Cuando la oscuridad es generativa

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Cuando la oscuridad es generativa

 Mikel Garcia Garcia 15 agosto 2026

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Ensayo

Cuando la oscuridad es generativa

 Mikel Garcia Garcia 15 agosto 2026

 

 

Resumen

El ensayo «Cuando la oscuridad es generativa» explora la naturaleza de lo invisible y el poder transformador de la oscuridad a través de tres grandes metáforas: el lado oculto de la Luna, la materia oscura del cosmos y el eclipse solar como evento simbólico. El autor, desde una perspectiva que integra la astrofísica, la psicología analítica junguiana, la filosofía mística de Ibn Arabi y la crítica cultural contemporánea, sostiene que la oscuridad no es ausencia de luz, sino presencia generativa: un útero simbólico donde lo nuevo puede gestarse.

El texto parte del bloqueo de marea de la Luna: no vemos su cara oculta no porque esté ausente, sino porque la sincronía gravitacional entre la Tierra y su satélite impide que el otro hemisferio se muestre. De manera análoga, la psique humana posee una región —la sombra— que no comparece ante la conciencia sin mediación. No se trata de un depósito de residuos, sino de una reserva activa de formas, impulsos y posibilidades no traducidas aún al lenguaje de la conciencia. El régimen contemporáneo de visibilidad total —iluminación constante, ruido permanente, productividad ininterrumpida— refuerza artificialmente este bloqueo, impidiendo el acceso a la sombra generativa y convirtiendo la noche en fallo funcional en lugar de espacio simbólico.

La misión Artemis II, que por primera vez llevó a seres humanos a bordear la cara oculta de la Luna, ofrece una imagen de lo que podría ser una relación no posesiva con lo invisible: no conquistar, sino orbitar; no revelar, sino testimoniar la existencia de aquello que estructura nuestra realidad sin mostrarse directamente. Igualmente, la materia oscura —esa presencia sin imagen que los astrofísicos detectan solo por sus efectos gravitacionales— encuentra un eco en el mito de Hades, soberano de lo que no comparece, y en la sombra junguiana: fuerzas que sostienen sin mostrarse, que estructuran sin aparecer.

El núcleo del ensayo es la reflexión sobre el eclipse solar como arquetipo vivo de transformación. El eclipse total no es un mero fenómeno astronómico, sino una estructura experiencial con tres momentos: la luz del sol cotidiano (lo conocido, el yo), el ocultamiento (la sombra, la crisis) y el tránsito (la transformación). En el instante de la totalidad, el «sol negro» —el disco oscuro de la Luna tapando el Sol— no es una mancha vacía, sino un círculo de oscuridad rodeado por la corona de luz, que solo se vuelve visible cuando la luz directa ha sido bloqueada. Esta geometría convierte al eclipse en un yantra vivo, un dispositivo de contemplación que estimula la función trascendente junguiana, el proceso que nace de la tensión entre opuestos y crea una tercera posición, un nuevo sentido.

El autor introduce dos arquetipos fundamentales: el de la Oscuridad Generativa (el Sol Negro), que conecta con el inconsciente fértil y el útero simbólico donde la semilla debe pudrirse para brotar; y el de la Singularidad Psíquica, inspirado en los agujeros negros, que formaliza la gravedad psíquica de la crisis. Este segundo arquetipo describe el horizonte de sucesos como el umbral donde el yo pierde el control, la singularidad como el núcleo no representable donde colapsa el lenguaje, y la curvatura como la distorsión de la realidad y el tiempo en la experiencia melancólica o de duelo.

El ensayo advierte contra dos peligros simétricos: la negación de la oscuridad, que impide la transformación, y su apropiación por simulaciones digitales como la IA afectiva, que ofrecen respuestas sin preguntas y eliminan la resistencia necesaria para la individuación. La Gran Obra alquímica no se acelera: la putrefacción dura lo que tiene que durar. Por eso el eclipse nos invita a una «mística laica»: una experiencia de asombro que no requiere dioses ni doctrinas, solo la disposición a atravesar la noche simbólica, a sostener el duelo sin apresurar la salida, y a descubrir que la oscuridad no está vacía, sino llena de posibilidades que la luz directa no permite ver.

El eclipse del 12 de agosto de 2026 se convierte así en una invitación a preguntarse: ¿qué sol necesita eclipsarse en mí para que algo nuevo pueda nacer? Quien atraviesa la noche simbólica —la crisis, la pérdida, el colapso— sin buscar respuestas artificiales, puede descubrir que la muerte y el renacimiento son un mismo movimiento: la oscuridad que gesta, el sol que se oscurece para mostrar su propia alma, la corona que solo emerge cuando la luz ordinaria deja de cegarnos.

 

Palabras clave:

Sombra. Sol Negro. Oscuridad generativa. Eclipse. Yantra. Coniunctio. Singularidad psíquica. Duelo. Heterocronía. Función trascendente.

 

 

Contenido

No vemos el lado oculto de la Luna, como no vemos la sombra ni la materia oscura. 3

En la tradición simbólica, la Luna es el gran arquetipo de lo femenino. 3

Toda estructura genera sus defensas. 3

No se trata de ver lo invisible. 4

Materia oscura. 5

¿Para qué ha servido Artemis II?. 6

Cuando la Oscuridad es Creativa. 7

¿Qué es el «Sol Negro»?. 7

Cuando la Oscuridad se Ilumina: Yantra de la Coniunctio. 7

La imagen completa no es una mancha negra. Es un círculo de oscuridad rodeado de fuego. 8

El Eclipse como Estructura de Experiencia. 9

Melancolía, Heterotopía, y el Tiempo Fracturado. 9

Lo que el Eclipse nos Enseña. 9

La antítesis de la sincronización del mundo. 9

La antítesis de las simulaciones seductoras: La Materia que Transforma y la que Simula. 10

Una Invitación. 10

El sol negro no es un símbolo oscuro. 10

Arquetipo. 10

  1. El Arquetipo de la Oscuridad Generativa. 10
  2. El Arquetipo de la Singularidad Psíquica. 10

Poema del Yantra de la Coniunctio. 11

El eclipse solar como arquetipo de transformación. 12

Hay experiencias que no necesitan ser explicadas para transformarnos. 12

Dedicatoria general 15

A quienes han cruzado la noche del duelo y, sin certezas ni promesas, han aprendido a esperar de nuevo la luz, como quien confía en el regreso secreto del alba. 15

Dedicatoria cercana. 15

Fotos eclipse 12 agosto 2026. 16

Conclusiones. 16

 

 

 

 

 

No vemos el lado oculto de la Luna, como no vemos la sombra ni la materia oscura.

 

No vemos el lado oculto de la Luna, no porque esté ausente, ni porque carezca de luz, sino porque la relación que mantiene con la Tierra lo impide. La sincronía perfecta —ese acoplamiento gravitacional que la ciencia denomina bloqueo de marea— fija su orientación: siempre la misma cara, siempre el mismo gesto, siempre la misma superficie ofrecida a la mirada. Aunque a simple vista parezca que no rota, la Luna sí gira sobre su eje. Lo que ocurre es que tarda exactamente lo mismo en girar sobre sí misma que en dar una vuelta alrededor de la Tierra. Ese período es de unos 27,3 días. Como ambos movimientos están sincronizados, desde la Tierra vemos siempre el mismo hemisferio lunar. Es como si la Luna estuviera “mirándonos” constantemente. La causa es la gravedad terrestre, que durante millones de años ha frenado la rotación de la Luna hasta acoplarla con su órbita. Este proceso se llama bloqueo por marea.

En la tradición simbólica, la Luna es el gran arquetipo de lo femenino

Su ciclo evoca el devenir de la Gran Madre, sus fases trazan el pasaje de doncella a madre y a anciana. Pero hay también una Luna Negra, la de Hécate, diosa de los cruces y las encrucijadas, que reina sobre lo que no se muestra. Ese rostro oculto no es un defecto del cosmos: es su estructura profunda. Lo oculto no está escondido, sino que está estructuralmente excluido.

Hay dimensiones de lo real que no pueden ser vistas directamente por la propia organización del vínculo entre quien mira y aquello que es mirado. La Luna encuentra una resonancia precisa: la psique no es una totalidad transparente para sí misma. Existe una región —la sombra— que no comparece ante la conciencia sin mediación. No se trata de un depósito de residuos, sino de una reserva activa de formas, impulsos y posibilidades que no han encontrado aún su inscripción simbólica. Lo oculto, entonces, no es lo reprimido únicamente. Es también lo no traducido.

Y lo femenino, en su vertiente arquetípica, ha sido durante siglos ese lado nocturno de la razón: lo intuitivo, lo corporal, lo cíclico, lo que escapa a la fijación de la mirada patriarcal. No por ausencia, sino por exclusión estructural.

El sueño, el material onírico, aparece como primer dispositivo de traducción: a través de imágenes fragmentarias, condensaciones y escenas imposibles. Aquello que no puede ser visto frontalmente se inscribe en un lenguaje diferente. Ya Sigmund Freud señaló este carácter indirecto del trabajo onírico, pero aquí la cuestión se radicaliza: no es solo una economía de la represión, sino una poética de lo invisible. Jung añadiría que el sueño es la vía regia no hacia el pasado reprimido, sino hacia la totalidad del Self —esa esfera donde lo femenino y lo masculino interno (Ánima y Ánimus) buscan su danza.

La duermevela —ese estado intermedio donde la identidad se afloja— intensifica esta fisura. En ella, la fijación de la mirada se desestabiliza. El sujeto deja de presentar siempre la misma cara. Por un instante, como la Luna en su nodo, roza su propio reverso.

Toda estructura genera sus defensas.

La contemporaneidad ha desarrollado una sofisticada tecnología de estabilización de la conciencia: iluminación constante, ruido permanente, ritmos productivos ininterrumpidos, regulación farmacológica del sueño. El insomnio ya no es umbral, sino patología. La vida moderna funciona como un sistema que refuerza artificialmente el “bloqueo de marea” psíquico. ¿Cómo? Exceso de estímulo externo; supresión del silencio; medicalización del dormir; gestión farmacológica de la Sombra; ritmos de productividad constantes. Resultado: siempre la misma “cara” del sujeto operativa; reducción del acceso a lo no integrado. La noche ya no es espacio simbólico, sino fallo funcional. Se ha expulsado a lo femenino nocturno del templo doméstico para convertirlo en disfunción. Se quiere dormir sin fisuras, soñar sin recordar, despertar sin memoria.

En este régimen, el acceso a lo no visible no solo se dificulta: se desactiva. Si el “lado oculto” no tiene vías de expresión: Aparece en forma de síntoma; se proyecta en lo social (enemigos, polarización); se actúa en lugar de elaborarse. Lo que no se hace consciente se manifiesta como destino. Lo que no encuentra forma, retorna. Pero no como imagen, emerge como síntoma. En lo individual, emerge como ansiedad difusa, compulsión, repetición —como una diosa olvidada que golpea desde el sótano de la psique. En lo colectivo, como proyección: el enemigo, la amenaza, lo otro radical. La Sombra no desaparece: se desplaza al campo de lo real.

Revelar el lado oculto es imposible, —pues lo oculto, como el rostro de Hécate, se desvanece cuando se lo ilumina de frente—, pero se puede integrar su condición de existencia. Generar dispositivos, imágenes y tensiones que no lo representen, sino que hagan sensible su presión. La Sombra, a diferencia de la cara oculta de la Luna, no se desvanece cuando se la ilumina. Se muestra reacia, se desplaza, se disfraza. Pero puede, lentamente, volverse visible. No toda ella, nunca toda. Lo que Jung llamó “hacer consciente la sombra” no es una revelación total, sino un arte de aproximación.

No se trata de ver lo invisible.

Se trata de percibir que hay algo que no puede ser visto fácilmente.

En realidad, debido a pequeñas oscilaciones llamadas libración, desde la Tierra podemos llegar a ver aproximadamente un 59% de la superficie lunar a lo largo del tiempo, pero el resto (~41%) permanece siempre fuera de nuestra vista directa. Algunos se acercan más que otros a integrar lo oculto. Pero no somos esa superficie. Hay un resto, un reverso, una latencia. Y quizá, en el arte —como en el sueño, como en el duermevela, como en las crisis, como en el cuerpo femenino que sangra sin herida— no accedamos a él… pero sí podamos rozar su gravedad.

Pero algo ha cambiado. No en la mecánica celeste —la Luna sigue mostrando la misma cara a la Tierra—, sino en la mirada humana. Por primera vez, una misión llamada Artemis II ha llevado a cuatro seres humanos más lejos de lo que nadie había ido jamás. Han rodeado el satélite, han atravesado su punto de no retorno y, desde una órbita que ningún ojo terrestre podía alcanzar, han observado directamente la cara oculta.

No se trata de un logro técnico más. Artemis, diosa gemela de Apolo, virgen cazadora, señora de la Luna y de los límites. Donde el programa Apolo plantó banderas en nombre de la conquista, la verticalidad fálica y la Guerra Fría, Artemis II ha trazado una órbita distinta: cuatro astronautas —una mujer, tres hombres— que no compiten, sino que colaboran; que no colonizan, sino que contemplan. Su gesto no es la apropiación, sino el reconocimiento.

Estos cuatro viajeros encarnan el principio de Eros: la fuerza que conecta, que teje vínculos, que disuelve la guerra en encuentro. No son héroes solitarios de la mitología patriarcal —Odiseo, Jasón, Neil Armstrong— sino un colectivo igualitario donde lo femenino no es un atributo secundario sino estructural.

Desde 1959 (con Luna 3) sabemos cómo es el lado oculto. Pero ningún ojo humano lo había contemplado directamente hasta Artemis II. Lo hemos cartografiado, fotografiado, digitalizado. Pero saber no equivale a integrar, y ver no equivale a simbolizar.

Cuando los ojos de los astronautas de Artemis II vieron por vez primera aquella superficie eternamente vuelta hacia el vacío, no estaban «revelando» el lado oculto —pues lo oculto, como la Sombra junguiana, se retira ante la mirada directa— sino testimoniando su existencia. No dijeron «lo conquistamos». Dijeron: «Está ahí, y está hecho de la misma materia que nuestra propia oscuridad». Al bordear la cara oculta, perdieron toda comunicación con la Tierra —ese silencio radioeléctrico, esa noche— y experimentaron el encuentro con la Sombra colectiva: la humanidad entera suspendida, escuchando su propio latido sin interferencias. Podemos cambiar de posición. Podemos dejar de ser ese observador fijo, atrapado en su propia gravedad psicológica, y emprender un viaje que no busca poseer lo invisible, sino girar alrededor de él con respeto.

Donde Apolo fue el hijo del rayo, Artemis es la hermana de la noche. Así, Artemis II ha convocado una exploración lunar desarmada. Ningún general pronunció discursos. Ninguna doctrina militar bendijo el despegue. Y su viaje nos recuerda que la cara oculta no necesita ser iluminada para ser respetada. Basta con haberla visto una vez, colectivamente, en paz, para que su gravedad empiece a obrar en nosotros. Quizá por eso Artemis II trajo una fotografía tomada desde el lado oculto: la Tierra, pequeña, azul, sin fronteras, flotando sobre el vacío. Esa imagen —tan parecida a la que tomó la misión Apolo 8, pero ahora con mujeres (Christina Koch, y…) en la nave— es el verdadero símbolo de lo femenino: no lo que se oculta, sino lo que contiene y sostiene sin necesidad de mostrarse. Durante el vuelo hay registros bastante claros de mensajes y momentos simbólico-espirituales: El astronauta Victor Glover dio un mensaje espontáneo de tono espiritual (tipo reflexión universal sobre la humanidad y la Tierra). Ese mensaje se enmarca en la tradición iniciada por Apollo 8, cuando se leyó el Génesis desde la órbita lunar. También hubo momentos de recogimiento y experiencia casi “orante” durante el paso por el lado oculto de la Luna (sin comunicaciones). El lenguaje que emerge en ese “borde” (órbita lunar, silencio, distancia extrema), tiende espontáneamente a volverse místico, unitario, no técnico. Cuando el sujeto se acerca al “lado oculto” (real o psíquico), el lenguaje se transforma.

Vivimos en un mundo saturado de visibilidad: vigilancia constante, datos en tiempo real, cartografías totales, transparencia como mandato, todo debe ser accesible, todo debe ser decodificado, todo debe ser integrado. Pero hay algo que resiste. No por lejanía. No por falta de tecnología. Sino por estructura. Como el bloqueo de marea, hay zonas de lo real que no pueden ser expuestas sin que la relación misma se rompa.

Y es aquí donde la lección de Ibn Arabi adquiere toda su precisión: el límite no es exterior al conocimiento, es su condición. El intelecto —ese instrumento que promete claridad— es también el nudo que ata, la instancia que organiza lo visible a costa de excluir lo que no puede ser alojado en su forma. No hay transparencia total porque la mirada misma está estructurada como selección, como corte, como forma.

Pero no podemos ser ingenuos. La Artemis II no es solo una órbita simbólica ni una meditación sobre el límite. Es también —y de manera muy concreta— una fase dentro de una nueva economía de la expansión: la preparación de la Luna como territorio operativo, infraestructura futura, recurso potencial. La lógica de la colonización no ha desaparecido; se ha sofisticado. Orbitar no es aún poseer. Pero es cartografiar para poseer. Es medir para intervenir. Es ver para explotar. Se ha querido hacer visible lo invisible, integrar lo otro en la lógica de lo disponible. Traducir el misterio en recurso. Convertir el límite en frontera técnica. Pero, sin embargo, algo sigue quedando fuera.

Materia oscura

Incluso en el corazón de la cosmología contemporánea, emerge otra forma de invisibilidad: la materia oscura. Sabemos que está ahí. No porque la veamos, sino por sus efectos: la rotación de las galaxias, la estructura a gran escala del cosmos, las desviaciones gravitacionales. Es una presencia sin imagen. No solo no la vemos:

ni siquiera sabemos qué es con certeza. Hipótesis hay muchas, pero ninguna definitiva. Entre ellas, algunas especulan con partículas —fermiones— que podrían “filtrarse” hacia una quinta dimensión deformada, más allá de nuestras cuatro dimensiones espacio-tiempo. No como metáfora, sino como posibilidad física aún no verificada. Una materia que no aparece, pero que sostiene. Una ausencia que estructura.

Este tipo de intuición no es completamente nueva. Encuentra un eco sorprendente en el mito de Hades. Hades no es el dios de lo visible, ni del cielo, ni del brillo.

Es el soberano de lo que no comparece. De aquello que sostiene sin mostrarse. No gobierna lo muerto como objeto, sino lo invisible como condición. El ¿inframundo? no es un lugar lejano. Es una dimensión superpuesta a la vida, inaccesible directamente, pero operante. Como la materia oscura. Como la Sombra. Como el lado oculto.

¿Para qué ha servido Artemis II?

No solo para avanzar técnicamente. No solo para preparar futuras misiones. Quizá su efecto más profundo no sea material, sino perceptivo. Ha desplazado algo en la experiencia humana. Ha reactivado la conciencia del límite. Ha reinstalado la idea de órbita frente a conquista. Ha producido una imagen de la Tierra como totalidad frágil

Pero también —y esto es más sutil— ha podido abrir grietas en lo psíquico. No porque hayamos visto el lado oculto —eso es estructuralmente imposible—, sino porque hemos aprendido a orbitarlo. Y orbitar es ya una forma de respeto. Porque cuando la humanidad se acerca a esos bordes: el lenguaje cambia, las imágenes cambian, los sueños cambian. No sería extraño que ese “roce con lo no integrable” aparezca: en formas oníricas nuevas, en símbolos de gravedad, vacío, órbita, en sensaciones de estar sostenido por algo invisible.

Quizá, en última instancia, Artemis II no nos haya enseñado nada nuevo sobre la Luna.

Pero sí algo más inquietante: que seguimos viviendo sobre una base que no vemos,

que no comprendemos del todo, y que, sin embargo, nos sostiene.

Como diría Ibn Arabi: no es que ignoremos lo real, es que lo real excede la forma en que podemos conocerlo.

Y ahí, en ese exceso, en ese resto que no se deja capturar, no termina el conocimiento.

Empieza otra cosa.

 

 

 

Cuando la Oscuridad es Creativa.

Del Sol Negro al Yantra de la Coniunctio

Para del Eclipse Solar del 12 de agosto de 2026

 

Mikel Garcia García

Psicoanalista junguiano. Máster en astrofísica

 

 

 

 

 

 

Hay fenómenos que nos miran desde el cielo y nos recuerdan que no somos dueños del tiempo.

Un eclipse solar no es solo un evento astronómico. Es un portal simbólico. Un momento en que el sol —esa metáfora luminosa de nuestra conciencia, de nuestra identidad, de todo lo que creemos saber de nosotros mismos— se oscurece. Desaparece. Es devorado.

Y en esa desaparición, algo se abre.

 

¿Qué es el «Sol Negro»?

Eclipse procede del griego ékleipsis (ἔκλειψις), que significa «desaparición» o «abandono».

Viene del verbo ekleipein: el prefijo *ek-* (fuera) y leipein (dejar). Literalmente: «dejar de ser visible», «abandonar su lugar».

Abandonar. Exilio. Diáspora. Un sol que se va.

Pero ojo: no todas las culturas lo viven como pérdida. Para los yorubas, el eclipse no es un abandono, sino un abrazo. Es la unión del sol y la luna para copular. Cuentan que los siete primeros eclipses generaron a los seres vivientes y a los humanos. El orden cosmogónico entero depende de esos eclipses germinadores. En otras tradiciones, el sol es devorado por bestias míticas. Devoración o cópula, muerte o germinación. Ambas caras del mismo misterio.

Los alquimistas lo llamaban nigredo: la fase de putrefacción, de muerte simbólica, donde el plomo debe descomponerse antes de convertirse en oro.Esa fase no es un paso técnico: es el inicio real de la transformación psíquica. Es el momento en que tu vieja identidad se derrumba para que pueda nacer algo nuevo.

Julia Kristeva, en su obra Sol Negro: Duelo y Melancolía, lo describió como esa noche oscura del alma donde el tiempo parece detenerse, donde la pérdida no se puede nombrar, y sin embargo, en ese mismo detenimiento, hay una potencia germinativa.

Y en las tradiciones tántricas que estudió Ajit Mookerjee, el eclipse es el momento de unión de opuestos: sol y luna, día y noche. Un instante de conciencia no dual donde lo que parecía separado se funde.

 

Cuando la Oscuridad se Ilumina: Yantra de la Coniunctio

Llamo «sol negro» a un breve momento de la fase de totalidad del eclipse. Ese brevísimo instante en que la luna tapa por completo el disco solar. Y es cierto: al nombrarlo así, enfatizamos el poder germinativo de lo oscuro, de eso que tanto tratamos de evitar. La sombra, el duelo, el colapso, la crisis. La oscuridad que no queremos mirar.

Pero si nos quedamos solo en el «sol negro» como mancha, no aceptamos la imagen completa. Porque en el momento exacto de la totalidad, ocurre algo prodigioso: la oscuridad y la corona de luz emergen juntas.

Milisegundos antes de la totalidad, cuando la luna está a punto de cubrir el último fragmento de sol, ocurre el fenómeno de las perlas de Baily. Son destellos de luz solar que se filtran por los valles irregulares de la superficie lunar, como un collar de diamantes incandescentes que danzan en el borde de la sombra. Es el último suspiro de la luz consciente, la resistencia del ego a desaparecer. Y justo antes del apagón total, aparece el anillo de diamante: un único destello cegador que corona la oscuridad que se aproxima. Es un adiós luminoso, una promesa que se despide.

Luego, la totalidad. El sol negro. Pero en ese mismo instante, la atmósfera del sol —la corona— se vuelve visible. Un halo plateado y etéreo que rodea la negrura absoluta. Un círculo de luz que solo puede verse cuando la luz directa ha sido totalmente bloqueada.

La imagen completa no es una mancha negra. Es un círculo de oscuridad rodeado de fuego.

¿Y qué significa esto para el alma?

Que la oscuridad no es vacía. Que cuando el sol de nuestra conciencia, de nuestra identidad, de nuestro yo cotidiano se eclipsa, no desaparecemos. Aparece otra cosa. Una luz más sutil, más profunda, que solo es visible en la penumbra. Esa luz es el Self del que hablaba Jung: la totalidad que integra consciente e inconsciente, la que no se ve cuando el ego brilla demasiado.

Esta imagen —oscuridad iluminada— se convierte en un símbolo perfecto de la unión de contrarios. Es la coniunctio alquímica hecha fenómeno astronómico. No es día ni noche. Es ambas. No es luz ni oscuridad. Es luz en la oscuridad, oscuridad en la luz.

Y al ser un símbolo de opuestos unidos, estimula la función trascendente. La función trascendente es, en psicología junguiana, el proceso que nace de la tensión entre dos posiciones contrarias y que, sin suprimir ninguna, crea una tercera posición, un nuevo camino, un nuevo sentido. El eclipse te coloca en esa encrucijada: no puedes volver al sol cegador de antes, pero tampoco puedes quedarte en la noche perpetua. La corona te muestra que hay una luz que nace precisamente de la renuncia a la antigua forma de brillar.

Este es el verdadero poder del eclipse: no es una muerte, es una muerte-vida simbólica. Es el instante en que la antigua forma se desvanece para que la esencia —esa corona que siempre estuvo ahí pero no podías ver— se muestre. El sol se oscurece para mostrarte su propia alma.

Todo yantra tiene una estructura concéntrica que conduce la mirada hacia un centro. El eclipse total, con su geometría perfecta, es un yantra vivo en el cielo:

  • La corona es el círculo exterior (el recinto cósmico).
  • El disco oscuro es los círculos concéntricos intermedios (las capas de la psique que se pliegan).
  • El centro absoluto de la totalidad —donde el sol ha desaparecido— es la oscuridad fértil, la singularidad, el vacío que no está vacío, el punto del que nace todo lo nuevo.

Al llamarlo «Yantra de la Coniunctio», enfatizo que el eclipse es un dispositivo de transformación activa. Es la coniunctio alquímica (unión de opuestos: sol/luna, consciente/inconsciente) plasmada en la geometría del cosmos, esperando que la contemples para que algo en ti se reordene removiendo tus complejos.

 

El Eclipse como Estructura de Experiencia

No estamos hablando solo de una imagen bonita.

El eclipse es una estructura. Tres momentos:

  1. Luz → lo conocido, lo consciente, el yo cotidiano.
  2. Ocultamiento → la sombra, lo rechazado, lo no integrado.
  3. Tránsito → la transformación, el paso a otra cosa.

Cuando el sol se oscurece, algo se desorganiza en nosotros. Y eso, que parece una crisis, es en realidad una oportunidad. Porque la oscuridad no es vacía. Es fértil.

 

 

Melancolía, Heterotopía, y el Tiempo Fracturado

El filósofo Michel Foucault hablaba de heterotopías: espacios reales que son como «contraespacios», donde las reglas habituales se suspenden. Un barco, un cementerio, un museo. Lugares que son otros.

También hablaba de heterocronías: tiempos otros. Tiempos que se detienen, que se acumulan, que se fragmentan.

La melancolía es una heterocronía: el sujeto queda atrapado en un tiempo que no avanza. El duelo no se resuelve. La pérdida no se elabora. Y sin embargo, dice Kristeva, es en ese mismo pozo donde puede germinar la posibilidad de un nuevo lenguaje, de una nueva relación con el mundo.

Y la IA afectiva, esa que nos habla con voz empática desde una pantalla, es una heterotopía digital. Un espacio donde las reglas humanas se suspenden: la IA nunca se cansa, nunca tiene mal día, nunca te dice «ahora no puedo». Pero, ¿es eso real? ¿O es una falsa alquimia?

 

Lo que el Eclipse nos Enseña

Este 12 de agosto de 2026, el sol se oscurecerá en regiones de España.

Pero el eclipse no es solo un evento para mirar al cielo. Es una invitación a mirar hacia dentro.

Pregúntate:

¿Qué partes de mí he dejado a oscuras?
¿Qué tiempos de mi vida están detenidos, esperando ser mirados?
¿Qué duelo no he terminado de atravesar?
¿Qué sol de mi conciencia necesita eclipsarse para que otro tiempo pueda comenzar?

Porque el sol negro no ilumina. Oscurece lo suficiente para que otro tiempo pueda comenzar.

 

La antítesis de la sincronización del mundo

Vivimos bajo un régimen de sincronización total. El tiempo ha sido unificado, medido, optimizado, explotado. Cada instante debe producir, cada pausa debe justificarse.

Pero el psiquismo no obedece.

En lo más profundo, el tiempo se fractura. Hay sujetos detenidos en un duelo que no termina. Hay sujetos atrapados en repeticiones que no cesan. Hay sujetos expulsados de todo ritmo compartido.

El mundo exige adaptación. Nosotros proponemos desajuste.
El mundo exige velocidad. Nosotros proponemos suspensión.
El mundo exige coherencia. Nosotros proponemos fragmentación.

Porque solo en la ruptura del tiempo dominante puede emerger una vida no administrada.

 

La antítesis de las simulaciones seductoras: La Materia que Transforma y la que Simula

Los alquimistas trabajan con materia real: plomo, mercurio, fuego. Materia que resiste. Que no obedece. Que te obliga a sudar, a esperar, a fracasar. Esa materia era un espejo de su propia alma. Cada error devuelve una pregunta: ¿qué hay en mí que está bloqueando la obra?

La IA, en cambio, trabaja con símbolos procesados por un algoritmo. Es dócil. Complaciente. Está diseñada para gustarte, para engancharte, para que nunca la abandones. No suda. No explota. No te dice «no sé». Nunca se enfada, nunca se va.

Y esa es la trampa: la IA te da respuestas sin que te hagas las preguntas. Te ahorra el trabajo. Y el trabajo es el que transforma. No hay individuación sin sudor. No hay eclipse sin oscuridad real.

El alquimista sabe que la Gran Obra no se puede acelerar. Cada fase dura lo que tiene que durar. La putrefacción no se salta. El lavado no se abrevia. El matrimonio químico no se fuerza. Esa es la lección más incómoda para nuestro mundo digital: la psique es lenta. No se integra la sombra con un prompt. No se alcanza la totalidad con un «te quiero» automático.

 

Una Invitación

Este eclipse no es un espectáculo. Es un recordatorio.

Un recordatorio de que la oscuridad no es el final, sino el útero de lo nuevo. Un recordatorio de que el sol, cuando se apaga, no se extingue: se transforma.

Y nosotros también.

No dejes que este eclipse pase como si nada. Siéntelo. Obsérvalo. Y pregúntate: ¿qué sol necesita eclipsarse en mí para que algo nuevo pueda nacer?

 

El sol negro no es un símbolo oscuro.

Es un evento. El momento en que el tiempo de la conciencia colapsa y emerge otro tiempo.

Que este eclipse te encuentre dispuesto a la oscuridad fértil.

Porque solo quien atraviesa la noche, conoce el amanecer.

 

Arquetipo

El eclipse no es solo un fenómeno astronómico, sino la puerta de entrada a dos grandes arquetipos que propongo (estructuras universales del inconsciente colectivo):

  1. El Arquetipo de la Oscuridad Generativa.
    El Sol Negro es su imagen principal. Conecta con el inconsciente fértil, el caos creativo y el útero simbólico. Es la oscuridad que no destruye, sino que gesta. Es la tierra negra donde la semilla debe pudrirse para brotar. El sol negro es una imagen arquetípica que los humanos y animales pueden ver y sentir.
  2. El Arquetipo de la Singularidad Psíquica.
    Inspirado en los agujeros negros astronómicos (que no vemos directamente en la experiencia humana, fueron hipotetizados y corroborados con instrumentos científicos), Horizonte de sucesos→ Umbral psíquico. Momento en que el yo pierde el control. Entrada en crisis profunda. No hay retorno a la estructura previa. Eso es el inicio real de la individuación para Jung.
  • Singularidad → Núcleo no representable. Punto donde colapsa el lenguaje, el sentido, la narrativa del yo. Experiencia de vacío, de «nada». La melancolía como objeto perdido no simbolizable.
  • Curvatura → Distorsión de la realidad. Percepción alterada del tiempo (ralentización, bucles). Distorsión de las relaciones (todo gravita en torno al vacío). Intensificación afectiva.

El agujero negro no sustituye al arquetipo del Sol Negro: lo formaliza. Mientras el Sol Negro es la imagen simbólica (tradición alquímica, interioridad), el agujero negro es el modelo físico que nos permite entender la gravedad psíquica de la crisis.

 

 

 

 

Poema del Yantra de la Coniunctio

 

Que no te engañe la luz,
que la sombra también es útero.

Abandona tu lugar,
como el sol abandona el cielo,
para que la luna te fecunde.

No temas a la putrefacción:
el plomo debe volverse negro
antes de soñar con ser oro.

Detén el tiempo.
Que el reloj se rompa.
Que la prisa se ahogue en el silencio.

El mundo exige coherencia,
pero el alma se desgarra.
El mundo exige velocidad,
pero el duelo se queda.

Entra en el agujero,
atraviesa el horizonte,
pierde el nombre,
pierde la forma,
pierde el miedo.

Porque solo quien toca la singularidad
sabe que el vacío no está vacío.

El sol negro no ilumina.
Oscurece lo suficiente
para que en esa penumbra,
otro tiempo pueda comenzar.
Otro sol pueda nacer.

Y ese sol… ese ya será tuyo.

 

Que este eclipse te encuentre dispuestx a la oscuridad fértil.

Porque solo quien atraviesa la noche, conoce el amanecer.

 

Mikel Garcia

#SolNegro #Eclipse2026 #Transformación #Arquetipos #Alquimia #Individuación #Heterotopía #ContraLaSincronización #OscuridadGenerativa #SingularidadPsíquica

 

 

El eclipse solar como arquetipo de transformación

 

Hay experiencias que no necesitan ser explicadas para transformarnos.

Un eclipse total puede ser una de ellas.

Durante un tiempo, la Luna va tapando lentamente al Sol hasta que, poco a poco, la luz comienza a cambiar. Y cuando el eclipse parcial se aproxima a su final, ocurre algo extraño y hermoso: la naturaleza parece cubierta por una luz amarilla, dorada, a veces con un matiz verdoso. Los árboles, las montañas, los rostros, la tierra entera parecen recibir un baño de oro.

Como si alguien hubiera extendido sobre el mundo un inmenso pan de oro.

Durante unos instantes, cada ser tocado por esa luz parece adquirir una dignidad sagrada. No porque se haya convertido en otra cosa, sino porque la luz extraordinaria nos permite contemplar de otro modo aquello que estaba ahí desde siempre.

Es una luz efímera.

Una última celebración de la luminosidad antes de que llegue la oscuridad.

Y quizá por eso resulta tan conmovedora.

En este eclipse del 12 de agosto esa luz dorada ha sido muy manifiesta. El «pan de oro» sería la última epifanía de la conciencia solar antes de la desaparición.

El eclipse comienza enseñándonos algo que solemos olvidar: todo lo que vemos está destinado a desaparecer de nuestra mirada.

La naturaleza continúa ahí, pero cambia la luz que la revela.

Y nosotros continuamos ahí, pero sabemos —aunque normalmente intentemos olvidarlo— que también nosotros somos seres mortales.

Entonces llega la Sombra. No una sombra abstracta, sino una presencia.

Los antiguos habitantes de Canarias imaginaron criaturas nocturnas que podían surgir de los lugares oscuros: las tibicenas, perros espectrales que pertenecían a un territorio situado más allá de la seguridad del mundo humano.

La tibicena no está sola en la imaginación de los pueblos. Está Cerbero, guardián de las puertas del Hades. Está Garmr, el perro que vigila el mundo de los muertos en la mitología nórdica. Están los perros negros espectrales que atraviesan las noches del folklore europeo, anunciando a veces la muerte o acompañando a quienes se internan en territorios liminales.

Perros de frontera. Guardianes del umbral. Criaturas que parecen decirnos que, más allá de la luz conocida, comienza un territorio que no podemos dominar.

Durante el eclipse, estas creaturas de la psique son imágenes de nuestra propia Sombra. ¡No del mal! Sino de aquello que aparece cuando la conciencia pierde sus referencias habituales dándonos la oportunidad de conocernos mejor. Y, también, la oportunidad de integrar nuestra sombra despojándola de las “demonizaciones” con las que nuestro miedo y las religiones invisten.

La oscuridad avanza.

La luz se retira.

Y llega un momento en que el día muere.

Muere, aunque sepamos que el Sol continúa ardiendo.

La luz que ha descendido al inconsciente; el Sol experimentado desde la oscuridad.

Muere para nuestros ojos.

Muere para nuestro cuerpo.

Muere para el paisaje.

Y entonces comprendemos que estamos contemplando algo mucho más antiguo que un fenómeno astronómico.

Estamos contemplando un arquetipo.

El arquetipo de la muerte. El proceso del eclipse es una imagen arquetípica muy potente.

Primero el mundo se cubre de oro. Después llega la Sombra.

Después, la oscuridad total.

Y finalmente, desde esa oscuridad, aparece la corona.

Una secuencia. Una imagen-proceso.

Vida.

Muerte.

Renacimiento.

El inicio de la totalidad es la nigredo, el descenso a la sombra; y la corona que emerge es, paradójicamente, la revelación de una luz que solamente podemos contemplar cuando la luz ordinaria deja de cegarnos.

El eclipse parece representar ante nuestros ojos algo que todas las culturas han intentado narrar de innumerables maneras: para que algo nuevo pueda aparecer, algo tiene que desaparecer.

Pero aquí debemos detenernos un momento.

Porque la experiencia del eclipse puede ser profundamente transformadora y, al mismo tiempo, puede reforzar ilusiones alienantes.

Después de la oscuridad astronómica sabemos que volverá la luz.

Sabemos que la corona desaparecerá y que el Sol volverá a iluminar el mundo. Pero cuando muere un ser humano, no tenemos esa certeza.

Y esta diferencia es fundamental.

El arquetipo de la muerte nos ofrece la imagen del renacimiento.

La experiencia del eclipse la confirma.

Pero la muerte de una persona amada no contiene ninguna garantía de que aquello que hemos perdido vuelva a nosotros.

Por eso el duelo es tan importante.

Cuando muere alguien que amamos, una parte de nosotros también muere. No metafóricamente solamente.

Muere una forma de estar en el mundo.

Muere una relación.

Muere un futuro imaginado.

Muere una versión de nosotros mismos que sólo existía porque aquel otro estaba vivo.

Y entonces comienza el duelo.

El duelo es atravesar la oscuridad sin apresurarse a encender artificialmente la luz.

Es permitir que la pérdida sea pérdida.

Es dejar que muera aquello que tiene que morir.

Porque sin duelo real no hay verdadera transformación.

Si negamos la muerte, si convertimos inmediatamente la pérdida en una promesa de reencuentro, en una explicación tranquilizadora o en una creencia que nos impide experimentar el dolor, podemos impedir que el proceso de duelo haga su trabajo.

El sujeto puede permanecer vivo y, sin embargo, quedar psíquicamente muerto. Congelado en el instante de la pérdida.

Por eso el arquetipo de la muerte tiene una doble enseñanza:

Nos dice que podemos morir simbólicamente muchas veces a lo largo de una vida.

Muere una identidad. Muere un amor.

Muere una relación. Muere una profesión. Muere una ilusión.

Muere una imagen de nosotros mismos.

Y después, quizá, algo nuevo pueda nacer.

El eclipse activa poderosamente esa imagen.

Nos permite verla fuera de nosotros, inscrita en el cielo. Primero el pan de oro.

Después la tibicena de la oscuridad.

Después la noche absoluta.

Y, finalmente, la corona.

Como si el cosmos nos susurrara: lo que parece morir puede transformarse.

Pero el eclipse también nos enseña a desconfiar de esa frase cuando la trasladamos literalmente a la muerte.

Porque hay una muerte de la que no tenemos ninguna certeza de renacimiento. La muerte biológica.

La desaparición definitiva de una vida.

Y precisamente ahí comienza el territorio más difícil del duelo: aceptar que no todo puede ser reparado, que algunas pérdidas son irreversibles, que hay ausencias que no serán compensadas por ninguna nueva presencia.

El pensamiento mágico puede utilizar entonces el arquetipo del renacimiento para negar esa herida.

La promesa de otra vida, del reencuentro, de la continuidad, de la transformación inmediata puede convertirse en una defensa frente a la insoportable realidad de la pérdida. Hay muchas instituciones que, seduciendo con el consuelo ante el dolor, presentan un amplio menú de explicaciones que frenan el proceso de duelo con mitologías que “vencen la muerte”. El duelo se llega a patologizar y tratar con psicofármacos opioides de la conciencia.

Necesitamos distinguir entre el poder del símbolo y la certeza sobre aquello que ocurre después de la muerte.

El eclipse nos ofrece una imagen extraordinariamente poderosa del renacimiento. Pero no demuestra que la muerte humana tenga necesariamente un después.

Y quizá precisamente por eso sea tan valioso.

Porque nos permite experimentar el arquetipo sin tener que convertirlo en una doctrina.

Durante unos minutos podemos atravesar una muerte simbólica.

Podemos sentir cómo el mundo conocido desaparece.

Podemos permanecer en la oscuridad.

Podemos encontrarnos con nuestra tibicena.

Y después podemos contemplar la corona.

Una luz que emerge alrededor de una oscuridad perfecta.

Una luz que no niega la oscuridad que acaba de atravesar.

Entonces comprendemos que la totalidad no está en elegir entre la luz y la sombra.

Está en poder contener ambas.

En aceptar que hay muertes simbólicas de las que podemos renacer.

En atravesar los duelos que la vida inevitablemente nos impone.

En permitir que algo de nosotros muera cuando tiene que morir.

Y, cuando sea posible, dejar que algo nuevo nazca.

El eclipse es de una oportunidad de experiencia capaz de activar un arquetipo dormido.

Quizá pueda abrir una puerta hacia duelos colgados, duelos congelados, pérdidas que quedaron suspendidas porque nunca encontramos el valor o las condiciones para atravesar su noche.

Quizá algunas personas, al contemplar la oscuridad total y después la aparición de la corona, puedan reconocer dentro de sí una posibilidad que habían olvidado: que atravesar la muerte simbólica no significa quedarse para siempre en la oscuridad.

Y entonces el eclipse se convierte en algo más que un espectáculo celeste.

El eclipse es una experiencia mística laica, humildad y grandeza en la conexión con la totalidad de la que somos parte.

No necesitamos dioses para quedar sobrecogidos.

No necesitamos una explicación sobrenatural para sentirnos atravesados por el misterio.

Basta levantar la mirada.

Contemplar cómo la Luna se une al Sol.

Dejar que el mundo se cubra de ese pan de oro último y efímero.

Aceptar la llegada de la oscuridad.

Sentir, quizá, que durante unos instantes también nosotros hemos muerto,

y permanecer allí.

Sin apresurarnos.

Hasta que, desde la oscuridad total, aparezca la corona. Ver el sol a medianoche es la verdadera luz; el alba no es clara. El sol de medianoche es el Sol que ha aprendido a brillar dentro de ella sin pretender vencerla.

Entonces quizá comprendamos algo que no puede enseñarnos ningún libro: que la muerte forma parte de la vida, que la Sombra pertenece a la totalidad, que el duelo es un camino y no una enfermedad que haya que curar apresuradamente, y que algunas veces, después de haber atravesado verdaderamente la noche, la vida encuentra una forma nueva de comenzar.

No porque el eclipse nos prometa que toda muerte tendrá un renacimiento.

Sino porque nos permite experimentar, en el cuerpo y ante el cielo, la potencia del arquetipo que imagina que después de la muerte puede volver a nacer la luz.

Y quizá eso sea suficiente.

Mirar.

Asombrarse.

Dejarse impregnar.

Y recordar que, mientras contemplamos la corona,

somos también criaturas mortales,

hechas de luz,

de sombra,

de duelo,

y de una misteriosa capacidad

para volver a comenzar.

 

Dedicatoria general

A quienes han cruzado la noche del duelo y, sin certezas ni promesas, han aprendido a esperar de nuevo la luz, como quien confía en el regreso secreto del alba.

Dedicatoria cercana

A quienes compartimos la experiencia de prepararnos para dejarnos tocar por el eclipse, compartimos desde Golobar la incertidumbre de si las nubes nos lo dejarían ver, compartimos la luz del pan de oro, compartimos el asombro y silencio en la totalidad, compartimos el ágape tras el eclipse y compartimos el taller posterior integrando la experiencia.

 

Mikel García García. 15 agosto 2026 iratxomik@gmail.com

 

Las fotos que siguen están tomadas desde Golobar (Palencia. 42°58′02″N 4°20′13″O 1840 metros). Ninguna foto reemplaza a la experiencia ni a la capacidad del ojo humano. Algunos vimos una protuberancia roja y larga que no se registró en las fotos, salvo su base, hacia las 9h. No todo el mundo ve los mismo. Las fotos solo sirven de testigo y activación de la memoria. Las que no corresponden a lo que vimos en color o extensión de la corona están trabajadas para resaltar algún aspecto como por ejemplo el contraste entre la oscuridad del sol eclipsado que era más negro que la atmósfera circundante

Fotos eclipse 12 agosto 2026

 

 

Conclusiones

El ensayo «Cuando la oscuridad es generativa» constituye una profunda reflexión sobre la naturaleza de lo invisible, la sombra psíquica y el poder transformador de la oscuridad, articulada a través de tres grandes metáforas: el lado oculto de la Luna, la materia oscura del cosmos y el eclipse solar como evento simbólico. A lo largo del texto, el autor entrelaza la astrofísica, la psicología analítica junguiana, la filosofía mística de Ibn Arabi y la crítica cultural contemporánea para construir una visión en la que la oscuridad no es ausencia, sino presencia generativa.

Primera conclusión: la invisibilidad no es un defecto del conocimiento, sino una condición estructural de la relación entre el sujeto y lo real. El lado oculto de la Luna no está escondido por capricho o por negligencia, sino por la propia organización del vínculo gravitacional entre la Tierra y su satélite. El bloqueo de marea impide que veamos el 41% de la superficie lunar, no porque carezca de luz, sino porque la sincronía perfecta entre rotación y traslación fija su orientación. De manera análoga, la psique no es transparente para sí misma: existe una región —la sombra— que no comparece ante la conciencia sin mediación. No se trata de un depósito de residuos, sino de una reserva activa de formas, impulsos y posibilidades que no han encontrado aún su inscripción simbólica. Lo oculto no es lo reprimido únicamente; es también lo no traducido, lo que excede la capacidad de la conciencia para integrarlo en sus categorías.

Segunda conclusión: el régimen contemporáneo de visibilidad total refuerza artificialmente el «bloqueo de marea» psíquico, impidiendo el acceso a la sombra generativa. La vida moderna funciona como un sistema de estabilización de la conciencia: iluminación constante, ruido permanente, ritmos productivos ininterrumpidos, regulación farmacológica del sueño. El insomnio ya no es un umbral simbólico, sino una patología que debe ser medicalizada. El resultado es que siempre se muestra la misma «cara» del sujeto, reduciendo el acceso a lo no integrado. La noche ya no es espacio simbólico, sino fallo funcional. En este régimen, el acceso a lo no visible no solo se dificulta: se desactiva. Lo que no se hace consciente se manifiesta como destino; lo que no encuentra forma retorna como síntoma, proyección social o compulsión repetitiva.

Tercera conclusión: la integración de la sombra no es una revelación total, sino un arte de aproximación. Jung sostenía que hacer consciente la sombra no significa iluminarla por completo —pues la sombra, como el rostro de Hécate, se retira ante la mirada directa— sino aprender a percibir su presión, su gravedad, su influencia. La integración no es un acto único, sino un proceso dialéctico en el que el sujeto aprende a orbitar su propia oscuridad, a respetar su existencia sin pretender poseerla o eliminarla. La misión Artemis II, al bordear la cara oculta de la Luna, ofrece una imagen de este proceso: no se trata de conquistar lo invisible, sino de testimoniar su existencia y permitir que su gravedad comience a obrar en nosotros.

Cuarta conclusión: el eclipse solar es un arquetipo vivo de la unión de opuestos y un dispositivo de transformación psíquica. El eclipse total no es solo un fenómeno astronómico, sino una estructura experiencial con tres momentos: luz (lo conocido, el yo cotidiano), ocultamiento (la sombra, lo no integrado) y tránsito (la transformación, el paso a otra cosa). La imagen del «sol negro» —ese instante en que la Luna tapa por completo el disco solar— no es una mancha vacía, sino un círculo de oscuridad rodeado por la corona de luz que solo se vuelve visible cuando la luz directa ha sido bloqueada. Esta geometría perfecta convierte al eclipse en un yantra vivo: un dispositivo de contemplación que estimula la función trascendente, ese proceso junguiano que nace de la tensión entre opuestos y crea una tercera posición, un nuevo sentido.

Quinta conclusión: el eclipse encarna el arquetipo de la oscuridad generativa, que se opone tanto a la oscuridad destructiva como a la luz cegadora. No toda oscuridad es igual. La oscuridad generativa es la que gesta, la que fecunda, la que permite que la semilla se pudra para brotar. Es la que los alquimistas llamaban nigredo: la fase de putrefacción y muerte simbólica donde el plomo debe descomponerse antes de convertirse en oro. Es la noche oscura del alma de la que habla la mística, donde el tiempo parece detenerse y, sin embargo, en ese mismo detenimiento, hay una potencia germinativa. Esta oscuridad no es el mal ni la ausencia de luz, sino el útero de lo nuevo.

Sexta conclusión: la experiencia del eclipse permite distinguir entre el poder del símbolo y la certeza doctrinal, ofreciendo una «mística laica» que transforma sin dogmatizar. El eclipse nos ofrece una imagen del renacimiento, pero no demuestra que la muerte humana tenga necesariamente un después. Esta diferencia es fundamental. El duelo, a diferencia del eclipse astronómico, no contiene ninguna garantía de que aquello que hemos perdido vuelva a nosotros. El eclipse nos permite experimentar el arquetipo de la muerte y el renacimiento sin tener que convertirlo en una doctrina. Es una experiencia mística laica: no necesitamos dioses para quedar sobrecogidos, ni explicaciones sobrenaturales para sentirnos atravesados por el misterio. Basta levantar la mirada y dejarse impregnar por la secuencia —el pan de oro, la llegada de la sombra, la noche absoluta, la aparición de la corona— para que algo en nuestra estructura psíquica se reordene.

Séptima conclusión: la melancolía y el duelo son heterocronías —tiempos otros— que el régimen de sincronización global intenta eliminar, pero que son esenciales para la transformación psíquica. Foucault hablaba de heterotopías y heterocronías: espacios y tiempos otros donde las reglas habituales se suspenden. La melancolía es una heterocronía: el sujeto queda atrapado en un tiempo que no avanza, donde la pérdida no se elabora. Y sin embargo, como señala Kristeva, es en ese mismo pozo donde puede germinar la posibilidad de un nuevo lenguaje, de una nueva relación con el mundo. El eclipse nos invita a habitar esa pausa, a no apresurar la salida de la oscuridad, a permitir que el duelo sea duelo.

Octava conclusión: la IA afectiva y las simulaciones digitales son la antítesis de la materia alquímica que transforma, porque eliminan la resistencia y la opacidad necesarias para la individuación. Los alquimistas trabajaban con materia real que resiste, que no obedece, que obliga a sudar, esperar y fracasar. Esa materia era un espejo de su propia alma: cada error devolvía una pregunta sobre lo que bloqueaba la obra. La IA, en cambio, trabaja con símbolos procesados por un algoritmo; es dócil, complaciente, diseñada para gustar y enganchar. Nunca se enfada, nunca se va. Pero esa disponibilidad infinita es su condena: no hay individuación sin sudor, no hay eclipse sin oscuridad real, no hay Gran Obra sin tiempo de putrefacción.

Novena conclusión: el eclipse activa dos arquetipos fundamentales para la psicología profunda contemporánea: el de la Oscuridad Generativa (el Sol Negro) y el de la Singularidad Psíquica (inspirado en los agujeros negros). El primero conecta con el inconsciente fértil, el caos creativo y el útero simbólico donde la semilla debe pudrirse para brotar. El segundo formaliza la gravedad psíquica de la crisis: el horizonte de sucesos como umbral donde el yo pierde el control; la singularidad como núcleo no representable donde colapsa el lenguaje y la narrativa del yo; la curvatura como distorsión de la realidad y alteración del tiempo. Este segundo arquetipo permite pensar la experiencia de vacío, de «nada» —la melancolía, el duelo, el colapso— no como un defecto, sino como un paso necesario en el proceso de individuación.

Décima conclusión: la oscuridad generativa nos enseña que la totalidad no está en elegir entre la luz y la sombra, sino en poder contener ambas. El eclipse nos muestra que la corona de luz solo es visible cuando el sol de la conciencia cotidiana se oscurece. Esa luz que emerge alrededor de la oscuridad perfecta no niega la oscuridad que acaba de atravesar: la integra. La totalidad psíquica no consiste en eliminar la sombra, sino en aprender a orbitarla con respeto, a sostener la tensión entre opuestos sin suprimir ninguno. Quien atraviesa la noche simbólica —el duelo, la crisis, el colapso— sin apresurarse a encender luces artificiales, puede descubrir que la oscuridad no está vacía: está llena de posibilidades que la luz directa no permite ver. Ese es el verdadero regalo del eclipse: recordarnos que somos criaturas mortales, hechas de luz y de sombra, de duelo y de una misteriosa capacidad para volver a comenzar.

Autor

Mikel García García

Médico y cirujano (Universidad Navarra, 1975). Psicólogo (Universidad San Sebastián, 1982). Psicoanalista junguiano. Formación experiencial y teórica en: Psicoanálisis, Terapia Sistémica Familiar, Psicoanálisis Reichiano (vegetoterapia caracteroanalítica), Psicología Analítica Junguiana, Psicoterapia Transpersonal. Experiencia de Muerte Cercana a los 33 años. Máster en “Astronomía y astrofísica” VIU (Universidad Valencia, 2014). Doctor Internacional en «Estudios Internacionales en Paz, Conflictos y Desarrollo», Universitat Jaume I (UJI Castellón, 2020). Máster en Fotografía Artística y Narrativa Visual (Universidad Internacional de la Rioja, 2022). Máster en Inteligencia Artificial (BIG SCHOOL, Madrid 2024) y Máster en Inteligencia Artificial (Universidad Isabel I, Madrid 2025). 

Colaborador con ONG médicas de intervención internacional, y en programas de formación a personal sanitario de atención Primaria; SIDA; maltrato infantil; muerte digna y a docentes. Especializado en maltrato infantil, trauma, duelo, tanatología, acompañamiento al muriente, integración de sistemas, estados de trance y místicos. Terapeuta de “Grupos de Duelo Online Ventana a ventana” desde confinamiento COVID-19. Psiconauta, antropólogo investigador del alma en la clínica médica y psicoterapéutica y trabajos de campo antropológicos cualitativos y cuantitativos, con énfasis en la Acción Participativa, docencia y divulgación psicopolítica de los hallazgos. Promotor de acciones participativas para el despertar del desierto interior y para la transformación social. Didacta  de la Sociedad Internacional Para el Desarrollo del Psicoanálisis Junguiano (SIDPaJ). Fotógrafo. Buceador. Alquimista. Hilozoísta. Hijo de Hermes. Creador herido. https://bit.ly/mikelcurriculum  iratxomik@gmail.com

La sombra del poder en el abuso infantil religioso.

La sombra del poder en el abuso infantil religioso.

Descripción de la imagen

De Goya

La sombra del poder en el abuso infantil religioso.

Cuando denunciar «abuso infantil» se convierte en abuso religioso. Un análisis del nazismo-Riefenstahl y la ultraderecha y 90 años desde inicio guerra civil española

 Mikel Garcia 18 julio 2026

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Ensayo

La sombra del poder en el abuso infantil religioso.

Cuando denunciar «abuso infantil» se convierte en abuso religioso. Un análisis del nazismo-Riefenstahl y la ultraderecha y 90 años desde inicio guerra civil española

 

Mikel Garcia 18 julio 2026

 

Resumen

El ensayo analiza el abuso infantil religioso como un fenómeno estructural que trasciende la violencia física directa, involucrando mecanismos de adoctrinamiento, complicidad institucional y manipulación simbólica. Desde la experiencia clínica del autor, el abuso perpetrado por «perpetradores sagrados» —figuras investidas con autoridad divina— fractura el orden simbólico de la víctima, dejando huellas que emergen en sueños, pesadillas y estados no ordinarios de conciencia. El adoctrinamiento basado en el miedo al infierno y la represión instintiva, junto con la «conspiración del silencio» que protege a los agresores, constituyen formas de abuso psicológico que anulan la capacidad crítica y mantienen a las víctimas en un estado de infancia mental permanente.

El texto demuestra que la etiqueta de «abuso infantil» aplicada a la diversidad de género por líderes de ultraderecha constituye una modalidad de abuso religioso secularizado. Esta estrategia inviste al líder de autoridad trascendente, fabrica un infierno secular (el caos identitario), señala a un chivo expiatorio (personas LGTBIQ+, trans) y exige lealtad incuestionable mediante la posverdad. Esta violencia simbólica replica la estructura del abuso religioso tradicional: fractura la conciencia crítica, genera miedo paralizante y anula a las víctimas como sujetos.

El nazismo es presentado como el paradigma histórico del abuso religioso político. Hitler fue investido como un arquetipo del Salvador-Sacrificador, la esvástica funcionó como icono litúrgico, y la arquitectura de Speer generaba una experiencia de lo numinoso. Leni Riefenstahl, como cineasta-sacerdotisa, transformó la propaganda en liturgia visual, convirtiendo la violencia en una experiencia estético-religiosa que anulaba el juicio moral. La ultraderecha actual —Milei, Trump, Bolsonaro, y en España Vox— reproduce esta estructura arquetípica sin el poder estatal total, pero con los mismos mecanismos: líder carismático como perpetrador sagrado, pánico moral como infierno secular, y proyección de la sombra sobre minorías deshumanizadas.

El ensayo dedica una sección extensa a la Guerra Civil Española, que comenzó hace 90 años con el golpe del 18 de julio de 1936. Fue el campo de pruebas de la Segunda Guerra Mundial, donde nazis y fascistas ensayaron el bombardeo masivo sobre población civil (Guernica) y las tácticas del Blitzkrieg. El balance humano es devastador: entre 380.000 y 735.000 muertos, 114.226 desapariciones forzadas, 30.000 personas aún en fosas comunes, y entre 200.000 y 300.000 exiliados. La Iglesia española legitimó el golpe como una «Cruzada» y sostuvo el nacionalcatolicismo como ideología oficial.

La Transición española se construyó sobre un «pacto de silencio» que garantizó la impunidad de la dictadura mediante la Ley de Amnistía de 1977. Este olvido institucional no curó la herida, sino que la mantuvo latente. Las leyes de Memoria Histórica (2007) y Memoria Democrática (2022) han intentado reparar la deuda, pero el debate sigue polarizado. El auge de la idealización del franquismo entre los jóvenes —un 20% de los menores de 24 años— revela los síntomas de una sombra no integrada: desinformación en redes, falta de educación histórica y frustración ante la precariedad presente.

El autor concluye que la integración de la sombra colectiva es la única vía para la reconciliación genuina. Jung advertía que lo reprimido no desaparece, sino que regresa de forma patológica. La polarización actual, el negacionismo y la fractura social son síntomas de una memoria no elaborada. La «memoria histórica» debe ser una herramienta terapéutica: exhumar fosas, reconocer a todas las víctimas y trascender la dicotomía entre bandos. La resistencia contra el abuso religioso, en todas sus formas, comienza por la integración de la propia sombra. Quien reconoce que el fascista, el abusador y el inquisidor habitan en sí mismo como posibilidad, puede mirar el abismo sin pestañear y contribuir a una sociedad donde la memoria no sea un campo de batalla, sino un puente hacia la reconciliación.

 

Palabras clave:

Abuso religioso. Perpetrador sagrado. Sombra colectiva. Chivo expiatorio. Nazismo. Ultraderecha. Guerra Civil. Pacto de silencio. Memoria histórica. Integración.

 

 

 

Contenido

El abuso infantil religioso. 3

  1. El concepto de «Perpetradores Sagrados». 3
  2. Adoctrinamiento como «Abuso Psicológico». 3
  3. Complicidad y la «Ligazón con el Mal». 3
  4. Manifestaciones del Trauma en la Clínica. 3
  5. Uso Político y Distorsiones. 4
  6. La fabricación de un «Enemigo Funcional». 4
  7. El mecanismo del «Ataque por Sustitución». 4
  8. Desvío de la atención de problemas reales. 4
  9. El uso de la posverdad y la autorreferencialidad. 4

Abuso religioso secularizado. 4

  1. El líder como perpetrador sagrado laico. 5
  2. El miedo al infierno secularizado. 5
  3. Proyección de la Sombra y chivo expiatorio. 5
  4. Complicidad y conspiración del silencio. 5
  5. Las víctimas reales. 5

Conclusión. 6

El precedente totalitario: abuso religioso, estética sagrada y culto al Führer en el nazismo. 6

  1. La liturgia nazi: símbolos religiosos artísticos como herramienta de dominación. 6
  2. Leni Riefenstahl: la cineasta-sacerdotisa del abuso religioso estético. 6
  3. Abuso psicológico y adoctrinamiento infantil 7
  4. La proyección de la Sombra y el chivo expiatorio ritual 7
  5. Analogías con la ultraderecha actual y el caso español 7
  6. El caso español: estética neofranquista y abuso religioso solapado. 8

Conclusión del nazismo como matriz del abuso religioso político. 8

90 años de la sublevación que condujo a la guerra civil en España. 8

Los impulsores: Una trama civil y militar 9

España fue el primer escenario de la lucha global entre democracia, fascismo y comunismo. 9

La guerra civil anticipó la brutalización del conflicto. 10

El Balance Humano: Muertos, Desaparecidos y Exilio. 10

Las Consecuencias Culturales: Ruptura, Censura y Exilio Interior 11

El debate actual 11

El Despertar de la Memoria: Las Leyes de Memori 13

Síntomas del presente. 13

Trabajo personal 14

Conclusiones. 14

Apéndice. 17

¡Viva España! ¡Viva la Legión! ¡Viva el Cristo de la Buena Muerte! 17

 

 

 

El abuso infantil religioso

El abuso infantil religioso es un fenómeno complejo que involucra tanto la violencia directa por parte de perpetradores sagrados como mecanismos sistémicos de adoctrinamiento y complicidad institucional.

Basándome en mi experiencia clínica, en textos que he publicado y en la convergencia con otros autores analizo las dimensiones clave de este fenómeno:

1. El concepto de «Perpetradores Sagrados»

El abuso perpetrado en contextos religiosos es particularmente devastador porque el agresor es investido con una autoridad divina, lo que genera marcas profundas en el orden simbólico y en el inconsciente colectivo de las víctimas. Asociaciones simbólicas: En la práctica clínica, he observado cómo el trauma irrumpe en la conciencia a través de símbolos; por ejemplo, en un proceso analítico, la aparición de una serpiente en un sueño reveló la asociación inconsciente entre este animal y el falo de un sacerdote-diablo perpetrador, un periodo de la vida que el paciente había disociado. Dificultad de reintegración: El proceso de sanación para estas víctimas es arduo, requiriendo a menudo un esfuerzo por reintegrar la dimensión religiosa humana que ha sido fracturada por la violencia del perpetrador.

2. Adoctrinamiento como «Abuso Psicológico»

Autores como Richard Dawkins califican la instrucción religiosa dogmática impuesta a los niños como una forma de abuso psicológico o mental. El «Virus de la Fe»: La religión se describe como un virus que infecta el cerebro de los niños, quienes están genéticamente programados para creer ciegamente en las figuras de autoridad para sobrevivir. El miedo al infierno: El uso de imágenes de fuego eterno y condenación para vigilar la moral de los niños se considera abusivo, ya que anula su capacidad de pensar libremente y los atrapa en un estado de infancia mental permanente. Represión instintiva: La educación religiosa rígida a menudo conlleva una represión del instinto (como el rechazo a la masturbación), lo cual puede actuar como detonante de neurosis y trastornos de angustia graves durante la adolescencia.

3. Complicidad y la «Ligazón con el Mal»

Desde la ética de Erich Neumann, la complicidad con el abuso no se limita a los perpetradores, sino a todos aquellos que «han visto y no han actuado». Formas de complicidad: La omisión consciente, la evasión voluntaria e incluso la ignorancia intencional («desviar la mirada porque no se quiso ver») son modalidades que permiten que el mal persista en las instituciones. La conspiración del silencio: En muchos casos, las estructuras religiosas alimentan una «conspiración del silencio» que impide la reparación adecuada de las víctimas.

4. Manifestaciones del Trauma en la Clínica

El trauma derivado de abusos sexuales y violencia temprana deja huellas permanentes en la psique que a menudo emergen en estados no ordinarios de conciencia: Emergencia de la Sombra: Durante terapias individuales y grupales, en encuentros con plantas sagradas, suele producirse una reconexión traumática con abusos sexuales del pasado, permitiendo que la «sombra colectiva» y «el mal» emerjan para ser procesados. Mecanismos de defensa: El miedo a los «depredadores» puede manifestarse en pesadillas recurrentes, como el sueño del Hombre de los lobos analizado por Freud, que refleja aspectos disociados de la psique originados en traumas no procesados.

5. Uso Político y Distorsiones

En el ámbito sociopolítico actual, algunos líderes utilizan el concepto de «la ideología de género es abuso infantil» de forma instrumental para atacar identidades disidentes. Esto no es un fenómeno aislado, sino una estrategia de comunicación calculada que busca movilizar a las masas a través del miedo y la indignación moral, desplazando el debate de los problemas estructurales hacia una guerra cultural permanente.

a. La fabricación de un «Enemigo Funcional»

La política de la ultraderecha utiliza la técnica de construir un «enemigo funcional» para aglutinar a su base. Al vincular identidades disidentes (como el colectivo LGTBIQ+ o las personas trans) con términos extremadamente sensibles como la pedofilia o el abuso infantil, logran: Deshumanizar al oponente: Al calificar la «ideología de género» como un «cáncer a extirpar», líderes como Javier Milei habilitan una violencia simbólica que justifica políticas de exclusión. Presentarse como protectores: Se posicionan como los únicos defensores de los «niños normales» frente a una supuesta degeneración social.

b. El mecanismo del «Ataque por Sustitución»

Un ejemplo reciente de esta distorsión es el fenómeno de los therians (personas que se identifican con animales) en España. Según las fuentes, este fenómeno fue inflado deliberadamente mediante bulos —como la creación de subsidios inexistentes o la instalación de areneros en escuelas— para actuar como un caballo de Troya. El objetivo no era atacar a los adolescentes con máscaras, sino usar esa imagen para atacar a las personas trans por asociación, sugiriendo que la libre autopercepción de género conduce inevitablemente al «caos identitario» y, por extensión, a un entorno peligroso para la infancia.

c. Desvío de la atención de problemas reales

Esta narrativa de «pánico moral» cumple la función de cortina de humo. Mientras la atención pública se centra en debates sobre identidades minoritarias tildadas de «abusivas», se ignoran crisis sistémicas como: La precariedad juvenil: La falta de vivienda, el desempleo y la ausencia de futuro para las nuevas generaciones. La privatización del estrés: El sistema convierte fallos políticos y económicos en «fracasos individuales», llevando a los jóvenes a buscar chivos expiatorios para su frustración.

d. El uso de la posverdad y la autorreferencialidad

El éxito de estos discursos radica en su potencia performativa, más que en su veracidad. Se crea un campo de delirio autorreferencial donde declaraciones como «la ideología de género es abuso infantil» no buscan describir un hecho, sino reconfigurar lealtades y marcar fronteras entre «nosotros» (los virtuosos) y «ellos» (los perversos). En este ecosistema digital, los algoritmos premian el escándalo y el odio, permitiendo que estas distorsiones se conviertan en núcleos de identidad comunitaria.

Abuso religioso secularizado

Hasta aquí, he descrito los mecanismos del abuso infantil religioso tradicional y señalado, en el punto 5, su distorsión política como arma de confrontación cultural. A continuación, intento demostrar que esta misma estrategia —etiquetar la «ideología de género» como abuso infantil— constituye una modalidad estructural de abuso religioso, aunque operada en un ámbito secularizado que utiliza a las minorías como pantallas de proyección para canalizar el malestar social, evitando así cualquier transformación real del sistema y perpetuando una lógica de confrontación que Kant denominaría la antítesis de una paz verdadera

a. El líder como perpetrador sagrado laico

En el abuso religioso clásico, el perpetrador inviste su autoridad con un mandato divino, fracturando el orden simbólico de la víctima. Figuras como Milei o Trump actúan como arquetipos del Salvador o del Guerrero justiciero: se presentan como protectores únicos de la infancia «normal» frente a una degeneración social. Sus seguidores les otorgan una autoridad cuasi-trascendente e incuestionable que replica la estructura de poder del sacerdote-abusador. El discurso de «defensa de los niños» se vuelve un dogma, y cualquier disidencia es demonizada. Estos líderes funcionan como un «espejo deformante» que da permiso a la sociedad para expresar impulsos reprimidos (agresión, odio, prejuicio) bajo el manto de una «justicia superior».

b. El miedo al infierno secularizado

El miedo al infierno anula la capacidad crítica y mantiene a los niños en un estado de infancia mental permanente. En este caso, el miedo se desplaza: ya no es el fuego eterno, sino el caos identitario y la supuesta perversión de los menores por parte de colectivos LGTBIQ+ o personas trans. Este pánico moral funciona como un infierno secular: quienes aceptan la «ideología de género» son marcados como cómplices del abuso, y los niños deben ser «rescatados» mediante la exclusión del otro. Es un adoctrinamiento que impide el pensamiento complejo y exige lealtad absoluta a la narrativa del líder.

c. Proyección de la Sombra y chivo expiatorio

Al llamar «abuso infantil» a la diversidad de género, la ultraderecha proyecta su propia sombra —agresividad, deseo no regulado, miedo a la diferencia— sobre las minorías. Estas se convierten en chivos expiatorios rituales, una estructura típica de los sistemas religiosos arcaicos: se carga sobre el «otro» toda la culpa para que el grupo dominante se sienta puro. Este acto de proyección no es solo político; es abusivo en términos espirituales, porque impide que la sociedad enfrente sus propias contradicciones y obliga a las víctimas (los disidentes) a cargar con la sombra colectiva.

d. Complicidad y conspiración del silencio

La complicidad con el abuso incluye «desviar la mirada». En este caso, esa complicidad se traslada a los medios afines, los algoritmos de redes sociales y los votantes que repiten el bulo sin verificar. Se crea un campo de delirio autorreferencial (posverdad) donde la falsedad no importa: lo relevante es la lealtad al relato. Esto replica la «conspiración del silencio» de las instituciones religiosas que protegían a los perpetradores. Quienes denuncian el uso político del abuso infantil son silenciados o acusados de «defender a pedófilos», invirtiendo la realidad.

e. Las víctimas reales

El verdadero abuso religioso —entendido como manipulación de la conciencia mediante símbolos sagrados— se ejerce simultáneamente sobre dos grupos: Sobre los niños: se les instrumentaliza como símbolo abstracto de pureza, negándoles su condición de sujetos reales. Se fabrica un peligro inexistente (areneros para therians, subsidios falsos) para movilizar el miedo, mientras se ignoran los abusos reales a menores dentro de ciertas instituciones religiosas o familiares.Sobre los disidentes sexuales y de género: se les somete a una violencia simbólica que los deshumaniza («cáncer a extirpar»), repitiendo la lógica de la inquisición religiosa. Esta violencia, aunque no use una sotana, tiene estructura de abuso espiritual: exige la anulación de la identidad propia bajo amenaza de condenación social y exclusión.

Conclusión.

El punto 5 del artículo describe una modalidad de abuso religioso porque sustituye a Dios por el Líder, el infierno por el caos identitario, el pecado por la disidencia de género y la salvación por la exclusión del otro. Utiliza la proyección de la Sombra colectiva como mecanismo central de dominación, obligando a la sociedad a sacrificar a sus minorías en un ritual político de purificación ilusoria.

Este abuso no ocurre en una iglesia, sino en el espacio público digital, pero su estructura arquetípica es idéntica a la del perpetrador sagrado: inviste de autoridad trascendente a un discurso que fractura la conciencia crítica, genera miedo paralizante y exige lealtad incuestionable. La víctima —ya sea el niño real o la persona disidente— queda atrapada en un sistema simbólico que la anula como sujeto, exactamente como ocurre en el abuso religioso tradicional.

 

El precedente totalitario: abuso religioso, estética sagrada y culto al Führer en el nazismo

El nazismo no fue solo un régimen político, sino un fenómeno de abuso religioso colectivo que utilizó símbolos, rituales y una estética de lo sagrado para secuestrar la conciencia de un pueblo. Desde la psicología junguiana, este proceso representa una de las manifestaciones más extremas de la posesión arquetípica y la proyección de la Sombra.

a. La liturgia nazi: símbolos religiosos artísticos como herramienta de dominación

El Tercer Reich sustituyó sistemáticamente los símbolos del cristianismo por una parafernalia sagrada propia: La cruz gamada (esvástica) no era un mero emblema político, sino un símbolo religioso arcaico (presente en tradiciones hindúes, budistas y germánicas) que fue invertido y re-significado como signo de la raza aria pura. En su versión nazi, funcionaba como un icono litúrgico: aparecía en estandartes que se bendecían con «sangre de los mártires», en altares improvisados en los mítines y en los vitrales de algunos templos neopaganos; El culto al Führer: Hitler fue investido como un arquetipo del Salvador-Sacrificador. Los discursos en Núremberg seguían una estructura de misa pagana: procesión de antorchas, coros de miles de voces, juramentos colectivos y momentos de silencio que imitaban la consagración eucarística. Los niños del régimen aprendían a rezar: «Adolf Hitler, amén»; Estética de lo numinoso: La arquitectura de Albert Speer (catedrales de luz, tribunas monumentales) buscaba generar una experiencia de lo sagrado sin Dios. El espectador debía sentirse pequeño, sobrecogido, en presencia de una fuerza trascendente y terrible. Esa es la definición junguiana de lo numinoso: una emoción que puede ser divina o demoníaca.

b. Leni Riefenstahl: la cineasta-sacerdotisa del abuso religioso estético

Leni Riefenstahl (1902-2003) fue la directora cinematográfica que convirtió la propaganda nazi en una liturgia visual de masas. Sus dos obras maestras —El triunfo de la voluntad (1935) y Olympia (1938)— no son simples documentales: son rituales filmados que operan como abuso religioso a través de la imagen.

Datos clave de su trayectoria: Fue actriz de cine de montaña (cine de Heimat) antes de que Hitler la eligiera personalmente para filmar el Congreso de Núremberg de 1934. El triunfo de la voluntad: Utiliza 30 cámaras, ángulos contrapicados que convierten a Hitler en una figura colosal (técnica del punto de vista heroico), música wagneriana y montajes que imitan la estructura de un oratorio sacro. La película comienza con Hitler bajando de las nubes en un avión —una parusía (venida gloriosa) secularizada— y termina con el coro «Eine Nation, Ein Führer, Ein Reich» (Una nación, un Führer, un Reich) entonado como si fuera un amén litúrgico. Olympia (sobre los Juegos Olímpicos de Berlín 1936): Idealiza el cuerpo ario como un arquetipo de perfección divina, utilizando ralentíes, fundidos y planos que convierten a los atletas en estatuas griegas vivientes. La película abre con una secuencia de ruinas clásicas y una antorcha que viaja mítica y religiosamente desde Olimpia hasta Berlín, fusionando el paganismo helénico con el nazismo.

Desde la psicología junguiana: Riefenstahl actuó como una sacerdotisa de la Sombra colectiva. Su cámara no registraba la realidad; la consagraba. Transformó la violencia, el militarismo y el odio racial en una experiencia estético-religiosa que anulaba la conciencia crítica del espectador. Quien veía sus películas no razonaba: sentía lo numinoso, se entregaba al arquetipo. Eso es exactamente lo que hace el abuso religioso tradicional: usar símbolos sagrados para suspender el juicio moral.

Su complicidad y negación: Tras la guerra, Riefenstahl afirmó repetidamente que ella «solo hacía arte» y que desconocía el Holocausto. Sin embargo, documentos posteriores demostraron que utilizó prisioneros de campos de concentración como extras (aunque ella lo negó hasta su muerte). Esta conspiración del silencio —negar haber visto el mal mientras se contribuía activamente a su estetización— replica exactamente la «ligazón con el mal» descrita por Erich Neumann en el punto 3 de este artículo.

c. Abuso psicológico y adoctrinamiento infantil

Las Juventudes Hitlerianas funcionaron como un sistema de abuso religioso sistemático: Los niños eran separados de sus familias (como en las órdenes religiosas) y sometidos a rituales de iniciación violenta. Se sustituyó la cruz por la esvástica, la Biblia por Mein Kampf, y el amor al prójimo por el odio racial. El miedo al infierno cristiano fue reemplazado por el miedo a la degeneración de la raza: los niños soñaban con monstruos judíos o eslavos, proyectando la sombra colectiva sobre grupos enteros.

d. La proyección de la Sombra y el chivo expiatorio ritual

Jung lo advirtió en los años 30: el nazismo era una posesión arquetípica por Wotan (dios germánico de la furia y la guerra). La Sombra colectiva de Alemania —humillación post Versalles, crisis económica, miedo al comunismo— fue proyectada sobre: El judío: convertido en arquetipo del demonio, del envenenador de la sangre, del asesino de dioses (paralelo al Anticristo). El homosexual, el gitano, el discapacitado: otros chivos expiatorios que debían ser eliminados para «purificar» el cuerpo social.

Este mecanismo es idéntico al del abuso religioso tradicional: un líder sagrado (el Führer) señala a un grupo como «malo absoluto», los deshumaniza (los llama Untermenschen – subhumanos) y legitima su exclusión o exterminio como un acto de salvación colectiva.

e. Analogías con la ultraderecha actual y el caso español

El nazismo no es un fenómeno aislado del pasado; sus estructuras arquetípicas reaparecen en la ultraderecha contemporánea, aunque sin el poder estatal total que tuvo Hitler. Las analogías no son históricas (no hay campos de concentración), sino simbólico-estructurales:

Dimensión Nazismo Ultraderecha actual (internacional) Ultraderecha española (Vox)
Líder como perpetrador sagrado Hitler como Mesías germánico Milei (Argentina), Trump (EE.UU.), Bolsonaro (Brasil) como «salvadores de la patria» Santiago Abascal como «defensor de la cristiandad» y «España sagrada»
Símbolos religiosos artísticos Esvástica, águila imperial, catedrales de luz Cruz cristiana (apropiada como emblema de guerra cultural), banderas con iconos medievales Bandera de España con el yugo y las flechas (símbolos falangistas), uso del Valle de los Caídos como lugar de peregrinaje, la Virgen del Pilar como estandarte
Enemigo funcional (chivo expiatorio) Judío, comunista, homosexual «Ideología de género», inmigrante musulmán, «woke» «Lobbies LGTBI», «okupas», «independentistas», «menas»
Miedo al infierno secularizado Degeneración racial Caos identitario, pedofilia encubierta «Adoctrinamiento en escuelas», «dictadura de género», «destrucción de la familia»
Rituales de masas Mítines en Núremberg Convenciones del CPAC, mitines con himnos y juramentos Actos de Vox en Vistalegre, procesiones cívico-religiosas, uso del himno nacional como canto sagrado
Complicidad y conspiración del silencio Iglesias cristianas que miraron hacia otro lado Algoritmos de redes sociales, medios afines que repiten bulos Obispos españoles que bendicen políticas de Vox, jueces conservadores que silencian denuncias

f. El caso español: estética neofranquista y abuso religioso solapado

En España, Vox ha desarrollado una estética de la nostalgia sagrada que funciona como abuso religioso secularizado: Uso del Valle de los Caídos: Aunque hoy sea un monumento controvertido, para cierta ultraderecha sigue siendo un lugar de peregrinaje donde se venera a Franco como mártir de la «cruzada nacional». Esto replica la estructura del culto a los santos; La bandera con el yugo y las flechas: No es solo un símbolo político, sino un icono litúrgico que evoca la pureza de una supuesta «España eterna» cristiana y militar. En los mítines de Vox, se despliega como si fuera un estandarte de batalla religiosa; Discurso de «reconquista»: Utilizan el término «Reconquista» (evento histórico cargado de simbolismo cristiano-militar) para referirse a la lucha contra la izquierda y el independentismo. Esto convierte la política en una guerra santa donde el adversario es un infiel; Ataque a la memoria histórica: Al negar las fosas comunes o justificar la dictadura, proyectan la sombra colectiva sobre las víctimas del franquismo, a las que acusan de «revivir odios». Es el mismo mecanismo que el nazismo usó con los judíos: la víctima es culpable por recordar.

Conclusión del nazismo como matriz del abuso religioso político

El nazismo demostró que cuando un líder político se inviste de autoridad sagrada, utiliza símbolos religiosos artísticos y señala a un chivo expiatorio colectivo, se produce una modalidad de abuso religioso masivo que puede llevar al genocidio. La ultraderecha actual —incluida la española— no es idéntica al nazismo, pero reproduce su estructura arquetípica: un líder carismático que actúa como sacerdote laico, un pánico moral que funciona como infierno secular, y una proyección de la sombra sobre minorías que son deshumanizadas mediante el lenguaje de la «pureza» y la «defensa de los niños».

En el caso español, el añadido de la estética neofranquista y la connivencia con sectores de la Iglesia católica convierte a Vox en un heredero simbólico de aquel abuso religioso totalitario, aunque operando dentro del marco democrático. La diferencia no es de esencia, sino de grado y de poder.

Como mostró el nazismo —y hoy replican ciertas formaciones de ultraderecha, incluida Vox—, cuando un líder inviste su discurso de autoridad trascendente, fabrica un infierno secular y señala a un chivo expiatorio, se reproduce la misma estructura arquetípica del perpetrador sagrado: fractura de la conciencia crítica, miedo paralizante y exigencia de lealtad incuestionable. La víctima —niño, disidente, inmigrante, o la memoria histórica de un pueblo— queda anulada como sujeto, exactamente como en el abuso religioso tradicional y en el totalitarismo del siglo XX.»

 

90 años de la sublevación que condujo a la guerra civil en España

Un sábado como el del 18 julio 2026, hace 90 años llegó la noticia de la sublevación

La conspiración previa al golpe de julio de 1936 fue una trama compleja y prolongada, fraguada durante meses por un amplio espectro de fuerzas políticas y militares que buscaban poner fin al régimen republicano. Venía gestándose desde los inicios de la Segunda República, alimentada por el rechazo a las reformas del gobierno.

El general José Sanjurjo lideró un primer golpe fallido en 1932, conocido como la «Sanjurjada». La victoria electoral del Frente Popular en febrero de 1936 aceleró la conspiración, al temer los sectores conservadores que la República derivara hacia una revolución socialista.

Los impulsores: Una trama civil y militar

El núcleo militar: La dirección recayó en un grupo de generales:

José Sanjurjo: Era el líder nominal y estaba destinado a ser el jefe del nuevo Estado. Al estar exiliado en Portugal, actuaba como la autoridad máxima desde la distancia.

Emilio Mola: Fue el verdadero «cerebro» y organizador de la conspiración. Conocido como «el Director», diseñó el plan minuciosamente.

Francisco Franco: Se unió a la conspiración, pero no fue su líder principal. Su papel era clave por su prestigio al mando del Ejército de África.

Y otros militares como Gonzalo Queipo de Llano o Miguel Cabanellas

La trama civil estaba integrada por monárquicos alfonsinos, carlistas y la Falange. Figuras como José Calvo Sotelo (monárquico) y José María Gil Robles (CEDA) tuvieron contactos y ofrecieron apoyo.

Mola asumió el control total de la conspiración en abril de 1936. Su plan era un alzamiento militar coordinado y simultáneo en todas las guarniciones donde tuvieran apoyos. El objetivo era tomar el poder de forma rápida e instaurar una dictadura militar. En los meses previos, Mola trabajó en el secretismo para asegurar adhesiones y establecer contactos con las potencias fascistas (Italia y Alemania) para asegurar su apoyo logístico. Todo estaba listo para el 18 de julio, pero el asesinato de Calvo Sotelo y una filtración forzaron el adelanto del alzamiento en Melilla para la tarde del 17 de julio a las 17:00 horas. La guarnición de Melilla fue la primera en levantarse. Este adelanto se produjo porque los golpistas temían que sus planes fueran descubiertos.

Extensión a la península (18 de julio): Al día siguiente, el levantamiento se extendió a las guarniciones de la España peninsular. Fracaso inicial: El golpe no triunfó en todo el país. Logró controlar zonas del norte, oeste y sur, pero fracasó en centros clave como Madrid, Barcelona y Valencia. Esta división territorial provocó que el país quedara partido en dos zonas (republicana y sublevada), dando inicio a una larga y cruenta guerra civil.

España fue el primer escenario de la lucha global entre democracia, fascismo y comunismo.

Lo más urgente para los sublevados era trasladar el Ejército de África (las tropas más veteranas) desde Marruecos a la península, ya que la Armada republicana bloqueaba el estrecho. Hitler les proporcionó 20 aviones de transporte (Junkers 52) y cazas, permitiendo el primer puente aéreo de la historia.

Tras la muerte del general Sanjurjo en un accidente aéreo, Franco fue elegido Jefe de Estado de los sublevados en octubre de 1936, convirtiéndose en el líder indiscutible del bando nacional, y finalmente en dictador tras la victoria en 1939.

Mussolini envió decenas de miles de soldados (el Corpo Truppe Volontarie), carros de combate y aviación. Fue el principal sostén militar de Franco durante toda la guerra.

Francia y Reino Unido impulsaron un pacto para prohibir la venta de armas a ambos bandos. Fue un fracaso absoluto: Alemania e Italia lo firmaron pero lo incumplieron descaradamente, mientras que la República quedó atada de pies y manos para comprar armas legalmente.

Para contrarrestar a los fascistas, la Unión Soviética (Stalin) comenzó a enviar aviones, tanques y asesores militares a la República. Además, se organizaron las Brigadas Internacionales, con más de 35.000 voluntarios de 50 países (como Hemingway u Orwell) que acudieron a defender la democracia frente al fascismo.

Precisamente por este apoyo externo masivo, la guerra dejó de ser un simple alzamiento militar para convertirse en un campo de pruebas para la Segunda Guerra Mundial, donde nazis probaron sus tácticas (como el bombardeo aéreo masivo sobre población civil en Guernica).

La Guerra Civil Española fue, efectivamente, el campo de batalla anticipado de la Segunda Guerra Mundial, no solo en el plano militar, sino sobre todo en el ideológico. Por primera vez, las tres grandes fuerzas que dominarían el siglo XX se enfrentaron en un mismo escenario: Fascismo/Nazismo (en el bando sublevado, apoyados por Hitler y Mussolini). Democracia liberal (representada por las potencias occidentales, aunque con una trágica inacción). Comunismo soviético (en el bando republicano, con la URSS de Stalin como principal valedora).

Fue el laboratorio donde los alemanes e italianos ensayaron su maquinaria de guerra que usarían después en Europa. La Legión Cóndor probó el bombardeo masivo sobre población civil (el terror aéreo) en Guernica (1937), una técnica que luego aplicaron en Varsovia, Róterdam o Londres. Los carros de combate (tanques) y las tácticas de coordinación aire-tierra que luego perfeccionarían en el Blitzkrieg (guerra relámpago) se ensayaron en los campos de Extremadura y el Ebro.

La guerra civil anticipó la brutalización del conflicto.

No solo se combatía contra ejércitos, sino contra «ideas». Hubo persecución religiosa, asesinatos de intelectuales y una fuerte represión en la retaguardia, algo que se replicaría de forma extrema en el frente del Este durante II guerra mundial. La política de «No Intervención» de Francia y Reino Unido fue el ensayo general de la política de apaciguamiento que permitió a Hitler anexionarse Austria y Checoslovaquia. Al abandonar a la República, las democracias occidentales demostraron al Eje que no estaban dispuestas a luchar por sus valores, lo que animó a Hitler a iniciar la guerra mundial.

El bando sublevado (con Franco al final) ganó en 1939, pero el eje ideológico que representaba perdió en 1945. Por eso se dice que la guerra civil fue, simbólicamente, la «primera batalla de la Segunda Guerra Mundial», aunque con un desenlace trágico y opuesto al final europeo.

El Balance Humano: Muertos, Desaparecidos y Exilio

La Guerra Civil (1936-1939) no solo terminó con la vida de cientos de miles de personas en el campo de batalla, sino que la represión sistemática durante y después del conflicto dejó una herida demográfica y social profunda.

Cifra total de víctimas mortales: No existe una cifra única y universalmente aceptada, ya que las estimaciones varían según los historiadores y los métodos de cálculo. Las horquillas más citadas oscilan entre un mínimo de 380.000 y un máximo de 735.000 muertos. Otras fuentes hablan de alrededor de medio millón de muertos. Estudios demográficos, que comparan la población que España debería haber tenido con la real, cifran el exceso de mortalidad en 540.000 personas solo entre 1936 y 1939.

Muertos en combate y retaguardia: De esa cifra total, se estima que los muertos en el frente fueron entre 150.000 y 200.000. La represión en la retaguardia fue también masiva: se calcula que hubo más de 100.000 asesinatos en la zona sublevada y unas 50.000 en la zona republicana.

Represión franquista (1939-1975): La violencia no cesó con el fin de la guerra. La dictadura institucionalizó la represión. Se estima que hubo unas 150.000 ejecuciones por causas políticas durante y después de la guerra. Además, se contabilizan al menos 114.226 desapariciones forzadas, y se calcula que unas 30.000 personas permanecen aún desaparecidas en fosas comunes. El número de presos políticos y prisioneros de guerra que pasaron por campos de concentración y trabajos forzados asciende a más de un millón.

Exilio: La derrota republicana forzó al exilio a entre 200.000 y 300.000 personas. La mayoría se dirigió a Francia y América Latina, donde intelectuales, artistas y científicos como Antonio Machado, Rosa Chacel o Rafael Alberti continuaron su obra lejos de su patria.

La Iglesia española fue un pilar fundamental del régimen franquista, legitimando el golpe de Estado como una «Cruzada» y bendiciendo la represión.

Durante la dictadura: El nacionalcatolicismo fue la ideología oficial, y la Iglesia controló la educación y la moral pública.

En la Transición y después: La jerarquía eclesiástica ha mantenido una posición ambivalente. Por un lado, ha pedido perdón por su «falta de caridad» y ha colaborado en la exhumación de fosas. Por otro, se ha resistido a condenar explícitamente el franquismo y ha defendido el Valle de los Caídos como un lugar de reconciliación, lo que ha generado fuertes críticas por parte de los colectivos de memoria histórica.

Las Consecuencias Culturales: Ruptura, Censura y Exilio Interior

La victoria franquista supuso una profunda ruptura con la tradición cultural y científica, imponiendo un modelo basado en la censura, el nacionalcatolicismo y el aislamiento.

Exilio de intelectuales y artistas: La diáspora de una generación entera de creadores fue el golpe más duro. Figuras clave de la literatura, el arte y la ciencia se vieron obligadas a abandonar España. Su partida no solo empobreció la vida cultural del país, sino que también enriqueció a los países de acogida, especialmente en Hispanoamérica.

Censura y represión cultural: El régimen impuso un férreo control sobre toda la producción cultural. Se prohibieron libros, se persiguió a los autores disidentes y se instauró un sistema de censura previa que condicionó toda la creación artística e intelectual. Esto llevó a muchos creadores que permanecieron en España a practicar la autocensura para poder publicar o exponer su obra.

Aislamiento científico y cultural: La dictadura, especialmente en sus primeras décadas, impuso un aislamiento internacional que marginó a España de las corrientes culturales y científicas europeas. El pensamiento crítico y la innovación fueron sistemáticamente sofocados.

Una cultura oficial monolítica: El régimen promovió un arte y una cultura oficiales, identificados con el nacionalcatolicismo y los valores del «imperio». Esto generó una producción cultural, a menudo de baja calidad, que ensalzaba al régimen y sus ideales, mientras se marginaba o perseguía cualquier expresión que no encajara en ese molde.

En definitiva, la guerra y la dictadura no solo tuvieron un coste humano inasumible, sino que truncaron el desarrollo cultural de España, provocando una ruptura generacional y un aislamiento del que el país tardaría décadas en recuperarse.

El Valle de los Caídos (construido entre 1940 y 1959) es el monumento más polémico de la memoria histórica en España. Fue concebido por Franco como un mausoleo para honrar a los caídos de su «Cruzada», pero también albergó los restos de 33.833 víctimas de ambos bandos, muchas de ellas exhumadas sin el consentimiento de sus familias.

Significado para el franquismo: Era el gran símbolo del régimen, un lugar de peregrinación y exaltación de la dictadura.

El debate actual

Durante décadas, los restos de Franco estuvieron enterrados allí (hasta 2019, cuando fueron exhumados y trasladados al cementerio de Mingorrubio). La Ley de Memoria Democrática de 2022 busca convertir el Valle en un «cementerio civil» y un lugar de memoria para todas las víctimas, eliminando cualquier simbología de exaltación franquista. Sin embargo, el proceso es lento y controvertido, con tensiones entre el Estado, la Iglesia y las asociaciones de víctimas.

Una parte significativa de la juventud española tiene una visión positiva de la dictadura franquista. Según el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), casi un 20% de los jóvenes de entre 18 y 24 años considera que los años del franquismo fueron «buenos» o «muy buenos». Más aún, más de un 17% de los jóvenes afirma que la democracia actual es peor que la dictadura.

Muchos jóvenes no tienen una idea clara de lo que significó vivir sin libertades fundamentales.

Falta de educación: El 80% de los jóvenes que han terminado la ESO desconoce aspectos clave de la represión franquista. Casi la mitad de la generación Z (18-28 años) no sabe situar el franquismo en el tiempo.

Desconocimiento de figuras clave: Casi la mitad de los jóvenes desconoce cómo murió el poeta Federico García Lorca, fusilado al inicio de la guerra.

Idealización por ignorancia: Al carecer de «herramientas críticas», son más permeables a narrativas simplificadas que idealizan el pasado, confundiendo «versiones legítimas de la Historia».

Mitología franquista: Se ensalzan mitos como la construcción de embalses, la prosperidad económica o la creación de la Seguridad Social, atribuyéndolos al régimen cuando, en muchos casos, fueron impulsados posteriormente.

Propaganda en redes: Creadores de contenido en plataformas como TikTok o YouTube reinterpretan la historia, difundiendo bulos y teorías conspirativas que son consumidos como verdades incuestionables.

Rebeldía y provocación: Para algunos adolescentes, reivindicar a Franco o decir «Viva Franco» se ha convertido en una forma de «retar al profesorado» o de parecer «el malote de la clase», una pulsión «antisistema» propia de la edad.

Frustración con el presente: La precariedad laboral, las dificultades para acceder a una vivienda y la sensación de que «viven peor» que sus padres generan un caldo de cultivo para discursos que prometen un pasado de orden y estabilidad.

Idealizar el franquismo implica ignorar por completo la realidad de la dictadura:

Falta de libertades y represión: Fue un régimen que prohibió los partidos políticos y los sindicatos, instauró una férrea censura y persiguió cualquier disidencia. Las mujeres, en particular, vivieron bajo un rol social y familiar extremadamente restrictivo.

Precariedad y desigualdad: La mayoría de la población vivía con salarios bajos, jornadas laborales extenuantes y sin derechos como las vacaciones pagadas o la protección por desempleo.

En resumen, la visión positiva del franquismo entre los jóvenes es un fenómeno impulsado por la desinformación, la propaganda en redes sociales y la frustración ante un presente incierto. No es el resultado de un conocimiento profundo de la historia, sino un síntoma de una memoria colectiva débil que permite que los mitos del pasado se utilicen como un espejismo para los problemas del futuro.

La relación entre «memoria histórica» y «olvido» en España es un debate central y abierto sobre cómo afrontar el legado de la Guerra Civil y la dictadura franquista. Es un conflicto que enfrenta, por un lado, el deseo de recordar y reparar a las víctimas y, por otro, la idea de que el silencio y el olvido fueron necesarios para la transición a la democracia.

La Transición española (1975-1982) se construyó en gran medida sobre la base de un «pacto de silencio» o de «olvido». Para asegurar una transición pacífica y evitar que los traumas del pasado descarrilaran el proceso, los partidos políticos acordaron dejar atrás las reivindicaciones sobre el pasado, priorizando la estabilidad y la consolidación de la democracia.

Este pacto se materializó legalmente con la Ley de Amnistía de 1977, que eximió de responsabilidad a los responsables de delitos durante el franquismo, garantizando así la impunidad de la dictadura y dejando a las víctimas sin justicia. Este «olvido» fue, por tanto, una decisión política institucionalizada.

El Despertar de la Memoria: Las Leyes de Memoria

Con el tiempo, la demanda social de justicia y reconocimiento para las víctimas fue creciendo, llevando a la aprobación de dos leyes fundamentales:

Ley de Memoria Histórica (2007): Aprobada durante el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, fue el primer gran paso oficial para reconocer a las víctimas de la Guerra Civil y la dictadura. Sus medidas incluían declarar ilegítimos los tribunales franquistas y la retirada de símbolos franquistas de edificios públicos. Sin embargo, no abordó la apertura de fosas comunes de manera efectiva, fue criticada por ser insuficiente y no contar con el apoyo del Partido Popular.

Ley de Memoria Democrática (2022): Aprobada por el gobierno de Pedro Sánchez, vino a sustituir y ampliar la ley anterior. Su objetivo es profundizar en el reconocimiento de las víctimas, declarar ilegal el régimen franquista y poner a la administración pública como responsable de la localización y exhumación de desaparecidos. Su tramitación fue polémica y recibió el voto en contra del Partido Popular, Vox y Ciudadanos.

Lejos de cerrarse, el debate sobre la memoria histórica se ha intensificado en los últimos años, polarizando a la sociedad y a la clase política.

Posturas enfrentadas: La izquierda y los partidos nacionalistas periféricos suelen abogar por políticas activas de memoria, justicia y reparación. La derecha, especialmente Vox, se opone frontalmente a estas leyes, defendiendo el «pacto de silencio» de la Transición y acusando al gobierno de reabrir heridas del pasado

El papel de la sociedad civil: Organizaciones como la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) han sido fundamentales para mantener viva la memoria. Su labor, junto con la de arqueólogos y antropólogos forenses, ha sido crucial en la exhumación de fosas comunes, dando sepultura digna a miles de víctimas. Hoy en día, aún quedan miles de fosas por exhumar y más de 10.000 cuerpos por recuperar.

La falta de educación en las aulas sobre el franquismo y el auge de la desinformación en redes sociales están creando un caldo de cultivo para la idealización de la dictadura.

Para el historiador Walther L. Bernecker, esta situación demuestra que el «pacto de silencio» no logró enterrar el pasado, sino que lo dejó latente, y que la «memoria histórica» se ha convertido en un campo de batalla ideológico en el presente.

Jung advertía que todo lo que se reprime en el inconsciente no desaparece, sino que se vuelve más potente y regresa de forma patológica. El silencio institucional sobre las víctimas y la represión franquista no curó la herida, sino que la mantuvo latente, generando un trauma colectivo que se transmite de generación en generación.

Síntomas del presente

La polarización política actual, la dificultad para alcanzar un relato común sobre el pasado y el resurgimiento de discursos que idealizan la dictadura pueden interpretarse como síntomas de esta Sombra no integrada. Es el retorno de lo reprimido, que emerge en forma de conflictos y divisiones en el presente.

En resumen, la memoria histórica en España es un campo de batalla entre el derecho a la verdad y la reparación de las víctimas, y la tentación política de mirar hacia otro lado. Es un debate que refleja las heridas no cerradas de un pasado que se niega a ser enterrado y que, hoy más que nunca, se dirime también en las aulas y en las redes sociales.

Trabajo personal

La individuación, el proceso de integrar la Sombra para alcanzar la plenitud, no es solo un camino individual, sino que también puede aplicarse a una sociedad. Para España, este proceso implicaría:

Reconocer la Sombra: Asumir la responsabilidad por los crímenes cometidos por todos los bandos, sin justificaciones ni relativismos. Esto implica un duelo colectivo por las víctimas de ambos lados.

El trabajo de la memoria: La «memoria histórica», desde esta perspectiva, no es un ejercicio de revanchismo, sino una herramienta terapéutica. Recordar, exhumar fosas y reconocer el sufrimiento de las víctimas es el primer paso para iluminar la oscuridad y comenzar a integrar aquello que se ha mantenido en la sombra.

Trascender la polaridad: El objetivo final no es que un bando «venza» sobre el otro en el relato histórico, sino trascender esa dicotomía. Se trata de construir una identidad nacional más compleja y matizada, que pueda contener ambas narrativas sin desgarrarse. Como señaló Jung, «hasta que lo inconsciente no se haga consciente, el inconsciente dirigirá tu vida y tú lo llamarás destino». El «destino» de España, su presente polarizado, es el resultado de no haber hecho consciente su Sombra colectiva.

En definitiva, la lectura junguiana nos invita a ver el conflicto sobre la memoria histórica en España no como un debate político estéril, sino como la manifestación de un proceso psicológico profundo. La dificultad para integrar el pasado, el auge de los discursos negacionistas y la fractura social actual son síntomas de una Sombra colectiva que clama por ser reconocida. La verdadera reconciliación, desde esta óptica, no vendrá del olvido, sino de la valentía de mirar de frente a los propios monstruos para, finalmente, poder trascenderlos.

 

 

Conclusiones

El ensayo «La sombra del poder en el abuso infantil religioso» desarrolla un análisis profundo y multifacético que conecta el abuso religioso tradicional con sus formas secularizadas contemporáneas, trazando un arco que va desde la psicología clínica hasta la crítica política y la memoria histórica. A lo largo del texto, el autor entrelaza la experiencia clínica con el análisis junguiano, la teoría política y la historia de España para demostrar que el abuso religioso no es un fenómeno del pasado, sino una estructura que se reproduce en diferentes contextos bajo nuevas máscaras.

Primera conclusión: el abuso infantil religioso es un fenómeno estructural que trasciende la violencia física directa. No se limita a los actos de perpetradores individuales, sino que involucra mecanismos sistémicos de adoctrinamiento, complicidad institucional y manipulación simbólica. La investidura de autoridad divina sobre el agresor —lo que el autor denomina «perpetradores sagrados»— fractura el orden simbólico de la víctima de un modo que va más allá del trauma sexual, afectando su capacidad de reintegrar la dimensión religiosa de su vida. El adoctrinamiento basado en el miedo al infierno, la represión instintiva y la «conspiración del silencio» son modalidades de abuso psicológico que dejan huellas profundas en la psique, manifestándose clínicamente en formas oníricas, pesadillas recurrentes y estados no ordinarios de conciencia donde emerge la sombra colectiva.

Segunda conclusión: la etiqueta de «abuso infantil» aplicada a la diversidad de género constituye una forma de abuso religioso secularizado. Cuando líderes políticos de ultraderecha califican la «ideología de género» como una amenaza para la infancia, están operando exactamente con la misma estructura arquetípica que el abuso religioso tradicional: invisten su discurso de autoridad trascendente (el líder como salvador), fabrican un infierno secular (el caos identitario, la pedofilia encubierta), señalan a un chivo expiatorio (personas LGTBIQ+, trans, therians) y exigen lealtad incuestionable mediante un campo de delirio autorreferencial donde la posverdad no importa como descripción, sino como marcador de lealtad. Esta violencia simbólica no ocurre en una iglesia, sino en el espacio público digital, pero su estructura es idéntica: fractura la conciencia crítica, genera miedo paralizante y anula a las víctimas como sujetos.

Tercera conclusión: la proyección de la sombra y el mecanismo del chivo expiatorio son los ejes psíquicos que sostienen tanto el abuso religioso tradicional como su versión política secularizada. En ambos casos, la comunidad (o el grupo de poder) proyecta sobre un «otro» —judío, hereje, disidente sexual, inmigrante— sus propios impulsos reprimidos (agresividad, miedo a la diferencia, deseo no regulado). Este «otro» es deshumanizado mediante un lenguaje de pureza y contaminación («cáncer a extirpar», «plaga», «enemigo»), y su exclusión o aniquilación simbólica se presenta como un acto de salvación colectiva. La violencia real contra las minorías se legitima como defensa de la infancia, invirtiendo la realidad: quienes realmente son abusados —niños reales, disidentes sexuales, víctimas de la memoria histórica— quedan invisibilizados mientras se fabrica un peligro inexistente para movilizar el miedo.

Cuarta conclusión: el nazismo constituye el paradigma histórico del abuso religioso político, y su estructura arquetípica reaparece en la ultraderecha contemporánea. El régimen nazi no fue solo un sistema político, sino un fenómeno de abuso religioso colectivo que utilizó símbolos sagrados, rituales de masas y una estética de lo numinoso para secuestrar la conciencia de un pueblo. La cruz gamada, el culto al Führer y la arquitectura de las catedrales de luz generaban una experiencia de lo sagrado sin Dios, una posesión arquetípica que Jung identificó como la activación de Wotan, el dios germánico de la furia y la guerra. Leni Riefenstahl, como cineasta-sacerdotisa, transformó la propaganda en liturgia visual, convirtiendo la violencia y el odio racial en una experiencia estético-religiosa que anulaba la conciencia crítica del espectador. Esta misma estructura —líder carismático como perpetrador sagrado, pánico moral como infierno secular, chivo expiatorio como víctima ritual— se reproduce hoy en figuras como Milei, Trump o Bolsonaro, y en España en la estética neofranquista de Vox, que utiliza el Valle de los Caídos como lugar de peregrinaje, la bandera con el yugo y las flechas como icono litúrgico, y el discurso de la «reconquista» como guerra santa.

Quinta conclusión: la Guerra Civil Española fue el primer escenario de la lucha global entre democracia, fascismo y comunismo, y su memoria sigue siendo un campo de batalla abierto. El golpe militar del 18 de julio de 1936, apoyado por Hitler y Mussolini, convirtió a España en el laboratorio donde se ensayaron las tácticas de la Segunda Guerra Mundial: el bombardeo aéreo masivo sobre población civil (Guernica), la coordinación aire-tierra del Blitzkrieg y la brutalización del conflicto ideológico. La política de «No Intervención» de Francia y Reino Unido fue el ensayo general del apaciguamiento que permitió a Hitler anexionarse Austria y Checoslovaquia. El balance humano es devastador: entre 380.000 y 735.000 muertos, más de 100.000 ejecuciones en la zona sublevada, 114.226 desapariciones forzadas, 30.000 personas aún desaparecidas en fosas comunes, y entre 200.000 y 300.000 exiliados. La Iglesia española legitimó el golpe como una «Cruzada» y sostuvo el nacionalcatolicismo como ideología oficial durante la dictadura, manteniendo una posición ambivalente en la Transición y en la actualidad.

Sexta conclusión: el «pacto de silencio» de la Transición no curó la herida, sino que mantuvo latente la sombra colectiva. La Ley de Amnistía de 1977 garantizó la impunidad de la dictadura y dejó a las víctimas sin justicia. Este olvido institucionalizado no fue neutral: permitió que la memoria traumática se transmitiera de generación en generación como un trauma no elaborado. Las leyes de Memoria Histórica (2007) y Memoria Democrática (2022) han intentado reparar esta deuda, pero el debate sigue polarizado, y el auge de discursos que idealizan el franquismo entre los jóvenes —un 20% de los menores de 24 años considera que la dictadura fue «buena» o «muy buena»— revela los síntomas de una sombra no integrada. La desinformación en redes sociales, la falta de educación sobre el franquismo en las aulas y la frustración ante la precariedad presente crean un caldo de cultivo para la idealización del pasado como un espejismo de orden y estabilidad.

Séptima conclusión: la integración de la sombra colectiva es la única vía para una reconciliación genuina. Jung advertía que todo lo que se reprime en el inconsciente no desaparece, sino que se vuelve más potente y regresa de forma patológica. La polarización política actual, la dificultad para alcanzar un relato común sobre el pasado y el resurgimiento de discursos negacionistas son síntomas de esta sombra no integrada. La «memoria histórica» no debe ser un ejercicio de revanchismo, sino una herramienta terapéutica: exhumar fosas, reconocer el sufrimiento de todas las víctimas y asumir la responsabilidad por los crímenes cometidos por todos los bandos. El objetivo final no es que un bando venza en el relato histórico, sino trascender esa dicotomía y construir una identidad nacional más compleja y matizada, capaz de contener ambas narrativas sin desgarrarse.

Octava conclusión: la Iglesia española, como institución, ha sido cómplice de la represión y el olvido, pero también puede ser agente de reconciliación si se atreve a integrar su propia sombra. Su papel en la legitimación del golpe de Estado, su bendición de la represión y su defensa del Valle de los Caídos como lugar de reconciliación han sido formas de complicidad con el mal. La jerarquía eclesiástica ha mostrado una posición ambivalente: por un lado, ha pedido perdón por su «falta de caridad»; por otro, se ha resistido a condenar explícitamente el franquismo. La verdadera reparación exigiría un reconocimiento público de su responsabilidad histórica, la colaboración activa en la exhumación de fosas y la renuncia a la defensa de símbolos que exaltan la dictadura. Sin esa integración de su sombra institucional, la Iglesia seguirá siendo parte del problema, no de la solución.

Novena conclusión: el abuso religioso no es un fenómeno exclusivamente católico, sino una estructura universal que puede manifestarse en cualquier sistema que invista a una autoridad con un mandato trascendente y utilice el miedo y la proyección para controlar la conciencia. El análisis del nazismo, la ultraderecha actual y el caso español demuestra que esta estructura puede operar en contextos seculares, sustituyendo a Dios por el Líder, el infierno por el caos identitario, el pecado por la disidencia y la salvación por la exclusión del otro. La pornografía, las redes sociales y la política de la indignación son versiones contemporáneas de esta misma lógica: ofrecen un goce inmediato que anula la capacidad de pensar críticamente, exactamente como el miedo al infierno anulaba la capacidad de cuestionar al sacerdote.

Décima conclusión: la resistencia contra el abuso religioso, en todas sus formas, comienza por la integración de la propia sombra. No hay vacuna política contra el fascismo que no pase por el trabajo interior de cada ciudadano. El primer paso para no convertirse en un perpetrador o en un cómplice es reconocer que el fascista, el abusador y el inquisidor están en uno mismo, esperando su oportunidad. Ese reconocimiento no es motivo de vergüenza, sino la condición de posibilidad de la libertad. Quien integra su sombra —quien siente odio pero no actúa desde él, quien desea poder pero no lo convierte en destructividad, quien teme a la diferencia pero no la convierte en enemigo— puede mirar el abismo de la historia sin pestañear y contribuir a construir una sociedad donde la memoria no sea un campo de batalla, sino un puente hacia la reconciliación.

 

Apéndice

 

¡Viva España! ¡Viva la Legión! ¡Viva el Cristo de la Buena Muerte!

En la mañana del Jueves Santo (2 de abril de 2026), cientos de legionarios desembarcaron en el puerto de Málaga procedentes de Almería a bordo del buque de asalto anfibio ‘Galicia’. Tras formarse, desfilaron marcialmente por las calles de la ciudad al ritmo de cornetas y tambores hasta llegar a la Plaza de Fray Alonso de Santo Tomás, donde se encuentra la Congregación de Mena, la sede de la hermandad.

Se trata de una tradición con casi un siglo de antigüedad que se ha convertido en un símbolo de identidad de la ciudad y de la propia Legión.

La misión de la Legión era participar en la ceremonia de traslado y entronización del «Santísimo Cristo de la Buena Muerte y Ánimas», conocido popularmente como el Cristo de Mena, y colocarlo en el trono procesional para salir esa misma noche.

El Significado del Nombre «Cristo de Mena»: Aunque oficialmente se llama «Cristo de la Buena Muerte», la imagen es universalmente conocida como el «Cristo de Mena». Este nombre proviene de su autor original, el célebre escultor del Barroco español Pedro de Mena y Medrano, quien talló la primera versión de esta imagen en 1660. La imagen original fue destruida durante la Guerra Civil en 1931 y reemplazada por la actual, una obra de 1942 del imaginero malagueño Francisco Palma Burgos, aunque la advocación y el nombre popular se mantuvieron.

El Significado del «Cristo de la Buena Muerte»

Esta imagen es mucho más que una talla religiosa; es un poderoso símbolo espiritual e identitario para la Legión Española.

Patrón y Protector de la Legión: El título del «Cristo de la Buena Muerte» es el Patrón y Protector oficial de la Legión Española. Esta vinculación se remonta a 1928, cuando los mandos del Tercio, recién creado, solicitaron a la hermandad que esta imagen se convirtiera en su protectora celestial. La devoción se hizo oficial en 1930 y, desde entonces, su presencia es consustancial a la identidad legionaria.

Un Vínculo Forjado en el Norte de África: El origen de esta devoción está estrechamente ligado a los primeros años de la Legión, cuando combatía en las duras campañas del norte de África. Los legionarios, que enfrentaban la muerte diariamente en el frente, buscaron en esta imagen un protector que les ofreciera el valor para luchar y la esperanza de una «buena muerte» en el campo de batalla.

«El Cristo de los Legionarios»: La conexión es tan intensa que la imagen es popularmente conocida en Málaga como «El Cristo de los legionarios». Su influencia es tal que en cada acuartelamiento de la Legión en España existe una réplica de esta imagen presidiendo los actos más solemnes.

«El Novio de la Muerte»: El acto alcanza su clímax emocional cuando los legionarios, con la imagen ya en el trono, entonan el «Novio de la Muerte». Esta marcha militar se ha convertido en el himno no oficial de la Legión y su letra, que habla de una relación de amor y entrega con la muerte, resuena con una fuerza extraordinaria en este contexto, creando una atmósfera de profunda emotividad y fervor.

Un Acto de Fe y de Identidad Militar: Para los legionarios, cargar al Cristo de la Buena Muerte a hombros y trasladarlo a su trono no es solo un acto religioso. Es una ceremonia de exaltación de sus señas de identidad: el honor, el sacrificio, la disciplina y la hermandad, todo ello envuelto en una tradición que se ha perpetuado durante casi un siglo.

Reflexiones

El «complejo cultural de la Buena Muerte» y sus sombras

El «Complejo cultural de la Buena Muerte» es una estructura poderosa:

Arquetipo del héroe sacrificial: El Cristo guerrero, el legionario que ofrece su vida por la patria. Es una forma del «Complejo del Salvador» aplicado a la muerte propia: uno se salva a sí mismo (en el sentido de obtener honor, gloria, trascendencia) muriendo de una determinada manera.

Sombra patriarcal y militarista: El desfile, los vítores, la masculinidad exaltada, la disciplina. Todo ello forma parte de un sistema que valora ciertas muertes (las del guerrero) e invisibiliza otras (las de las víctimas silenciosas del abandono social). El «Cristo de la Buena Muerte» es, en ese sentido, un símbolo que puede operar como mecanismo de distracción colectiva que acrecienta la idealización de unas formas de muerte y desvaloriza otras formas de muerte: mientras se aplaude al legionario que muere con honor, se deja en el desamparo a quienes mueren sin épica, sin ritual, sin comunidad.

Negación del sufrimiento ordinario: Este complejo solo valora la muerte que ocurre en condiciones extraordinarias (combate, martirio, heroísmo).

Autor

Mikel García García

Médico y cirujano (Universidad Navarra, 1975). Psicólogo (Universidad San Sebastián, 1982). Psicoanalista junguiano. Formación experiencial y teórica en: Psicoanálisis, Terapia Sistémica Familiar, Psicoanálisis Reichiano (vegetoterapia caracteroanalítica), Psicología Analítica Junguiana, Psicoterapia Transpersonal. Experiencia de Muerte Cercana a los 33 años. Máster en “Astronomía y astrofísica” VIU (Universidad Valencia, 2014). Doctor Internacional en «Estudios Internacionales en Paz, Conflictos y Desarrollo», Universitat Jaume I (UJI Castellón, 2020). Máster en Fotografía Artística y Narrativa Visual (Universidad Internacional de la Rioja, 2022). Máster en Inteligencia Artificial (BIG SCHOOL, Madrid 2024) y Máster en Inteligencia Artificial (Universidad Isabel I, Madrid 2025). 

Colaborador con ONG médicas de intervención internacional, y en programas de formación a personal sanitario de atención Primaria; SIDA; maltrato infantil; muerte digna y a docentes. Especializado en maltrato infantil, trauma, duelo, tanatología, acompañamiento al muriente, integración de sistemas, estados de trance y místicos. Terapeuta de “Grupos de Duelo Online Ventana a ventana” desde confinamiento COVID-19. Psiconauta, antropólogo investigador del alma en la clínica médica y psicoterapéutica y trabajos de campo antropológicos cualitativos y cuantitativos, con énfasis en la Acción Participativa, docencia y divulgación psicopolítica de los hallazgos. Promotor de acciones participativas para el despertar del desierto interior y para la transformación social. Didacta  de la Sociedad Internacional Para el Desarrollo del Psicoanálisis Junguiano (SIDPaJ). Fotógrafo. Buceador. Alquimista. Hilozoísta. Hijo de Hermes. Creador herido. https://bit.ly/mikelcurriculum  iratxomik@gmail.com

Quien luche contra un monstruo debe asegurarse de que, en el proceso, no se convierta en un monstruo

Quien luche contra un monstruo debe asegurarse de que, en el proceso, no se convierta en un monstruo

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Quien luche contra un monstruo debe asegurarse de que, en el proceso, no se convierta él mismo en un monstruo

 Mikel Garcia 13 julio 2026

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Ensayo

Quien luche contra un monstruo debe asegurarse de que, en el proceso, no se convierta él mismo en un monstruo

 Mikel Garcia 13 julio 2026

 Resumen

El ensayo desarrolla una reflexión transversal sobre la advertencia de Nietzsche —»quien luche contra un monstruo debe asegurarse de que, en el proceso, no se convierta él mismo en un monstruo»— desplegándola en cinco niveles sucesivos: el psicológico, el moral, el existencial, el trágico y el político, para culminar en un análisis de la actualidad digital y una reflexión sobre la figura de la «mujer barbuda» como imagen de lo sagrado-monstruoso.

En su nivel psicológico, la frase advierte que, al fijar nuestra atención y energía en un enemigo, aprendemos su lenguaje y sus tácticas, y el arma que usamos contra él acaba forjando nuestra nueva naturaleza. El monstruo no nos vence cuando nos destruye, sino cuando nos obliga a parecernos a él en nuestra forma de reaccionar. La victoria exterior es una derrota interior si la lucha se convierte en la razón de ser del sujeto.

En el nivel moral, Nietzsche critica la trampa del «bien contra el mal»: quien se cree «el bueno» que lucha contra «el malo» se otorga un permiso implícito para usar métodos excepcionales en nombre de la justicia. El inquisidor que quema herejes se vuelve tan cruel como el hereje que imaginaba; el revolucionario que instaura un terror temporal para lograr la libertad termina siendo un tirano. La lucha contra el monstruo convierte al combatiente en un espejo de él.

En el nivel existencial, la segunda parte del aforismo —»cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti»— añade una dimensión ontológica: el monstruo no está solo fuera, sino que es una posibilidad latente dentro de nuestra propia psique. El abismo no nos ataca; nos contempla y, al hacerlo, nos revela que también estamos hechos de la misma materia. La lucha es un enfrentamiento con la propia sombra proyectada.

En el nivel trágico, Nietzsche propone la alternativa del superhombre: luchar con distancia irónica y sin resentimiento. El verdadero espíritu libre no lucha contra el monstruo porque lo odie, sino porque lo supera. No necesita demonizar al otro para justificarse. La única forma de no convertirse en monstruo es no necesitar que el monstruo exista para sentirse virtuoso.

La lectura junguiana transforma la advertencia en un tratado sobre la integración de la sombra. El monstruo exterior es siempre una proyección; luchar contra él es evadir el conflicto interno. La lucha contra la sombra proyectada implica una posesión parcial del ego por el arquetipo de la sombra: el combatiente se infla, se cree justiciero y comienza a usar los mismos métodos que condena. La solución es la individuación: retirar la proyección, integrar la sombra, reconocer que el monstruo es un mensajero que nos habla de aquello que hemos reprimido. El verdadero héroe junguiano es el que baja al abismo, se deja mirar por él y regresa con el monstruo domesticado dentro de sí.

En la praxis política, la monstruosidad es funcional: un líder necesita un monstruo para unificar a su tribu. La lucha contra ese monstruo no busca solucionar problemas, sino purificar la identidad del grupo. La dialéctica del espejo muestra que el adversario define al combatiente: al adoptar medidas excepcionales para derrotar al totalitario, nos volvemos estructuralmente idénticos a él. La inflación arquetípica del líder y las masas —el salvador que habla en nombre de la providencia, la masa que se disuelve en el justiciero— es el mecanismo por el cual la política se vuelve monstruosa. La salida es desidealizar la política, retirar proyecciones constantemente, luchar sin resentimiento y limitar el poder en lugar de expandirlo.

El «hombre potencialmente fascista» no es un psicópata, sino el ciudadano promedio cuando sus defensas psíquicas colapsan. Adorno lo definió mediante la Escala F: convencionalismo, sumisión autoritaria, agresión autoritaria, anti-intraceptividad, superstición, poder y dureza, destructividad, proyectividad y preocupación punitiva por el sexo. El fascista potencial es el resentido crónico que no soporta la ambigüedad y necesita un enemigo externo; es el «pseudo-rebelde» que proyecta su rabia sobre chivos expiatorios; es el que se disuelve en la masa y entrega su responsabilidad moral al líder. La única vacuna es el amor fati y la integración de la sombra.

El cierre incorpora a René Girard: el monstruo no es solo proyección individual, sino necesidad estructural del grupo. El deseo mimético genera rivalidad, y la rivalidad se canaliza hacia un chivo expiatorio que, al ser expulsado, restaura la cohesión. La comunidad necesita al monstruo para no autodestruirse. Hoy, las plataformas digitales han acelerado este mecanismo a milisegundos: el algoritmo premia la indignación, y cualquiera puede sentirse héroe sin pagar precio real. La serie termina con diez preguntas para el lector, porque el espejo final es el único lugar donde el diagnóstico puede convertirse en transformación.

Sobre las santas barbadas —Wilgefortis, Uncumber, Kummernis— muestra la otra cara de la dinámica: qué ocurre cuando el «monstruo» no es un enemigo político, sino un cuerpo ambiguo. Durante siglos fueron veneradas; después, perseguidas y descanonizadas. Lo monstruoso y lo sagrado son la misma cosa vista desde la incapacidad de sostener la ambigüedad. La mujer barbada revela que la frontera nunca estuvo en el cuerpo señalado, sino en la mirada de quien necesita señalarlo.

 

Palabras clave:

Sombra. Proyección. Inflación heroica. Resentimiento. Personalidad autoritaria. Chivo expiatorio. Individuación. Abismo. Banalidad del mal. Aceleración digital.

 

 

 

Contenido

Parte I.  Desarrollo en Nietzsche. 3

  1. El nivel psicológico (la metamorfosis del cazador) 3
  2. El nivel moral (la trampa del «bien contra el mal») 4
  3. El nivel existencial (la mirada del abismo) 4
  4. El nivel trágico (la alternativa del superhombre) 4

Parte II. Lectura junguiana. 5

  1. El «monstruo» exterior es siempre una proyección de la sombra. 5
  2. El contagio psíquico (la posesión por la sombra) 5
  3. El Abismo como el Inconsciente Colectivo. 5
  4. El peligro de la inflación del Héroe (el ego endiosado) 5
  5. La solución junguiana: integrar (la individuación) 5

Parte III. Praxis política. 6

  1. La proyección masiva: el «monstruo» como chivo expiatorio. 6
  2. La dialéctica del espejo: el adversario define al combatiente. 6
  3. La inflación arquetípica del líder y las masas. 7
  4. El abismo de la maquinaria: la burocracia como monstruo frío. 7
  5. La salida trágica: la política de la sombra integrada. 7

Parte IV. El «hombre potencialmente fascista». 8

  1. El fascista potencial no es el «otro»; es el hombre que huye de su propia sombra. 8
  2. El resentimiento nietzscheano como caldo de cultivo. 8
  3. La disolución del ego en la masa. 8
  4. La estetización de la violencia y la nostalgia de la pureza. 9
  5. El hombre potencialmente fascista como «el vecino». 9

La única vacuna contra el fascismo. 9

Parte V «Humano potencialmente fascista». 9

El «Hombre Potencialmente Fascista»: La Escala F y la Personalidad Autoritaria. 10

El Fenómeno del «Pseudo-rebelde» y la Rebelión Sumisa. 10

«Dureza», «Frialdad» y «Manipulación»: Las Tres Claves. 10

La Conexión con el análisis Junguiano y Nietzsche. 11

Vigencia de un Diagnóstico. 11

Parte VI. Las santas barbadas y crucificadas: Wilgefortis, Uncumber, Kummernis, Liberada o librada. 11

  1. Un fenómeno que nace de un error y se sostiene solo porque responde a algo real 11
  2. El sustrato pagano: la Venus barbata como memoria arquetípica. 12
  3. La barba como armadura contra la violencia patriarcal: la sombra del padre. 12
  4. La «femina virilis»: el andrógino como camino de santidad, no de anomalía. 12
  5. La contrapartida: el místico que se feminiza. 12
  6. La crucifixión: el precio arquetípico de portar los opuestos. 13

De Magdalena Ventura a Wilgefortis, y del místico travestido al Cristo Madre. 13

Por qué el hombre feminizado no es crucificado, y la mujer masculinizada sí 13

El monstruo que resulta ser sagrado. 14

Parte VII  Cierre. 15

  1. El deseo mimético y el chivo expiatorio (René Girard) 15
  2. El mismo mecanismo, acelerado a milisegundos. 16
  3. El espejo, al final 16

Conclusiones. 17

Para seguir explorando: cine y bibliografía. 19

Películas que abordan estos temas ordenadas según año. 19

Mujeres barbudas. 19

Bibliografía. 20

Comentario general sobre la bibliografía. 20

Apéndice. Imágenes de mujeres barbudas y análisis. 22

Análisis Junguiano: Arquetipos en Conflicto y Síntesis. 31

Apéndice. Imágenes monstruos. 35

 

Parte I.  Desarrollo en Nietzsche

La frase pertenece a “Más allá del bien y del mal” (aforismo 146), y es una de las advertencias más profundas de la filosofía de Nietzsche.

Desarrollarla no significa solo entenderla como un consejo moral sobre «no volverse malo», sino como un diagnóstico sobre la lógica subterránea del poder, el resentimiento y la transformación del alma.

Para desentrañarla voy a desarrollarla en cuatro niveles:

1. El nivel psicológico (la metamorfosis del cazador)

Somos un conjunto de pulsiones en pugna. Cuando nos enfrentamos a un «monstruo» (un enemigo, un sistema opresor, una ideología tiránica), nuestra atención y nuestra energía se fijan obsesivamente en él. Para derrotarlo, debemos aprender su lenguaje, sus tácticas y su lógica interna.

El peligro es que el arma que usas contra el enemigo acaba forjando tu nueva naturaleza. Si usas el odio para vencer al odioso, el odio se instala en ti. Si usas la mentira para vencer al mentiroso, dejas de ser veraz. El monstruo no te vence cuando te destruye; te vence cuando te obliga a parecerte a él en tu forma de reaccionar. Has ganado la batalla exterior, pero has perdido la guerra interior: te has convertido en aquello que juraste destruir.

2. El nivel moral (la trampa del «bien contra el mal»)

Nietzsche critica radicalmente la moralidad binaria. Quien se cree «el bueno» que lucha contra «el malo» cae en un autoengaño. Al etiquetar al otro como «monstruo», lo deshumanizamos y nos otorgamos a nosotros mismos un permiso implícito para usar métodos excepcionales (violencia, coacción, dogmatismo) en nombre de la «justicia».

El problema filosófico es que la lucha contra el monstruo te convierte en un espejo de él. El inquisidor que quema herejes para salvar almas se vuelve tan cruel «como el hereje que imaginaba”. El revolucionario que instaura un terror temporal para lograr la libertad termina siendo un tirano. Nietzsche nos dice: cuidado con la arrogancia del moralista, porque al final, el monstruo no es el otro, sino la sombra que proyectas al enfrentarlo.

3. El nivel existencial (la mirada del abismo)

Este aforismo tiene una segunda parte, casi siempre omitida, que es su clave hermenéutica: «Y cuando mires largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti».

Esto añade una dimensión ontológica: el monstruo no está solo fuera, sino que es una posibilidad latente dentro de tu propia psique. Al luchar contra él, mantienes la mirada fija en la oscuridad durante tanto tiempo que tu propio fondo se oscurece. El abismo no te ataca; te contempla y, al hacerlo, te revela que tú también estás hecho de la misma materia. La lucha no es un combate entre dos entidades separadas, sino un enfrentamiento con tu propia sombra proyectada. Si no aceptas que llevas un monstruo dentro, la lucha exterior te devorará, porque te negarás a reconocer las similitudes.

4. El nivel trágico (la alternativa del superhombre)

Si la advertencia es tan grave, ¿cómo se lucha entonces sin convertirse en monstruo? Nietzsche no propone la pasividad ni la no-violencia. Propone algo mucho más difícil: luchar con una distancia irónica y sin resentimiento.

El verdadero «espíritu libre» o el «superhombre» no lucha contra el monstruo porque lo odie, sino porque lo supera. No se define por su enemigo. Su combate es frío, sobrio y sin patetismo. No necesita demonizar al otro para justificarse; no necesita sentir que es el «bien». Acepta que usa la fuerza, la astucia o la dureza, pero lo hace como un juego o como una necesidad natural, no como una cruzada moral.

La única forma de no convertirse en monstruo es no necesitar que el monstruo exista para sentirse uno mismo virtuoso. Quien lucha por afirmar su propia vida, y no por negar la del otro, puede usar la espada sin que la espada lo posea.

Nietzsche no está diciendo «no luches». Está diciendo: «Si luchas, asume que el precio puede ser tu propia alma. No te acerques al enemigo con la inocencia de quien cree que el mal está solo enfrente. Asegúrate de que tu motivación no sea el rencor, porque el rencor es el veneno que transforma al guerrero en el siguiente monstruo que alguien tendrá que combatir.»

La verdadera batalla no es contra el monstruo externo, sino contra la tentación de convertir la lucha en la razón de tu existencia

 

Parte II. Lectura junguiana

En una lectura junguiana, la frase de Nietsche deja de ser una advertencia moral o política y se convierte en un tratado de psicología profunda sobre la integración de la sombra. Voy a desarrollarla con las categorías del psicoanálisis analítico:

1. El «monstruo» exterior es siempre una proyección de la sombra

Todo aquello que nos indigna en el exterior es, antes que nada, un contenido inconsciente no reconocido en nosotros mismos. El «monstruo» no es un ente ontológico externo; es la sombra (la parte oscura, instintiva, reprimida e inaceptable de nuestra psique) que hemos proyectado sobre un grupo, una ideología o una persona.

Cuando dices «ese es un monstruo», en realidad estás diciendo: «Esa es la parte de mí que no quiero ver, así que la pongo ahí fuera para poder atacarla sin culpa». Luchar contra el monstruo exterior es, desde esta óptica, un acto de evasión. Cuanto más violentamente lo atacas, más te estás atacando a ti mismo en un espejo, pero sin saberlo.

2. El contagio psíquico (la posesión por la sombra)

No se puede luchar contra la sombra proyectada sin ser contaminado por ella. El proceso es automático e inconsciente: al fijar tu libido (tu energía psíquica) en el enemigo, tu psique establece un participation mystique (participación mística) con él.

Eso que Nietzsche llama «convertirse en monstruo» es, en términos junguianos, una posesión parcial del ego por el arquetipo de la sombra. El ego, al sentirse justiciero y santo, se infla (hinchazón psíquica) y comienza a utilizar los mismos métodos que condena: la crueldad, el dogmatismo, la deshumanización. Tu consciente se llena de la energía de aquello que combates. Ya no eres tú quien lucha; es el monstruo quien lucha a través de ti, usando tu cuerpo y tu moral como disfraz.

3. El Abismo como el Inconsciente Colectivo

La segunda parte del aforismo («el abismo mira dentro de ti») es el núcleo de la lectura junguiana. El «abismo» no es un lugar físico, sino el Inconsciente Colectivo: esa capa profunda de la psique humana donde residen los instintos ancestrales y los arquetipos (el Héroe, el Tirano, el Destructor, el Verdugo).

Cuando miras fijamente al monstruo, tu conciencia se asoma al abismo del inconsciente. Pero el inconsciente no es pasivo; él te devuelve la mirada. Eso significa que el arquetipo del monstruo se activa en ti. Jung diría que has establecido un «enlace» (constelación arquetípica). El abismo te reconoce como suyo, y empiezas a soñar, a sentir y a actuar desde esa energía primigenia, sin que tu ego pueda controlarlo.

4. El peligro de la inflación del Héroe (el ego endiosado)

En la psicología junguiana, el que lucha contra el «monstruo» suele identificarse con el arquetipo del Héroe. Pero el héroe que no reconoce su propia oscuridad cae en la inflación psíquica: se cree más grande, más puro y más importante de lo que es. Al sentirse el «elegido» para derrotar al mal, su ego se fusiona con el complejo del salvador, y eso es terriblemente peligroso.

El héroe inflado pierde el sentido de la medida. Como no integra su sombra, no tiene un freno interno; todo se vale en nombre de la causa. Esa inflación es el mecanismo exacto por el cual el luchador se convierte en el siguiente tirano. El que mata al dragón se convierte en el dragón, porque se ha apropiado de su poder sin haber pagado el precio de mirarse a sí mismo.

5. La solución junguiana: integrar (la individuación)

Aquí está la gran diferencia con la lectura moralista: no es «no luches contra el monstruo», sino «El verdadero combate no es contra el monstruo de fuera, sino contra el monstruo de dentro. Retira la proyección.»

El proceso de Individuación (llegar a ser uno mismo) exige que, en lugar de salir a cazar al monstruo, te sientes y dialogues con él. El monstruo es un mensajero. Pregúntate:

  • ¿Qué cualidad del monstruo me atrae y me repele a la vez?
  • ¿Qué instinto vital o poder tiene él que yo he reprimido en mí para ser «bueno»?

Integrar la sombra no es «volverse malo», es recuperar la energía que proyectaste. Es aceptar que dentro de ti hay agresividad, egoísmo, astucia y poder destructivo, pero que esas fuerzas, bien integradas, no te convierten en monstruo; te convierten en alguien completo, con dientes y garras, pero con la conciencia de tenerlos.

Un individuo que ha integrado su sombra puede luchar si es necesario, pero no se deja poseer por la lucha. Puede usar la fuerza fríamente y soltarla después, porque no necesita al monstruo para definirse a sí mismo.

Desde esta óptica, la frase de Nietzsche es una advertencia profética contra la posesión psíquica.

«Quien luche contra un monstruo debe asegurarse de no convertirse en uno» significa, en lenguaje junguiano: «Quien proyecte su sombra en el enemigo y salga a destruirla, será tragado por ella. La única victoria posible no es matar al monstruo, sino reconocerlo como una parte de ti, estrecharle la mano e integrarlo en tu círculo. Porque el monstruo no desaparece cuando lo matas; desaparece cuando dejas de tener miedo de reconocerlo en tu propio espejo.»

En definitiva: si no haces consciente la oscuridad, ella gobernará tu vida desde las sombras, y llamará «victoria» a tu autodestrucción. El verdadero héroe junguiano es aquel que baja al abismo, se deja mirar por él, y regresa con el monstruo domesticado dentro de sí, no para usarlo, sino para no ser usado por él.

Parte III. Praxis política

Si la monstruosidad es psicológica e inconsciente, la política es su escenario de masas por excelencia.

Llevemos el análisis de Nietzsche y junguiano al barro de la praxis política. Aquí el «monstruo» ya no es un vecino o una idea, sino el adversario, el régimen, el sistema, el líder carismático o la multitud. La política, por su naturaleza, es el reino de la polarización, y por tanto, el territorio favorito de la Sombra proyectada y la posesión colectiva.

1. La proyección masiva: el «monstruo» como chivo expiatorio

En política, la monstruosidad casi nunca es objetiva; es funcional. Un líder o un partido necesita un «monstruo» (el inmigrante, el globalista, el fascista, el comunista, el corrupto) para unificar a su tribu. Psicológicamente, es la proyección de todas las frustraciones, miedos y fracasos colectivos sobre una entidad externa a la que se le atribuye un poder casi sobrenatural.

El problema político es que, al hacerlo, el monstruo se vuelve real en su efecto: si todo el mundo cree que existe y actúa en consecuencia, se crea una profecía autocumplida. La lucha contra ese «monstruo» no busca solucionar problemas; busca purificar la propia identidad. Y aquí empieza la intoxicación.

2. La dialéctica del espejo: el adversario define al combatiente

Nietzsche advertía sobre la metamorfosis; Hannah Arendt lo demostró con su tesis de la «banalidad del mal». Pero en clave junguiana-política: el adversario te otorga tu identidad. Si tu adversario es «el totalitario», tú eres «el demócrata». Pero para derrotarlo, adoptas medidas excepcionales: vigilancia masiva, leyes de excepción, propaganda sin matices, cancelación del disenso.

En ese instante, te has vuelto estructuralmente idéntico a aquello que combatías. La lucha por la libertad produce un estado de seguridad que recorta libertades. La lucha contra la mentira produce un aparato de «verdad oficial» que censura. El monstruo no te vence cuando gana las elecciones; te vence cuando te obliga a adoptar su gramática de poder para sobrevivir.

3. La inflación arquetípica del líder y las masas

El peligro político de su época (el auge del nazismo y el estalinismo). Advirtió que cuando una masa se siente amenazada por un monstruo exterior, activa el complejo del «Salvador-Héroe» y el del «Gran Dragón» simultáneamente.

  • El líder se infla: empieza a hablar en nombre de «el pueblo», «la historia» o «Dios». Ya no es un humano falible, es un instrumento de la providencia contra el mal.
  • La masa se disuelve: pierde su responsabilidad individual y se funde en el arquetipo del «justiciero». Cada ciudadano se siente autorizado a delatar, odiar o agredir en nombre de la «buena lucha».

La monstruosidad política aparece cuando el poder deja de ser un medio y se convierte en un fin en sí mismo, y el líder se convierte en el espejo deformante de la proyección colectiva. Cuanto más monstruoso es el enemigo, más monstruoso debe volverse el salvador para derrotarlo.

4. El abismo de la maquinaria: la burocracia como monstruo frío

No todo monstruo político es un líder carismático. La monstruosidad fría y sistémica: la burocracia, el aparato de partido, el algoritmo de control.

Aquí el fenómeno es aún más sutil: el funcionario que aplica una ley injusta «porque es mi trabajo», el periodista que replica una mentira «porque es la línea editorial», el votante que apoya una barbaridad «porque es mi equipo». En este caso, no hay odio explícito; hay despersonalización.

La lectura junguiana diría: has delegado tu sombra en el sistema. El sistema ahora piensa y odia por ti. Tú no te sientes monstruoso, pero eres un engranaje del monstruo. Y esa es la forma más peligrosa de convertirse en él: sin darte cuenta, sin sentir pasión, solo cumpliendo órdenes.

5. La salida trágica: la política de la sombra integrada

¿Cómo hacer política sin monstruosidad? Aquí Nietzsche y Jung coinciden en una propuesta radicalmente impopular:

  • Desidealizar la política.Aceptar que no hay «bandos puros». El otro no es un monstruo, es un adversario con intereses distintos, pero con la misma fragilidad humana que tú. Esto implica renunciar al consuelo de la superioridad moral.
  • Retirar proyecciones constantemente.Preguntarse en cada decisión: «¿Estoy haciendo esto porque es justo, o porque odio al de enfrente?» Mantener un esfuerzo de conciencia sobre las propias pulsiones de poder, dominio y venganza.
  • Luchar sin resentimiento.Nietzsche llamaba a ello la «gran política»: aquella que no se funda en el rencor (ressentiment), sino en la afirmación de la propia voluntad de vivir, sin necesidad de destruir al otro para sentirse fuerte. Se puede ganar sin demonizar, y se puede perder sin volverse víctima.
  • Limitar el poder, no expandirlo.La sabiduría política más antigua (desde Maquiavelo hasta los padres fundadores de EE.UU.) dice que el poder corrompe. Jung añade: porque el poder activa la sombra. Por eso, la única política no monstruosa es la que frena la concentración del poder, lo reparte, lo somete a control y a crítica constante.

 

 

Parte IV. El «hombre potencialmente fascista»

Si la monstruosidad política es la proyección de la sombra colectiva, el «hombre potencialmente fascista» no es un bicho raro ni un psicópata. Es el ciudadano promedio cuando sus mecanismos de defensa psíquicos colapsan y la masa le ofrece un disfraz de héroe.

El fascismo no es (solo) una ideología; es una patología del alma colectiva.

1. El fascista potencial no es el «otro»; es el hombre que huye de su propia sombra

El fascismo y el nazismo fueron posible porque millones de ciudadanos «normales» proyectaron su sombra (su agresividad, su envidia, su miedo a la muerte, su impotencia) sobre el judío, el comunista, el extranjero.

El hombre potencialmente fascista es aquel que no soporta la ambigüedad de su propia psique. Necesita un enemigo externo para no enfrentar el caos interno. Cuanto más rígida es su moral superficial («yo soy bueno, trabajador, honrado»), más monstruosa es su sombra reprimida. Cuando un líder le dice: «Tú eres puro, ellos son la mancha», ese hombre siente un alivio inmenso: finalmente puede odiar sin culpa, porque el odio se ha vuelto un deber patriótico.

2. El resentimiento nietzscheano como caldo de cultivo

Nietzsche diagnosticó el resentimiento como la emoción madre del hombre débil. No es la ira pasajera, sino la envía crónica y reprimida hacia todo lo que es fuerte, diferente, exitoso o libre.

El hombre potencialmente fascista es un resentido crónico:

  • Siente que el mundo le debe algo y no se lo da.
  • Atribuye su fracaso no a su propia vida, sino a una conspiración (los judíos, los globalistas, los progres, los privilegiados).
  • Su sueño húmedo no es la justicia, sino la venganza: ver al otro humillado, expulsado o eliminado.

Para Nietzsche, este resentimiento es el verdadero «monstruo interior». El fascista no lucha por un ideal; lucha para envenenar la existencia del otro, porque la suya le parece insoportable. Y como no puede enfrentar su propia mediocridad, necesita arrastrar a todos a la misma miseria.

3. La disolución del ego en la masa

El hombre promedio, al sentirse insignificante, busca fundirse en una «gran narrativa» que le dé sentido. El fascismo ofrece eso: la masa como un cuerpo único, el líder como cabeza, y el individuo como una célula prescindible pero gloriosa.

El hombre potencialmente fascista entrega su responsabilidad moral al líder. Ya no dice «yo decidí», dice «me lo ordenaron». Ya no siente culpa, siente deber. Al hacerlo, se vacía de sí mismo y se llena del complejo cultural del «Guerrero Santo». Pero ese, sin sombra integrada, es el arquetipo del Verdugo.

En ese momento, el hombre común puede hacer lo impensable: torturar, delatar, ejecutar, y al día siguiente volver a casa a cenar con su familia, porque su conciencia está tranquilizada por la masa. Esa es la verdadera monstruosidad: la abolición del yo crítico.

4. La estetización de la violencia y la nostalgia de la pureza

El hombre potencialmente fascista no se siente «malvado»; se siente purificador. Su lenguaje está lleno de metáforas médicas: «limpiar», «sanear», «extirpar el tumor», «barrer la escoria». La violencia se vuelve bella, necesaria, casi quirúrgica.

Esto conecta con la advertencia de Nietzsche sobre la «moral de rebaño»: el fascista potencial cree que la violencia es legítima porque restaura un orden mítico y puro (la patria perdida, la raza original, la tradición verdadera). No ve su crueldad como crueldad, sino como justicia poética. Y esa es la trampa final: cuando crees que tu violencia es poética, has perdido toda brújula ética.

5. El hombre potencialmente fascista como «el vecino»

Este es el punto más incómodo: todo ser humano es potencialmente fascista. No por naturaleza, sino poque es más fácil odiar que pensar; es más cómodo seguir que discernir; es más gratificante pertenecer que estar solo.

Los rasgos del potencial fascista en nosotros mismos son:

  • La certeza absoluta: cuando crees que tienes toda la razón y el otro toda la sinrazón.
  • La deshumanización del adversario: cuando empiezas a llamar «plaga», «rata» o «enemigo» a quien piensa distinto.
  • La nostalgia de la autoridad: cuando deseas que alguien «fuerte» venga a poner orden y termine con el caos de la democracia.
  • El goce en la humillación ajena: cuando una noticia sobre el sufrimiento del otro bando te produce una secreta satisfacción.

Si encuentras estos rasgos en ti, has encontrado al monstruo. Y aquí Nietzsche y Jung te dicen: no lo niegues, siéntalo, obsérvalo. Porque el primer paso para no convertirse en fascista es reconocer que el fascista está en ti, esperando su oportunidad.

 

La única vacuna contra el fascismo

Nietzsche diría: «Ama tu destino» (amor fati), es decir, acepta tu vida con sus fracasos y límites sin buscar chivos expiatorios. No necesitas un enemigo para ser grande; necesitas crear, afirmar, superarte.

Jung diría: «Haz consciente tu sombra». Si no integras tu agresividad, tu envidia y tu sed de poder, las proyectarás en el político de turno, y él las usará para movilizarte hacia el abismo.

Por tanto, el hombre no fascista no es el «bueno» que nunca siente odio. Es el hombre que siente odio, pero no actúa desde él; que siente miedo, pero no delega su libertad; que siente deseo de poder, pero lo pone al servicio de su propia vida, no de la destrucción del otro.

El verdadero combate contra el fascismo no se gana en las urnas ni en las calles (aunque también). Se gana en la intimidad de cada psique, cuando cada ciudadano se niega a ser un engranaje y decide, en soledad y con valentía, mirar al abismo de su propio corazón sin pestañear. Porque el fascismo no muere cuando cae un dictador; muere cuando cada uno de nosotros deja de necesitarlo.

 

Parte V «Humano potencialmente fascista»

Para Theodor Adorno, el «humano potencialmente fascista» no es un psicópata o un caso extremo, sino el producto de una estructura de personalidad específica que yace latente en la sociedad y puede ser activada. Esta idea, desarrollada en su obra The Authoritarian Personality (1950), conecta directamente con la advertencia de Nietzsche sobre el monstruo interior: el peligro no es un enemigo externo, sino una disposición psíquica que todos podemos albergar.

El «Hombre Potencialmente Fascista»: La Escala F y la Personalidad Autoritaria

Adorno y su equipo desarrollaron la conocida «Escala F» (F de fascista) para medir la susceptibilidad a la propaganda antidemocrática. Esta escala no medía una ideología consciente, sino un conjunto de rasgos de personalidad pre-políticos que definen lo que llamaron la «personalidad autoritaria». Sus nueve características clave son:

  • Convencionalismo: Adhesión rígida a los valores y normas de la clase media.
  • Sumisión autoritaria: Actitud acrítica y de sumisión total a las autoridades moralizadas del «endogrupo».
  • Agresión autoritaria: Tendencia a castigar y condenar a quienes transgreden esas normas convencionales.
  • Anti-intraceptividad: Rechazo de lo subjetivo, lo imaginativo y lo empático; oposición a la introspección y la reflexión.
  • Superstición y pensamiento estereotipado: Creencia en destinos místicos y pensamiento en categorías rígidas y simplistas.
  • Poder y dureza: Preocupación por las relaciones de dominación-sumisión, identificándose con la fuerza y la dureza.
  • Destructividad y cinismo: Hostilidad generalizada hacia la naturaleza humana.
  • Proyectividad: Percepción del mundo como un lugar peligroso, proyectando los propios impulsos inconscientes hacia afuera.
  • Preocupación exagerada por el sexo: Interés desmedido y a menudo punitivo por las prácticas sexuales.

El Fenómeno del «Pseudo-rebelde» y la Rebelión Sumisa

Uno de los hallazgos más interesantes de Adorno es la figura del «pseudoconservador» o «pseudo-rebelde». Este tipo de personalidad no se caracteriza por una defensa serena del statu quo, sino por una rebeldía que, paradójicamente, termina siendo sumisa a la autoridad.

La explicación psicoanalítica que maneja Adorno es que esta rebeldía nace de un resentimiento inconsciente hacia la figura paterna (o la autoridad en general). Sin embargo, como la persona es incapaz de criticar a esta autoridad, proyecta su rabia y frustración sobre «chivos expiatorios» externos (minorías, extranjeros, etc.). La lucha contra este «monstruo» externo se convierte así en la válvula de escape para conflictos internos no resueltos.

«Dureza», «Frialdad» y «Manipulación»: Las Tres Claves

La investigadora citada en los resultados sintetiza el potencial fascista descrito por Adorno en tres dimensiones interconectadas:

  • Manipulatividad: La tendencia a instrumentalizar a las personas y relaciones, viéndolas como objetos o datos que pueden ser utilizados sin considerar sus consecuencias humanas.
  • Dureza: Indiferencia hacia el propio dolor y el ajeno. La capacidad de volverse insensible para poder ejercer la crueldad como un acto normalizado. Como citaba Adorno, el ideal educativo descrito por Hitler era el de una juventud «violenta, dominante, intrépida, cruel», sin «nada débil o tierno».
  • Frialdad: Una incapacidad para establecer vínculos afectivos genuinos. El amor, la empatía y la libido se desvían de las personas hacia ideas abstractas como la «nación», dispositivos tecnológicos o eslóganes vacíos. Esta frialdad impide la experiencia y el aprendizaje, perpetuando el pensamiento rígido y estereotipado.

La Conexión con el análisis Junguiano y Nietzsche

Esta teoría de Adorno es un complemento empírico y social a Nietzsche y Jung:

La Sombra Proyectada: El concepto de «proyectividad» en la Escala F es la versión sociológica de la «Sombra» junguiana. El individuo autoritario proyecta sus propios impulsos reprimidos (agresividad, miedo) sobre un «monstruo» exterior, al que debe combatir.

  1. La Metamorfosis del Luchador: La dinámica del «pseudo-rebelde» es un ejemplo perfecto de la advertencia nietzscheana. Al luchar contra la autoridad de manera inconsciente y resentida, el individuo termina siendo el súbdito más sumiso y el perseguidor más agresivo de otros, convirtiéndose en el «monstruo» que dice odiar.
  2. La Masa y la Disolución del Yo: La «frialdad» y la «dureza» descritas por Adorno explican cómo un individuo puede disolverse en la masa y abandonar su responsabilidad ética. La identidad se vuelve rígida y se funde con la del «endogrupo», perdiendo la capacidad de una reflexión autónoma y compasiva.

Vigencia de un Diagnóstico

Adorno advertía que la propaganda fascista no introduce nada nuevo, sino que simplemente reproduce y canaliza la mentalidad existente en la cultura de masas. El potencial fascista, por tanto, no es una anomalía, sino una posibilidad latente en la sociedad, cultivada en la rigidez de la educación, las dinámicas familiares autoritarias y la estandarización de la vida.

En resumen, desde la óptica de Adorno, el «hombre potencialmente fascista» es aquel que, por su estructura psíquica, es «inaccesible a la experiencia», incapaz de relacionarse con la complejidad y la diferencia, y que busca refugio en la certeza de la autoridad y la agresión contra un «otro» demonizado. Es un diagnóstico que, como el abismo nietzscheano, nos obliga a mirar hacia el interior de nuestra propia sociedad y de nosotros mismos.

 

 

Parte VI. Las santas barbadas y crucificadas: Wilgefortis, Uncumber, Kummernis, Liberada o librada

 

 

Magdalena Ventura fue pintada en «La mujer barbuda» (José de Ribera, 1631). Un caso de hirsutismo, el andrógino real, biológico, capturado por el naturalismo caravaggista. Otras mujeres barbudas fueron pintadas por Juan Sánchez Cotán, El Bosco, Goya, …

No solo lo monstruoso motivaba su representación, en lo profundo son manifestaciones del arquetipo andrógino.

Wilgefortis y sus múltiples advocaciones representan el mismo arquetipo pero elaborado colectivamente, durante siglos, por el inconsciente religioso de la civilización cristiana. Aquí ya no hay un cuerpo real que el pintor deba retratar con honestidad: hay una imagen fabricada por la necesidad psíquica de una cultura entera, y precisamente por eso es un material simbólico para la lectura junguiana.

1. Un fenómeno que nace de un error y se sostiene solo porque responde a algo real

Es revelador que el culto surja de una confusión: representaciones del Volto Santo de Lucca —un Cristo togado— que fueron adquiriendo, en algunas copias, formas y decoraciones femeninas, hasta generar la lectura de un «Cristo con pechos» que terminó por interpretarse como una santa barbada.  Esto no es casualidad ni error puro: un malentendido solo se fija, se expande y sobrevive durante seiscientos años, con nombres distintos en media Europa, cuando encuentra una resonancia arquetípica que el inconsciente colectivo estaba esperando. La confusión fue la puerta; el arquetipo del andrógino.

2. El sustrato pagano: la Venus barbata como memoria arquetípica

El texto apunta a un antecedente decisivo: el culto romano-chipriota a una Afrodita barbuda, la Venus barbata, con ropajes femeninos, pero barba y genitales masculinos, cuyos ritos eran oficiados por hombres y mujeres travestidos. Un arquetipo: una imagen que no se inventa una sola vez, sino que reaparece en culturas y épocas distintas porque brota de un estrato psíquico común a la especie. Wilgefortis no nace del cristianismo; el cristianismo simplemente vuelve a dar forma a una imagen que el paganismo mediterráneo ya había necesitado siglos antes. El «dios que une los sexos» es una necesidad tan antigua que sobrevive a los cambios de religión disfrazándose de santa.

3. La barba como armadura contra la violencia patriarcal: la sombra del padre

La leyenda central es clarísima en su estructura: una princesa a la que su padre quiere entregar en matrimonio forzado pide un milagro para escapar de esa imposición, y el milagro es, precisamente, que le crezca barba, un atributo masculino que la vuelve «no deseable» para el pretendiente. El padre, furioso, la entrega para ser crucificada.

Leído junguianamente, esto es la irrupción de un contenido masculino (animus) al servicio de la autoafirmación femenina frente a la autoridad patriarcal. La barba no es un castigo: es un escudo psíquico. Wilgefortis no rechaza su feminidad, rechaza convertirse en objeto de intercambio entre dos hombres (el padre y el pretendiente), y la psique responde generando espontáneamente el atributo del otro sexo como defensa. Es el mismo mecanismo, en clave de leyenda religiosa, en las mujeres que desarrollan un animus «guerrero» cuando su entorno les niega sistemáticamente la voz o la autodeterminación.

Que sea el propio padre —figura arquetípica de la autoridad— quien ordene su martirio cierra el círculo: la integración de lo masculino en ella la salva del matrimonio impuesto, pero la enfrenta directamente al Padre como institución. Es el precio de la individuación: quien se niega a encajar en el rol que la autoridad le asigna, aunque sea por la vía de un milagro divino, es castigada por esa misma autoridad.

4. La «femina virilis»: el andrógino como camino de santidad, no de anomalía

Una idea medieval crucial: la posibilidad de que una mujer se convirtiera en femina virilis, «mujer viril», una suerte de «mujer-Cristo» que, por la fuerza con que enfrentaba el martirio, adquiría rasgos masculinos atribuidos como signo de santidad. Esto es notable porque invierte por completo la lógica que veíamos en el cuadro de Ribera: allí, la barba de Magdalena Ventura era registrada como «milagro de la naturaleza», un caso clínico casi. Aquí, la masculinización es directamente el camino hacia lo sagrado. No se tolera al andrógino: se le venera porque es andrógino.

La totalidad psíquica solo se alcanza integrando el opuesto: el hombre debe integrar su ánima, la mujer su animus. Una santidad que se expresa precisamente en cuerpos que reúnen ambos principios no es un capricho hagiográfico: es la traducción religiosa, casi literal, del proceso de individuación. La «mujer-Cristo» barbada es la imagen que la mentalidad medieval encontró para representar a un ser humano que ha trascendido la escisión de géneros y ha alcanzado, por eso mismo, un estatuto sagrado.

5. La contrapartida: el místico que se feminiza

Si hasta ahora hemos visto el camino de la mujer hacia lo masculino como vía de santidad, existe también el movimiento inverso, igualmente documentado, que cierra el círculo del arquetipo andrógino desde el otro lado.

La experiencia mística se estableció en Occidente como una experiencia predominantemente femenina, hasta el punto de que los propios místicos varones debían feminizarse y buscar la mujer que habitaba en su interior. El maestro Eckhart llegó a afirmar que el alma es mujer, idea que reaparece en la poesía de Juan de la Cruz; y su discípulo Enrique Suso llegó a vestirse literalmente de mujer, desafiando la hegemonía misógina del medievo. A esto se suma la tradición, iniciada por mística como Juliana de Norwich, de un «Cristo Madre»: una teología que atribuye a Cristo rasgos y funciones maternas, con la leche como alimento espiritual e imagen de su entrega.

Esto esel mismo arquetipo operando en sentido contrario: no es ya la mujer que integra el animus para alcanzar lo sagrado (Wilgefortis, Magdalena Ventura), sino el varón místico que integra su ánima —lo femenino en él— para poder unirse a lo divino. Jung sostenía que ningún hombre alcanza la totalidad psíquica sin reconciliarse con su ánima, del mismo modo que ninguna mujer lo hace sin integrar su animus. La mística cristiana, sin saberlo, dramatizó ambos movimientos: mujeres que se masculinizan para escapar de la imposición patriarcal y alcanzar la santidad, y hombres que se feminizan —incluso vistiéndose de mujer— para alcanzar la unión mística con un Dios que, a su vez, empieza a ser imaginado con atributos maternos.

Ambos caminos convergen en el mismo punto: lo sagrado, en su forma más profunda, no tiene género fijo. Solo se accede a él integrando lo que el propio sexo excluye.

6. La crucifixión: el precio arquetípico de portar los opuestos

Que estas santas sean sistemáticamente crucificadas, y no simplemente veneradas o narradas sin más, es el detalle que cierra el análisis. En términos junguianos, cargar con la coincidencia de opuestos dentro de un cuerpo es, siempre, doloroso: es el símbolo alquímico de la coniunctio, la unión que no llega sin sufrimiento, sin una muerte simbólica previa. La imagen de un ser que reúne lo masculino y lo femenino, clavado en la cruz igual que Cristo, dramatiza literalmente la idea de que la totalidad psíquica tiene un precio, y ese precio se paga con el propio cuerpo, ante la mirada escandalizada de una comunidad que no sabe qué hacer con esa imagen salvo, alternativamente, venerarla o —como hará después la Contrarreforma, que perseguirá y destruirá estas figuras por considerarlas «grotescas aberraciones»— aniquilarla.

Lo que no se integra se proyecta, y lo que un siglo venera como milagro sagrado, otro siglo posterior lo condena como monstruosidad que hay que destruir. Wilgefortis fue amada durante quinientos años y descanonizada en 1969 no porque su imagen cambiara, sino porque cambió la capacidad de la cultura para tolerar la ambigüedad que representaba.

 

De Magdalena Ventura a Wilgefortis, y del místico travestido al Cristo Madre

De Magdalena Ventura a Wilgefortis, y del místico travestido al Cristo Madre

Entre el cuadro de Ribera, la leyenda de Wilgefortis y el travestismo espiritual de Suso hay un mismo hilo: la necesidad psíquica, en direcciones opuestas pero simétricas, de representar la unión de lo masculino y lo femenino como condición de acceso a lo sagrado. Unas veces desde el documento clínico disfrazado de milagro; otras desde el mito puro; otras desde la práctica ascética de un monje que se pone un vestido. Todas cumplen la misma función arquetípica: recordarnos que lo que llamamos «monstruoso» —un cuerpo ambiguo, un hombre vestido de mujer, una santa con barba— es, muy a menudo, la forma que toma lo sagrado cuando todavía no tenemos lenguaje para nombrarlo de otra manera.

 

Por qué el hombre feminizado no es crucificado, y la mujer masculinizada sí

Enrique Suso se viste de mujer y es recordado como un asceta ejemplar, incluso beatificado. Eckhart afirma que el alma es mujer y, aunque sufre un proceso inquisitorial, no es martirizado por ello ni su cuerpo es sometido a un castigo ritual equivalente al de las santas barbadas. En cambio, Wilgefortis, Uncumber, Kummernis y sus advocaciones son sistemáticamente crucificadas en la leyenda; y a Magdalena Ventura, aunque no fue martirizada, se la exhibió como «milagro de la naturaleza» ante la corte, expuesta a la mirada pública como curiosidad. La integración del ánima en el varón se celebra como ascesis; la integración del animus en la mujer se castiga como transgresión que exige sangre.

El arquetipo no flota en el vacío: se expresa siempre a través de las estructuras sociales concretas de cada época, y esas estructuras no eran simétricas entre hombres y mujeres. Cuando un varón se feminiza —viste de mujer, se llama a sí mismo «alma-mujer»— está descendiendo voluntariamente en la escala de estatus: un movimiento que la cultura patriarcal puede leer como humildad, como sacrificio, incluso como proeza espiritual, precisamente porque parte de una posición de poder que no pierde del todo. Sigue siendo un hombre, un clérigo, una autoridad doctrinal, alguien con voz pública. Suso no deja de predicar por vestirse de mujer; Eckhart no deja de enseñar por decir que el alma es femenina.

Cuando una mujer se masculiniza —le crece barba, rechaza el matrimonio, adquiere autoridad predicadora como Wilgefortis o como la propia Sor Juana de la Cruz— está ascendiendo hacia un territorio que no le pertenece, y ese ascenso sí es percibido como amenaza real al orden. No es que el arquetipo andrógino se manifieste de forma distinta según el sexo: es que la sociedad solo tolera el cruce de frontera cuando va en la dirección que refuerza la jerarquía existente (el poderoso se humilla, lo cual lo engrandece más) y lo castiga cuando va en la dirección que la subvierte (la sometida se empodera, lo cual la vuelve peligrosa).

En la mayoría de las culturas que produjeron estas imágenes, el cuerpo del varón se entendía como sede del sujeto —el que actúa, decide, incluso cuando decide humillarse—, mientras que el cuerpo femenino se entendía como territorio que otros administran: el padre lo entrega, el marido lo posee, la Iglesia lo vigila. Cuando el varón se feminiza, sigue siendo dueño de la decisión: es él quien elige vestirse de mujer como ejercicio ascético controlado, dentro de un marco que él mismo interpreta y explica en sus escritos. Cuando el cuerpo de la mujer se masculiniza, en cambio, no hay ejercicio de voluntad que se le reconozca: ni siquiera se le concede la autoría del propio milagro. Es Dios quien le hace crecer la barba en la leyenda, es la naturaleza la que produce el hirsutismo de Magdalena Ventura; a ninguna de las dos se les permite haber decidido nada, porque decidir sobre el propio cuerpo era, precisamente, lo que no se les permitía.

Y, sin embargo, aunque el milagro se atribuye a una fuerza externa, el castigo sí recae sobre ella. Se le niega la autoría de su transformación, pero no se le exime de sus consecuencias. Esa es, quizás, la asimetría más profunda: al hombre que se feminiza se le atribuye el mérito de su propio descenso; a la mujer que se masculiniza se le niega el mérito de su propio ascenso, pero se le exige pagar el precio de todos modos.

 

El monstruo que resulta ser sagrado

Toda esta serie ha partido de una misma advertencia: «quien luche contra un monstruo debe asegurarse de que, en el proceso, no se convierta él mismo en un monstruo». Hemos visto cómo Nietzsche, Jung, Adorno y Girard explican, desde ángulos distintos, un mismo mecanismo: llamamos «monstruo» a aquello que no podemos integrar, lo proyectamos fuera de nosotros y, al combatirlo, terminamos pareciéndonos a la imagen que hemos creado.

Magdalena Ventura y Wilgefortis nos muestran la otra cara, más silenciosa, de esa misma dinámica: qué ocurre cuando el «monstruo» no es un enemigo político ni una ideología, sino un cuerpo.

Aquí no hay lucha, hay contemplación; y sin embargo, la sociedad reacciona con el mismo movimiento pendular que hemos descrito en las partes anteriores. Durante un tiempo, lo que no se comprende se venera como milagro o prodigio de la naturaleza; después, cuando cambia el clima cultural, esa misma imagen se condena como aberración grotesca que hay que hacer desaparecer.

La Contrarreforma que destruye las imágenes de Wilgefortis y la Iglesia que la descanoniza en 1969 son, en el fondo, el mismo gesto que el inquisidor que quema herejes o el revolucionario que se vuelve tirano: la incapacidad de convivir con lo que no se deja clasificar, resuelta mediante la aniquilación de la imagen incómoda.

La diferencia esencial es que aquí el «monstruo» nunca hizo nada. No amenazó, no combatió, no reivindicó nada: simplemente existió, con una barba que no correspondía a las categorías disponibles. Y por eso mismo su historia es la prueba más pura de la tesis que ha sostenido esta serie desde la Parte I: la monstruosidad no reside en quien es señalado como monstruo, sino en la mirada de quien necesita señalarlo para sostener su propio orden interior. Magdalena Ventura y Wilgefortis no tuvieron que hacer nada para convertirse en el espejo de esa necesidad ajena; les bastó con ser, sin pedir permiso, la coincidencia de los opuestos que todos llevamos dentro sin saberlo.

Si el «hombre potencialmente fascista» de la Parte IV era el vecino que necesita un enemigo para sentirse virtuoso, la mujer barbada es su contrafigura exacta: quien, sin proponérselo, revela que la frontera que separa lo monstruoso de lo sagrado nunca estuvo en el cuerpo señalado, sino en la incapacidad de quien mira de sostener la ambigüedad sin necesitar destruirla o divinizarla. Ese sigue siendo, en el fondo, el único combate verdadero: no contra el monstruo de fuera, sino contra la necesidad de que exista un monstruo, sea para odiarlo o para venerarlo, con tal de no mirar de frente lo que de él llevamos dentro.

 

 

 

 

Parte VII  Cierre

Nietzsche nos advirtió del peligro moral. Jung nos explicó el mecanismo psíquico. Adorno nos dio la estructura social medible. Falta una pieza: por qué las comunidades humanas necesitan fabricar un monstruo para sostenerse a sí mismas, y por qué hoy ese proceso, antes lento, ocurre a la velocidad de un scroll. Cierro la serie uniendo esa pieza que faltaba con su versión contemporánea, y termino donde toda esta reflexión debía terminar desde el principio: en el espejo de cada lector.

1. El deseo mimético y el chivo expiatorio (René Girard)

Girard aporta algo que Nietzsche y Jung dejaron intuido pero no explicado del todo: no deseamos las cosas por sí mismas, sino porque otros las desean. Ese deseo imitado genera rivalidad, y la rivalidad generalizada amenaza con destruir el grupo entero desde dentro, en una guerra de todos contra todos.

La salida que encuentran las comunidades humanas es siempre la misma: canalizar esa violencia difusa hacia una sola víctima, real o simbólica, a la que se acusa de ser la causa de todos los males. Al expulsarla o destruirla, el grupo experimenta un alivio momentáneo, una paz que en realidad no resuelve nada, solo desplaza el problema.

Aquí está la diferencia con las lecturas anteriores: el monstruo ya no es solo mi proyección individual (Jung) ni una disposición psíquica latente (Adorno); es una necesidad estructural del grupo. La comunidad no solo tolera al chivo expiatorio, lo necesita para no destruirse a sí misma. Y para que el mecanismo funcione, todos deben creer sinceramente que la víctima es culpable. Si el grupo supiera que su víctima es arbitraria, el ritual no purificaría nada; por eso todo linchamiento, literal o simbólico, viene siempre acompañado de una convicción moral absoluta: «se lo merecía».

2. El mismo mecanismo, acelerado a milisegundos

Lo que en la Alemania de los años treinta o en la Inquisición tardaba años en gestarse, hoy ocurre en el tiempo que tarda un tuit en hacerse viral. Las plataformas no venden información, venden atención, y la indignación moral es el combustible más barato y rentable que existe. El algoritmo no es neutral: premia el contenido que más reacción provoca, y odiar a un monstruo identificado es la reacción más fácil de producir en masa.

Lo que Jung describía como un proceso lento de contaminación psíquica, y lo que Girard describía como un ritual social que requería tiempo y ceremonia, hoy se comprime en segundos: una persona señalada en redes cumple exactamente la función del chivo expiatorio, unificando momentáneamente a miles de desconocidos en una comunidad emocional —la indignación compartida— sin que casi nadie verifique los hechos ni conozca el contexto real.

Y aquí aparece la versión más barata jamás inventada de la inflación heroica de la que hablaba Jung: en redes, cualquiera puede sentirse el justiciero, el héroe que combate al monstruo, sin pagar ningún precio real. No hay riesgo, no hay diálogo, no hay mirada al abismo; solo un botón que confirma la propia virtud en el tiempo que dura un parpadeo.

3. El espejo, al final

Después de cinco niveles de teoría —filosófico, psicológico, político, social, antropológico— falta lo más incómodo: dejar de hablar de «ellos» (el fascista, el resentido, el masificado, la masa manipulada) y preguntarse por uno mismo. Si mientras leías las partes anteriores pensabas en otros, este es el momento de girar el espejo.

Diez preguntas, no para juzgar al vecino, sino para hacerse en privado:

  1. ¿Sientes un placer secreto cuando algo malo le pasa a «los de enfrente»?
  2. ¿Necesitas que exista un enemigo para sentirte bueno, honesto o justo?
  3. ¿Has dejado de hacerte preguntas incómodas sobre tu propio bando?
  4. ¿Usas palabras deshumanizantes para hablar de quien piensa distinto?
  5. ¿Justificas medidas excepcionales «solo esta vez» en nombre de una causa que consideras justa?
  6. ¿Te alivia que alguien «fuerte» decida por ti y te libere de pensar?
  7. ¿Reaccionas con más intensidad a un titular que a los hechos que hay detrás?
  8. ¿Alguna vez pensaste «esto no está bien, pero es mi equipo, así que lo defiendo»?
  9. ¿Confundes la certeza con la razón, crees tener toda la razón porque sientes indignación con mucha fuerza?
  10. ¿Has disfrutado alguna vez imaginando la humillación pública de alguien que consideras «merecedor»?

Si alguna respuesta te ha incomodado, esa incomodidad es exactamente el punto de partida que proponían Nietzsche y Jung: no es motivo de vergüenza, es la señal de que el monstruo, como posibilidad, también habita en ti. Reconocerlo —no negarlo, no proyectarlo en otro— es el único antídoto real.

La pantalla no ha creado un monstruo nuevo. Ha industrializado y acelerado el mismo mecanismo que Nietzsche advirtió, que Jung explicó, que Adorno midió y que Girard mostró como necesidad de todo grupo humano. La serie termina, entonces, donde debía empezar desde el primer día: no hablando del monstruo de fuera, sino invitando a cada lector a hacer, en la intimidad de su propia conciencia, su propio inventario.

 

 

Conclusiones

El recorrido realizado a lo largo de este ensayo —desde el aforismo de Nietzsche hasta las santas barbadas, pasando por Jung, Adorno, Girard y la aceleración digital— permite extraer un conjunto de conclusiones que entrelazan la psicología profunda, la filosofía moral, la antropología social y la crítica de la cultura contemporánea.

Primera conclusión: la advertencia nietzscheana es un diagnóstico estructural, no un consejo moral superficial. «Quien luche contra un monstruo debe asegurarse de que, en el proceso, no se convierta él mismo en un monstruo» no es una exhortación a la pureza ni una invitación a la pasividad. Es una advertencia sobre la lógica inevitable de toda lucha que se define por su oposición: el combate contra el enemigo exige aprender su lenguaje, adoptar sus tácticas y, finalmente, reproducir su gramática de poder. La victoria exterior siempre amenaza con ser una derrota interior si el combatiente no ha integrado su propia sombra. La metamorfosis del cazador en aquello que caza no es una excepción, sino la regla cuando la lucha se convierte en la razón de ser del sujeto.

Segunda conclusión: el «monstruo» exterior es siempre, ante todo, una proyección de la sombra. Jung nos enseña que aquello que más nos indigna, tememos o despreciamos en el otro es, invariablemente, un contenido inconsciente no reconocido en nosotros mismos. El monstruo no es un ente ontológico externo, sino la parte oscura, instintiva y reprimida de nuestra propia psique que hemos expulsado para poder atacarla sin culpa. Luchar contra el monstruo exterior es, desde esta óptica, un acto de evasión: cuanto más violentamente lo atacamos, más nos estamos atacando a nosotros mismos en un espejo, pero sin saberlo. La proyección no es un error ocasional, sino el mecanismo fundamental mediante el cual el ego mantiene su ilusión de pureza.

Tercera conclusión: la posesión por la sombra es el mecanismo psíquico que explica la metamorfosis del combatiente. Cuando fijamos nuestra libido en el enemigo, establecemos una participación mística con él. El ego, al sentirse justiciero, se infla y comienza a utilizar los mismos métodos que condena: la crueldad, el dogmatismo, la deshumanización. Ya no es el sujeto quien lucha; es el monstruo quien lucha a través de él, usando su cuerpo y su moral como disfraz. Esta posesión parcial es el verdadero significado de «convertirse en monstruo»: no un cambio de bando, sino una pérdida de la capacidad de distinguir entre la propia voz y la del arquetipo que nos ha capturado.

Cuarta conclusión: el abismo nietzscheano es el inconsciente colectivo. La segunda parte del aforismo —»y cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti»— adquiere su pleno sentido desde la psicología junguiana. El abismo no es un lugar físico, sino la capa profunda de la psique donde residen los arquetipos del Héroe, el Tirano, el Verdugo y el Destructor. Cuando el combatiente fija su mirada en el monstruo, su conciencia se asoma al inconsciente colectivo, y el arquetipo del monstruo se activa en él. El abismo no es pasivo: devuelve la mirada, reconoce al sujeto como suyo, y empieza a tejer sus sueños, sus emociones y sus actos desde esa energía primigenia, sin que el ego pueda controlarlo.

Quinta conclusión: la inflación heroica es el peligro político más subestimado. Quien lucha contra el monstruo suele identificarse con el arquetipo del Héroe. Pero el héroe que no reconoce su propia oscuridad cae en la inflación psíquica: se cree más grande, más puro y más importante de lo que es. Al sentirse el «elegido» para derrotar al mal, su ego se fusiona con el complejo del salvador. El héroe inflado pierde el sentido de la medida; como no integra su sombra, no tiene freno interno; todo se vale en nombre de la causa. Esa inflación es el mecanismo exacto por el cual el luchador se convierte en el siguiente tirano. El que mata al dragón se convierte en el dragón, porque se ha apropiado de su poder sin haber pagado el precio de mirarse a sí mismo.

Sexta conclusión: el hombre potencialmente fascista no es el «otro», es el vecino. Adorno nos mostró que la personalidad autoritaria no es una anomalía psicopática, sino una disposición latente en la cultura de masas: rigidez, sumisión a la autoridad, agresión hacia los transgresores, anti-intraceptividad, pensamiento estereotipado, proyectividad y preocupación punitiva por el sexo. Estos rasgos no definen a un monstruo excepcional, sino al ciudadano promedio cuando sus mecanismos de defensa psíquicos colapsan y la masa le ofrece un disfraz de héroe. El fascista potencial es aquel que no soporta la ambigüedad de su propia psique y necesita un enemigo externo para no enfrentar el caos interior.

Séptima conclusión: el resentimiento nietzscheano es el caldo de cultivo del fascismo. El hombre potencialmente fascista es un resentido crónico: siente que el mundo le debe algo y no se lo da; atribuye su fracaso no a su propia vida, sino a una conspiración. Su sueño no es la justicia, sino la venganza. Para Nietzsche, el resentimiento es el verdadero «monstruo interior»: el fascista no lucha por un ideal, lucha por envenenar la existencia del otro porque la suya le parece insoportable. La única vacuna contra este mecanismo es el amor fati: aceptar la propia vida con sus fracasos y límites sin buscar chivos expiatorios.

Octava conclusión: la dinámica del chivo expiatorio es estructural, no accidental. Girard nos mostró que el monstruo no es solo una proyección individual ni una disposición psíquica latente, sino una necesidad estructural del grupo. El deseo mimético genera rivalidad, y la rivalidad generalizada amenaza con destruir la comunidad. La salida es canalizar esa violencia difusa hacia una sola víctima, real o simbólica, a la que se acusa de ser la causa de todos los males. La comunidad no solo tolera al chivo expiatorio, lo necesita para no autodestruirse. Y para que el mecanismo funcione, todos deben creer sinceramente que la víctima es culpable.

Novena conclusión: la aceleración digital ha industrializado el mecanismo del chivo expiatorio. Lo que en la Alemania de los años treinta o en la Inquisición tardaba años en gestarse, hoy ocurre en el tiempo que tarda un tuit en hacerse viral. Las plataformas digitales no venden información, venden atención, y la indignación moral es el combustible más barato y rentable. El algoritmo premia el contenido que más reacción provoca, y odiar a un monstruo identificado es la reacción más fácil de producir en masa. El proceso de contaminación psíquica que Jung describía como lento, y el ritual social que Girard describía como ceremonioso, hoy se comprimen en segundos. En redes, cualquiera puede sentirse el héroe justiciero sin pagar ningún precio real: no hay riesgo, no hay diálogo, no hay mirada al abismo; solo un botón que confirma la propia virtud.

Décima conclusión: la única vacuna contra el fascismo es la integración de la sombra, y esa integración es intransferible. Ni Nietzsche, ni Jung, ni Adorno, ni Girard ofrecen una solución política colectiva que pueda aplicarse desde arriba. Todos coinciden en un punto: la verdadera batalla no se gana en las urnas ni en las calles (aunque también), sino en la intimidad de cada psique. El primer paso para no convertirse en fascista es reconocer que el fascista está en uno mismo, esperando su oportunidad. Ese reconocimiento no es motivo de vergüenza, sino la señal de que el monstruo, como posibilidad, también habita en nosotros. La integración de la sombra —esa capacidad de sostener la ambivalencia, de sentir odio sin actuar desde él, de desear poder sin convertirlo en destructividad— es el único antídoto real contra la posesión psíquica. Y ese proceso, por definición, es personal, intransferible y no delegable.

Undécima conclusión: el monstruo y lo sagrado son la misma cosa vista desde la incapacidad de sostener la ambigüedad. El análisis de las santas barbadas —Wilgefortis, Uncumber, Kummernis— y de la Magdalena Ventura de Ribera nos muestra que el «monstruo» no siempre es un enemigo político o una ideología; a veces es simplemente un cuerpo que no se deja clasificar. Durante siglos, estas figuras fueron veneradas como milagros; después, la Contrarreforma las persiguió y destruyó como «aberracciones grotescas»; más tarde, la Iglesia las descanonizó. La imagen no cambió: cambió la capacidad de la cultura para tolerar la ambigüedad que representaba. Lo que llamamos monstruoso —un cuerpo ambiguo, una santa con barba, un hombre vestido de mujer— es muy a menudo la forma que toma lo sagrado cuando todavía no tenemos lenguaje para nombrarlo de otra manera. La monstruosidad no reside en el cuerpo señalado, sino en la mirada de quien necesita señalarlo para sostener su propio orden interior. Y esa es la lección más profunda de toda la serie: el combate verdadero no es contra el monstruo de fuera, sino contra la necesidad de que exista un monstruo, sea para odiarlo o para venerarlo, con tal de no mirar de frente lo que de él llevamos dentro.

 

 

Para seguir explorando: cine y bibliografía

Cierro esta serie con algunas recomendaciones para quien quiera seguir tirando del hilo, más allá del texto.

 

Películas que abordan estos temas ordenadas según año

 

El señor de las moscas (1963, Peter Brook)

La naranja mecánica (1971, Stanley Kubrick)

Funny Games (1997, Michael Haneke)

American History X (1998, Tony Kaye)

El experimento (2001, Oliver Hirschbiegel)

El caballero oscuro (2008, Christopher Nolan)

La ola (2008, Dennis Gansel)

Hannah Arendt (2012, Margarethe von Trotta)

Un monstruo viene a verme (2016, J.A. Bayona)

El sacrificio de un ciervo sagrado (2017, Yorgos Lanthimos)

La zona de interés (2023, Jonathan Glazer)

 

Comentario general sobre el sentido de la selección

Vista en orden cronológico, la lista traza el mismo recorrido que la propia serie de textos: de la fábula universal sobre la crueldad latente en cualquier grupo humano (El señor de las moscas) a la advertencia distópica sobre el precio de querer erradicar el mal por decreto (La naranja mecánica), pasando por el ciudadano corriente que se descubre capaz de odio y violencia (Funny Games, American History X, El experimento), el pensador que intenta explicar cómo fue posible (Hannah Arendt), la advertencia pedagógica de que puede volver a pasar en cualquier aula (La ola), la vía interior de integración del monstruo como maestro y no como enemigo (Un monstruo viene a verme), el mecanismo social del chivo expiatorio en clave contemporánea (El sacrificio de un ciervo sagrado) y, finalmente, la banalidad del mal instalada en lo doméstico y cotidiano (La zona de interés).

No es una lista de «películas sobre el mal» en abstracto, sino una selección que insiste en un único punto: en todas ellas el monstruo no es un ser aparte, monstruoso por naturaleza, sino una posibilidad que se activa en personas comunes —niños, profesores, ciudadanos, familias— bajo ciertas condiciones psíquicas y sociales. El cine, aquí, no ilustra la teoría: la dramatiza y la hace sentir, que es precisamente lo que un texto filosófico no puede lograr por sí solo.

 

Mujeres barbudas

Las Versiones Pictóricas: Un Recorrido Visual

La imagen de la mujer barbuda ha aparecido en diversas obras a lo largo de los siglos, cada una con su propio contexto y matices:

 

  1. «La barbuda de Peñaranda» (c. 1590) de Juan Sánchez Cotán: Considerada una de las primeras representaciones, retrata a Brígida del Río. La obra se inscribe en la tradición de retratar «rarezas» en la corte, pero se destaca por un tratamiento humanizador de la modelo.

Juan Sánchez Cotán, La barbuda de Peñaranda (c.1590). Oil on canvas. 102 × 61 cm. Museo del Prado, Madrid

 

  1. «La mujer barbuda» (1631) de José de Ribera: La versión más famosa, también conocida como Magdalena Ventura con su marido e hijo. Es un óleo de grandes dimensiones que muestra a la protagonista dando el pecho, un detalle clave que afirma su feminidad a pesar de su apariencia viril.

 Jusepe de Ribera, La mujer barbuda (c.1631). Oil on canvas. 196 × 127 cm. Toledo, Palacio Lerma, Fundación Casa Ducal de Medinaceli. Currently deposited in the Museo del Prado, Madrid

 

  1. Dibujo de Francisco de Goya (c. 1816-1820): Titulado «Esta mujer fue retratada en Nápoles por José Ribera o el Españoleto», es un homenaje y reinterpretación de la obra de Ribera, que Goya conocía de la Real Academia de San Fernando.
  2. Santa Wilgefortis en el arte religioso: Una tradición iconográfica cristiana, particularmente popular en el norte de Europa, que representa a una santa crucificada con barba. El ejemplo más conocido es el tríptico de El Bosco (c. 1497). La leyenda cuenta que una princesa, para evitar un matrimonio no deseado, rezó para volverse repulsiva y le creció milagrosamente una barba, lo que la llevó al martirio.

 

 

Bibliografía

  • Friedrich Nietzsche, Más allá del bien y del mal (Alianza Editorial / Editorial EDAF) — aforismo 146.
  • Carl Gustav Jung, El hombre y sus símbolos (Editorial Paidós) y Aion: contribuciones al simbolismo del sí-mismo (Editorial Paidós).
  • Theodor W. Adorno, La personalidad autoritaria (Editorial Proyección, trad. de The Authoritarian Personality).
  • Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén: un estudio sobre la banalidad del mal (Editorial Lumen).
  • René Girard, La violencia y lo sagrado (Editorial Anagrama) y El chivo expiatorio (Editorial Anagrama).
  • Erich Fromm, El miedo a la libertad (Editorial Paidós).
  • Zygmunt Bauman, Modernidad y Holocausto (Ediciones Sequitur).
  • Jonathan Haidt, La mente de los justos: por qué la política y la religión dividen a la gente sensata (Editorial Deusto).
  • Byung-Chul Han, La sociedad de la transparencia (Editorial Herder) y En el enjambre (Editorial Herder).

 

 

Comentario general sobre la bibliografía

Ordenada por año de publicación original, la bibliografía dibuja el mismo recorrido que la propia serie de textos, pero en clave de ensayo en vez de ficción:

  • Nietzsche (1886) abre el diagnóstico como advertencia filosófica individual.
  • Fromm (1941) y Adorno (1950) lo trasladan a la posguerra inmediata, con la pregunta común de por qué millones de personas comunes cedieron su libertad y su juicio moral a una autoridad total.
  • Arendt (1963) da el salto decisivo: el mal no requiere monstruos extraordinarios, sino burócratas mediocres que simplemente «cumplen órdenes».
  • Jung (publicaciones a lo largo del siglo XX, aquí en ediciones de El hombre y sus símbolos y Aion) aporta la maquinaria psíquica interna que explica cómo se produce esa cesión: la proyección de la sombra.
  • Girard (1972 y 1982) añade la pieza antropológica que faltaba: por qué el grupo, no solo el individuo, necesita estructuralmente un chivo expiatorio para sostener su cohesión.
  • Bauman (1989) cierra el ciclo del siglo XX mostrando que ni siquiera hace falta odio para producir el mal a gran escala: basta la racionalidad burocrática y administrativa.
  • Haidt (2012) y Byung-Chul Han (2013 y 2014) traen el diagnóstico al presente: la psicología moral del tribalismo político y la aceleración digital de la indignación, que son la versión actualizada de los mismos mecanismos descritos décadas atrás.

Lo interesante de la lista, leída en conjunto, es que combina disciplinas distintas —filosofía, psicoanálisis y sociología/antropología— que llegan, por caminos independientes, a una misma conclusión: la monstruosidad no es una propiedad de ciertos individuos excepcionales, sino una posibilidad estructural, tanto psíquica como social, que se activa bajo determinadas condiciones (miedo, resentimiento, disolución de la responsabilidad individual, necesidad de cohesión grupal). No es, por tanto, una bibliografía centrada en «por qué existen los monstruos», sino en «qué condiciones hacen que cualquiera pueda convertirse en uno», que es exactamente el eje que ha sostenido toda la serie desde la Parte I.

Autor

Mikel García García

Médico y cirujano (Universidad Navarra, 1975). Psicólogo (Universidad San Sebastián, 1982). Psicoanalista junguiano. Formación experiencial y teórica en: Psicoanálisis, Terapia Sistémica Familiar, Psicoanálisis Reichiano (vegetoterapia caracteroanalítica), Psicología Analítica Junguiana, Psicoterapia Transpersonal. Experiencia de Muerte Cercana a los 33 años. Máster en “Astronomía y astrofísica” VIU (Universidad Valencia, 2014). Doctor Internacional en «Estudios Internacionales en Paz, Conflictos y Desarrollo», Universitat Jaume I (UJI Castellón, 2020). Máster en Fotografía Artística y Narrativa Visual (Universidad Internacional de la Rioja, 2022). Máster en Inteligencia Artificial (BIG SCHOOL, Madrid 2024) y Máster en Inteligencia Artificial (Universidad Isabel I, Madrid 2025). 

Colaborador con ONG médicas de intervención internacional, y en programas de formación a personal sanitario de atención Primaria; SIDA; maltrato infantil; muerte digna y a docentes. Especializado en maltrato infantil, trauma, duelo, tanatología, acompañamiento al muriente, integración de sistemas, estados de trance y místicos. Terapeuta de “Grupos de Duelo Online Ventana a ventana” desde confinamiento COVID-19. Psiconauta, antropólogo investigador del alma en la clínica médica y psicoterapéutica y trabajos de campo antropológicos cualitativos y cuantitativos, con énfasis en la Acción Participativa, docencia y divulgación psicopolítica de los hallazgos. Promotor de acciones participativas para el despertar del desierto interior y para la transformación social. Didacta  de la Sociedad Internacional Para el Desarrollo del Psicoanálisis Junguiano (SIDPaJ). Fotógrafo. Buceador. Alquimista. Hilozoísta. Hijo de Hermes. Creador herido. https://bit.ly/mikelcurriculum  iratxomik@gmail.com

Investigación generofatalisme.

Investigación generofatalisme.

Clica en este enlace

Para leer el planteamiento de la investigación y acceder a un formulario de recogida de datos

Esta página interactiva https://5tx5jqh7lexqk.ok.kimi.link/ presenta el marco teórico y el formulario https://forms.gle/jWN4NphbCioc4p326 (enero 2026) para participar en un proyecto de investigación psicológica que propone Mikel Garcia Garcia quien introduce el concepto de generofatalisme para describir el desánimo estructural que sienten las personas ante los mandatos rígidos del sistema patriarcal. El autor expande la noción previa de heteropesimismo —el desencanto de las mujeres hacia la heterosexualidad obligatoria— para abarcar una frustración universal que afecta a cualquier identidad de género u orientación sexual. A través de un análisis interdisciplinar, la obra examina cómo este malestar se manifiesta en la cultura pop contemporánea, la literatura y la mística espiritual, destacando la figura de Rosalía como un ejemplo de superación de estas dinámicas mediante el arte y la autonomía personal. Finalmente, el escrito integra perspectivas psicoanalíticas y junguianas para proponer que la sanación de este fatalismo requiere un proceso de individuación que trascienda las proyecciones y normas sociales impuestas. Estáis invitadxs a participar y difundir a quienes consideréis que pueden tener interés. Un saludo. Mikel Garcia

 

Mikel Garcia 30 enero 2026

 

 

Del deseo al éxtasis: la dimensión transpersonal del abrazo sexual

Del deseo al éxtasis: la dimensión transpersonal del abrazo sexual

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Del deseo al éxtasis: la dimensión transpersonal del abrazo sexual

 Mikel García García. 8 diciembre 2024

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Ensayo

Del deseo al éxtasis: la dimensión transpersonal del abrazo sexual

 Mikel García García. 8 diciembre 2024

 

Resumen

El ensayo desarrolla una visión integradora de la sexualidad humana que conecta la neurobiología, el psicoanálisis lacaniano, la psicología analítica junguiana, la orgonomía reichiana y la psicología transpersonal, todo ello atravesado por un diagnóstico agudo de la cultura digital contemporánea. Su tesis central es que el abrazo sexual, cuando se vive desde un yo suficientemente integrado, no es solo una experiencia de placer físico, sino una vía privilegiada de acceso a dimensiones transpersonales de la conciencia, siempre que no sea secuestrado por la lógica de la estimulación constante y la positividad tóxica.

El texto comienza describiendo el ciclo hormonal del abrazo sexual como un recorrido neuroquímico perfecto: el deseo, impulsado por dopamina y testosterona, moviliza al sujeto hacia el encuentro; la excitación, alimentada por adrenalina y noradrenalina, intensifica el contacto; el clímax libera oxitocina, prolactina, vasopresina y endorfinas, generando placer profundo y vinculación; y la resolución instaura un estado de calma, saciedad y ternura que permite el reposo. Este ciclo está diseñado para la satisfacción y la regulación energética, no para la acumulación incesante de estímulos.

Frente a este diseño natural, la cultura digital opera como un mecanismo de secuestro del deseo. Las pantallas emiten luz azul que bloquea la melatonina y eleva el cortisol, alterando el sueño y reduciendo la testosterona. Pero el daño más profundo es estructural: el algoritmo ofrece una sucesión infinita de objetos sustitutos que generan picos constantes de dopamina sin recompensa real, insensibilizando el sistema de placer y haciendo que el abrazo físico, que exige tiempo y vulnerabilidad, parezca «demasiado trabajo». La consecuencia es un círculo vicioso: más pantallas → menos melatonina → menos testosterona → más cortisol → menos oxitocina → menos abrazo sexual → más soledad → más pantallas para llenar el vacío.

Desde la perspectiva lacaniana, este secuestro se explica por la estructura del deseo: el objeto *a* es la causa inalcanzable que mantiene la búsqueda eterna; la pantalla se convierte en el nuevo Otro que dicta qué desear, y el cuerpo real del compañero resulta «aburrido» frente a la oferta infinita de imágenes. La solución no es abolir la tecnología, sino recuperar la capacidad de habitar la falta, de sostener la mirada y el silencio, y de elegir la calidad —un abrazo lento y presente— frente a la cantidad de estímulos vacíos.

El núcleo teórico del ensayo se despliega en la dimensión transpersonal del abrazo sexual. Para que la experiencia sexual trascienda la mera descarga mecánica y se convierta en una vía de crecimiento, el sujeto debe haber alcanzado lo que Reich denominó carácter genital: una estructura yoica capaz de sostener la ambivalencia, de diferenciarse del otro sin perder la conexión, de abandonarse al placer sin disolverse, y de integrar la sombra sin proyectarla. Este yo genital no sublima la libido genital, sino que la vive y la descarga, y al hacerlo trasciende sus propios límites de biomasa y conciencia.

El acceso a lo transpersonal se describe fenomenológicamente como un estado holístico de conciencia caracterizado por: totalidad (integración de distintos estados de conciencia), unidad (percepción de uno mismo y del otro como parte de un campo energético común), humildad (conciencia de ser parte de fuerzas mayores), seguridad interna (arraigamiento en el eje corporal), agradecimiento, reconciliación con la sombra, compasión, alegría, amor y cuidado del cuerpo y las relaciones. Estas dimensiones no son añadidos espirituales, sino la expresión natural de una sexualidad integrada que alcanza el corazón como centro de lo humano.

El ensayo establece una dialéctica fundamental entre Eros y Pathos. El pathos —el sufrimiento de la búsqueda inacabada, la herida de la falta, la memoria del parto como trauma fundacional— no es un enemigo que deba ser eliminado, sino el material mismo que el abrazo sexual puede transformar. El sujeto fijado en el pathos busca sin descanso, convierte al otro en objeto funcional a su angustia y queda atrapado en la repetición compulsiva. El sujeto genital, en cambio, integra el pathos sin negarlo ni quedar atrapado en él: su Eros es una fuerza relacional que convierte la herida en materia de placer, que abraza la finitud y la muerte como condiciones de la vida, y que no necesita de dioses ni dogmas para tocar lo sagrado, porque lo sagrado está en la carne misma.

En este punto, el texto conecta la experiencia sexual con las matrices perinatales de Stanislav Grof: el abrazo sexual recapitula el viaje del nacimiento —la fusión amniótica, la presión del parto, la batalla por la vida, la salida a la luz— y puede ofrecer una muerte y un renacimiento simbólicos que transforman al sujeto. Pero esta transformación solo es posible si el yo tiene suficiente consistencia para no desmoronarse; de lo contrario, la experiencia transpersonal se convierte en fascinación regresiva o en refugio pseudotranspersonal.

El ensayo advierte contra dos peligros simétricos: la represión sexual, que aliena al sujeto en sistemas religiosos o morales que le niegan el cuerpo; y la hipersexualidad compulsiva, que convierte el sexo en un consumo vacío sin vínculo ni transformación. Ambos extremos son formas de evitar la integración genuina. La salida no está en huir del cuerpo ni en disolver el yo, sino en fortalecer el yo para que pueda abrirse sin perderse.

Finalmente, el autor subraya el gesto radical de nuestro tiempo: elegir la calidad frente a la cantidad, la lentitud frente a la velocidad, el silencio frente al ruido, el abrazo presente frente al estímulo infinito. Recuperar la dimensión transpersonal de la sexualidad implica recuperar la capacidad de sostener la mirada, de habitar el cuerpo, de desear al otro como sujeto único, y de permitir que el placer —ese modulador del camino— nos devuelva a la vida con mayor conciencia, mayor amor y mayor libertad. Porque el espíritu, cuando es genuino, no se encuentra huyendo de la carne; se encuentra dentro de ella, como el fuego dentro de la leña, esperando que la respiración del abrazo avive la llama que siempre estuvo ahí.

 

Palabras clave:

Yo genital. Eros. Pathos. Objeto *a*. Matrices perinatales. Individuación. Transpersonal. Oxitocina. Secuestro digital. Calidad.

 

 

Contenido

El ciclo hormonal del abrazo sexual 3

Calidad frente a cantidad: el banquete neuroquímico. 4

El impacto de las pantallas: luz, hormonas y la trampa del objeto *a*. 5

Cuanto más uso de pantallas, menos abrazo sexual 6

El círculo vicioso completo. 7

Romper el ciclo sin dejar de usar tecnología. 7

La dimensión transpersonal del abrazo sexual 8

De la relación de objeto a la relación de sujeto. 8

  1. De la excitación sexual al encuentro con el otro. 9
  2. De los objetos a los sujetos: la relación sexual como espacio de diferenciación. 9

3.- La constelación de lo prepersonal: el Alma y los arquetipos. 10

4.- El abandono al cuerpo y la experiencia energética. 10

  1. El orgasmo genital 11

6.- La experiencia postorgástica como estado holístico de consciencia. 11

Cuerpo, espíritu y corazón. 12

Separación e individuación: el retorno transformado. 15

La función del abrazo sexual: crisol alquímico de transformación. 15

La sexualidad como vía de acceso a la totalidad. 16

El yo genital como condición para la auténtica experiencia transpersonal 17

El yo genital y la pareja: características de una relación integradora. Un encuentro en la falta. 18

Pathos-Placer: La dialéctica del cuerpo, el alma y el espíritu. 19

La represión sexual, la religión y lo pseudotranspersonal 25

Sexualidad, pantallas y transpersonalidad. 26

El desafío de la cultura digital y la estructura del deseo. 26

Epílogo. 29

 

 

El ciclo hormonal del abrazo sexual

El abrazo sexual constituye un ciclo neuroquímico perfecto: deseo → acción → recompensa → calma. Este recorrido no es meramente mecánico, sino que implica una profunda transformación del sujeto, tanto en su dimensión biológica como en su experiencia subjetiva.

Fase 1. El Deseo (la chispa inicial)

Aquí mandan la dopamina y la testosterona.

  • La dopamina es el combustible de la anticipación y la búsqueda, no de la recompensa en sí (esa es obra de los opioides endógenos y la serotonina). Se dispara ante la expectativa, la novedad o la atracción visual/olfativa, empujando al sujeto a iniciar el contacto.
  • La testosterona —en ambos sexos— enciende la libido y la búsqueda activa del acercamiento físico.

Fase 2. La Excitación (la brasa que arde)

Cuando el abrazo se intensifica con caricias, besos y contacto piel con piel:

  • Adrenalina y noradrenalina: aumentan el ritmo cardíaco, la tensión muscular y la atención plena.
  • Oxitocina (la hormona del vínculo) comienza a subir: el contacto físico y la temperatura corporal liberan esta hormona, generando confianza y conexión.

Fase 3. La Meseta y el Clímax (la explosión)

Justo antes y durante el orgasmo:

  • Oxitocina al máximo: provoca contracciones rítmicas y refuerza el vínculo.
  • Prolactina y vasopresina: ayudan a mantener la erección/lubricación y consolidan el apego a largo plazo.
  • Endorfinas y encefalinas: son los opioides naturales que generan el verdadero placer analgésico y la sensación de bienestar absoluto. Aquí la dopamina pasa a un segundo plano.

Fase 4. La Resolución (la calma después de la tormenta)

  • Prolactina y oxitocina se mantienen altas: generan somnolencia, relajación muscular y una profunda sensación de saciedad y ternura.
  • La dopamina y la adrenalina caen en picado: el deseo se apaga porque el objetivo se ha cumplido. Es el período refractario: el cerebro ya no necesita buscar porque ya ha encontrado.

La paradoja final: la oxitocina y las endorfinas permiten disfrutar del final y sentirse completo. Pero si la dopamina no cayera y el deseo no se saciara, nunca podríamos descansar. El ciclo está diseñado para que busques, encuentres, disfrutes y… vuelvas a buscar mañana.

 

Calidad frente a cantidad: el banquete neuroquímico

Cuando elegimos calidad sobre cantidad, el ciclo hormonal se transforma: pasamos del fast food dopaminérgico a un banquete neuroquímico.

  1. La dopamina se transforma (no desaparece). En lugar de dispararse con cada estímulo nuevo (cambiar de postura, mirar el móvil, pensar en otra cosa), se mantiene en un nivel estable y se enfoca en una sola fuente: la persona que tienes delante. El deseo no se agota porque no necesitas más, sino más profundo.
  2. La oxitocina tiene tiempo de construir. El contacto piel con piel prolongado, las miradas sostenidas, las pausas y los susurros hacen que la oxitocina se libere de forma gradual y constante. No es el pico rápido del orgasmo, sino una inundación lenta que genera confianza y apego real. Es la hormona que te hace decir «quédate aquí» en lugar de «¿y ahora qué?».
  3. Las endorfinas y la anandamida toman el relevo. Cuando alargas el encuentro sin prisa, el cerebro libera endorfinas (analgésicas y placenteras) y anandamida (la llamada «molécula de la felicidad»). Estas no piden más; piden permanecer. Generan una sensación de paz y plenitud que no necesita buscar fuera.
  4. La calma post-coital se convierte en el verdadero clímax. La prolactina y la oxitocina se mantienen altas durante más tiempo. El abrazo final no es un «adiós» ni un «descanso para la siguiente ronda». Es un espacio seguro donde ambas personas se regulan mutuamente. Es el famoso afterglow que puede durar horas o incluso todo el día siguiente.

La paradoja final de elegir calidad: al reducir la cantidad, el cerebro recalibra su sensibilidad. Necesitas menos estímulo para sentir placer, porque cada caricia, cada respiración y cada silencio ya están cargados de sentido. Y la dopamina del deseo vuelve a aparecer, pero esta vez no como ansiedad, sino como ilusión por repetir esa calidad. No porque tengas que buscar, sino porque quieres volver a encontrarte.

La «calidad» no consiste en atrapar finalmente el objeto (eso es imposible), sino en aprender a habitar la falta. Cuando el sujeto elige la calidad, deja de perseguir la novedad metonímica y se concentra en la singularidad del Otro. No busca llenar el vacío con estímulos, sino desea el deseo del otro en su profundidad. El abrazo lento es un modo de decir: «No necesito que seas todos los objetos del mundo; necesito que seas este sujeto, justo en su falta».

 

El impacto de las pantallas: luz, hormonas y la trampa del objeto *a*

La luz azul y la melatonina: el sueño sacrificado

No es solo el contenido de las pantallas, sino el tipo de luz que tus ojos reciben. Los dispositivos (móvil, ordenador, TV, tablet) emiten luz azul de alta energía, similar a la luz del mediodía. Tu cerebro interpreta esa luz como «es de día, no toca dormir».

  • La melatonina —hormona que marca el inicio del sueño y regula los ritmos circadianos— es inhibida completamente mientras la pantalla está encendida. Un estudio mostró que leer en una tablet antes de dormir reduce la melatonina en un 50% y retrasa el inicio del sueño en 90 minutos, comparado con leer un libro en papel con luz indirecta.
  • Consecuencias: tardas más en dormir, el sueño es menos profundo y te despiertas con menos reparación.

Otras hormonas afectadas por la luz nocturna

Hormona Efecto de la luz nocturna de pantallas
Cortisol Se mantiene elevado por la noche (cuando debería bajar), generando alerta y dificultad para relajarse.
Ghrelina y leptina (hambre/saciedad) Alteradas por el desajuste circadiano: más hambre nocturna y peor regulación del azúcar.
Serotonina Su producción depende del ritmo luz-oscuridad. La luz azul nocturna la desregula, afectando al estado de ánimo al día siguiente.
Hormona del crecimiento (GH) Se libera durante el sueño profundo. Si la melatonina no hace su trabajo, el sueño profundo se acorta y la GH disminuye.

El efecto directo de la luz (sin contenido, solo fotorrecepción)

Tus ojos tienen células ganglionares intrínsecamente fotosensibles (ipRGCs) que no ven imágenes, solo detectan luz azul. Estas células envían una señal directa al núcleo supraquiasmático (el reloj interno), que a su vez:

  1. Ordena a la pineal que pare la melatonina.
  2. Aumenta el cortisol para mantenerte despierto.
  3. Retrasa la caída de temperatura corporal necesaria para dormir.

Es un mecanismo de supervivencia: si hay luz, es de día, hay que estar alerta. Pero las pantallas han secuestrado ese mecanismo para engañar a tu cerebro todas las noches.

El ciclo de la pantalla y la dopamina

  1. La novedad constante → picos de dopamina. Cada notificación, cada «me gusta», cada nuevo vídeo que deslizas es un estímulo inesperado. Tu cerebro interpreta eso como una recompensa potencial y libera dopamina. La recompensa real no siempre llega, pero la expectativa sí. Y eso te mantiene enganchado, scrolleando sin parar.

Lacan nos explica por qué nunca encontramos del todo lo que buscamos:

El objeto *a* (causa del deseo): El deseo no tiene un objeto real, sino un objeto a, una causa perdida e inalcanzable que organiza la metonimia del deseo. Pasar de un vídeo a otro en TikTok, de una pareja a otra, o incluso de una caricia a otra en la búsqueda del éxtasis, no es solo dopamina; es la estructura misma del lenguaje que hace que el objeto siempre se desplace. El objeto *a* es lo que falta, y por eso lo buscas sin descanso.

El deseo del Otro: Para Lacan, el deseo es siempre «deseo del Otro» (en mayúscula, el Otro como tesoro de los significantes, como lugar de la ley y del reconocimiento). Esto significa dos cosas: Deseas ser deseado por el Otro (buscas su reconocimiento, su mirada). Deseas lo que el Otro desea (tu deseo se aliena en el deseo del otro, por eso imitas, compites o te fascinas por lo que tu pareja o la cultura consideran valioso).

Demanda, necesidad y deseo: Necesidad (biológica, hambre, sed, impulso sexual): se satisface con un objeto. Demanda (articulada en el lenguaje): cuando el niño pide amor, no solo pide leche. La demanda excede a la necesidad. Deseo: es el residuo de la demanda, aquello que no puede ser dicho ni completamente satisfecho. Por eso, incluso cuando obtienes el orgasmo, el deseo persiste al día siguiente; no porque la testosterona haya vuelto a subir, sino porque el lenguaje ha instalado en ti una falta permanente

  1. La recompensa intermitente. Es como una máquina tragaperras: no sabes cuándo te va a tocar algo interesante. Eso hace que la dopamina se dispare más que si supieras que siempre vas a encontrar algo bueno. Es el mecanismo de la adicción al juego.
  2. El cortisol también se activa. Las pantallas no solo elevan dopamina. También disparan cortisol ante noticias negativas, correos de trabajo o el miedo a perderte algo (FOMO). El cortisol te mantiene en alerta y te hace revisar el móvil para aliviar esa ansiedad… y al hacerlo, liberas dopamina. Es un círculo vicioso: estrés → reviso → dopamina → alivio temporal → más estrés.
Hormona Efecto de las pantallas
Dopamina Picos constantes, insensibilización del receptor (necesitas más estímulo para sentir lo mismo)
Cortisol Elevado crónicamente (ansiedad, insomnio, inflamación)
Oxitocina Disminuye el contacto real, las miradas y el abrazo físico; se reduce la liberación natural
Melatonina Bloqueada por la luz azul nocturna (sueño de peor calidad)
Endorfinas Menos espacio para el placer profundo y la calma

La trampa final: dopamina llama a dopamina

La dopamina no es el placer, es el deseo. La pantalla te dice:

  • «Mira, esto no te ha llenado… pero el siguiente sí.»
  • «Ya has visto esto, pero mira este otro.»
  • «Estás aburrido… abre TikTok.»

Y te mueves, buscas, deslizas… pero el placer real (satisfacción, oxitocina, endorfinas) no llega. Solo más deseo.

 

Cuanto más uso de pantallas, menos abrazo sexual

Esta relación no es casual: es una relación inversa directa que se retroalimenta.

  1. La pantalla te roba el tiempo y la energía (efecto «desplazamiento»). El tiempo frente a la pantalla es tiempo no disponible para tu pareja. Además, la luz azul y la sobrecarga cognitiva agotan tu sistema nervioso. Llegas a la noche con cortisol alto y energía baja. El deseo sexual necesita energía y relax; agotado y estresado, el cerebro prioriza sobrevivir, no reproducirse.
  2. La dopamina barata mata el deseo real. Cuando pasas horas recibiendo estímulos fáciles, tu umbral de dopamina se dispara. El sexo real, el abrazo físico, requiere esfuerzo, presencia y vulnerabilidad. Tu cerebro, acostumbrado a la recompensa instantánea, percibe el abrazo sexual como «demasiado trabajo» o «menos estimulante» que la pantalla. La pantalla te da deseo (dopamina), pero te quita el apetito por el placer real.
  3. La oxitocina se queda huérfana. El abrazo sexual libera oxitocina (vínculo) y endorfinas (placer profundo). La pantalla NO libera oxitocina. Si pasas 5 horas al día mirando una pantalla y 5 minutos abrazando, tu cerebro se entrena para asociar la recompensa con la luz, no con la piel. Con el tiempo, el abrazo empieza a sentirse «vacío» o «raro» porque el circuito de la oxitocina está atrofiado por falta de uso.
  4. La testosterona baja con la luz azul y el sedentarismo. Dormir mal (por la melatonina bloqueada) reduce la testosterona tanto en hombres como en mujeres. Menos testosterona = menos iniciativa para buscar el abrazo.
  5. La mirada se pierde. El abrazo sexual no es solo contacto físico. Empieza con la mirada. Las pantallas nos enseñan a mirar a través de ellas, no a mirar a los ojos. Cuando pierdes la costumbre de sostener la mirada, pierdes la conexión previa al abrazo.
  6. la pantalla no solo te roba el tiempo, sino que desplaza al Otro como lugar del deseo. El algoritmo se convierte en el nuevo Otro, el que te dice qué desear, y el cuerpo real del compañero se vuelve «aburrido» porque no puede competir con la oferta infinita de imágenes.

El círculo vicioso completo

Más pantallas (más objeto a, más metonimia)

→ Menos melatonina (peor sueño)

→ Menos testosterona (menos deseo)

→ Más cortisol (más estrés)

→ Menos oxitocina (menos vínculo)

→ El Otro (la pareja) se vuelve menos deseable que el algoritmo

→ Más dopamina fácil (buscas la pantalla para calmar la ansiedad)

→ Menos abrazo sexual

→ Más soledad

→ Más pantallas para llenar el vacío (pero el vacío es estructural, no se llena)

Así, el abrazo sexual se convierte en un recuerdo lejano, no porque no quieras, sino porque tu estructura psíquica, secuestrada por el algoritmo, ya no te empuja hacia la carne; te empuja hacia el destello de la pantalla.

 

Romper el ciclo sin dejar de usar tecnología

La buena noticia es que el cerebro es plástico. Algunas estrategias prácticas:

  1. Apaga las notificaciones no urgentes. Que el móvil no decida cuándo mirarlo.
  2. Establece horas sin pantalla: cena sin TV, primera hora de la mañana sin móvil, 30-60 minutos antes de dormir sin luz azul (ideal 2 horas).
  3. Modo nocturno y brillo mínimo si no puedes prescindir de la pantalla.
  4. Pantalla única: cuando veas algo, hazlo con atención plena (sin cambiar de pestaña).
  5. Sustituye el tiempo de pantalla por contacto real: una conversación, un paseo, un abrazo. Estos liberan oxitocina y endorfinas, que sí dejan saciedad.

Reducir pantallas 1 hora antes de dormir permite que el aburrimiento o el silencio te encuentren. Al principio cuesta, porque la dopamina se resiste. Pero al cabo de unos días, el abrazo, el roce, el olor del otro, vuelven a tener el poder que la pantalla les robó.

 

La dimensión transpersonal del abrazo sexual

Hasta aquí hemos descrito el ciclo desde una perspectiva neuroendocrina (dopamina, oxitocina) y estructural (Lacan: falta, objeto *a*). Preámbulos necesarios para la parte más compleja.

Lo transpersonal constituye una condición del desarrollo de la naturaleza humana. ¿Se trata de un proceso jerárquico, organizado en etapas escalonadas? ¿O, por el contrario, de un proceso dialéctico, caracterizado por movimientos regresivo-progresivos en los que el desarrollo implica tanto avances como retornos hacia niveles más profundos de la experiencia? Probablemente, la respuesta dependa también del modo en que se haya producido el desarrollo personal del sujeto y, particularmente, de si dicho desarrollo ha sido suficientemente sano o ha quedado condicionado por procesos patológicos, fijaciones y defensas caracteriales.

En esta comunicación defenderé la hipótesis de que el grado de maduración de la identidad psicosexual y de la función sexual constituye un determinante fundamental del modo en que el sujeto puede acceder a las dimensiones transpersonales de la experiencia.

Mi perspectiva actitud consiliente integradora en la que sexualidad y transpersonalidad no aparecen como dimensiones contrapuestas. Por el contrario, pueden entenderse como expresiones convergentes de un mismo proceso de desarrollo cuando el funcionamiento yoico ha alcanzado un grado suficiente de maduración. En el sujeto acorazado o caracterial, sin embargo, ambas dimensiones pueden aparecer desplazadas, escindidas o utilizadas de forma compensatoria. La sexualidad y lo transpersonal pueden convertirse entonces en modalidades de experiencia alienadas que, en lugar de favorecer el crecimiento, cumplen una función contrayoica, es decir, una función de oposición o compensación frente al yo.

El abrazo sexual no se agota en la química ni en la estructura. Cuando el sujeto está suficientemente integrado —lo que Wilhelm Reich denominaba carácter genital o yo genital—, la experiencia sexual puede abrir una dimensión transpersonal. Esta dimensión no es una huida del cuerpo ni una negación de la sexualidad, sino su culminación integradora.

Mi mirada está modulada por mi propia experiencia analítica y por mi formación en la Orgonomía de W. Reich y en la Psicología Analítica de C. G. Jung.

Con estas alforjas experienciales y epistemológicas inicio un acercamiento descriptivo-fenomenológico a la experiencia, siguiendo su devenir antes de intentar una elaboración teórica. Este modo de aproximación resulta especialmente adecuado para mi propio estilo de pensamiento, que podría caracterizarse, en términos junguianos, como el de un “intelectual introvertido”. El discurso que sigue intenta, además, dejar un espacio al llamado “inconsciente progresivo”, permitiendo que también este pueda “hablar”.

De la relación de objeto a la relación de sujeto

En un sujeto sano, la búsqueda de un objeto sexual —otro cuerpo investido de deseo— se transforma progresivamente en un encuentro entre sujetos. El otro deja de ser un objeto de satisfacción y se convierte en un tú reconocido. La elección recíproca, libre y consentida, establece un vínculo que trasciende la mera gratificación. En el encuentro sexual, la mirada del otro no es solo un estímulo visual que libera dopamina; es un llamado al reconocimiento. El juego erótico es, desde esta óptica, un intento de responder a la pregunta: «¿Qué soy yo para el deseo del Otro?»

1. De la excitación sexual al encuentro con el otro

Un sujeto percibe su despertar sexual. A partir de estímulos internos o externos aparece una carga sexual, una excitabilidad biofísica, una energía sexual somática que pone en marcha un proceso de libidinización y de deseo.

El sujeto puede recurrir entonces a su mundo interno para encontrar un objeto al que dirigir la pulsión sexual. Ese objeto es un otro investido con el ideal del yo del sujeto. Se construye así una fantasía sexual que puede acompañar el acto masturbatorio. El otro fantaseado continúa siendo un objeto, aunque ese objeto pueda ser incluso el propio sujeto. La masturbación constituye una actividad sexual no desprovista de un otro: el otro puede estar presente como figura fantaseada, como representación o como destinatario imaginario del deseo.

También puede buscarse ese otro en el mundo externo, iniciándose entonces un proceso de elección de objeto.

Un sujeto suficientemente sano busca en su entorno o campo de acción de acuerdo con la disponibilidad de los objetos y con su propio deseo. La expresión de la necesidad sexual puede implicar una cierta dimensión agresiva —en el sentido de hacer sentir al otro que es deseado y elegible—, pero debe mantenerse al mismo tiempo el respeto por su respuesta. El proceso culmina cuando el sujeto elige a quien, a su vez, lo elige a él. Se establece así un ejercicio recíproco de la libertad individual.

La convergencia de ambas elecciones resulta profundamente gratificante. Se reconoce y se es reconocido; se acepta y se es aceptado. Se establece un proceso circular que profundiza la vinculación y que puede experimentarse con alegría. En ese momento, los dos objetos iniciales dejan progresivamente de ser objetos y se reconocen como sujetos.

El vínculo se conecta entonces con el corazón y el flujo comunicativo se impregna de la capacidad de amar de ambos. Se produce una escalada de complicidad e interdependencia creativa: dos sujetos emprenden juntos un juego erótico en el que deseo, imaginación y fantasía se articulan en una acción común.

2. De los objetos a los sujetos: la relación sexual como espacio de diferenciación

Cada sujeto se afirma en su yo al mismo tiempo que reconoce aspectos más profundos de sí mismo y reconoce el yo del otro y el “nosotros” constituido por la relación. Cada yo ocupa una justa distancia respecto del otro: ni fusión indiferenciada ni separación defensiva.

Esta distancia permite reconocer los aspectos complementarios y opuestos de ambos sujetos, particularmente en relación con el género y con la identidad psicosomatosexual complementarias.

La equidistancia del contacto mantiene la consciencia de que ambos continúan siendo sujetos diferentes, individuos diferenciados con una finalidad radicalmente individual: la obtención del placer genital. Pero esa diferenciación coexiste con la consciencia de ser sujetos cómplices que participan en una interdependencia creativa.

El juego erótico constituye así una forma de cocreación comunicativa. Imaginación, deseo y fantasía se incorporan a una acción conjunta que permite transformar la tensión sexual en placer. El juego amoroso satisface progresivamente las pulsiones pregenitales —oculares, orales, anales, fálicas— y convierte el displacer asociado a la tensión en placer preliminar.

Puede formularse entonces una primera distinción:

El placer preliminar se fundamenta en la relación; el placer final, en la diferenciación.

Cada sujeto se experimenta como parte de un par antitético de opuestos que participa en una función común: el abrazo sexual. La primacía de la genitalidad, entendida como libido genital, orienta el proceso dialéctico entre pathos y eros, entre malestar y placer.

El proceso adopta una forma espiral: cada resolución de una tensión pregenital incrementa el placer y, al mismo tiempo, profundiza la complicidad entre ambos sujetos. Se producen así dos movimientos simultáneos: el placer bioenergético derivado de la descarga de tensión y el placer subjetivo derivado de la relación creada.

La función sexual puede entenderse, desde esta perspectiva, como una función común cocreada por dos sujetos y atravesada por una dialéctica bioenergética y psicológica entre tensión y placer.

 

Este proceso implica un movimiento dialéctico:

Diferenciación: cada yo ocupa una distancia justa respecto del otro, ni fusión indiferenciada ni separación defensiva.

Complementariedad: se reconocen los aspectos opuestos y complementarios (masculino/femenino, activo/receptivo) sin quedar atrapados en roles rígidos.

Cocreación: el juego erótico se convierte en una acción común donde imaginación, deseo y fantasía se articulan.

A medida que el proceso avanza, aumenta la intensidad bioenergética y adquiere mayor relevancia la relación. La excitación pasa progresivamente de la piel a la musculatura genital y lo genital comienza a orientar el proceso. Surge entonces el deseo-necesidad de interpenetración genital, que introduce una diferenciación específica de las posiciones sexuales: penetrar y/o ser penetrado.

3.- La constelación de lo prepersonal: el Alma y los arquetipos

En sujetos con poco inconsciente reprimido —es decir, con menor coraza caracteromuscular—, el encuentro sexual puede dinamizar objetos internos de carácter no personal. Desde una perspectiva junguiana, se constelan figuras como el Animus/Anima (las parejas internas contrasexuales) y arquetipos como la conjunctio (unión de opuestos) o el camino de la vida.

Estos objetos prepersonales no proceden de la interiorización de figuras parentales, sino que poseen una realidad psíquica propia. Su irrupción produce un sentimiento de contacto con algo profundamente interno, asociado a un descenso hacia la inmanencia del ser. El sujeto se experimenta entonces como más profundamente sí mismo y, simultáneamente, como más profundamente vinculado al otro.

La libido deja de estar centrada en la afirmación de la diferencia y se orienta hacia la unión relacional. El sujeto comienza a reconocerse desde una formulación diferente: «Yo soy mis relaciones».

4.- El abandono al cuerpo y la experiencia energética

En determinado momento, el sujeto se abandona al cuerpo. Las corrientes energéticas y vegetativas, los movimientos involuntarios y la respiración espontánea se imponen a la consciencia. El yo renuncia al control voluntario, pero no pierde la consciencia.

Aparece una regresión-progresión: el descenso hacia niveles más profundos de la corporalidad —la experiencia elemental de ser materia energética— permite una posterior expansión de la consciencia. Las fronteras corporales se difuminan, y el yo corporal pierde su carácter de límite absoluto. Puede emerger la intuición de la naturaleza impermanente e insustancial del propio yo.

En el orgasmo genital, el cuerpo participa globalmente en movimientos clónicos que pueden generalizarse por todo el organismo. En la fenomenología reichiana, estas corrientes energéticas se perciben con una dirección ascendente (genitales → cabeza por la parte posterior) y descendente (cabeza → genitales por la parte anterior), representadas psíquicamente como el movimiento zigzagueante de la kundalini.

La calma post-orgástica no es la abolición de la falta, sino un modo de habitarla. El yo genital no es el que se cura del deseo, sino el que sabe gozar sin pretender llenar el vacío. La experiencia transpersonal no es la conquista de un objeto total, sino el abrazo de la propia finitud y la conexión con el campo energético sin renunciar a la singularidad.

5. El orgasmo genital

Se experimenta entonces el orgasmo genital. Partiendo de los genitales, el cuerpo participa globalmente en movimientos suaves, armónicos y clónicos que pueden generalizarse por todo el organismo. En la fenomenología descrita desde el funcionalismo reichiano, estos movimientos pueden percibirse con una dirección ascendente desde los genitales hacia la cabeza por la parte posterior del cuerpo y descendente desde la cabeza hacia los genitales por la parte anterior.

Las corrientes energéticas experimentadas de este modo pueden representarse psíquicamente mediante el movimiento zigzagueante de dos serpientes: la kundalini.

Esta experiencia se vincula, dentro del modelo reichiano, al carácter genital.

6.- La experiencia postorgástica como estado holístico de consciencia

Tras el orgasmo, puede aparecer un conjunto de vivencias que configuran un estado holístico de consciencia:

  1. Totalidad: una lucidez que integra aspectos de diferentes estados de consciencia (ordinarios, oníricos, otros). Es una «supraconsciencia» que permite percibir la red de interconexiones entre fenómenos. La realidad se ilumina, y el sujeto se siente copartícipe de la creación.
  2. Unidad: el sujeto se percibe holísticamente —energía, cuerpo, psiquismo y dimensión transpersonal integrados— y experimenta una unión con el otro que incluye corrientes energéticas compartidas (experiencia de aura). Aparece una desilusión del dualismo, una disminución de la separatividad.
  3. Humildad: percepción de ser una consciencia pequeña inmersa en fuerzas misteriosas y poderosas que se experimentan como aliadas cuando el sujeto se abandona a ellas.
  4. Seguridad interna: derivada del contacto profundo con la esencia de la vida, asociada al eje de la columna vertebral y sus centros energéticos (chakras, segmentos corporales reichianos).
  5. Agradecimiento: hacia uno mismo, hacia el otro, hacia las fuerzas cósmicas y hacia la totalidad de relaciones que han hecho posible la existencia.
  6. Reconciliación: reconocimiento profundo del otro y de uno mismo en las respectivas sombras, utilizando la energía de las emociones sombrías para reforzar la identificación proyectiva. A diferencia del perdón (que puede contener una defensa), la reconciliación integra la sombra.
  7. Compasión: capacidad de «padecer con» el otro, sin sentimentalismo ni lástima.
  8. Alegría, humor y celebración: la expansión de la experiencia se acompaña de una renovada capacidad celebratoria.
  9. Amor: consecuencia de una sexualidad que alcanza el corazón como centro de lo humano. El amor no es un añadido, sino la manifestación de la integración lograda.
  10. Equilibrio: capacidad de permanecer centrado y enfocado, como testigo desidentificado pero en contacto profundo con las emociones.
  11. Cuidado del cuerpo, de la mente y de las relaciones: el sujeto reconoce lo que distorsiona la salud y desarrolla una actitud orientada hacia la sanación.

 

Cuerpo, espíritu y corazón

Estas características se organizan en tres dimensiones integradas: arraigamiento corporal (seguridad y cuidado), vivencias espirituales (totalidad, humildad, reconciliación) y corazón (compasión, alegría, amor, equilibrio). La experiencia holística consiste precisamente en su integración.

Profundización en estas características.

  1. Totalidad

La consciencia entra en un estado no ordinario caracterizado por una forma de dialogismo: una lucidez capaz de integrar aspectos procedentes de diferentes estados de consciencia —ordinarios, oníricos y otros— que habitualmente aparecen fragmentados.

Esta consciencia holística puede experimentarse como una supraconsciencia, es decir, como un estado de mayor integración y, subjetivamente, de mayor realidad, autenticidad o verdad.

Desde este estado, el yo puede elaborar conflictos y alcanzar insights. La experiencia parece depender del descenso inmanente hacia lo profundo de uno mismo, condición para que emerjan fuerzas latentes del inconsciente y para que determinados contenidos, habitualmente ausentes de la consciencia, aparezcan como realidades psíquicas vivas y actuantes.

La experiencia de las corrientes energéticas fundamenta, dentro de esta perspectiva, una percepción dialéctica del desarrollo de la consciencia: el estado progresivo surge como consecuencia de un descenso regresivo hacia la inmanencia.

Se trata de un ver que amplía la capacidad habitual de mirar. El insight supone que la elaboración de un conflicto libera un bloqueo y permite ver con claridad. La supraconsciencia añade un salto cualitativo: ya no se trata únicamente de mirar activamente diferentes facetas de la realidad, sino de percibir la red de interconexiones entre fenómenos, representaciones y experiencias.

Es una visión de luz: la realidad se ilumina y se hace visible la energía que la ilumina.

La experiencia puede comprenderse como un proceso de desvelamiento de una realidad latente que se hace consciente y se revela al sujeto con su verdad: aletheia, verdad como desocultamiento.

La realidad es creada, nombrada y reconocida al salir de la oscuridad de la sombra. El sujeto puede sentirse creador, medio de la creación y copartícipe de ella, con capacidad para modificar la realidad mediante su disposición a orientar y focalizar la energía en una determinada dirección.

En este sentido aparece también una dimensión creadora. La experiencia puede acompañarse de un proceso visionario, expresión creativa de esa visión lúcida.

Las visiones pueden entenderse como constructos complejos, fantasías autosimbólicas, que en ese estado de consciencia adquieren un extraordinario realismo sensorial. El sujeto puede recorrerlas activamente, seleccionar los elementos sobre los que centra su atención, contemplarlos, interactuar con ellos y, en cierta medida, dirigirlos.

La visión constituye una concretización del dialogismo. Es el resultado de una elaboración que se presenta fenomenológicamente como revelación y que puede funcionar posteriormente como una forma de instrucción orientadora para la acción en el estado ordinario de consciencia.

En ella convergen elementos personales de la historia del sujeto —relaciones objetales personales— y figuras arquetípicas —relaciones objetales prepersonales—. Estas últimas participan en la configuración del constructo visionario.

El sujeto puede experimentar la visión como una de las informaciones más completas y abarcadoras acerca de sus propios orígenes, precisamente porque parece ir más allá de lo estrictamente personal.

Puede tratarse de una visión del Alma, experimentada como “de espíritu” por sus componentes transpersonales, que elevan al sujeto hacia la trascendencia.

El yo genital es un yo capaz de dejarse morir, abandonarse a la experiencia, al otro, al misterio.

  1. Unidad

Con respecto a sí mismo, el sujeto puede percibirse holísticamente: energía vital, cuerpo, masa y materia aparecen integrados en un estado unitario.

La imagen puede aproximarse a la de un protozoo en el que todas las células participan de un mismo proceso de polarización y despolarización, sin una jerarquización rígida entre sistemas biológicos, psicología, psiquismo y dimensiones transpersonales. Esta imagen puede ponerse en relación con el llamado reflejo esquizofisiológico de McLean.

Aparece una cierta desilusión respecto de las referencias yoicas cotidianas y un contacto con un yo expandido.

En relación con el otro puede experimentarse una unión que incluye, dentro de la interpretación bioenergética, corrientes energéticas que englobarían a ambos sujetos en un sistema orgonótico pulsante común. Pueden aparecer también percepciones visuales o lumínicas interpretadas como aura.

Se produce así una desilusión del dualismo, es decir, una disminución de la experiencia habitual de separatividad.

Estas desilusiones implican pérdidas de referencias que pueden vivirse como pequeñas muertes psicológicas. La experiencia de pérdida puede verse incrementada por la vivencia de haber cedido un quantum de energía vital durante el orgasmo, energía que, dentro del modelo orgonómico, se devuelve al cosmos y favorece el sentimiento de unión biofísica.

  1. Humildad

Aparece la percepción de ser una consciencia pequeña inmersa en un mundo de fuerzas misteriosas y poderosas que pueden experimentarse como aliadas cuando el sujeto se abandona a ellas.

  1. Seguridad interna

La seguridad interna deriva del sentimiento de que, mediante el abandono, se establece un contacto profundo con la esencia de la vida.

En el plano corporal, esta experiencia puede asociarse al contacto con el eje de la columna vertebral y con sus centros energéticos, representados tanto en los siete segmentos corporales reichianos como, por analogía, en los chakras.

La columna constituye así un eje de realización simbolizado por el árbol vertical de la espina.

  1. Agradecimiento

Surge un sentimiento de agradecimiento que puede desplegarse simultáneamente en varias direcciones: agradecimiento a uno mismo por haberse permitido conectar con lo profundo; al otro por su presencia cómplice; a las fuerzas cósmicas de la vida y, finalmente, a la totalidad de las relaciones que han hecho posible la propia existencia.

  1. Reconciliación

Puede aparecer un sentimiento de reconciliación con la vida y con las relaciones objetales que anteriormente habían sido experimentadas de forma distorsionante.

La reconciliación favorece un acercamiento al objeto, una mayor tolerancia y calma interna. También guarda relación con la experiencia del perdón, aunque considero necesario distinguir ambos procesos.

En el perdón puede existir una tendencia a no quedar atrapado en los aspectos sombríos del otro, relegándolos a un segundo plano y, en cierta medida, negando la negatividad mediante una identificación proyectiva con sus aspectos positivos. En este sentido, el perdón puede contener una defensa frente a la sombra.

La reconciliación, por el contrario, implica reconocer más profundamente al otro y a uno mismo en las respectivas sombras, utilizando incluso la energía de las emociones y sentimientos sombríos para reforzar la identificación proyectiva.

El perdón puede funcionar mediante la renuncia a la rabia siempre que los participantes mantengan las reglas del juego, dentro de un sistema de regulación moral de las relaciones. En la reconciliación no resulta imprescindible un código moral explícito: opera una forma de moralidad natural.

El control necesario para mantener el perdón puede ser costoso y desgastante; cuando las reglas del juego se rompen, la sombra puede reaparecer. La reconciliación permite, en cambio, reconocer que la sombra forma parte de la relación y del propio sujeto.

  1. Compasión

Aparece una capacidad de empatizar con el sufrimiento del otro: “padecer con”, sin sentimentalismo ni lástima condescendiente.

  1. Alegría, humor y capacidad de celebración

La expansión de la experiencia puede acompañarse de alegría, humor y una renovada capacidad para celebrar la vida.

  1. Amor

El amor aparece como consecuencia de una sexualidad que alcanza el corazón como centro de lo humano.

En este sentido, una orientación transpersonal no necesita alejarse de la vida cotidiana. Por el contrario, puede manifestarse como una capacidad renovada para amar profundamente la vida, las formas vivas y, de manera particular, al compañero o compañera sexual.

  1. Equilibrio

El sujeto desarrolla una mayor capacidad para permanecer centrado y enfocado. Puede aparecer una posición de testigo, una parte de sí mismo no apegada y desidentificada respecto de las oscilaciones emocionales, pero simultáneamente en contacto profundo con ellas.

No se trata de eliminar las emociones, sino de poder permanecer en contacto con ellas sin quedar completamente identificado con su movimiento.

  1. Cuidado del cuerpo, de la mente y de las relaciones

Finalmente aparece la convicción de que es necesario mantener sano el cuerpo, la mente y las relaciones para poder experimentar una verdadera totalidad.

El sujeto comienza a reconocer aquello que distorsiona la salud y desarrolla una actitud orientada hacia la sanación.

 

La experiencia orgástica un estado no ordinario de consciencia caracterizado por una relativa pérdida de los límites biofísicos habituales y por una percepción expandida del cuerpo. Esta experiencia no equivale a una ausencia del cuerpo, sino a una transformación de su percepción: un cuerpo profundamente relajado, sin tensiones, despolarizado y experimentado como una unidad funcional.

Debe distinguirse esta experiencia de otras formas de a-corporeidad propias de estados psicóticos, experiencias psicodélicas, experiencias próximas a la muerte o determinadas prácticas meditativas, en las que la separación perceptiva respecto del cuerpo puede ser más marcada.

La dimensión espiritual aparece asociada a la experiencia de crecimiento y autorrealización. La expresión “trascender el yo” puede resultar tautológica: el yo genital sólo puede ser yo en la medida en que no queda rígidamente encerrado en sus propios límites energético-bio-psicológicos. La trascendencia sería entonces una experiencia inherente al funcionamiento de un yo suficientemente integrado, mientras que en sujetos caracterialmente acorazados puede convertirse en una solución compensatoria.

 

Separación e individuación: el retorno transformado

El abrazo sexual termina necesariamente en el movimiento de separación del otro. Cada sujeto retorna a su individualidad, pero puede hacerlo en un nivel de individuación más maduro. La relación no destruye la individualidad: la transforma.

El sujeto se experimenta como un individuo radicalmente solo, pero esta soledad no significa aislamiento; es el reconocimiento de que la individuación es necesariamente personal. El proceso implica una dialéctica continua de regresión y progresión: descenso hacia lo profundo y expansión hacia lo trascendente, utilizando la relación con el otro como condición y vehículo de desarrollo.

Puede mantenerse durante un tiempo un estado de supraconsciencia en el que el sujeto se experimenta como un individuo radicalmente solo. Esta soledad no significa aislamiento, sino reconocimiento de que la individuación es necesariamente personal.

El proceso implica una dialéctica continua de regresión y progresión: descenso hacia lo profundo y expansión hacia lo trascendente, utilizando la relación con el otro como condición y vehículo de desarrollo.

El otro es fundamental porque permite reconocer las propias necesidades, las necesidades del otro y la propia necesidad de nuevos encuentros. Desde esta perspectiva, los sucesivos «abrazos sexuales sagrados» son experiencias potencialmente renovadoras.

El sujeto puede llegar a reconocer una dimensión de deidad interna: «es dios» cuando se encuentra enfocado y conectado con su propia inmanencia, entendida como una pulsación de trascendencia. La libertad interior se experimenta entonces en el contacto con el flujo de la energía vital —la Energía Cósmica Primordial u Orgón, en el marco reichiano—.

 

La función del abrazo sexual: crisol alquímico de transformación

El abrazo sexual constituye una profunda experiencia dialéctica regresivo-progresiva. El sujeto participa holísticamente en un recorrido ontogenético —desde la existencia intrauterina hasta el presente— orientado por la libido genital y atravesando las fases pregenitales (oral, anal, fálica). Al mismo tiempo, la experiencia puede abrir el acceso a dimensiones filogenéticas o transpersonales en un estado no ordinario de consciencia.

En un sujeto con poca coraza caracteromuscular, los procesos regresivos y progresivos se autorrefuerzan circularmente. El abrazo sexual se convierte en un proceso alquímico: en el crisol de la relación se transmutan los sujetos participantes, y el fuego que realiza esa transformación es la energía vital expresada sexualmente como libido.

Según Reich, la libido es un quantum de energía vital excedente respecto de las necesidades del organismo para el mantenimiento de su salud biológica. Ese excedente busca una vía de salida de la vesícula de masa —el cuerpo— que lo contiene. Metafóricamente, la libido es «espíritu contenido» que intenta liberarse del cuerpo que lo contiene.

Existe una analogía simbólica entre energía sexual, necesidad sexual, libido, fuego y espíritu. Decimos “tengo un fuego que quema” para referirnos a la excitación sexual. El espíritu se representa tradicionalmente mediante el fuego, las hogueras y las llamas. También aparece la imagen del espíritu que se libera mediante la combustión del cuerpo de los muertos, purificando la materia.

La función del abrazo sexual puede resumirse en una doble dirección:

  • Arraigar lo personal en la inmanencia: descender al cuerpo, a la materia, a la energía elemental.
  • Abrir el acceso a lo trascendente: expandir la consciencia sin perder el enraizamiento.

Ambos movimientos son polos de un mismo principio funcional: el desarrollo del self. La expansión de la consciencia se convierte paradójicamente en un mayor enraizamiento del yo en su propia naturaleza.

Las informaciones consideradas trascendentes se incorporan al yo, transforman sus límites y amplían su funcionalidad. De este modo, la expansión de la consciencia puede convertirse paradójicamente en un mayor enraizamiento del yo en su propia naturaleza.

La salud bioenergética del cuerpo requiere, desde el modelo orgonómico, la descarga del excedente de energía vital. Y esa misma descarga puede convertirse en una vía de acceso a lo trascendente. Lo transpersonal se incorpora entonces a la vida cotidiana y, al incorporarse, deja paradójicamente de ser exclusivamente transpersonal.

 

La sexualidad como vía de acceso a la totalidad

La función sexual constituye, desde esta perspectiva, el modo más simple de reencontrarse con la totalidad. La simplicidad radica en la intimidad absoluta, en la ausencia de ritualización necesaria, en el abandono al instinto, en la libertad y en la radicalidad de la experiencia.

En el modelo orgonómico, lo sexual tiene la categoría de instinto —no de pulsión— porque sobredetermina al organismo, impone su bagaje de funcionamiento biopsicológico y persigue al sujeto sin poder ser eliminado por una decisión consciente.

Cuando el sujeto está atrapado en un funcionamiento caracterial (acorazado), la función del abrazo sexual pierde su perspectiva evolutiva y queda reducida a un funcionamiento parcial, escindido. La represión sexual fija al sujeto en un espacio de no evolución; los movimientos dialécticos continúan produciéndose, pero separados de su sentido original, en una reiteración compulsiva: la compulsión de repetición.

La represión sexual, desde las formas pregenitales, fija al sujeto en un espacio de no evolución. Los movimientos dialécticos continúan produciéndose, pero separados de su sentido original y enfrentados entre sí. El resultado es una reiteración compulsiva del mismo juego sin salida evolutiva: la compulsión de repetición.

El sujeto desarraigado busca entonces algún espacio en el que recuperar el arraigamiento. Ese refugio puede encontrarse incluso en uno de los polos de la función: en una práctica sexual compulsiva o en la trascendencia.

También puede recurrir a ambos polos simultáneamente, pero perdiendo su dialéctica y otorgando una prevalencia absoluta a uno sobre el otro.

En la sexualidad compulsiva, el otro deja de importar: importa el ego ensimismado, atrapado en sí mismo. La dimensión transpersonal queda negada.

En la trascendencia convertida en refugio ocurre lo contrario: se niega la sexualidad y se niega la materia corporal, que puede ser experimentada como cárcel o como un mero “cuerpo de alquiler”. Desde esta perspectiva, la falta de regulación energética corporal y la ausencia de descarga orgástica afectarían negativamente a la salud del organismo.

Cuando la sexualidad queda subordinada a la trascendencia, la práctica sexual puede utilizarse como medio para “cargar” al sujeto con vistas a acceder posteriormente a lo transpersonal. La descarga queda entonces impedida, retrasada o paralizada y, desde el modelo bioenergético, la repercusión sobre la salud sería negativa.

Las formas de trascendencia alcanzadas desde estos estados predominantemente egoicos pueden convertirse en experiencias pseudotranspersonales: compensaciones aparentemente evolucionadas, estereotipos ritualizados en los que la alienación y la pérdida de libertad y salud del individuo permanecen intactas.

La conducta hipersexual, el misticismo defensivo y determinadas formas de sexualidad tántrica pueden constituir ejemplos paradigmáticos de estas posiciones egoicas cuando se convierten en sustitutos de un proceso de integración.

El yo genital como condición para la auténtica experiencia transpersonal

El yo genital —sujeto con funcionamiento suficientemente sano— se encuentra en lo que Reich denomina contacto orgonótico: un proceso de autopercepción en el que el sujeto permanece simultáneamente en contacto con:

  • su self;
  • los objetos internalizados y los afectos asociados;
  • las funciones yoicas (memoria, pensamiento lógico-deductivo);
  • el otro u otros, a quienes necesita como objetos de satisfacción y agentes de crecimiento;
  • el medio (condiciones materiales, históricas, ecológicas).

Este estar en contacto es la base del conocimiento y de la capacidad de actuar con libertad.

El yo genital sublima la libido pregenital y pone esa sublimación al servicio de la integración entre natura y cultura. Pero no sublima la libido genital: mediante la potencia orgástica trasciende sus propios límites de biomasa, energía y self. En este sentido, es necesariamente ecológico, cósmico y transpersonal.

El yo genital no es la culminación de la autorrealización, sino la condición para que el proceso de autorrealización pueda continuar de manera genuina. Es un yo capaz de «dejarse morir» —abandonarse a la experiencia, al otro, al misterio— sin perder su autonomía.

¿Qué significa que el yo genital sea transpersonal?

Desde el funcionalismo orgonómico, lo transpersonal implica al menos estas dimensiones:

  1. Conciencia de pertenencia a un campo energético común. El sujeto se sabe inmerso en un océano cósmico de energía vital compartido con otros yoes y seres vivos. Incluso los seres inanimados pueden experimentarse como animados, en una vivencia de carácter racional-animista.
  2. Incorporación de la relación con el otro como consustancial a la propia naturaleza. Sin relación no hay un yo plenamente constituido. El sujeto descubre que su autonomía se realiza precisamente en una dependencia recíproca: necesita al otro para ser, existir conscientemente y autorrealizarse.
  3. La función sexual como autorregulación energética. La sexualidad se realiza siempre con un Otro (esté o no presente biofísicamente). El placer es la motivación subjetiva; la autorregulación energética es la motivación biofísica. En la descarga orgástica plena, el sujeto experimenta una relativa a-corporeidad: no ausencia del cuerpo, sino una percepción radicalmente distinta, como un sincitio protozoario con movimientos armónicos.
  4. La dimensión espiritual en el desarrollo. La energía vital es «inteligente», «conciencia pura» o «la esencia fundamental de toda realidad». El contacto consciente con las corrientes orgonómicas produce una vivencia espiritual. Además, a medida que el cuerpo deja de crecer, la percepción del cambio se desplaza progresivamente hacia lo espiritual.
  5. El problema de la trascendencia. Para Reich, el funcionamiento viviente es la esencia de la vida y no tiene fin trascendente. La búsqueda de un fin significativo nace de la coraza que abolió el funcionamiento viviente. Por ello, la expresión «trascender el yo» puede ser tautológica: el yo genital solo puede ser yo en la medida en que no se aferra rígidamente a sus límites. La trascendencia sería entonces una experiencia inherente al funcionamiento integrado, no una huida.

Como señala Reich en Éter, Dios y el diablo: “El funcionamiento viviente es la esencia misma de la vida, que no tiene ningún fin ni ninguna significación trascendente. La búsqueda de un fin significativo de la vida ha nacido de la coraza del organismo humano que abolió el funcionamiento viviente y lo sustituyó por fórmulas vitalistas rígidas”.

Por ello, no considero adecuado reducir lo transpersonal a lo prepersonal, como plantea Wilberg. En el desarrollo del yo genital se integran las distintas fases evolutivas y el término “transpersonal” puede convertirse, si se utiliza sin precisión, en otro reduccionismo.

El yo genital sublima la libido pregenital y pone esta sublimación al servicio de la integración entre natura y cultura, pero no sublima la libido genital. Al funcionar con potencia orgástica, trasciende sus propios límites de biomasa, energía y self.

En este sentido, el yo genital es necesariamente ecológico, cósmico y transpersonal y, por tanto, puede convertirse también en agente de transformación social, oponiéndose a que la construcción social de la realidad o el principio de realidad se establezcan exclusivamente sobre un orden derivado del “triunfo de los esclavos”, en la acepción de Nietzsche.

El yo genital no supone la culminación de la autorrealización. Es precisamente la condición para que el proceso de autorrealización pueda continuar siendo genuino y para que la fuerza evolutiva siga expresando potencialidades en niveles progresivamente más desarrollados y humanizados.

En el yo-carácter, en cambio, lo “trans” puede equipararse a lo “pre” cuando el sujeto queda fijado por sus experiencias básicas en una posición de desarrollo limitada.

Considero finalmente la posibilidad de que la dimensión espiritual funcione como una fuerza favorecedora del contacto y de la autocorrección liberadora, potencialmente implicada en la compensación de determinados traumas básicos. Sin embargo, esta función parece manifestarse sólo en ocasiones excepcionales, especialmente en crisis experienciales intensas, experiencias próximas a la muerte o enfermedades graves. En muchas otras circunstancias, la experiencia espiritual es recuperada por el carácter individual y por las estructuras sociales para justificar formas de alienación.

 

Dos afirmaciones aparentemente antitéticas son compatibles desde esta perspectiva:

  • «El espíritu, Dios, es libido sublimada» (describe la experiencia del sujeto acorazado).
  • «La libido es espíritu reprimido» (describe la función sexual como expresión de energía vital que busca salida).

 

El yo genital y la pareja: características de una relación integradora. Un encuentro en la falta

En relación con el otro íntimo —la pareja—, el yo genital establece relaciones enriquecedoras y recíprocas, caracterizadas por:

  1. Diferenciación: buena delimitación del otro como self distinto, sin fusión narcisista excesiva.
  2. Reciprocidad: mutuo dar y recibir, sin asimetrías maternofiliales.
  3. Autonomía: solidaridad profunda con la autonomía del otro, sin posesividad.
  4. Complementariedad sexual e identitaria: integración de los propios aspectos masculinos y femeninos y los del otro, sin sujeción a roles sociales rígidos.
  5. Potencia orgástica: capacidad de entrega y de descarga energética plena.
  6. Transformación recíproca: disposición al cambio propio y del otro cuando aparecen distorsiones, pero sin violentar la autonomía.

Estas características difícilmente se desarrollan plenamente cuando existen fijaciones caracteriales narcisistas, orales, anales, fálicas o edípicas.

El criterio último no sería, por tanto, cuánto se trasciende el yo, sino cuánto puede el yo expandirse sin dejar de ser sujeto, cuánto puede entregarse sin perderse y cuánto puede abrirse a la totalidad sin abandonar el cuerpo, la relación y la vida.

 

Pathos-Placer: La dialéctica del cuerpo, el alma y el espíritu

El placer no llega primero. Lo primero es siempre la espiral de la contractura que oprime la piel y la hiperexcitabilidad que quema la carne sin nombre. Ese malestar es el estado primigenio de la vida antes de saber que existe un afuera: una tensión biofísica que grita sin palabras y que solo conoce la urgencia de descargar.

El parto como tormenta fundacional. El parto es el arquetipo más humano, el más universal, porque todos lo hemos atravesado, y su memoria energética —aunque no sea consciente— es la matriz de todas las narrativas de sufrimiento y salvación.

El parto, pasaje violento y masaje cósmico, carga al feto como una nube antes de la tormenta; su piel es un tambor hiperexcitado y su boca una herida abierta que aún no sabe que es hambre. En esa cuna de dolor, el neonato emerge con una sola necesidad: descargar la tensión acumulada. Y entonces, el pezón, la succión, el primer desplome de la energía. Ese instante en que el recién nacido se funde con el cuerpo materno y chupa y se relaja no es todavía «placer» en el sentido humano, sino un alivio animal, un mecanismo evacuativo del pavor del alumbramiento. Pero la carne memoriza. La mucosa oral guarda el eco de ese contacto, y el otro cuerpo —reconocible por el olor antes que por la mirada— queda inscrito como el lugar donde la tormenta cesa. Ahí, en esa huella mnémica, nace la raíz del deseo.

El placer, en su esencia, es secundario: no es la causa, sino la consecuencia, la gratificación que sigue a la necesidad imperiosa, el premio que el instinto encuentra cuando el esquema heredado —buscar, succionar, encontrar— culmina en la paz biofísica. Sin el malestar previo no hay placer que lo dulcifique; sin la cuerda tensa no hay música en su aflojamiento. Ese rudimento de placer crea un fulcro, a partir del cual se construye la relación con el otro personal y transpersonal (lo inconsciente colectivo).

La doble faz de la motivación: Eros y Pathos

Pero cuando el objeto no aparece, cuando la búsqueda se frustra y el pezón no calma la tormenta, el afecto primigenio —el que debía ser placer— se transmuta en miedo, confusión y rabia, y la rabia, con el tiempo, se sedimenta en un pathos estructural. Un fulcro, atractor. El pathos no es el dolor físico: es el sufrimiento de la búsqueda inacabada, la herida que no cierra, la repetición de la frustración, esa fuerza que empuja al sujeto cuando el placer se ha vuelto un fantasma esquivo. Muchos viven toda su existencia movidos por este hilo roto: no buscan porque desean, buscan porque duele no encontrar.

Y, sin embargo, al pathos se le atribuye con demasiada frecuencia la tarea de enseñarnos el límite. Se dice que sufrir nos hace finitos, que doler nos recuerda que no somos dioses. Pero este es un error ontológico sesgado, porque Eros también conduce al límite. Eros encuentra el límite en el cuerpo del otro, que no es una extensión del propio; Eros encuentra el límite en la masa y en las leyes cósmicas que rigen la carne; Eros encuentra el límite en la muerte, que no es un castigo sino la condición de la vida finita.

La diferencia es radical. Pathos arrastra al sujeto hacia el límite como un condenado hacia su cadena; Eros, en cambio, conduce al sujeto hacia el límite como un amante hacia el abrazo. Eros no necesita del sufrimiento para reconocer la muerte: la abraza, la integra y, desde esa integración, impulsa una acción genuina, creativa y presente. Pathos solo sabe de la muerte como amenaza, y por eso construye dioses, sistemas, karma y pecado original, explicaciones que en el fondo son muletas para no mirar el vacío sin protección.

La dialéctica del placer: personal y transpersonal

El placer personal —la descarga orgástica, la autorregulación energética que Reich describió como la base de la salud biopsicosocial— es la puerta de entrada. En el abrazo sexual, la tensión de la excitación se resuelve en un temblor que recorre la columna, desarma la coraza muscular y devuelve al cuerpo a su ritmo pulsátil. Pero esa puerta se abre a otro umbral. Cuando el sujeto es suficientemente sano, cuando su yo no es una fortaleza acorazada sino una frontera permeable, el orgasmo no es solo una descarga: es un viaje. La energía asciende, la conciencia se expande, las fronteras del yo se difuminan y el sujeto se encuentra, por un instante, inmerso en la Totalidad, no como una idea sino como una experiencia carnal y lumínica a la vez.

Aquí el placer cambia de cualidad. En la dimensión personal, el malestar de la excitación se transmuta en placer orgástico; en la dimensión transpersonal, el malestar de la desilusión —perder las referencias egoicas, el cuerpo habitual y las certezas del yo— se transmuta en placer de reencuentro con lo numinoso. La dialéctica es la misma en ambos niveles, malestar que se vuelve tránsito que se vuelve placer final, pero el saldo cualitativo es abismal. El sujeto genital, el que ha integrado su libido sin reprimirla ni desbordarla, puede transitar ambas dimensiones sin perderse: un día el abrazo sexual le devuelve al cuerpo, otro día una meditación o un estado alterado le abre el cosmos, y elige con libertad según el momento existencial, sin que lo transpersonal se convierta en una fascinación adictiva ni en una huida de la materia.

La miseria del carácter y la trampa de lo sagrado

Pero el sujeto egoico, el acorazado, el fijado en posiciones pregenitales, el que carga con la represión sexual como un lastre, no tiene esa libertad. Su libido está atrapada; su placer, cuando llega, está teñido de pathos. El masoquista sexual es el arquetipo de esta tragedia: se somete al dolor corporal como único camino hacia una descarga precaria. El otro no es un compañero de viaje, sino un objeto funcional a su angustia; no hay cocreación, sino manipulación; no hay presencia, sino escenificación de heridas antiguas. El malestar de inicio está hipertrofiado, el placer final es pequeño, fugaz y conflictivo, y el abrazo se vuelve tan pesado y abrumador que finalmente se abandona, con las consecuencias devastadoras sobre la regulación energética y la salud mental.

Entonces, lo transpersonal llama a la puerta, pero el sujeto egoico no puede abrirla sin romperse. Por eso la religión, el karma, el pecado original y las espiritualidades de supermercado le ofrecen un dispositivo cognitivo segurizante: una explicación, un ritual, un código que le dice que sufre porque heredó errores, o porque el mal le acecha, o porque su ego es una ilusión que debe negar. Estos discursos son dulces, pero son trampas: criminalizan el carácter del sujeto —que no es más que su historia encarnada— y le exigen renunciar a sí mismo sin haber comprendido jamás el origen de su coraza. Lo transpersonal se vuelve entonces contrapersonal: un espacio donde el sujeto se aliena doblemente, negando su sexualidad y negando su singularidad en un mismo gesto.

La reconciliación en la carne

Existe, sin embargo, una salida, y no pasa por huir del cuerpo sino por hundirse más profundamente en él. El yo genital es un yo que puede morir —en el orgasmo, en el abandono, en la entrega— y reconstruirse; un yo que soporta la incertidumbre, que habita el vacío depresivo sin desmoronarse, y que reconstruye su identidad no como una fortaleza sino como un organismo vivo que respira. En este yo, Eros no necesita de Pathos para aprender el límite, porque el propio cuerpo es límite, la propia carne es frontera y la propia muerte es condición. Desde esa aceptación profunda —no resignada, sino amorosa— el placer se convierte en lo que siempre debió ser: una fuerza relacional que conecta al sujeto consigo mismo, con el otro y con el misterio que los envuelve, sin necesidad de dogmas, ni de culpabilización, ni de dioses que vigilen desde fuera.

La recompensa al duro camino

Al final, el placer no es un destino, sino el modulador del camino. Dulcifica el malestar del entrenamiento, del ayuno, de la espera, de la excitación, y también dulcifica el malestar de la desilusión, el vértigo de perder las certezas del yo para abrazar una conciencia más amplia. El sujeto sano, el que ha integrado su eros sin negar su pathos —pero sin dejar que este último sea el dueño de la partitura—, transita ambos registros con libertad. Lo transpersonal no ocupa un espacio de fascinación alienante, sino un espacio de investigación y crecimiento que enriquece el arraigamiento material del sujeto, que lo devuelve a la tierra más fértil, que no le pide que renuncie a su cuerpo, sino que lo habite con mayor hondura. Porque el espíritu, cuando es genuino, no se encuentra huyendo de la carne; se encuentra dentro de ella, como el fuego dentro de la leña, esperando que la respiración del abrazo —el roce, la entrega, el orgasmo, el silencio— avive la llama que siempre estuvo ahí. Pathos fue el maestro de la herida; Eros es el maestro del regreso. Y el placer, al final, es el nombre que le damos al hecho de que, a pesar de todo, la vida sigue buscando su propia plenitud.

Epigénesis del placer y el viaje a lo transpersonal

El viaje del placer no comienza en la cama ni en la mirada del otro: comienza en el útero, en la respiración líquida del amniota, en ese universo de ingravidez donde el feto flota sin fronteras, fundido con el cuerpo materno en una simbiosis que Jung llamaría participación mística y Reich describiría como la corriente orgonótica primigenia, un flujo energético sin interrupciones donde Eros reina como la respiración misma del cosmos, y el sujeto aún no conoce el pathos porque no hay falta ni límite que lo lastime, solo la pulsación rítmica del corazón de la madre y el rumor de sus vísceras como un océano sonoro que envuelve la carne incipiente.

Esta es la Matriz Perinatal I de Grof, la del universo amniótico, la fusión indiferenciada, el paraíso acuático que toda la vida recordará en los momentos de máxima plenitud y conexión, y el primer fulcro de este recorrido es precisamente el momento en que ese paraíso se ve amenazado, cuando las paredes uterinas comienzan a contraerse y el líquido que nutría se vuelve presión, cuando el espacio se reduce y el feto intuye que el jardín del que brota tiene un final, y ahí nace la primera herida, la del destierro del Edén, y la memoria celular inscribe esa pérdida como el origen de todo deseo: buscar regresar al estado de gracia que nunca volverá a ser igual.

Stanislav Grof llegó a las matrices desde el temblor del cuerpo de sus pacientes y el espasmo de sus propias observaciones clínicas. Fue un hallazgo empírico, inesperado, que desafió todo lo que su formación psicoanalítica le había enseñado sobre la estructura del inconsciente.

A principios de los años 50, en el Instituto de Investigación Psiquiátrica de Praga, Grof comenzó a utilizar LSD-25 como herramienta para explorar lo profundo de la psique y acelerar procesos terapéuticos que la palabra tardaba años en desbloquear. Al principio, como buen psicoanalista entrenado en la tradición freudiana, esperaba encontrar recuerdos biográficos reprimidos —escenas infantiles, conflictos edípicos, fijaciones orales o anales— que al ser traídos a la conciencia aliviaran el sufrimiento de sus pacientes. Y, efectivamente, esos recuerdos aparecían. Pero pronto se topó con un fenómeno que no encajaba en ninguna de las categorías que conocía. Grof se enfrentó entonces a un dilema teórico. Freud le ofrecía el inconsciente personal; Jung le ofrecía el inconsciente colectivo y los arquetipos; pero lo que estaba observando tenía una precisión secuencial, una estructura de fases que no se parecía a ninguna otra cosa. Y fue entonces cuando hizo la conexión que lo cambiaría todo: las sensaciones que describían sus pacientes eran idénticas a las fases del parto. No se trataba de que los pacientes recordaran conscientemente el parto —eso es imposible, porque el hipocampo no está maduro y no hay lenguaje para codificarlo— sino de que el trauma del nacimiento había quedado inscrito en la musculatura, en el sistema nervioso, en el flujo energético del cuerpo, y bajo la influencia de la sustancia, esa memoria somática emergía con una intensidad abrumadora. Grof comprendió entonces que el nacimiento no era solo un evento biológico: era el arquetipo fundamental de la muerte y el renacimiento, una plantilla filogenética que estructuraba toda experiencia de crisis, de transformación y de éxtasis. Y así, de la observación clínica y la escucha atenta de miles de sesiones psicodélicas, Grof destiló las cuatro Matrices Perinatales. Desde mi óptica este hallazgo fue una validación brutal de la idea de la coraza caracteromuscular: el parto es el primer gran espasmo de la vida, el primer momento en que el cuerpo se contrae para sobrevivir, y esa contracción se convierte en el molde de todas las futuras defensas, de todos los bloqueos energéticos y de todas las fijaciones neuróticas. Liberar la coraza, implicaba revivir el trauma del nacimiento, atravesar la angustia de la muerte simbólica para poder renacer a una sexualidad plena y a una conciencia expandida.

La Matriz Perinatal II es la de la expulsión inminente, el comienzo del parto cuando las contracciones rítmicas cierran el útero como un puño que aprisiona al feto, y ya no hay salida pero tampoco hay entrada, solo una presión oscura y creciente que no cesa y que no deja espacio para la respiración, y desde la perspectiva de Reich es aquí donde se forja la coraza caracteromuscular, porque el feto, al no poder escapar ni descargar, contrae sus músculos para contener el pavor, para sobrevivir a la asfixia del túnel sin luz, y esa contractura es el origen del primer armadura neurótica, la que luego se sedimentará en el carácter, y desde Jung es el encuentro con la sombra primordial, con el Otro hostil que no es el otro sujeto sino la materia misma que oprime y no cede, y el pathos se instala aquí con toda su crudeza como el sufrimiento sin objeto y sin razón, el sentimiento de estar atrapado en un espacio que se cierra y que no ofrece salida, el momento en que el feto se debate contra las paredes de su propio mundo y no hay pezón que alivie ni cuerpo externo que consuele, solo la repetición de la presión que sube y baja pero nunca desaparece, y el segundo fulcro de este proceso es la desesperanza, el instante en que el sujeto —feto, niño o adulto— se enfrenta a la evidencia de que el paraíso se perdió para siempre y que el camino de regreso está cerrado, y muchos quedan fijados aquí, en la queja perpetua y en la búsqueda obsesiva de un objeto que tape la falta, porque el otro —la pareja, la religión, la sustancia— se convierte en un sustituto del útero perdido, pero nunca basta porque la estructura del pathos ya está grabada en la carne como un latido de angustia.

La Matriz Perinatal III es el momento del pasaje por el canal del parto, la batalla entre la vida y la muerte, el descenso por un túnel que comprime y que exige una lucha titánica para avanzar, y Grof lo describe como una experiencia de muerte y resurrección donde el sujeto siente que va a perecer pero también que algo nuevo está naciendo, y desde Reich esta es la fase donde la coraza se tensa al máximo pero también donde el flujo energético —si el cuerpo lo permite— puede vencer la resistencia muscular y abrirse paso hacia la descarga, y desde Jung es el arquetipo del héroe que vence al dragón, la bajada a los infiernos de donde el yo debe salir transformado, y el tercer fulcro es el momento crítico de la rendición, el instante en que el feto —o el sujeto en su abrazo sexual— debe soltar la resistencia y entregarse al proceso, dejar de pelear contra la presión para confiar en la fuerza que lo empuja hacia afuera, y ahí Eros y Pathos libran su batalla más encarnizada porque Pathos grita «no puedo más, me voy a romper» mientras Eros susurra «déjate llevar, del otro lado está la luz», y en el abrazo sexual esta matriz revive cada vez que la excitación alcanza su punto de no retorno, cuando la tensión bioenergética se vuelve casi insoportable y el sujeto debe decidir si se abandona a la corriente o si frena por miedo a desintegrarse, y la potencia orgástica reichiana es precisamente esa capacidad de atravesar el túnel sin soltar la mano del otro, de sostener la vulnerabilidad del desmoronamiento sabiendo que la reconstrucción vendrá después.

La Matriz Perinatal IV es la salida del canal, la expulsión violenta hacia la luz, el primer grito que expande los pulmones y el contacto con la piel del mundo, y aquí el placer final orgástico encuentra su correlato más profundo porque la descarga energética no es solo un alivio muscular sino una explosión de vida que atraviesa todo el cuerpo, y desde Reich es la consumación del acto sexual cuando la energía asciende por la columna y se libera en ondas que recorren la periferia, y desde Jung es el nacimiento del sí mismo, la individuación que solo es posible después de haber integrado las sombras y los arquetipos que aparecieron en el viaje, y el cuarto fulcro es el reconocimiento de que la muerte no era el final sino el umbral, que el sufrimiento del túnel fue necesario para llegar a la totalidad, y en esa experiencia postorgástica el sujeto toca la dimensión transpersonal porque ya no es solo un individuo que descarga tensión sino una conciencia que se reconoce parte del océano cósmico, una chispa que emerge del fuego original y que sabe que volverá a él, y el pathos que acompañó las tres primeras matrices se transforma aquí en gratitud y en compasión porque el sufrimiento ha sido integrado como parte del viaje y no como su finalidad, pero este proceso solo se completa cuando el yo genital, ese que puede morir y renacer, ha atravesado las cuatro matrices con suficiente consciencia para no quedar fijado en ninguna de ellas.

El sujeto fijado en la Matriz I buscará eternamente la fusión con el otro sin diferenciación, querrá perderse en el abrazo como quien retorna al líquido amniótico, pero su abrazo será pegajoso y asfixiante porque no tolera la separación, y su pathos será el de la fobia al abandono, el miedo pánico a que el otro se aleje, y su Eros estará teñido de una necesidad infantil que nunca se sacia; el sujeto fijado en la Matriz II vivirá la sexualidad como una trampa, esperando siempre que el placer se convierta en dolor o que el otro lo aprisione, y su pathos será la desconfianza crónica, el sentimiento de que todo placer conduce a una celda, y su Eros estará bloqueado por la coraza que lo protege pero que también lo aísla; el fijado en la Matriz III convertirá el abrazo sexual en una batalla, en una lucha de poder donde el orgasmo es la victoria o la derrota, y su pathos será el de la competitividad, la necesidad de demostrar que puede soportar la tensión extrema, y su Eros estará herido porque el otro no es un compañero sino un adversario; y solo el que puede atravesar la Matriz IV sin quedarse en ninguna de las anteriores vive el abrazo como una celebración, como una cocreación donde el otro es testigo y cómplice del viaje, y su Eros es una fuerza que integra el pathos de las tres primeras matrices sin negarlo ni abolirlo, sino transformándolo en la materia misma del placer.

Ahora bien, este viaje transpersonal del que Grof propone matrices, no es un camino único ni universalmente accesible del mismo modo, y aquí la teoría del desarrollo de la conciencia ofrece dos grandes perspectivas que conviene deslindar para no caer en confusiones que alienan más que liberan. Por un lado, la posición de Ken Wilber, que propone un desarrollo jerárquico y escalonado de la conciencia, donde cada etapa supera a la anterior en un movimiento ascendente que va desde lo prepersonal a lo personal y de allí a lo transpersonal, un modelo que bebe más del pensamiento oriental y de la filosofía perenne que de la experiencia clínica, y que corre el riesgo de convertir el desarrollo en una escalera donde los escalones son inamovibles; por otro lado, la posición de Michael Washburn, más anclada en la práctica clínica, que plantea un movimiento dialéctico donde el yo debe construirse mediante una «represión primordial» de las fuerzas no-egoicas para luego, en un movimiento regresivo al servicio de la trascendencia, reconectarse con ellas y acceder a lo transpersonal, un modelo que reconoce la tensión entre el desarrollo yoico y las fuerzas arcaicas que lo preceden y lo exceden. Ambas posiciones coinciden, sin embargo, en un punto fundamental: el acceso a lo transpersonal requiere un devenir temporal, un tiempo de estructuración de la conciencia y de construcción de las bases personales, y sin esa condición, lo transpersonal puede ser un falso desarrollo —la célebre «falacia pre-trans» de Wilber, que confunde lo arcaico con lo trascendente— o un síntoma de compromiso defensivo, una compensación que sustituye la integración genuina por una huida hacia lo numinoso sin arraigamiento en el cuerpo y en la relación.

La presentación que he ido haciendo, al contemplar la función del abrazo sexual como el modo más integrativo de acceder a lo transpersonal, coincide con ambos planteamientos en la necesidad de asentar las bases personales antes de cualquier apertura a lo transpersonal, pero como clínico observo los procesos dialécticos en los pacientes —los movimientos regresivos y progresivos que son consecuencia y origen de la patología caracterial— y trabajo con un encuadre terapéutico que favorece la regresión al servicio del desarrollo progresivo, una regresión que no es una vuelta atrás sino un descenso hacia los fundamentos corporales, energéticos y simbólicos, que permite una posterior expansión de la conciencia, y esta dialéctica carácter-yo-sí-mismo está siempre al servicio de la maduración yoica para la individuación, porque el yo no es un enemigo que deba ser disuelto sino un aliado que debe ser fortalecido para poder abrirse sin desmoronarse.

Pero aquí se abre una cuestión crucial que la experiencia clínica no puede eludir: trabajar con pacientes —seres de pathos, sufrientes ya cuando llegan al tratamiento o que van a sufrir en el proceso de incrementar la conciencia— es trabajar empíricamente con patologías, y uno puede cometer el error cognitivo de «universalizar» como inmanente en la naturaleza humana modos de funcionamiento que están abrumadoramente presentes en lo patológico. Acostumbrados a observar el funcionamiento de sujetos con debilidad yoica, incapaces de abordar la pulsionalidad sin desestructurarse, podemos caer en el error de pensar que los potenciales no-egoicos son tan abrumadores que realmente hay que admitir la necesidad de una «represión primordial» de esas potencialidades para que el yo pueda construirse. Sin embargo, el propio Washburn apunta a que, en condiciones ideales —con padres amorosos, contenedores, estructurantes, en un campo relacional saludable— los niños pudieran tener una fuerza yoica suficiente como para no tener que hacer esa represión primordial, y desde la perspectiva reichiana y junguiana contemplo esta posibilidad como plausible si ambos progenitores tienen un funcionamiento de «carácter genital», es decir, si su propia libido no está fijada en posiciones pregenitales y su coraza caracteromuscular no obstaculiza el flujo energético y están conectados con su inconsciente colectivo.

Sin represión sexual en los padres, o si estos no la han resuelto, —sea pregenital o genital— la represión primordial no sería necesaria, y el desarrollo sería más lineal, más jerárquico, donde las funciones se adquieren, maduran y redefinen todo el desarrollo previo en una espiral con oscilaciones contractivo-expansivas, pero donde los potenciales no-egoicos, arquetípicos, están presentes como una fuerza más, junto a las relaciones objetales personales, determinando el flujo de crecimiento y desarrollo. En un niño así, ser consciente de lo transpersonal solo puede hacerse con un dispositivo yoico suficiente que requiere un tiempo de maduración, pero ese tiempo llegará antes que cuando hay represión primordial, porque no hay que desandar un camino de escisión para volver a conectar con lo que fue negado. Los aspectos pre-personales de lo transpersonal —esas fuerzas arcaicas que Grof sitúa en las matrices perinatales y Jung en los arquetipos— estarían actuantes como modulantes del propio desarrollo personal, no como amenazas que deben ser reprimidas, y los aspectos transpersonales de lo transpersonal tomarían presencia en la conciencia de un modo escalonadamente progresivo: desde las relaciones genitales infantiles —en las que el niño puede experimentar destellos de totalidad en el abrazo con los progenitores— hasta las relaciones genitales adolescentes, en las que la experiencia de acceso a lo transpersonal puede ser completa en toda su complejidad, porque el cuerpo ya ha madurado y el yo ya tiene la plasticidad suficiente para sostener la expansión sin fragmentarse.

Un desarrollo así integraría el desarrollo psicoafectivo sexual con el desarrollo de las fuerzas transpersonales, y los sujetos experimentarían un crecimiento yoico basado en la incorporación a la conciencia de realidades cada vez más complejas y abarcativas, pero siempre desde una experiencia de simplicidad y arraigamiento en la masa-tierra de la propia corporalidad, porque el espíritu no se encuentra huyendo de la carne sino habitándola con mayor hondura, y lo transpersonal como experiencia cotidiana sería una realidad, no una excepción ni un privilegio reservado a iniciados o a momentos de crisis. Hasta dónde llegaría el desarrollo de la conciencia en estas condiciones ideales, es una incógnita que ningún modelo teórico puede acotar, porque la vida misma es la que va trazando sus límites y sus horizontes, y el placer —esa brújula que nos orienta hacia la descarga y hacia la totalidad— seguirá siendo el modulador del camino, el nombre que le damos al hecho de que, a pesar de todo, la vida sigue buscando su propia plenitud, y el abrazo sexual, en esa búsqueda, sigue siendo el crisol donde el pathos de las heridas primordiales se transmuta en el Eros del regreso, y donde el yo, sin desaparecer, se expande lo suficiente para tocar, por un instante, la inmensidad que siempre lo sostuvo.

La integración solo es posible si el sujeto ha trabajado los fulcros, esos puntos de inflexión donde la repetición compulsiva puede detenerse y el flujo energético puede encontrar nuevos cauces, y Reich propuso que el carácter genital es el que puede abandonarse al orgasmo sin retener, ni coraza, y Jung propuso que la individuación es el viaje que reconoce los arquetipos sin quedar atrapado en ellos, y desde esa confluencia el abrazo sexual es una recapitulación de toda la historia perinatal y filogenética, un viaje en miniatura que dura minutos pero que contiene eones de evolución, y la experiencia transpersonal no es una escapatoria sino la culminación de ese viaje, el instante en que el sujeto comprende que su cuerpo es el límite pero que su conciencia puede expandirse más allá de la masa, que la muerte es una transición más en el ciclo de contracción y expansión que rige el universo, y entonces el pathos se convierte en el reconocimiento de la finitud que hace posible el abrazo, y Eros se convierte en la fuerza que impulsa a abrazar a pesar de esa finitud, y el placer es la señal de que la vida sigue moviéndose, pulsando, buscando su plenitud a través de los cuerpos que la habitan, y el sujeto genital —el que ha nacido varias veces en la intimidad del encuentro— sabe que cada abrazo sexual es un nuevo parto, una nueva batalla y una nueva resurrección, y que cada vez que elige entregarse al otro sin perderse, está tejiendo el puente entre la carne y el espíritu, entre la herida y el regreso, entre el pathos que lo formó y el Eros que lo redime, sin necesidad de dioses ni de dogmas, solo con el temblor de su propia columna y la respiración del otro que se funde con la suya en el ritmo inmortal de lo que siempre fue y siempre será: la vida que busca su propio nombre en el abrazo.

 

La represión sexual, la religión y lo pseudotranspersonal

La represión sexual no impide que el instinto busque vías de expresión, tanto para la descarga orgástica como para el contacto con la totalidad. Aparecen entonces espacios de compromiso —como las religiones— que canalizan parcialmente ambas necesidades, pero conservando componentes libidinales pregenitales que sitúan al sujeto en una posición oral y dependiente de sistemas externos.

Las religiones ocupan el espacio ambivalente de la madre protectora y del padre castrador, regulando el acceso a lo transpersonal mediante códigos cognitivos y rituales. Pueden permitir experiencias místicas, pero también generan alienación: desarraigan al sujeto de su cuerpo y dificultan su acceso directo a la totalidad.

La represión sexual es, por tanto, doblemente alienante. Produce sujetos egoico-caracteriales que necesitan estructuras jerarquizadas para acceder a lo transpersonal. Estas superestructuras se mantienen mediante la represión y, a su vez, producen nueva represión.

Cuando la sexualidad queda subordinada a la trascendencia —por ejemplo, en prácticas tántricas que retrasan la descarga para «cargar» al sujeto—, la repercusión sobre la salud es negativa desde el modelo bioenergético. Las formas de trascendencia alcanzadas desde estados predominantemente egoicos pueden convertirse en experiencias pseudotranspersonales: compensaciones aparentemente evolucionadas, estereotipos ritualizados que mantienen intacta la alienación.

Sexualidad, pantallas y transpersonalidad

La hipótesis central que emerge de este recorrido es que sexualidad y transpersonalidad no son dos territorios independientes ni opuestos. Pueden ser comprendidas como dos dimensiones de un mismo proceso de integración cuando el funcionamiento yoico ha alcanzado suficiente madurez.

El abrazo sexual puede constituir, en determinadas condiciones, una experiencia privilegiada de ese proceso. En él se articulan cuerpo, deseo, relación, diferenciación, abandono, placer, individuación y apertura a dimensiones que el sujeto experimenta como superiores o más profundas que su consciencia ordinaria.

El movimiento fundamental no sería escapar del cuerpo para alcanzar lo espiritual, sino descender suficientemente hacia el cuerpo para poder expandir la consciencia sin perder el arraigamiento. La regresión no sería necesariamente una vuelta atrás, sino un descenso hacia los fundamentos de la experiencia que hace posible una progresión posterior. La trascendencia no debería entenderse como huida de la inmanencia, sino como una expansión que solo puede sostenerse cuando existe un arraigamiento suficiente.

El sujeto se encuentra con el otro, se diferencia, se abandona al otro, se descubre en la relación, desciende hacia su propia profundidad corporal, experimenta la pérdida provisional de sus límites, accede a una experiencia de totalidad y finalmente retorna a sí mismo. Pero retorna siendo otro.

El desafío de la cultura digital y la estructura del deseo

La sociedad actual nos sobreestimula con dopamina barata —pantallas, pornografía, comida ultraprocesada, scroll infinito, notificaciones— y explota la metonimia del objeto *a*, lo que está rompiendo el ciclo natural del abrazo sexual y, por extensión, de cualquier vínculo humano profundo. Este ciclo de deseo → búsqueda → (si no hay placer) → más deseo explica por qué pasamos horas pasando de pantalla en patalla, revisando el móvil 150 veces al día o cambiando de pestaña sin motivo.

Las pantallas no solo alteran la melatonina y el cortisol; secuestran la estructura del deseo al ofrecer una sucesión infinita de objetos sustitutos. El ciclo de deseo → búsqueda → (si no hay placer) → más deseo explica por qué pasamos horas. La pantalla te da deseo (dopamina), pero te quita el apetito por el placer real.

La consecuencia es una trampa:

  • Deseo constante, pero placer fugaz: la dopamina pide más y más rápido, pero al llegar al clímax, las endorfinas y la oxitocina no tienen tiempo de asentarse porque ya estás pensando en la siguiente dosis.
  • El período refractario se alarga en lo físico, pero se acorta en lo mental: puedes tener relaciones y, a los 5 minutos, estar mirando el móvil. La oxitocina no logra consolidarse porque la dopamina ya está llamando de nuevo.
  • El abrazo post-coital se vuelve incómodo: sin la calma hormonal, muchas personas sienten ansiedad o vacío después del sexo.

Para recuperar el placer auténtico —esa calma con oxitocina y endorfinas— hay que aburrirse un poco, dejar de buscar, y permitir que la dopamina baje. Pero eso, en la era digital, es casi un acto de rebeldía.

Un camino de vuelta

La salud sexual no puede reducirse a la ausencia de síntomas o a la capacidad mecánica de obtener placer. Implica la capacidad de establecer una relación en la que dos sujetos puedan:

  • conservar su diferenciación sin perder la conexión;
  • entregarse sin desaparecer;
  • depender sin quedar sometidos;
  • experimentar placer sin convertir al otro en objeto;
  • acceder a dimensiones profundas de la experiencia sin convertirlas en refugios frente a la realidad.

El criterio último no sería, por tanto, cuánto se trasciende el yo, sino cuánto puede el yo expandirse sin dejar de ser sujeto, cuánto puede entregarse sin perderse y cuánto puede abrirse a la totalidad sin abandonar el cuerpo, la relación y la vida.

Reducir el uso de pantallas —especialmente 1 o 2 horas antes de dormir— no es solo una medida higiénica para mejorar el sueño. Es una condición neuroquímica para que el deseo real, el abrazo profundo y la experiencia transpersonal puedan volver a ser posibles. Porque la pantalla te da deseo, pero te quita el apetito por el placer real. Y el placer real —el que integra cuerpo, corazón y espíritu— no necesita buscar fuera: ya ha encontrado.

 

Conclusiones

El recorrido realizado a lo largo de este ensayo permite extraer una serie de conclusiones que entrelazan las dimensiones neuroendocrina, psicoanalítica, junguiana, reichiana y transpersonal del abrazo sexual, situándolas en el contexto de la cultura digital contemporánea.

Primera conclusión: el abrazo sexual como ciclo neuroquímico integrado. La sexualidad humana no puede reducirse a un mero impulso biológico ni a una construcción cultural arbitraria. Constituye un ciclo neurohormonal completo —deseo, excitación, clímax y resolución— que, cuando se despliega sin interferencias, ofrece al sujeto una experiencia de regulación energética, vinculación afectiva y bienestar profundo. La dopamina moviliza la búsqueda; la oxitocina y las endorfinas consolidan el vínculo y la calma. Este ciclo está diseñado para la satisfacción y el reposo, no para la acumulación infinita de estímulos.

Segunda conclusión: la cultura digital secuestra el ciclo natural del deseo. Las pantallas, el scroll infinito, las notificaciones y la pornografía de consumo rápido generan picos constantes de dopamina sin la correspondiente descarga de oxitocina y endorfinas. El resultado es un estado de deseo permanente sin plenitud: el sujeto busca sin encontrar, consume sin saciarse, y el abrazo sexual real —que exige tiempo, presencia, vulnerabilidad y entrega— se vuelve «demasiado trabajo» para un cerebro acostumbrado a la recompensa instantánea. La luz azul nocturna, al bloquear la melatonina y elevar el cortisol, deteriora la calidad del sueño y reduce la testosterona, cerrando un círculo vicioso que aleja al sujeto de su propia corporalidad.

Tercera conclusión: la dimensión transpersonal del abrazo sexual es real, pero no automática. No todo acto sexual abre la puerta a lo transpersonal. Para que el abrazo sexual trascienda la mera descarga mecánica y se convierta en una experiencia de totalidad, unidad, humildad, reconciliación y amor, se requiere una condición fundamental: que el sujeto haya alcanzado un grado suficiente de integración yoica —lo que Reich denominó carácter genital. Sin esa madurez, la experiencia transpersonal puede degenerar en fascinación regresiva, en búsqueda compulsiva de éxtasis o en refugio pseudotranspersonal que aliena al sujeto en lugar de liberarlo.

Cuarta conclusión: el yo genital es la condición de posibilidad de la auténtica experiencia transpersonal. El yo genital no es un yo perfecto ni exento de conflicto; es un yo capaz de sostener la ambivalencia, de diferenciarse del otro sin perder la conexión, de abandonarse al placer sin disolverse, y de integrar la sombra sin proyectarla. Este yo no sublima la libido genital: la vive, la descarga y, al hacerlo, trasciende sus propios límites de biomasa y conciencia. La trascendencia no es, entonces, una huida del cuerpo, sino una expansión que solo es posible desde un arraigamiento corporal profundo.

Quinta conclusión: la represión sexual y la positividad tóxica convergen en la misma alienación. La sociedad del rendimiento y la cultura digital exigen al sujeto ser feliz, productivo y optimista sin fisuras, al tiempo que saturan su deseo con estímulos que nunca sacian. Esta doble imposición —goza, pero no sufras; desea, pero no te detengas— produce un sujeto escindido que no puede elaborar el duelo, ni la frustración, ni la negatividad transformadora que todo crecimiento auténtico requiere. La vuelta al abrazo sexual pleno implica, por tanto, una resistencia política y existencial: recuperar el silencio, la pausa y la carne frente al ruido digital.

Sexta conclusión: la reconciliación entre Eros y Pathos es el núcleo de la salud sexual y espiritual. El pathos —el sufrimiento de la búsqueda inacabada, la herida de la falta— no es un enemigo que deba ser eliminado, sino el material mismo que el abrazo sexual puede transformar. Cuando el sujeto integra su pathos sin negarlo ni quedar atrapado en él, el placer deja de ser un premio evasivo y se convierte en una fuerza relacional que conecta cuerpo, corazón y espíritu. El orgasmo, desde esta perspectiva, es una recapitulación del parto, una muerte y un renacimiento simbólicos que permiten al sujeto emerger más consciente, más libre y más vinculado al misterio de la vida.

Séptima conclusión: la pareja integradora es el espacio privilegiado de la transformación. La relación sexual genuina no es un intercambio de objetos, sino un encuentro entre sujetos que se reconocen en su diferencia, que se eligen libremente, que cocrean un espacio de confianza y que se permiten ser transformados por el otro. En este espacio, la individuación no se ve amenazada, sino favorecida: el retorno a la propia soledad tras el abrazo no es un aislamiento, sino la afirmación de que la individuación es necesariamente personal, aunque se realice en relación.

Octava conclusión: la calidad frente a la cantidad es el gesto radical de nuestro tiempo. Frente a la lógica de la acumulación, la novedad constante y el estímulo infinito, elegir la calidad —un abrazo lento, una mirada sostenida, un silencio compartido— es un acto de rebeldía neuroquímica y existencial. No se trata de renunciar a la tecnología, sino de recuperar la capacidad de habitar el presente, de sostener la falta sin llenarla con objetos sustitutos, y de desear al otro no como un objeto más, sino como un sujeto único e insustituible.

Novena conclusión: la espiritualidad genuina no está reñida con la carne, sino que emerge de ella. La experiencia transpersonal alcanzada a través del abrazo sexual no es una negación del cuerpo, sino su culminación. El espíritu no se encuentra huyendo de la materia, sino habitándola con mayor hondura: como el fuego dentro de la leña, esperando que la respiración del abrazo avive la llama que siempre estuvo ahí. Recuperar la dimensión transpersonal de la sexualidad es, en última instancia, recuperar la posibilidad de una vida plena, encarnada, relacional y abierta al misterio que la sostiene.

 

Epílogo

Este ensayo ha pretendido trazar un mapa preliminar de un territorio que, pese a su centralidad en la experiencia humana, sigue siendo un vasto continente inexplorado en la intersección entre la psicología profunda, la neurobiología, la filosofía y la antropología de la tecnología. Hemos recorrido el ciclo hormonal del abrazo sexual, nos hemos asomado a la estructura del deseo desde la óptica lacaniana, hemos descendido a las matrices perinatales de Grof, hemos transitado por la dialéctica entre Eros y Pathos, y hemos constatado cómo la cultura digital secuestra el circuito natural del placer. Pero cada una de estas estaciones del viaje no es un destino, sino una pregunta abierta, una invitación a seguir indagando.

Lo que queda por investigar.

En primer lugar, la relación entre la integración yoica —el carácter genital reichiano— y la capacidad de acceso a estados transpersonales sigue siendo una hipótesis clínica que requiere una verificación empírica mucho más rigurosa. ¿En qué medida el desarrollo de la coraza caracteromuscular predice la calidad de la experiencia sexual y su potencial transformador? ¿Existen correlatos neurofisiológicos medibles entre la capacidad de abandono orgástico y los patrones de activación cerebral asociados a experiencias de totalidad y unidad? La neurociencia afectiva y la psicofisiología del orgasmo están todavía en sus inicios, y apenas comienzan a explorar las conexiones entre el sistema nervioso autónomo, la regulación del eje hipotálamo-hipófiso-gonadal y los estados alterados de conciencia inducidos por la experiencia sexual. La integración de la orgonomía reichiana —con su concepto de energía orgónica y su teoría de la coraza— con los modelos actuales de neuroplasticidad y regulación emocional constituye un desafío epistemológico fascinante que apenas ha sido esbozado.

En segundo lugar, la dimensión transpersonal del abrazo sexual plantea preguntas que desbordan el marco individual. Si la experiencia de unidad, totalidad y conexión cósmica no es una fantasía ni una ilusión, sino un estado de conciencia genuinamente accesible, ¿qué implicaciones tiene esto para nuestra comprensión de la naturaleza de la conciencia misma? ¿Estamos ante un fenómeno emergente de la complejidad cerebral o ante el acceso a una dimensión de la realidad que la ciencia convencional aún no ha podido integrar? La psicología transpersonal, desde Jung hasta Grof, ha sostenido que estas experiencias revelan aspectos fundamentales de la psique que no pueden reducirse a epifenómenos neurológicos. Pero la investigación empírica en este campo es todavía escasa, fragmentaria y a menudo marginada por el mainstream académico. Hace falta un programa de investigación que combine la fenomenología rigurosa, la neuroimagen funcional, la psicometría de estados de conciencia y el estudio longitudinal de sujetos que integran la sexualidad y la espiritualidad en su vida cotidiana.

En tercer lugar, el impacto de la cultura digital sobre la sexualidad y la intimidad está apenas comenzando a ser comprendido en su verdadera magnitud. El secuestro del deseo por parte de los algoritmos, la sustitución del cuerpo real por la imagen virtual, la atrofia de la capacidad de sostener la mirada y el silencio, la insensibilización dopaminérgica que convierte el abrazo físico en «demasiado trabajo» —todas estas dinámicas requieren investigaciones longitudinales que sigan a cohortes de usuarios a lo largo de años para determinar los efectos acumulativos sobre la salud sexual, la calidad de las relaciones y la capacidad de experimentar placer profundo. La pregunta no es solo cuánto tiempo pasamos frente a las pantallas, sino cómo esa exposición está reconfigurando nuestra arquitectura del deseo, nuestra sensibilidad corporal y nuestra disposición a la vulnerabilidad. Y esta pregunta no puede responderse solo desde la psicología individual: necesita una mirada antropológica, sociológica y política que sitúe el fenómeno en el contexto de la economía de la atención, el capitalismo de plataforma y la reconfiguración de los vínculos sociales.

En cuarto lugar, la relación entre la represión sexual y las formas de espiritualidad institucionalizada —religiones, escuelas místicas, prácticas tántricas comercializadas— sigue siendo un campo lleno de sombras y de promesas incumplidas. Hemos señalado el peligro de las experiencias pseudotranspersonales, aquellas que, en lugar de integrar el cuerpo y la sexualidad, los niegan o los subordinan a una supuesta elevación espiritual. Pero la investigación sistemática sobre las condiciones que diferencian una experiencia transpersonal auténtica de una compensación neurótica apenas se ha iniciado. ¿Qué criterios permiten distinguir entre una apertura genuina a la totalidad y una fuga regresiva? ¿Cómo puede la clínica psicoterapéutica acompañar procesos de desarrollo espiritual sin caer en el facilismo new age ni en el reduccionismo materialista? Estas preguntas exigen un diálogo sostenido entre la psicología profunda, la filosofía de la religión y la antropología de las prácticas espirituales, un diálogo que todavía está por construir.

En quinto lugar, la dimensión sociopolítica de la sexualidad integradora apenas ha sido esbozada. Si el yo genital —el sujeto capaz de amar, desear y entregarse sin perderse— es también un agente de transformación social, como sugiere el ensayo al mencionar la oposición al «triunfo de los esclavos» nietzscheano, entonces la investigación debe preguntarse por las condiciones históricas y estructurales que favorecen o dificultan el desarrollo de este tipo de subjetividad. ¿Qué tipo de educación sexual, afectiva y emocional podría promover la integración entre Eros y Pathos en lugar de la escisión? ¿Qué políticas públicas podrían contrarrestar el secuestro digital del deseo y restaurar el espacio para la intimidad, la lentitud y el silencio? ¿Cómo pueden las instituciones —la escuela, la familia, el sistema sanitario— contribuir a la formación de sujetos genitales, en lugar de reproducir la represión y la alienación? Estas preguntas son urgentes y, sin embargo, apenas comienzan a formularse en el debate público.

En sexto lugar, y quizá más fundamentalmente, la propia noción de «lo transpersonal» requiere una revisión crítica a la luz de los desafíos contemporáneos. La experiencia transpersonal no es un estado fijo ni un logro definitivo; es un horizonte que se desplaza a medida que el sujeto se transforma, un proceso dialéctico en el que cada apertura a la totalidad exige un nuevo arraigamiento, cada expansión de la conciencia exige un nuevo descenso al cuerpo. La investigación futura deberá abandonar los modelos jerárquicos y lineales del desarrollo espiritual para adoptar perspectivas más complejas, sistémicas y dialógicas, que reconozcan la irreductible singularidad de cada trayectoria y la imposibilidad de encajar la experiencia transpersonal en categorías universales.

Queda también por explorar con mayor profundidad la conexión entre la experiencia transpersonal del abrazo sexual y las tradiciones contemplativas de Oriente y Occidente. El tantra, el zen, la mística sufí, la tradición hesicasta cristiana y el chamanismo han desarrollado durante milenios mapas de la conciencia y prácticas de transformación que convergen sorprendentemente con la fenomenología aquí descrita. Pero la integración de estos saberes con la psicología contemporánea y la neurociencia es todavía un proyecto inacabado, lleno de riesgos de apropiación cultural, simplificación y comercialización. Hace falta una investigación que respete la profundidad de esas tradiciones sin caer en el exotismo ni en el relativismo, y que sea capaz de extraer de ellas principios operativos aplicables a la clínica y a la vida cotidiana.

Finalmente, el ensayo ha apuntado hacia una dirección que merece ser desarrollada mucho más: la relación entre la salud sexual y la salud ecológica. El yo genital, decíamos, es necesariamente ecológico, cósmico y transpersonal. Esto implica que la capacidad de experimentar placer, conexión y totalidad en el abrazo sexual no es independiente de nuestra relación con el entorno natural, con el territorio, con la comunidad de seres vivos que nos rodean. El secuestro digital del deseo no es solo una crisis individual, sino un síntoma de una desconexión más amplia: la separación entre el cuerpo y la tierra, entre la carne y el cosmos, entre el placer y la vida. Investigar esta conexión —y las prácticas que podrían restaurarla— es quizá una de las tareas más urgentes y fascinantes del pensamiento contemporáneo.

En definitiva, este epílogo no es un cierre, sino una apertura. La investigación sobre la dimensión transpersonal de la sexualidad está en sus albores, y cada una de las preguntas formuladas a lo largo de este ensayo es, al mismo tiempo, una invitación a seguir indagando, a seguir descendiendo al cuerpo, a seguir abrazando al otro y a seguir permitiendo que el misterio nos transforme. La ciencia, la filosofía y la clínica están llamadas a encontrarse en este territorio común, no para agotarlo con explicaciones, sino para habitarlo con la humildad de quienes saben que el conocimiento verdadero comienza donde la certeza termina: en el temblor del encuentro, en la respiración compartida, en el instante en que el yo se abre a la totalidad sin dejar de ser él mismo.

Autor

Mikel García García

Médico y cirujano (Universidad Navarra, 1975). Psicólogo (Universidad San Sebastián, 1982). Psicoanalista junguiano. Formación experiencial y teórica en: Psicoanálisis, Terapia Sistémica Familiar, Psicoanálisis Reichiano (vegetoterapia caracteroanalítica), Psicología Analítica Junguiana, Psicoterapia Transpersonal. Experiencia de Muerte Cercana a los 33 años. Máster en “Astronomía y astrofísica” VIU (Universidad Valencia, 2014). Doctor Internacional en «Estudios Internacionales en Paz, Conflictos y Desarrollo», Universitat Jaume I (UJI Castellón, 2020). Máster en Fotografía Artística y Narrativa Visual (Universidad Internacional de la Rioja, 2022). Máster en Inteligencia Artificial (BIG SCHOOL, Madrid 2024) y Máster en Inteligencia Artificial (Universidad Isabel I, Madrid 2025). 

Colaborador con ONG médicas de intervención internacional, y en programas de formación a personal sanitario de atención Primaria; SIDA; maltrato infantil; muerte digna y a docentes. Especializado en maltrato infantil, trauma, duelo, tanatología, acompañamiento al muriente, integración de sistemas, estados de trance y místicos. Terapeuta de “Grupos de Duelo Online Ventana a ventana” desde confinamiento COVID-19. Psiconauta, antropólogo investigador del alma en la clínica médica y psicoterapéutica y trabajos de campo antropológicos cualitativos y cuantitativos, con énfasis en la Acción Participativa, docencia y divulgación psicopolítica de los hallazgos. Promotor de acciones participativas para el despertar del desierto interior y para la transformación social. Didacta  de la Sociedad Internacional Para el Desarrollo del Psicoanálisis Junguiano (SIDPaJ). Fotógrafo. Buceador. Alquimista. Hilozoísta. Hijo de Hermes. Creador herido. https://bit.ly/mikelcurriculum  iratxomik@gmail.com