendrá como consecuencia que este sea consciente de esa triangulación amorosa que le une a la humanidad tanto en las personas vivientes como en el legado Transpersonal humano en lo inconsciente colectivo.

El culto de Dioniso celebraba el ciclo de destrucción y regeneración, vinculado a la vid (que se poda para dar fruto). Cristo: Muere crucificado y resucita al tercer día, ofreciendo la promesa de vida eterna. Su sacrificio es un acto único y redentor. Dioniso renace en un ciclo infinito (como las estaciones), mientras Cristo resucita para trascender la historia humana.

El cuerpo como campo de batalla. Dioniso: Celebra el cuerpo en su crudeza: el vino, el sexo, el sudor. Sus ménades desgarran animales (y a veces humanos) en un acto de unión sagrada con la naturaleza. Cristo: El cuerpo es templo del Espíritu Santo, pero debe ser trascendido. El martirio cristiano glorifica el sufrimiento como camino al cielo.

Como escribió Rainer María Rilke: «Dioniso es el dios que llega. Cristo es el dios que se va… Y nosotros, en medio, somos el puente».

Aunque la hiedra no es un símbolo cristiano explícito, su naturaleza perenne evoca la vida eterna prometida por Cristo. En el arte medieval, la vid representa su sangre, pero la hiedra, al crecer incluso en invierno, podría simbolizar la fe que persiste en la oscuridad. La hiedra podría verse como la fe que se aferra a la roca (Cristo, la «roca espiritual», 1 Corintios 10:4). En algunos monasterios medievales, la hiedra cubría muros, simbolizando devoción que persiste.

En el Renacimiento, artistas como Tiziano pintaron a Baco (Dioniso) coronado de hiedra, mientras en El jardín de las delicias de El Bosco, la hiedra aparece en paisajes paradisíacos.

La hiedra trepa con dedos de sombra,

abrazo de Tánatos en espiral,

su savia es un cuchillo de hielo

que raja la piel del mármol inmóvil.

Nos desmembramos en su enredadera:

brazos, mitos, nombres,

caen como uvas pisadas en el lagar.

La danza no es fiesta, es grieta,

es el grito que parte el hueso

y en la herida abre un surco de estrellas.

Pero en el centro del torbellino,

donde el éxtasis quema hasta el hueso,

algo nace de la podredumbre sagrada:

una semilla de luz carcomida por el fuego,

un núcleo que late bajo el musgo,

más allá del yo que creía ser dueño.

La hiedra no mata: transfigura.

Cada desgarro es un alfabeto de sombras

que el alma, al fin, aprende a leer.

Y en la cicatriz, crece un árbol nuevo:

sus ramas no son las de antes,

sus frutos tienen el sabor áspero

de lo que ha muerto para ser infinito.

Individuación: el nombre secreto

del colibrí que nace entre las llamas,

mientras Tánatos, coronado de hiedra,

susurra con voz de vendimia:

«Solo se encuentra el ser

cuando el viejo pellejo del alma

estalla en mil pedazos de vino

y el río del caos arrastra los espejos.»

 

La hiedra como metáfora y símbolo del arte dionisíaco.

 El artista, como la hiedra, debe ser a la vez destructor y jardinero: envenenar las raíces podridas de la moral tradicional para que florezca una ética estética, libre y auténtica. Vitalidad eterna es la afirmación dionisíaca, creación de nuevos valores, amor al destino (amor fati).

Tras su colapso mental en 1889, Nietzsche envió cartas firmadas como «Dionisos» o «El Crucificado». Aquí, la hiedra podría simbolizar el límite entre genio y locura: una planta que crece en los márgenes, asociada a la intoxicación mística y al abismo dionisíaco que Nietzsche exploró hasta el extremo. Más allá de que se le atribuya los escritos de ese período a su locura o incluso se hable de que casi toda su obra era por su locura, merece la pena profundizar en algunas de sus propuestas y aforismos.

En palabras de Zaratustra: «Yo soy aquel que tiene que destruir, destruir los valores, destruir los ídolos», pero también: «Crea algo más alto sobre ti». La hiedra, en su ambivalencia, es el emblema silencioso de esta paradoja creadora. En El crepúsculo de los ídolos, Nietzsche compara su filosofía con un martillo que «hace resonar los ídolos huecos». Su crítica a la moral cristiana fue percibida como «venenosa» por sus contemporáneos, pero él la veía como un antídoto. La hiedra, en este sentido, sería una metáfora de su pensamiento: corrosivo para los sistemas enfermos, pero regenerativo para quienes aceptan el desafío de crear valores nuevos.

La hiedra se entrelaza con lo que la sostiene, sin perder su identidad. Esto refleja la idea nietzscheana de que el artista no niega el mundo (como hace el platonismo), sino que se une a él en su caos, creando belleza desde el conflicto. El superhombre no impone orden, sino que juega con el caos, como la hiedra que adapta su forma sin rigidez. La hiedra perdura en todas las estaciones, lo que evoca el eterno retorno nietzscheano: la aceptación de un ciclo infinito donde vida y muerte son inseparables.

Para Nietzsche, el nihilismo es la consecuencia última de la «muerte de Dios» —la decadencia de los valores absolutos (platónicos, cristianos, racionalistas)— que deja al ser humano frente a un mundo sin sentido objetivo. Es la desvalorización de los valores supremos, donde lo que antes se consideraba «verdad» o «bondad» se revela como ficción.

Frente al vacío nihilista, Nietzsche propone que el arte no oculta la falta de sentido, sino que la transfigura. En El nacimiento de la tragedia, la fusión de lo apolíneo (belleza ilusoria) y lo dionisíaco (caos vital) permite confrontar el absurdo sin sucumbir a él. La tragedia griega, por ejemplo, mostraba el sufrimiento humano como parte de un juego cósmico, convirtiendo el horror en experiencia estética.

Para Nietzsche, el artista dionisíaco no niega el sufrimiento, sino que lo integra en una danza creadora, como la hiedra que crece sobre ruinas, transformando la decadencia en vitalidad. Nietzsche concibe el arte no solo como una respuesta al vacío de sentido, sino como un acto de transfiguración que supera la desesperación nihilista mediante la creación de nuevos valores. Nietzsche celebra la apariencia estética como único terreno de existencia. El arte no es evasión, sino un «sí» radical a la vida, incluso en su sinsentido. Nietzsche ve al artista como aquel que, en lugar de someterse a valores heredados, inventa los suyos propios. Esto conecta con el nihilismo activo: destruir lo viejo (deconstruir la moral platónico-cristiana) para crear lo nuevo (una ética estética).

En Ecce Homo, Nietzsche se describe a sí mismo como un «destino» y afirma: «No soy un hombre, soy dinamita». Esta metáfora de la explosión creativa puede vincularse con la hiedra: una planta que trepa, se enreda y sofoca estructuras viejas (como los muros de la moral tradicional), pero también simboliza resistencia y persistencia. Nietzsche ve en Dionisos no al dios de la embriaguez, sino al dios que abraza el dolor como parte del juego trágico de la existencia.

En La gaya ciencia, Nietzsche escribe: «Conviene que lo más nocivo para un organismo sea, en ciertas circunstancias, lo más beneficioso». La hiedra, tóxica en sí misma, podría representar esta idea: el nihilismo activo (destruir lo viejo) es el «veneno» necesario para curar la decadencia de la cultura occidental.

En Así habló Zaratustra, el eterno retorno exige vivir de tal modo que cada instante pueda ser deseado infinitamente. Esto no es una metafísica, sino una práctica estética: dar forma a la vida como una obra de arte, donde incluso el dolor y el caos se integran en una narrativa afirmativa.

Nietzsche critica al nihilismo romántico y al arte decadente. Nietzsche distingue su estética de ciertas formas de arte romántico (como Wagner, en sus últimos años), que consideraba síntomas de decadencia nihilista: una glorificación de la fuga (en el pathos, el nacionalismo o el misticismo). En contraste, el arte dionisíaco es sobrio y cruel, como la danza sobre el abismo.

Así como los alquimistas buscaban convertir plomo en oro, el arte convierte el sinsentido (el «veneno» del nihilismo) en valores estéticos. La hiedra, con su toxicidad, es el catalizador de esta transmutación: su «abrazo» envenena las estructuras viejas (moral platónico-cristiana) para que surja lo nuevo (el superhombre como artista).

Arte como crisol: El éxtasis alquímico ocurre en el acto creador, donde el dolor se transfigura en belleza. Como escribió Nietzsche: «Tenemos el arte para no perecer por la verdad».

El arte no es escapismo, sino afirmación radical de lo efímero. La tragedia griega, por ejemplo, mostraba el sufrimiento humano como parte de un juego cósmico, donde lo efímero se vuelve eterno al ser representado.

Nietzsche y Jung ven en la oscuridad -la sombra- no un enemigo, sino una fuente de conocimiento y autenticidad. En Más allá del bien y del mal, Nietzsche habla de la necesidad de confrontar las pulsiones reprimidas (lo que la moral judeocristiana llama «mal»). El superhombre integra su «sombra» (impulsos creativos y destructivos) sin negarla. Para Jung la sombra individual y colectiva tiene que integrarse.

Para Nietzsche el arte (especialmente lo dionisíaco) es la salvación trágica, un antídoto contra el nihilismo. Para Jung el arte es una manifestación del inconsciente, pero su fin no es existencial, sino de expresión simbólica para el equilibrio psíquico. Para Jung, el artista es un canal de los arquetipos del inconsciente colectivo: su obra refleja símbolos universales que ayudan a otros en su proceso de individuación.

Voluntad de poder (Nietzsche) e Individuación (Jung) apuntan a una forma de realización: Nietzsche desde la afirmación vital y Jung desde la integración psicológica. Voluntad de poder es la fuerza primordial que impulsa a todo ser vivo a expandirse, dominar y crear. No se trata de un deseo de poder sobre otros, sino de afirmación de la vida mediante la autosuperación. El superhombre encarna este ideal al trascender los valores decadentes y crear los suyos propios. La individuación es el proceso de integración de los elementos conscientes e inconscientes de la psique (sombra, ánima/ánimus, persona) para alcanzar la totalidad psíquica (el eje yo/sí-mismo). La individuación es un proceso de integración costosa de muchos obstáculos que lleva a l sujeto a afirmar la vida propia y la del colectivo.

La hiedra como metáfora y símbolo de la individuación.

«La individuación no es un camino recto, sino un laberinto que exige enraizarse en lo oscuro para florecer» (Jung, Símbolos de transformación).

«El símbolo une opuestos; la hiedra es a la vez parásito y dador de vida» (Jung, Arquetipos e inconsciente colectivo).

«El camino hacia uno mismo es una circumambulatio; avanzamos en espiral, como la hiedra que rodea el árbol, tocando una y otra vez los mismos conflictos, pero desde niveles más profundos».

La hiedra, pues, no es solo una planta: es un símbolo vivo de que la individuación es un proceso orgánico, donde incluso lo que parece limitarnos puede convertirse en soporte para ascender.

La hiedra crece adhiriéndose a superficies (árboles, muros), lo que Jung asociaría con el proceso de vinculación entre el yo y el sí-mismo. La hiedra prospera en lugares umbríos, lo que remite a la necesidad de integrar la sombra (lo reprimido o rechazado) en el proceso de individuación, sus raíces se hunden en grietas o sustratos ocultos, como el inconsciente albergando traumas o potenciales no realizados. Su verdor perenne sugiere que la vida psíquica depende de abrazar tanto la luz como la oscuridad en ciclos alternantes. La hiedra encarna paradojas clave en la individuación: Aunque vital, puede ahogar a su soporte (p. ej., un árbol), reflejando el riesgo de que lo inconsciente devore al yo o viceversa; Interdependencia creativa: La hiedra necesita un sostén externo, pero transforma su entorno al cubrirlo de verde. El yo se apoya en arquetipos colectivos (p. ej., el ánima/ánimus) para lograr la identidad única del ser.

El sujeto que ha avanzado sustancialmente en su individuación es un artista en el arte de existir con la conciencia humana. Su arte revela el ser como un «evento» que irrumpe en lo cotidiano, al estilo del An-denken de Heidegger, junto a la transvaloración y “fiesta de las memorias” de Nietzsche. El arte es un campo de batalla donde se destruyen las formas viejas y se celebran nuevas posibilidades, en la que no cabe basarse solo en mera tecnología sin conexión con el ser, y que requiere jugar con las máscaras para que la “verdad” se disuelva en la creación. La metáfora «Fiesta de memorias» sugiere una selección activa de qué recordar y qué olvidar, similar a un banquete donde solo se consumen los alimentos que nutren la vida, y se olvidan -dejan en la mesa del banquete sin probar- aquellos que son determinantes metafísicos para anular la libertad del ser, procedan de donde procedan: de los complejos culturales, del yo o de los materiales de lo inconsciente colectivo. Para Nietzsche, la memoria debe servir a la voluntad de poder, -orientada al devenir que se va creando-construyendo-, no a la acumulación de datos inertes moldeados con técnicas-máscaras.

Poder “olvidar activamente” ciertos condicionantes culturales e históricos del sujeto no es una capacidad sencilla ni accesible a todos, solo se puede hacer si el humano ha desvelado sus conflictos en un proceso de trabajo alquímico integrando sus sombras, restaurando la relación con los arquetipos, y liberando su creatividad de los complejos. Sin ese trabajo lo traumático es escindido, no se lo recuerda, pero retorna y condiciona al sujeto que opera solo con libertad condicionada.

Muchos artistas tienen grados de individuación en diversos niveles. En algunos su creatividad está limitada condicionada por las vicisitudes de su desarrollo que les limitan la capacidad de simbolizar y convierte su producción artística en un intento de ir más allá del infierno. Estar atrapado en un complejo de creatividad impide que el artista se relacione con la obra y en ese dialogo despliegue su individuación. Sin embargo, comunicar ese infierno puede servir para el espectador. Frida Kahlo, transformó el caos de su cuerpo doliente en arte surrealista. Y ese arte toca el alma de quien lo contempla.

Las psicoterapias introducen el veneno de la hiedra en el proceso, los psicoterapeutas son chamanes que movilizan lo dionisíaco. Los terapeutas junguianos, como «hijos de Hermes» e «hijos de Nietzsche» conocen las palabras y las imágenes que permiten la mediación entre los distintos niveles del inconsciente y la conciencia para guiar a los pacientes. Conocen porque han tenido que hacer su propio proceso de integración.

En este contexto, su tarea es facilitar el acceso a las verdades más profundas que el individuo no ha logrado integrar conscientemente, ayudando a interpretar los símbolos, los sueños y las metáforas del inconsciente. Hermes también es el guía que acompaña a las almas hacia el más allá, lo que resuena profundamente con el rol del terapeuta junguiano, quien acompaña al paciente en su viaje interior hacia el autoconocimiento y la individuación y animan a los individuos a afrontar su sombra, sus aspectos reprimidos, y a abandonar las construcciones de «normalidad» impuestas por la sociedad que son las determinantes de la sombra. Una unión de sabiduría profunda (Hermes) y desafío radical (Nietzsche). Lo hermenéutico y lo transgresor se convierten en dos fuerzas que se equilibran en el terapeuta: por un lado, la capacidad de escuchar y comprender los símbolos del inconsciente, y por el otro, la valentía de confrontar los valores y estructuras que han detenido el flujo auténtico de la psique desafiando las narrativas que lo limitan y fomentando la creación de una nueva narrativa personal, más libre y más en contacto con las profundidades del ser.

El artista que haya llegado a una avanzada individuación es mediador de lo inconsciente colectivo y lo destila con su conciencia, presentando los materiales de un modo narrativo coherente que activa la suspensión de la incredulidad, -concepto acuñado por el poeta inglés Samuel Taylor Coleridge-, para que el receptor se deje sembrar por los símbolos sin resistirse a ellos. Propone bailar en «la fiesta del caos» lo que es abrazar la propuesta de vivir como un artista-dionisíaco, donde el desorden no es algo que temer, sino un espacio de creación, libertad y transgresión. Sin rememoración del ser, la técnica nos devora, pero solo los espíritus libres, que olvidan, pueden crear lo nuevo. Ama el devenir: rechaza las verdades absolutas y abraza el flujo constante de la existencia. Practica el «eterno retorno de la muerte»: vivir cada instante con tal intensidad que desearías repetirlo infinitamente, incluso el caos, sabiendo que ese instante es efímero y que va a morir.

 Conclusiones.

La hiedra como símbolo de transformación y unión de opuestos y puente entre lo divino y lo humano.

La hiedra, con su savia tóxica (hederina) y su verdor perenne, simboliza la dualidad de muerte y renacimiento. En los rituales dionisíacos, su veneno no solo induce trance, sino que actúa como un umbral sagrado, permitiendo a las ménades trascender lo humano para fundirse con lo divino. Es un recordatorio de que la destrucción (del ego, de las estructuras rígidas) es necesaria para la creación de una conciencia ampliada.

Alquimia. La mezcla de vino rojo (Rubedo, fuego, sangre) y savia blanca de hiedra (Albedo, luna, purificación) encarna el Matrimonio Alquímico, la unión de opuestos (espíritu/materia, consciente/inconsciente) que Jung asoció con la individuación. Este proceso implica integrar la sombra y alcanzar el Self, representado por el Anthropos, arquetipo de la totalidad psíquica.

El verde de la hiedra, síntesis de azul (espíritu) y amarillo (materia), simboliza la unificación de contrarios y la vida que persiste tras la «muerte psicológica» (crisis, confrontación con el inconsciente).

El sparagmos y la destrucción del ego. El acto de desgarrar (sparagmos) no es mera violencia, sino un ritual de transformación. Las ménades, al imitar el destino de Dioniso, destruyen lo establecido (cuerpo, normas sociales) para que emerja lo nuevo. En términos junguianos, esto refleja la necesidad de «desmembrar» el complejo ego (estructuras rígidas) y abrazar el caos (inconsciente) para alcanzar la individuación.

La hiedra en el arte y la cultura. En el Renacimiento, la hiedra aparece tanto en representaciones de Dioniso como en paisajes cristianos (ej.: El jardín de las delicias), sugiriendo que lo «pagano» y lo «sagrado» son facetas de un mismo misterio. En monasterios medievales, su verdor perenne simbolizaba la devoción inquebrantable, arraigada en la roca (Cristo como «roca espiritual»).

Poesía como espejo del proceso alquímico. La hiedra no mata, sino que transfigura. Cada desgarro (crisis, confrontación) es un «alfabeto de sombras» que el alma debe aprender a leer. De la cicatriz nace un «árbol nuevo», símbolo del Self integrado y renovado.

La hiedra es metáfora de la paradoja esencial de la existencia: la vida solo florece cuando acepta la muerte, la luz surge de las grietas de la oscuridad, y la totalidad (Anthropos) se alcanza abrazando, no negando, los opuestos. Como susurra Dioniso: «De la podredumbre nacen las enredaderas más altas».

Dioniso vs. Cristo. Dioniso encarna el caos, el éxtasis y el ciclo infinito de muerte-renacimiento (como las estaciones). Su desmembramiento por los Titanes y su resurrección reflejan la necesidad de romper el ego para renacer. Cristo representa el sacrificio único y la redención ordenada. Aunque ambos usan el vino como sangre sagrada, Dioniso libera a través del caos, mientras Cristo redime a través del orden jerarquizado.

La hiedra, al crecer en invierno y sobre tumbas, sirve de puente: simboliza la fe que persiste (Cristo) y la vida que surge de la podredumbre (Dioniso).

Para Nietzsche, el nihilismo no es el fin, sino el punto de partida para una transformación. La estética cumple un rol redentor al enseñar a amar el mundo como apariencia y devenir, sin necesidad de consuelos metafísicos. En lugar de buscar «verdades» (que son meras ficciones), el arte nos entrena en la creación de sentidos provisionales, en la alegría de destruir y reinventar. Así, el nihilismo se vuelve fértil: no hay un sentido último, pero hay infinitas posibilidades de dar forma a la existencia. En palabras de Nietzsche: «Al hombre le es preciso, para su redención, creer en lo carente de sentido: entonces inventa el arte».

El arte es inherente a lo humano, alimenta la creatividad del alma humana. La humanidad ha necesitado crear, innovar, para adaptarse al mundo y compensar la enorme vulnerabilidad de la especie. Crear está tan inherente a la especie que ha constituido un arquetipo. Se crea siempre para destilar el alma. Otra cosa es que la lo que se crea sirva al sujeto para avanzar en su desarrollo o que sea un producto que compensa, pero mantiene la alienación del creador, aunque su arte pueda servir a los espectadores. El sujeto que ha avanzado en su individuación crece con su arte en los eventos de su existencia, hasta en el arte de morir con dignidad. Inscribirse en la individuación puede requerir psicoterapia. Los terapeutas junguianos son hijos de Hermes e hijos de Nietzsche.

Epílogo

El título del artículo “Dioniso y la hiedra: Un abrazo entre éxtasis alquímico, arte y eternidad”, sugiere que la existencia auténtica, es un acto alquímico-artístico donde: se abraza el caos (Dioniso) para extraer de él un sentido no dogmático; se usa el «veneno» (la crítica nihilista, simbolizada por la hiedra) como fuerza destructora de ilusiones; se crea desde la finitud un arte que celebra la eternidad del devenir. Se entiende la vida como obra de arte total, donde incluso lo aparentemente negativo (el veneno, el sinsentido) se integra en un proceso creador. Dioniso y la hiedra son cómplices en este ritual: uno aporta el éxtasis que disuelve los límites, la otra simboliza la tenacidad de crecer entre las ruinas. Juntos, encarnan un llamado a vivir con sobria ebriedad, transformando el peso del nihilismo en la ligereza de quien danza sobre el abismo.

El «abrazo» simboliza la unión de fuerzas opuestas: lo dionisíaco no existe sin su dimensión ambivalente (creación/destrucción), así como la hiedra no crece sin adherirse —y a veces sofocar— lo que la sostiene. Este abrazo es trágico, pues acepta que la vida solo se afirma plenamente cuando integra su propio caos. Este abrazo no es armonioso, sino tenso y trágico: como la hiedra que estrangula y nutre, o Dioniso que desmiembra y renace. Es la paradoja de una eternidad dinámica, donde la única permanencia es el cambio mismo.

La eternidad no es un «más allá» estático, sino el eterno retorno del devenir. La hiedra, siempre verde, simboliza este ciclo: crece sobre lo que muere, renovándose sin fin. El arte, al estilo de Zaratustra, enseña a amar este retorno, a desear que cada instante —incluso el más doloroso— se repita eternamente. Al envolver columnas o ruinas, la hiedra une lo temporal y lo perdurable, igual que el arte une el caos dionisíaco con la forma apolínea para crear algo que trasciende su propia fugacidad.

Resumen

Resumen:

El texto explora la hiedra como símbolo central en el culto dionisíaco, vinculándola con conceptos de alquimia, psicología junguiana, filosofía nietzscheana, mitología comparada y arte. La hiedra, con su savia tóxica (hederina) y su verdor perenne, encarna la dualidad de muerte y renacimiento, simbolizando tanto el veneno que induce el trance místico como la vida que persiste a través del caos. En los rituales de Dioniso, las ménades masticaban hiedra para alcanzar estados alterados de conciencia, disolviendo los límites del ego y fundiéndose con lo divino. Este acto ritualístico refleja el sparagmos (desmembramiento), un símbolo de destrucción creativa: así como la hiedra estrangula árboles para florecer, las bacantes desgarraban lo establecido (cuerpos, normas) para liberar lo sagrado, imitando el destino de Dioniso, desmembrado y renacido.

La hiedra también representa el Matrimonio Alquímico, síntesis de opuestos: el vino rojo (sangre, materia) y su savia blanca (espíritu, purificación) unen lo terrenal y lo divino, resonando con la individuación junguiana, proceso de integración del consciente e inconsciente hacia el Self. El verde de la hiedra, mezcla de azul (espíritu) y amarillo (materia), simboliza esta unificación, evocado en el cauda pavonis alquímico y en el arquetipo del Anthropos (Hombre Primordial), meta de la plenitud psíquica. En sueños, la hiedra sugiere un proceso de transformación lento pero vital, vinculado a la integración de la sombra y el ánima/animus.

La comparación entre Dioniso y Cristo subraya dos visiones de lo sagrado: Dioniso encarna el caos, el éxtasis y el ciclo eterno (vinculado a la vid y la hiedra), mientras Cristo representa el orden redentor y el sacrificio único (sangre como vino eucarístico). Ambos usan el vino como puente entre lo humano y lo divino, pero Dioniso libera mediante el descontrol, y Cristo redime mediante la estructura jerárquica. La hiedra, al crecer en invierno y sobre tumbas, simboliza tanto la fe cristiana inquebrantable como la persistencia dionisíaca ante la decadencia.

En el arte, la hiedra une lo pagano y lo sagrado: en el Renacimiento, aparece en obras como las de Tiziano (Baco) y El Bosco, sugiriendo que ambos mundos son facetas de un mismo misterio. Para Jung, el arte canaliza arquetipos colectivos; para Nietzsche, es un acto de resistencia vital que celebra la apariencia y el devenir.

La hiedra es una metáfora de la voluntad de poder: su crecimiento implacable sobre ruinas refleja la afirmación dionisíaca de la vida, donde el arte transfigura el sinsentido nihilista en valores estéticos. El filósofo equipara al artista con el superhombre, quien, como la hiedra, destruye estructuras caducas (moral cristiana) para crear desde el caos. El eterno retorno nietzscheano se refleja en el verdor perenne de la hiedra, que acepta el ciclo infinito de muerte y renacimiento, mientras el sparagmos simboliza la destrucción del ego rígido, necesario para la autosuperación y la individuación.

Conclusión: La hiedra sintetiza la paradoja esencial de la existencia: la vida surge de la muerte, la luz de la oscuridad, y la totalidad se alcanza abrazando opuestos. Como metáfora del arte dionisíaco, invita a una «sobria ebriedad», donde el nihilismo se vuelve fértil y el caos, fuente de creación. En palabras de Nietzsche, el arte redime al trascender la falta de sentido, transformando el peso de lo efímero en la ligereza de quien danza sobre el abismo.

Palabras clave

Dioniso, Hiedra, Alquimia, Nietzsche, Jung, Individuación, Sparagmos, Nihilismo, Eterno retorno, Anthropos, Arte, Devenir, Corazón, Amor, Sagrado

Dioniso y la hiedra: Un abrazo entre éxtasis alquímico, arte y eternidad

Abundancia como ética planetaria: Trascendiendo la Escasez desde la Complejidad.

Abundancia como ética planetaria: Trascendiendo la Escasez desde la Complejidad.

Abundancia como ética planetaria: Trascendiendo la Escasez desde la Complejidad.

Mikel García. 5 abril 2025

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Descripción de la imagen

Trabajando con inteligencia artificial. Por Mikel García.

 

Autor

 

Mikel García García[i]

[i] Médico y cirujano (Universidad Navarra, 1975). Psicólogo (Universidad San Sebastián, 1982). Psicoanalista junguiano. Formación experiencial y teórica en: Psicoanálisis, Terapia Sistémica Familiar, Psicoanálisis Reihiano (vegetoterapia), Psicología Analítica Junguiana, Psicoterapia Transpersonal. Experiencia de Muerte Cercana a los 33 años. Máster en “Astronomía y astrofísica” VIU (Universidad Valencia, 2014). Doctor Internacional en «Estudios Internacionales en Paz, Conflictos y Desarrollo», Universitat Jaume I (UJI Castellón, 2020). Máster en Fotografía Artística y Narrativa Visual (Universidad Internacional de la Rioja, 2022). Máster en Inteligencia Artificial (BIG SCHOOL, Madrid 2024) y Máster en Inteligencia Artificial (Universidad Isabel I, Madrid 2025). 

Colaborador con ONG médicas de intervención internacional, y en programas de formación a personal sanitario de atención Primaria; SIDA; maltrato infantil; muerte digna y a docentes. Especializado en maltrato infantil, trauma, duelo, tanatología, acompañamiento al muriente, integración de sistemas, estados de trance y místicos. Terapeuta de “Grupos de Duelo Online Ventana a ventana” desde confinamiento COVID-19. Psiconauta, antropólogo investigador del alma en la clínica médica y psicoterapéutica y trabajos de campo antropológicos cualitativos y cuantitativos, con énfasis en la Acción Participativa, docencia y divulgación psicopolítica de los hallazgos. Promotor de acciones participativas para el despertar del desierto interior y para la transformación social. Didacta  de la Sociedad Internacional Para el Desarrollo del Psicoanálisis Junguiano (SIDPaJ). Fotógrafo. Buceador. Alquimista. Hilozoísta. Hijo de Hermes. Creador herido. https://bit.ly/mikelcurriculum  iratxomik@gmail.com

Presentación y contenido

El texto “Abundancia como ética planetaria: Trascendiendo la Escasez desde la Complejidad” propone una reflexión profunda sobre la abundancia como experiencia psicoespiritual, arquetípica y ecológica. Inspirado en Jung, en la ecología profunda y en la ética planetaria, el autor plantea que la abundancia no es una acumulación material, sino un estado de confianza interior y de relación armónica con la vida. En contraposición, la escasez se presenta como un complejo cultural, una herida psíquica colectiva que alimenta el miedo, el consumo, la violencia y el colapso ambiental.

Desde la psicología junguiana, la abundancia se asocia al arquetipo de la Gran Madre (GM), fuente primordial de nutrición, sostén y fertilidad. Cuando la madre real armoniza con este arquetipo, el niño internaliza la sensación de que el mundo es un lugar que provee lo necesario. Si, por el contrario, predomina la carencia afectiva o la inseguridad, la psique se organiza alrededor de una narrativa de escasez: el mundo es hostil, los recursos limitados, y solo sobreviven los fuertes o los sumisos. Así, el sentimiento de abundancia no es innato, sino una construcción afectiva y simbólica que puede interrumpirse por traumas tempranos.

El autor contrapone dos cosmovisiones:

  • La abundancia auténtica, que surge de un yo conectado con el Sí-Mismo, confía en la vida, practica la gratitud y la generosidad, y no teme compartir porque entiende que dar no empobrece.

  • La escasez constelada, que fija a la psique en un juego de suma cero (“si otro gana, yo pierdo”), promoviendo ansiedad, competencia y dependencia de figuras salvadoras.

En este sentido, las religiones han contribuido ambivalentemente a la experiencia de la abundancia. Aunque ofrecen imágenes maternales (María, Guanyin, Shekinah, Tonantzin, Kali) que encarnan el principio nutricia del cosmos, también han desplazado la abundancia al más allá, condicionándola a la obediencia o al sacrificio. El cristianismo, por ejemplo, glorifica la renuncia terrenal prometiendo plenitud celestial, lo que perpetúa la desconexión con el presente.

El autor critica las falacias del pensamiento positivo y la “inteligencia espiritual” contemporánea, que suelen disfrazar la escasez con optimismo forzado. Bajo la idea de que “atraemos lo que creemos”, estas corrientes culpan al individuo de su sufrimiento, ignorando los condicionamientos inconscientes y las estructuras sociales de opresión, especialmente hacia las mujeres. Este “espiritualismo patriarcal” reitera la narrativa sacrificial femenina —amar al maltratador o redimirse sufriendo— como ideal de virtud, ocultando su raíz en el trauma y la dependencia afectiva.

La verdadera abundancia psicológica, sostiene el texto, no puede separarse de la justicia ecológica. Implica descolonizar la mente de la idea de que la Tierra y los cuerpos son recursos explotables, y adoptar políticas de suficiencia (renta básica, impuestos al carbono, educación emocional). Desde esta perspectiva, la visión de Donald Trump simboliza el polo opuesto: una mentalidad de escasez, extractivismo y aislamiento nacionalista que niega la interdependencia global.

En conclusión, la abundancia es una ética planetaria que integra la psique y la ecología. Supone aceptar los límites reales sin caer en el miedo ni en la codicia, cultivar la confianza en la vida y la cooperación como fuerzas evolutivas. Trascender la escasez —individual y cultural— requiere integrar la sombra colectiva y sanar la herida arquetípica que nos separa de la Tierra como Gran Madre. Solo así podrá emerger una civilización de la suficiencia, la reciprocidad y la plenitud consciente.

Ensayo
«La abundancia está en saber qué es suficiente». Wendell Berry
El texto aborda la «abundancia» desde una perspectiva compleja, integrando conceptos junguianos, religiosos, culturales y ecológicos, mientras critica narrativas de escasez y sus manifestaciones en la violencia de género, la inteligencia espiritual y las políticas contemporáneas (como la de Donald Trump) opuestas a una ética planetaria. La palabra «trascendiendo» subraya el carácter transformador que el autor propone, mientras que «desde la complejidad» reconoce la perspectiva multifacética del análisis.
La abundancia, en términos psicológicos, es un estado interno de plenitud arraigado en la confianza en la vida y la apertura a sus posibilidades. Surge cuando percibimos que existen recursos suficientes (afecto, tiempo, oportunidades) para crecer y compartir sin temor al vaciamiento. No es un mero optimismo, sino una construcción psicoafectiva con raíces en la historia individual y colectiva.
Raíces junguianas: Arquetipos y desarrollo temprano
Desde la perspectiva junguiana, la abundancia se vincula al arquetipo de la Gran Madre (GM), símbolo de fertilidad, provisión inagotable y sostén vital. Para que el infante internalice este sentimiento, es crucial que la figura materna real armonice con el arquetipo: solo así el niño experimenta el mundo como un lugar que nutre sus necesidades físicas y emocionales.
El sentimiento de abundancia, como todo sentimiento, se construye. Tiene una historia que muchas veces está mitificada. Este proceso de construcción se inicia en la fase oral (confianza básica madre-arquetipo GM), pero su consolidación depende de cómo se integren otros arquetipos en etapas posteriores.
Por ejemplo, la relación con la figura paterna (vinculada al arquetipo del Padre, ordenador de límites y proveedor de seguridad) debe reforzar la sensación de que el mundo responde a sus demandas. Si en estas dinámicas primarias hay carencias (amor condicional, desatención), la psique es forjada con una narrativa de escasez: el mundo es un lugar hostil donde los recursos deben atesorarse.
Abundancia vs. Escasez: Dos cosmovisiones en pugna.
Sentimiento de abundancia auténtico:
Se sustenta en un yo conectado al arquetipo del sí-mismo que confiere un “locus de control interno” (creencia y confianza en que es agente capaz de acciones que impactan constructivamente en la realidad y la cambian).
Implica gratitud activa (valorar lo que se tiene) y generosidad sin miedo (compartir desde la certeza de que el dar no empobrece).
No es estática: el verdadero sentimiento de abundancia no se basa solo en tener, sino en la confianza en la propia capacidad de generar, crear y regenerarse, confiando en que siempre puede construir nuevas oportunidades para ello.
Escasez constelada:
El sentimiento de abundancia descrito es difícil de tener. En el desarrollo psicoafectivo de la mayoría de los infantes hay carencias, sentimientos de vacío, con anhelos de ser llenado, buscando figuras que den lo no recibido: amor, seguridad material y emocional, … Para la mayoría de las personas el sentimiento que se constela es el de la escasez: heridas tempranas que suponen traumas.
En el sentimiento de escasez, la psique se fija en un juego de suma cero: «Si otro gana, yo pierdo». Predomina la ansiedad, la competencia deshumanizante y la nostalgia tóxica.
Se externaliza la culpa («el mundo es avaro») y se idealizan figuras salvadoras (mesías, líderes autoritarios), perpetuando la dependencia.
Religiones y la promesa de abundancia condicionada.
Las religiones suelen ofrecer narrativas de abundancia futura («paraíso»), pero bajo códigos morales restrictivos que, paradójicamente, refuerzan la escasez en el presente:
El catolicismo glorifica la renuncia instintiva (castidad, pobreza) y propone figuras mediadoras (Virgen María como «Madre nutricia idealizada»), sublimando la carencia terrenal en esperanza ultraterrena. La Virgen María no es una deidad, es una humana venerada como madre de Dios (Theotokos).
Este mecanismo puede perpetuar la desconexión del aquí y ahora, desplazando la abundancia a un futuro inalcanzable, salvo por la obediencia.
En el budismo Guanyin/Kannon que originalmente era un bodhisattva masculino (Avalokiteshvara), que se transformó en una figura femenina, está asociada a la misericordia y protección, similar a María.
En el Corán, Maryam es venerada como mujer pura y elegida por Dios. No se le atribuye divinidad, su papel como madre de un profeta y su ejemplo de devoción la acercan a la figura mariana.
En el judaísmo, la Shekinah representa el aspecto maternal y compasivo de Dios, asociado a su presencia en el mundo. Algunas interpretaciones feministas la vinculan con la protección y la sabiduría, roles atribuidos a María.
Tonantzin (Azteca): Diosa madre asociada a la tierra y la fertilidad. Tras la colonización, su culto se sincretizó con la Virgen de Guadalupe en México, fusionando símbolos indígenas y cristianos.
Estas figuras religiosas son representaciones del arquetipo GM en su lado luminoso.
En el hinduismo, a Kali se la representa con rasgos terroríficos porque simboliza la energía creativa y destructiva de la madre universal (Shakti). Protege a sus devotos con intensidad, comparándose con el aspecto protector de María. En Kali hay una integración entre el lado luminoso y la sombra del arquetipo de la GM.
En el devenir histórico se observa una mitologización cambiante de representaciones del arquetipo de la Gran Madre, desde el lado femenino de dios, pasando por deidades femeninas hasta figuras humanas, como he señalado en los ejemplos.
Falacias pre-trans y pensamiento positivo
Es frecuente apelar a la inteligencia espiritual como herramienta asociada a un método de pensamiento positivo para trascender las heridas de la escasez y “atraer” la abundancia. La paradoja es que esa actitud está basada en el sentimiento de escasez del que se quiere salir usando una herramienta inflada e hipervalorada “inteligencia espiritual” que se basa en la creencia que lo espiritual puede sanar lo personal, y en que para recibir primero hay que dar. Esa inteligencia espiritual es un ejemplo del sentimiento de escasez (suma cero que he citado). En la clínica lo observamos bastante especialmente en mujeres que se refugian en las creencias espirituales para mitigar el profundo dolor que el maltrato patriarcal les ha infringido y que en muchas ocasiones las lleva a elegir relaciones de maltrato. Dar amor al maltratador es una falta de inteligencia (emocional – espiritual), pues no se va a recibir amor de este, sino más maltrato. Historias como la “Bella y la Bestia” refuerzan esa introyección cultural del sacrificio espiritual amoroso de las mujeres. Las representaciones religiosas luminosas del arquetipo Gran Madre hacen flaco favor a la individuación y a construir un verdadero sentimiento de abundancia. La Virgen María sufrió, pero fue “recompensada” llevada al cielo y venerada. Muchas mujeres que están educadas en sacrificarse (confundiendo sacrificio con amor buscan ser amadas) acaban muertas por sus maltratadores. Además, en bastantes ocasiones, se apela a una culpabilidad cuando alguien no se decide a pensar en positivo, pues entonces se mantiene en la escasez y, por lo tanto, es su culpa (o su Karma) estar como están. No deja de ser un aspecto sádico de ideologías reduccionistas que pretenden ayudar y que parten de la ignorancia que supone no entender los mecanismos de defensa, las resistencias a mirar y ver, y el miedo a la libertad que imperan en muchos sujetos, y les limitan a crecer. Solo incrementan su sombra personal y la colectiva, generando mecanismos de fanatismo, chivos expiatorios, genocidios…
La verdadera abundancia psicológica en el siglo XXI no puede separarse de la justicia ecológica.
Abundancia como ética planetaria: Descolonizar la mente de la idea de que los recursos existen para ser explotados; Reconectar con ciclos naturales: Ver la Tierra como la Gran Madre que da vida, pero tiene límites; Políticas de suficiencia: Impuestos al carbono, renta básica universal, y educación emocional para valorar lo intangible.
Donald Trump y su impacto en la ética planetaria desde la mentalidad de escasez.
La visión política de Donald Trump, centrada en el «America First» y la explotación desregulada de recursos, ejemplifica una mentalidad de escasez que contrasta radicalmente con los principios de una ética planetaria basada en la abundancia sostenible.
Negacionismo climático y explotación de recursos. Trump ha promovido políticas que ignoran los límites ecológicos del planeta, como el retiro del Acuerdo de París y la desregulación de industrias contaminantes. Esto refleja una visión de abundancia ilusoria, donde los recursos se consideran infinitos y la Tierra como un espacio recuperable ante cualquier daño.
Aislacionismo y proteccionismo comercial. Su política de aranceles y «Made in America» refuerza la idea de que los recursos son un juego de suma cero, donde el beneficio de un país implica la pérdida de otro. Esto socava la cooperación global necesaria para abordar crisis compartidas, como el calentamiento global
Ética del «self-interest» vs. solidaridad global. Trump prioriza el interés nacional inmediato sobre el bien común planetario, una postura que Leonardo Boff y otros críticos han señalado como contraria a un «nuevo pacto ético de la humanidad»
Legado de división y cortoplacismo. Las políticas de Trump han polarizado la acción climática y debilitado instituciones internacionales.
La mentalidad de escasez de Trump, arraigada en el nacionalismo económico y el negacionismo ecológico, actúa como un obstáculo estructural para una ética planetaria basada en la abundancia sostenible.
Conclusión
La verdadera abundancia psicológica no niega las limitaciones reales, pero trasciende la lógica de supervivencia basada en los recursos materiales que sí son limitados. Es un sentimiento revolucionario en un mundo que mercantiliza la carencia y hace plusvalía de ella para negocios mundanos que enriquecen a empresas laicas o religiosas llenando vacíos en este mundo (consumismo) o con la venta de mundos eternos tras la muerte.
Lo que impera es el sentimiento de escasez, cuyo origen es una herida traumática, que genera formaciones reactivas ideológicas para salir del dolor, y, que son, las que van a causar un colapso, retorno de la sombra, miseria.
Como junguiano entiendo que el sentimiento de escasez tiene las suficientes dinámicas como para considerarlo parte del “Complejo Cultural de la Escasez”. Me queda la tarea de definirlo y estructurarlo.

 

La guerra de Ucrania y la gran farsa de la moral: una guerra de esclavos y amos caídos

La guerra de Ucrania y la gran farsa de la moral: una guerra de esclavos y amos caídos

La guerra de Ucrania y la gran farsa de la moral: una guerra de esclavos y amos caídos
Tercera entrega
Mikel Garcia  23 marzo 2025

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Descripción de la imagen

Trabajando con inteligencia artificial. Por Mikel García.

 

Autor
 

Mikel García García[i]

[i] Médico y cirujano (Universidad Navarra, 1975). Psicólogo (Universidad San Sebastián, 1982). Psicoanalista junguiano. Formación experiencial y teórica en: Psicoanálisis, Terapia Sistémica Familiar, Psicoanálisis Reihiano (vegetoterapia), Psicología Analítica Junguiana, Psicoterapia Transpersonal. Experiencia de Muerte Cercana a los 33 años. Máster en “Astronomía y astrofísica” VIU (Universidad Valencia, 2014). Doctor Internacional en «Estudios Internacionales en Paz, Conflictos y Desarrollo», Universitat Jaume I (UJI Castellón, 2020). Máster en Fotografía Artística y Narrativa Visual (Universidad Internacional de la Rioja, 2022). Máster en Inteligencia Artificial (BIG SCHOOL, Madrid 2024) y Máster en Inteligencia Artificial (Universidad Isabel I, Madrid 2025). 

Colaborador con ONG médicas de intervención internacional, y en programas de formación a personal sanitario de atención Primaria; SIDA; maltrato infantil; muerte digna y a docentes. Especializado en maltrato infantil, trauma, duelo, tanatología, acompañamiento al muriente, integración de sistemas, estados de trance y místicos. Terapeuta de “Grupos de Duelo Online Ventana a ventana” desde confinamiento COVID-19. Psiconauta, antropólogo investigador del alma en la clínica médica y psicoterapéutica y trabajos de campo antropológicos cualitativos y cuantitativos, con énfasis en la Acción Participativa, docencia y divulgación psicopolítica de los hallazgos. Promotor de acciones participativas para el despertar del desierto interior y para la transformación social. Didacta  de la Sociedad Internacional Para el Desarrollo del Psicoanálisis Junguiano (SIDPaJ). Fotógrafo. Buceador. Alquimista. Hilozoísta. Hijo de Hermes. Creador herido. https://bit.ly/mikelcurriculum  iratxomik@gmail.com

Presentación y contenido

Este texto, escrito con la voz filosófica de Friedrich Nietzsche, constituye un implacable diagnóstico de la decadencia europea y española frente a la guerra de Ucrania. Europa es descrita como un «cadáver perfumado con burocracia», una entidad que ha sustituido la voluntad de poder por una moral de rebaño disfrazada de pacifismo y compasión. Sus líderes son presentados como «contables de almas» (Scholz, Macron, Von der Leyen), meros administradores de un sistema moribundo que, mientras condena retóricamente a Putin, practica una hipocresía institucionalizada al seguir dependiendo del gas ruso y de la protección estadounidense. Su «paz» no es una virtud, sino la máscara de una cobardía existencial y una adicción a la comodidad. La OTAN y el «derecho internacional» son denunciados como «trampas para ratones ideadas por mediocres», ídolos que Europa debe quemar para renacer.

La crítica se extiende a España con particular ferocidad. La derecha española (VOX y PP) es retratada como un «rebaño» que confunde ruido con poder y nostalgia con voluntad. VOX es un «histrión que vende reliquias» como la España imperial, ejemplificando el «nacionalismo de feriantes» de un pueblo que, habiendo perdido su voluntad de poder, se aferra a mitos. El PP es acusado de ser «mercaderes de ideales» que pactan por cálculo, no por convicción. España en su conjunto es un «mendigo en la corte de los titanes», cuya geopolítica es un «teatro para niños».

Frente a este panorama de decadencia, el texto no ofrece esperanza, sino una exigencia de transformación radical. La «esperanza» es despreciada como «consuelo de cobardes»; en su lugar, se proclama la «voluntad». Para que Europa resurja, debe dejar de ser un «puente roto que conduce a la nada» y realizar tres actos fundacionales: quemar sus ídolos (las instituciones vacías), parir un «ejército de hierro» que sea reflejo de su voluntad (no una imitación de amos pasados), y, sobre todo, «abrazar el caos». El camino propuesto es el del Superhombre nietzscheano: el león que primero dice «No» a la identidad decrépita (ser patio trasero de Washington, mercado de Moscú) para luego poder pronunciar su «Sagrado Sí» a nuevos valores. Estos valores no serían los decadentes de «paz» y «diálogo», sino los de «poder», «jerarquía» y «voluntad de vencer».

El mensaje final es una disyuntiva brutal: Europa y España deben elegir entre ser «enterradores» de su propia esencia, sepultureros que discuten el color de las vendas mientras Ucrania sangra, o atreverse a ser «dioses». Esto implica para España «matar sus fantasmas»: el nacionalismo que vive de glorias pasadas, la sumisión a poderes externos y el miedo a su propia fiereza. Solo entonces podría surgir una España que sea un «puente» entre continentes y entre el caos y el orden, una entidad que cree valor más allá del bien y el mal patriótico. La conclusión es que la única esperanza reside en una transmutación violenta de los valores, en dejar de ser «bestias de presa domesticadas» por una moral decadente para romper las cadenas y permitir que el Superhombre nazca del caos actual.

Ensayo