Del deseo al éxtasis: la dimensión transpersonal del abrazo sexual

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Del deseo al éxtasis: la dimensión transpersonal del abrazo sexual

 Mikel García García. 8 diciembre 2024

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Ensayo

Del deseo al éxtasis: la dimensión transpersonal del abrazo sexual

 Mikel García García. 8 diciembre 2024

 

Resumen

El ensayo desarrolla una visión integradora de la sexualidad humana que conecta la neurobiología, el psicoanálisis lacaniano, la psicología analítica junguiana, la orgonomía reichiana y la psicología transpersonal, todo ello atravesado por un diagnóstico agudo de la cultura digital contemporánea. Su tesis central es que el abrazo sexual, cuando se vive desde un yo suficientemente integrado, no es solo una experiencia de placer físico, sino una vía privilegiada de acceso a dimensiones transpersonales de la conciencia, siempre que no sea secuestrado por la lógica de la estimulación constante y la positividad tóxica.

El texto comienza describiendo el ciclo hormonal del abrazo sexual como un recorrido neuroquímico perfecto: el deseo, impulsado por dopamina y testosterona, moviliza al sujeto hacia el encuentro; la excitación, alimentada por adrenalina y noradrenalina, intensifica el contacto; el clímax libera oxitocina, prolactina, vasopresina y endorfinas, generando placer profundo y vinculación; y la resolución instaura un estado de calma, saciedad y ternura que permite el reposo. Este ciclo está diseñado para la satisfacción y la regulación energética, no para la acumulación incesante de estímulos.

Frente a este diseño natural, la cultura digital opera como un mecanismo de secuestro del deseo. Las pantallas emiten luz azul que bloquea la melatonina y eleva el cortisol, alterando el sueño y reduciendo la testosterona. Pero el daño más profundo es estructural: el algoritmo ofrece una sucesión infinita de objetos sustitutos que generan picos constantes de dopamina sin recompensa real, insensibilizando el sistema de placer y haciendo que el abrazo físico, que exige tiempo y vulnerabilidad, parezca «demasiado trabajo». La consecuencia es un círculo vicioso: más pantallas → menos melatonina → menos testosterona → más cortisol → menos oxitocina → menos abrazo sexual → más soledad → más pantallas para llenar el vacío.

Desde la perspectiva lacaniana, este secuestro se explica por la estructura del deseo: el objeto *a* es la causa inalcanzable que mantiene la búsqueda eterna; la pantalla se convierte en el nuevo Otro que dicta qué desear, y el cuerpo real del compañero resulta «aburrido» frente a la oferta infinita de imágenes. La solución no es abolir la tecnología, sino recuperar la capacidad de habitar la falta, de sostener la mirada y el silencio, y de elegir la calidad —un abrazo lento y presente— frente a la cantidad de estímulos vacíos.

El núcleo teórico del ensayo se despliega en la dimensión transpersonal del abrazo sexual. Para que la experiencia sexual trascienda la mera descarga mecánica y se convierta en una vía de crecimiento, el sujeto debe haber alcanzado lo que Reich denominó carácter genital: una estructura yoica capaz de sostener la ambivalencia, de diferenciarse del otro sin perder la conexión, de abandonarse al placer sin disolverse, y de integrar la sombra sin proyectarla. Este yo genital no sublima la libido genital, sino que la vive y la descarga, y al hacerlo trasciende sus propios límites de biomasa y conciencia.

El acceso a lo transpersonal se describe fenomenológicamente como un estado holístico de conciencia caracterizado por: totalidad (integración de distintos estados de conciencia), unidad (percepción de uno mismo y del otro como parte de un campo energético común), humildad (conciencia de ser parte de fuerzas mayores), seguridad interna (arraigamiento en el eje corporal), agradecimiento, reconciliación con la sombra, compasión, alegría, amor y cuidado del cuerpo y las relaciones. Estas dimensiones no son añadidos espirituales, sino la expresión natural de una sexualidad integrada que alcanza el corazón como centro de lo humano.

El ensayo establece una dialéctica fundamental entre Eros y Pathos. El pathos —el sufrimiento de la búsqueda inacabada, la herida de la falta, la memoria del parto como trauma fundacional— no es un enemigo que deba ser eliminado, sino el material mismo que el abrazo sexual puede transformar. El sujeto fijado en el pathos busca sin descanso, convierte al otro en objeto funcional a su angustia y queda atrapado en la repetición compulsiva. El sujeto genital, en cambio, integra el pathos sin negarlo ni quedar atrapado en él: su Eros es una fuerza relacional que convierte la herida en materia de placer, que abraza la finitud y la muerte como condiciones de la vida, y que no necesita de dioses ni dogmas para tocar lo sagrado, porque lo sagrado está en la carne misma.

En este punto, el texto conecta la experiencia sexual con las matrices perinatales de Stanislav Grof: el abrazo sexual recapitula el viaje del nacimiento —la fusión amniótica, la presión del parto, la batalla por la vida, la salida a la luz— y puede ofrecer una muerte y un renacimiento simbólicos que transforman al sujeto. Pero esta transformación solo es posible si el yo tiene suficiente consistencia para no desmoronarse; de lo contrario, la experiencia transpersonal se convierte en fascinación regresiva o en refugio pseudotranspersonal.

El ensayo advierte contra dos peligros simétricos: la represión sexual, que aliena al sujeto en sistemas religiosos o morales que le niegan el cuerpo; y la hipersexualidad compulsiva, que convierte el sexo en un consumo vacío sin vínculo ni transformación. Ambos extremos son formas de evitar la integración genuina. La salida no está en huir del cuerpo ni en disolver el yo, sino en fortalecer el yo para que pueda abrirse sin perderse.

Finalmente, el autor subraya el gesto radical de nuestro tiempo: elegir la calidad frente a la cantidad, la lentitud frente a la velocidad, el silencio frente al ruido, el abrazo presente frente al estímulo infinito. Recuperar la dimensión transpersonal de la sexualidad implica recuperar la capacidad de sostener la mirada, de habitar el cuerpo, de desear al otro como sujeto único, y de permitir que el placer —ese modulador del camino— nos devuelva a la vida con mayor conciencia, mayor amor y mayor libertad. Porque el espíritu, cuando es genuino, no se encuentra huyendo de la carne; se encuentra dentro de ella, como el fuego dentro de la leña, esperando que la respiración del abrazo avive la llama que siempre estuvo ahí.

 

Palabras clave:

Yo genital. Eros. Pathos. Objeto *a*. Matrices perinatales. Individuación. Transpersonal. Oxitocina. Secuestro digital. Calidad.

 

 

Contenido

El ciclo hormonal del abrazo sexual 3

Calidad frente a cantidad: el banquete neuroquímico. 4

El impacto de las pantallas: luz, hormonas y la trampa del objeto *a*. 5

Cuanto más uso de pantallas, menos abrazo sexual 6

El círculo vicioso completo. 7

Romper el ciclo sin dejar de usar tecnología. 7

La dimensión transpersonal del abrazo sexual 8

De la relación de objeto a la relación de sujeto. 8

  1. De la excitación sexual al encuentro con el otro. 9
  2. De los objetos a los sujetos: la relación sexual como espacio de diferenciación. 9

3.- La constelación de lo prepersonal: el Alma y los arquetipos. 10

4.- El abandono al cuerpo y la experiencia energética. 10

  1. El orgasmo genital 11

6.- La experiencia postorgástica como estado holístico de consciencia. 11

Cuerpo, espíritu y corazón. 12

Separación e individuación: el retorno transformado. 15

La función del abrazo sexual: crisol alquímico de transformación. 15

La sexualidad como vía de acceso a la totalidad. 16

El yo genital como condición para la auténtica experiencia transpersonal 17

El yo genital y la pareja: características de una relación integradora. Un encuentro en la falta. 18

Pathos-Placer: La dialéctica del cuerpo, el alma y el espíritu. 19

La represión sexual, la religión y lo pseudotranspersonal 25

Sexualidad, pantallas y transpersonalidad. 26

El desafío de la cultura digital y la estructura del deseo. 26

Epílogo. 29

 

 

El ciclo hormonal del abrazo sexual

El abrazo sexual constituye un ciclo neuroquímico perfecto: deseo → acción → recompensa → calma. Este recorrido no es meramente mecánico, sino que implica una profunda transformación del sujeto, tanto en su dimensión biológica como en su experiencia subjetiva.

Fase 1. El Deseo (la chispa inicial)

Aquí mandan la dopamina y la testosterona.

  • La dopamina es el combustible de la anticipación y la búsqueda, no de la recompensa en sí (esa es obra de los opioides endógenos y la serotonina). Se dispara ante la expectativa, la novedad o la atracción visual/olfativa, empujando al sujeto a iniciar el contacto.
  • La testosterona —en ambos sexos— enciende la libido y la búsqueda activa del acercamiento físico.

Fase 2. La Excitación (la brasa que arde)

Cuando el abrazo se intensifica con caricias, besos y contacto piel con piel:

  • Adrenalina y noradrenalina: aumentan el ritmo cardíaco, la tensión muscular y la atención plena.
  • Oxitocina (la hormona del vínculo) comienza a subir: el contacto físico y la temperatura corporal liberan esta hormona, generando confianza y conexión.

Fase 3. La Meseta y el Clímax (la explosión)

Justo antes y durante el orgasmo:

  • Oxitocina al máximo: provoca contracciones rítmicas y refuerza el vínculo.
  • Prolactina y vasopresina: ayudan a mantener la erección/lubricación y consolidan el apego a largo plazo.
  • Endorfinas y encefalinas: son los opioides naturales que generan el verdadero placer analgésico y la sensación de bienestar absoluto. Aquí la dopamina pasa a un segundo plano.

Fase 4. La Resolución (la calma después de la tormenta)

  • Prolactina y oxitocina se mantienen altas: generan somnolencia, relajación muscular y una profunda sensación de saciedad y ternura.
  • La dopamina y la adrenalina caen en picado: el deseo se apaga porque el objetivo se ha cumplido. Es el período refractario: el cerebro ya no necesita buscar porque ya ha encontrado.

La paradoja final: la oxitocina y las endorfinas permiten disfrutar del final y sentirse completo. Pero si la dopamina no cayera y el deseo no se saciara, nunca podríamos descansar. El ciclo está diseñado para que busques, encuentres, disfrutes y… vuelvas a buscar mañana.

 

Calidad frente a cantidad: el banquete neuroquímico

Cuando elegimos calidad sobre cantidad, el ciclo hormonal se transforma: pasamos del fast food dopaminérgico a un banquete neuroquímico.

  1. La dopamina se transforma (no desaparece). En lugar de dispararse con cada estímulo nuevo (cambiar de postura, mirar el móvil, pensar en otra cosa), se mantiene en un nivel estable y se enfoca en una sola fuente: la persona que tienes delante. El deseo no se agota porque no necesitas más, sino más profundo.
  2. La oxitocina tiene tiempo de construir. El contacto piel con piel prolongado, las miradas sostenidas, las pausas y los susurros hacen que la oxitocina se libere de forma gradual y constante. No es el pico rápido del orgasmo, sino una inundación lenta que genera confianza y apego real. Es la hormona que te hace decir «quédate aquí» en lugar de «¿y ahora qué?».
  3. Las endorfinas y la anandamida toman el relevo. Cuando alargas el encuentro sin prisa, el cerebro libera endorfinas (analgésicas y placenteras) y anandamida (la llamada «molécula de la felicidad»). Estas no piden más; piden permanecer. Generan una sensación de paz y plenitud que no necesita buscar fuera.
  4. La calma post-coital se convierte en el verdadero clímax. La prolactina y la oxitocina se mantienen altas durante más tiempo. El abrazo final no es un «adiós» ni un «descanso para la siguiente ronda». Es un espacio seguro donde ambas personas se regulan mutuamente. Es el famoso afterglow que puede durar horas o incluso todo el día siguiente.

La paradoja final de elegir calidad: al reducir la cantidad, el cerebro recalibra su sensibilidad. Necesitas menos estímulo para sentir placer, porque cada caricia, cada respiración y cada silencio ya están cargados de sentido. Y la dopamina del deseo vuelve a aparecer, pero esta vez no como ansiedad, sino como ilusión por repetir esa calidad. No porque tengas que buscar, sino porque quieres volver a encontrarte.

La «calidad» no consiste en atrapar finalmente el objeto (eso es imposible), sino en aprender a habitar la falta. Cuando el sujeto elige la calidad, deja de perseguir la novedad metonímica y se concentra en la singularidad del Otro. No busca llenar el vacío con estímulos, sino desea el deseo del otro en su profundidad. El abrazo lento es un modo de decir: «No necesito que seas todos los objetos del mundo; necesito que seas este sujeto, justo en su falta».

 

El impacto de las pantallas: luz, hormonas y la trampa del objeto *a*

La luz azul y la melatonina: el sueño sacrificado

No es solo el contenido de las pantallas, sino el tipo de luz que tus ojos reciben. Los dispositivos (móvil, ordenador, TV, tablet) emiten luz azul de alta energía, similar a la luz del mediodía. Tu cerebro interpreta esa luz como «es de día, no toca dormir».

  • La melatonina —hormona que marca el inicio del sueño y regula los ritmos circadianos— es inhibida completamente mientras la pantalla está encendida. Un estudio mostró que leer en una tablet antes de dormir reduce la melatonina en un 50% y retrasa el inicio del sueño en 90 minutos, comparado con leer un libro en papel con luz indirecta.
  • Consecuencias: tardas más en dormir, el sueño es menos profundo y te despiertas con menos reparación.

Otras hormonas afectadas por la luz nocturna

Hormona Efecto de la luz nocturna de pantallas
Cortisol Se mantiene elevado por la noche (cuando debería bajar), generando alerta y dificultad para relajarse.
Ghrelina y leptina (hambre/saciedad) Alteradas por el desajuste circadiano: más hambre nocturna y peor regulación del azúcar.
Serotonina Su producción depende del ritmo luz-oscuridad. La luz azul nocturna la desregula, afectando al estado de ánimo al día siguiente.
Hormona del crecimiento (GH) Se libera durante el sueño profundo. Si la melatonina no hace su trabajo, el sueño profundo se acorta y la GH disminuye.

El efecto directo de la luz (sin contenido, solo fotorrecepción)

Tus ojos tienen células ganglionares intrínsecamente fotosensibles (ipRGCs) que no ven imágenes, solo detectan luz azul. Estas células envían una señal directa al núcleo supraquiasmático (el reloj interno), que a su vez:

  1. Ordena a la pineal que pare la melatonina.
  2. Aumenta el cortisol para mantenerte despierto.
  3. Retrasa la caída de temperatura corporal necesaria para dormir.

Es un mecanismo de supervivencia: si hay luz, es de día, hay que estar alerta. Pero las pantallas han secuestrado ese mecanismo para engañar a tu cerebro todas las noches.

El ciclo de la pantalla y la dopamina

  1. La novedad constante → picos de dopamina. Cada notificación, cada «me gusta», cada nuevo vídeo que deslizas es un estímulo inesperado. Tu cerebro interpreta eso como una recompensa potencial y libera dopamina. La recompensa real no siempre llega, pero la expectativa sí. Y eso te mantiene enganchado, scrolleando sin parar.

Lacan nos explica por qué nunca encontramos del todo lo que buscamos:

El objeto *a* (causa del deseo): El deseo no tiene un objeto real, sino un objeto a, una causa perdida e inalcanzable que organiza la metonimia del deseo. Pasar de un vídeo a otro en TikTok, de una pareja a otra, o incluso de una caricia a otra en la búsqueda del éxtasis, no es solo dopamina; es la estructura misma del lenguaje que hace que el objeto siempre se desplace. El objeto *a* es lo que falta, y por eso lo buscas sin descanso.

El deseo del Otro: Para Lacan, el deseo es siempre «deseo del Otro» (en mayúscula, el Otro como tesoro de los significantes, como lugar de la ley y del reconocimiento). Esto significa dos cosas: Deseas ser deseado por el Otro (buscas su reconocimiento, su mirada). Deseas lo que el Otro desea (tu deseo se aliena en el deseo del otro, por eso imitas, compites o te fascinas por lo que tu pareja o la cultura consideran valioso).

Demanda, necesidad y deseo: Necesidad (biológica, hambre, sed, impulso sexual): se satisface con un objeto. Demanda (articulada en el lenguaje): cuando el niño pide amor, no solo pide leche. La demanda excede a la necesidad. Deseo: es el residuo de la demanda, aquello que no puede ser dicho ni completamente satisfecho. Por eso, incluso cuando obtienes el orgasmo, el deseo persiste al día siguiente; no porque la testosterona haya vuelto a subir, sino porque el lenguaje ha instalado en ti una falta permanente

  1. La recompensa intermitente. Es como una máquina tragaperras: no sabes cuándo te va a tocar algo interesante. Eso hace que la dopamina se dispare más que si supieras que siempre vas a encontrar algo bueno. Es el mecanismo de la adicción al juego.
  2. El cortisol también se activa. Las pantallas no solo elevan dopamina. También disparan cortisol ante noticias negativas, correos de trabajo o el miedo a perderte algo (FOMO). El cortisol te mantiene en alerta y te hace revisar el móvil para aliviar esa ansiedad… y al hacerlo, liberas dopamina. Es un círculo vicioso: estrés → reviso → dopamina → alivio temporal → más estrés.
Hormona Efecto de las pantallas
Dopamina Picos constantes, insensibilización del receptor (necesitas más estímulo para sentir lo mismo)
Cortisol Elevado crónicamente (ansiedad, insomnio, inflamación)
Oxitocina Disminuye el contacto real, las miradas y el abrazo físico; se reduce la liberación natural
Melatonina Bloqueada por la luz azul nocturna (sueño de peor calidad)
Endorfinas Menos espacio para el placer profundo y la calma

La trampa final: dopamina llama a dopamina

La dopamina no es el placer, es el deseo. La pantalla te dice:

  • «Mira, esto no te ha llenado… pero el siguiente sí.»
  • «Ya has visto esto, pero mira este otro.»
  • «Estás aburrido… abre TikTok.»

Y te mueves, buscas, deslizas… pero el placer real (satisfacción, oxitocina, endorfinas) no llega. Solo más deseo.

 

Cuanto más uso de pantallas, menos abrazo sexual

Esta relación no es casual: es una relación inversa directa que se retroalimenta.

  1. La pantalla te roba el tiempo y la energía (efecto «desplazamiento»). El tiempo frente a la pantalla es tiempo no disponible para tu pareja. Además, la luz azul y la sobrecarga cognitiva agotan tu sistema nervioso. Llegas a la noche con cortisol alto y energía baja. El deseo sexual necesita energía y relax; agotado y estresado, el cerebro prioriza sobrevivir, no reproducirse.
  2. La dopamina barata mata el deseo real. Cuando pasas horas recibiendo estímulos fáciles, tu umbral de dopamina se dispara. El sexo real, el abrazo físico, requiere esfuerzo, presencia y vulnerabilidad. Tu cerebro, acostumbrado a la recompensa instantánea, percibe el abrazo sexual como «demasiado trabajo» o «menos estimulante» que la pantalla. La pantalla te da deseo (dopamina), pero te quita el apetito por el placer real.
  3. La oxitocina se queda huérfana. El abrazo sexual libera oxitocina (vínculo) y endorfinas (placer profundo). La pantalla NO libera oxitocina. Si pasas 5 horas al día mirando una pantalla y 5 minutos abrazando, tu cerebro se entrena para asociar la recompensa con la luz, no con la piel. Con el tiempo, el abrazo empieza a sentirse «vacío» o «raro» porque el circuito de la oxitocina está atrofiado por falta de uso.
  4. La testosterona baja con la luz azul y el sedentarismo. Dormir mal (por la melatonina bloqueada) reduce la testosterona tanto en hombres como en mujeres. Menos testosterona = menos iniciativa para buscar el abrazo.
  5. La mirada se pierde. El abrazo sexual no es solo contacto físico. Empieza con la mirada. Las pantallas nos enseñan a mirar a través de ellas, no a mirar a los ojos. Cuando pierdes la costumbre de sostener la mirada, pierdes la conexión previa al abrazo.
  6. la pantalla no solo te roba el tiempo, sino que desplaza al Otro como lugar del deseo. El algoritmo se convierte en el nuevo Otro, el que te dice qué desear, y el cuerpo real del compañero se vuelve «aburrido» porque no puede competir con la oferta infinita de imágenes.

El círculo vicioso completo

Más pantallas (más objeto a, más metonimia)

→ Menos melatonina (peor sueño)

→ Menos testosterona (menos deseo)

→ Más cortisol (más estrés)

→ Menos oxitocina (menos vínculo)

→ El Otro (la pareja) se vuelve menos deseable que el algoritmo

→ Más dopamina fácil (buscas la pantalla para calmar la ansiedad)

→ Menos abrazo sexual

→ Más soledad

→ Más pantallas para llenar el vacío (pero el vacío es estructural, no se llena)

Así, el abrazo sexual se convierte en un recuerdo lejano, no porque no quieras, sino porque tu estructura psíquica, secuestrada por el algoritmo, ya no te empuja hacia la carne; te empuja hacia el destello de la pantalla.

 

Romper el ciclo sin dejar de usar tecnología

La buena noticia es que el cerebro es plástico. Algunas estrategias prácticas:

  1. Apaga las notificaciones no urgentes. Que el móvil no decida cuándo mirarlo.
  2. Establece horas sin pantalla: cena sin TV, primera hora de la mañana sin móvil, 30-60 minutos antes de dormir sin luz azul (ideal 2 horas).
  3. Modo nocturno y brillo mínimo si no puedes prescindir de la pantalla.
  4. Pantalla única: cuando veas algo, hazlo con atención plena (sin cambiar de pestaña).
  5. Sustituye el tiempo de pantalla por contacto real: una conversación, un paseo, un abrazo. Estos liberan oxitocina y endorfinas, que sí dejan saciedad.

Reducir pantallas 1 hora antes de dormir permite que el aburrimiento o el silencio te encuentren. Al principio cuesta, porque la dopamina se resiste. Pero al cabo de unos días, el abrazo, el roce, el olor del otro, vuelven a tener el poder que la pantalla les robó.

 

La dimensión transpersonal del abrazo sexual

Hasta aquí hemos descrito el ciclo desde una perspectiva neuroendocrina (dopamina, oxitocina) y estructural (Lacan: falta, objeto *a*). Preámbulos necesarios para la parte más compleja.

Lo transpersonal constituye una condición del desarrollo de la naturaleza humana. ¿Se trata de un proceso jerárquico, organizado en etapas escalonadas? ¿O, por el contrario, de un proceso dialéctico, caracterizado por movimientos regresivo-progresivos en los que el desarrollo implica tanto avances como retornos hacia niveles más profundos de la experiencia? Probablemente, la respuesta dependa también del modo en que se haya producido el desarrollo personal del sujeto y, particularmente, de si dicho desarrollo ha sido suficientemente sano o ha quedado condicionado por procesos patológicos, fijaciones y defensas caracteriales.

En esta comunicación defenderé la hipótesis de que el grado de maduración de la identidad psicosexual y de la función sexual constituye un determinante fundamental del modo en que el sujeto puede acceder a las dimensiones transpersonales de la experiencia.

Mi perspectiva actitud consiliente integradora en la que sexualidad y transpersonalidad no aparecen como dimensiones contrapuestas. Por el contrario, pueden entenderse como expresiones convergentes de un mismo proceso de desarrollo cuando el funcionamiento yoico ha alcanzado un grado suficiente de maduración. En el sujeto acorazado o caracterial, sin embargo, ambas dimensiones pueden aparecer desplazadas, escindidas o utilizadas de forma compensatoria. La sexualidad y lo transpersonal pueden convertirse entonces en modalidades de experiencia alienadas que, en lugar de favorecer el crecimiento, cumplen una función contrayoica, es decir, una función de oposición o compensación frente al yo.

El abrazo sexual no se agota en la química ni en la estructura. Cuando el sujeto está suficientemente integrado —lo que Wilhelm Reich denominaba carácter genital o yo genital—, la experiencia sexual puede abrir una dimensión transpersonal. Esta dimensión no es una huida del cuerpo ni una negación de la sexualidad, sino su culminación integradora.

Mi mirada está modulada por mi propia experiencia analítica y por mi formación en la Orgonomía de W. Reich y en la Psicología Analítica de C. G. Jung.

Con estas alforjas experienciales y epistemológicas inicio un acercamiento descriptivo-fenomenológico a la experiencia, siguiendo su devenir antes de intentar una elaboración teórica. Este modo de aproximación resulta especialmente adecuado para mi propio estilo de pensamiento, que podría caracterizarse, en términos junguianos, como el de un “intelectual introvertido”. El discurso que sigue intenta, además, dejar un espacio al llamado “inconsciente progresivo”, permitiendo que también este pueda “hablar”.

De la relación de objeto a la relación de sujeto

En un sujeto sano, la búsqueda de un objeto sexual —otro cuerpo investido de deseo— se transforma progresivamente en un encuentro entre sujetos. El otro deja de ser un objeto de satisfacción y se convierte en un tú reconocido. La elección recíproca, libre y consentida, establece un vínculo que trasciende la mera gratificación. En el encuentro sexual, la mirada del otro no es solo un estímulo visual que libera dopamina; es un llamado al reconocimiento. El juego erótico es, desde esta óptica, un intento de responder a la pregunta: «¿Qué soy yo para el deseo del Otro?»

1. De la excitación sexual al encuentro con el otro

Un sujeto percibe su despertar sexual. A partir de estímulos internos o externos aparece una carga sexual, una excitabilidad biofísica, una energía sexual somática que pone en marcha un proceso de libidinización y de deseo.

El sujeto puede recurrir entonces a su mundo interno para encontrar un objeto al que dirigir la pulsión sexual. Ese objeto es un otro investido con el ideal del yo del sujeto. Se construye así una fantasía sexual que puede acompañar el acto masturbatorio. El otro fantaseado continúa siendo un objeto, aunque ese objeto pueda ser incluso el propio sujeto. La masturbación constituye una actividad sexual no desprovista de un otro: el otro puede estar presente como figura fantaseada, como representación o como destinatario imaginario del deseo.

También puede buscarse ese otro en el mundo externo, iniciándose entonces un proceso de elección de objeto.

Un sujeto suficientemente sano busca en su entorno o campo de acción de acuerdo con la disponibilidad de los objetos y con su propio deseo. La expresión de la necesidad sexual puede implicar una cierta dimensión agresiva —en el sentido de hacer sentir al otro que es deseado y elegible—, pero debe mantenerse al mismo tiempo el respeto por su respuesta. El proceso culmina cuando el sujeto elige a quien, a su vez, lo elige a él. Se establece así un ejercicio recíproco de la libertad individual.

La convergencia de ambas elecciones resulta profundamente gratificante. Se reconoce y se es reconocido; se acepta y se es aceptado. Se establece un proceso circular que profundiza la vinculación y que puede experimentarse con alegría. En ese momento, los dos objetos iniciales dejan progresivamente de ser objetos y se reconocen como sujetos.

El vínculo se conecta entonces con el corazón y el flujo comunicativo se impregna de la capacidad de amar de ambos. Se produce una escalada de complicidad e interdependencia creativa: dos sujetos emprenden juntos un juego erótico en el que deseo, imaginación y fantasía se articulan en una acción común.

2. De los objetos a los sujetos: la relación sexual como espacio de diferenciación

Cada sujeto se afirma en su yo al mismo tiempo que reconoce aspectos más profundos de sí mismo y reconoce el yo del otro y el “nosotros” constituido por la relación. Cada yo ocupa una justa distancia respecto del otro: ni fusión indiferenciada ni separación defensiva.

Esta distancia permite reconocer los aspectos complementarios y opuestos de ambos sujetos, particularmente en relación con el género y con la identidad psicosomatosexual complementarias.

La equidistancia del contacto mantiene la consciencia de que ambos continúan siendo sujetos diferentes, individuos diferenciados con una finalidad radicalmente individual: la obtención del placer genital. Pero esa diferenciación coexiste con la consciencia de ser sujetos cómplices que participan en una interdependencia creativa.

El juego erótico constituye así una forma de cocreación comunicativa. Imaginación, deseo y fantasía se incorporan a una acción conjunta que permite transformar la tensión sexual en placer. El juego amoroso satisface progresivamente las pulsiones pregenitales —oculares, orales, anales, fálicas— y convierte el displacer asociado a la tensión en placer preliminar.

Puede formularse entonces una primera distinción:

El placer preliminar se fundamenta en la relación; el placer final, en la diferenciación.

Cada sujeto se experimenta como parte de un par antitético de opuestos que participa en una función común: el abrazo sexual. La primacía de la genitalidad, entendida como libido genital, orienta el proceso dialéctico entre pathos y eros, entre malestar y placer.

El proceso adopta una forma espiral: cada resolución de una tensión pregenital incrementa el placer y, al mismo tiempo, profundiza la complicidad entre ambos sujetos. Se producen así dos movimientos simultáneos: el placer bioenergético derivado de la descarga de tensión y el placer subjetivo derivado de la relación creada.

La función sexual puede entenderse, desde esta perspectiva, como una función común cocreada por dos sujetos y atravesada por una dialéctica bioenergética y psicológica entre tensión y placer.

 

Este proceso implica un movimiento dialéctico:

Diferenciación: cada yo ocupa una distancia justa respecto del otro, ni fusión indiferenciada ni separación defensiva.

Complementariedad: se reconocen los aspectos opuestos y complementarios (masculino/femenino, activo/receptivo) sin quedar atrapados en roles rígidos.

Cocreación: el juego erótico se convierte en una acción común donde imaginación, deseo y fantasía se articulan.

A medida que el proceso avanza, aumenta la intensidad bioenergética y adquiere mayor relevancia la relación. La excitación pasa progresivamente de la piel a la musculatura genital y lo genital comienza a orientar el proceso. Surge entonces el deseo-necesidad de interpenetración genital, que introduce una diferenciación específica de las posiciones sexuales: penetrar y/o ser penetrado.

3.- La constelación de lo prepersonal: el Alma y los arquetipos

En sujetos con poco inconsciente reprimido —es decir, con menor coraza caracteromuscular—, el encuentro sexual puede dinamizar objetos internos de carácter no personal. Desde una perspectiva junguiana, se constelan figuras como el Animus/Anima (las parejas internas contrasexuales) y arquetipos como la conjunctio (unión de opuestos) o el camino de la vida.

Estos objetos prepersonales no proceden de la interiorización de figuras parentales, sino que poseen una realidad psíquica propia. Su irrupción produce un sentimiento de contacto con algo profundamente interno, asociado a un descenso hacia la inmanencia del ser. El sujeto se experimenta entonces como más profundamente sí mismo y, simultáneamente, como más profundamente vinculado al otro.

La libido deja de estar centrada en la afirmación de la diferencia y se orienta hacia la unión relacional. El sujeto comienza a reconocerse desde una formulación diferente: «Yo soy mis relaciones».

4.- El abandono al cuerpo y la experiencia energética

En determinado momento, el sujeto se abandona al cuerpo. Las corrientes energéticas y vegetativas, los movimientos involuntarios y la respiración espontánea se imponen a la consciencia. El yo renuncia al control voluntario, pero no pierde la consciencia.

Aparece una regresión-progresión: el descenso hacia niveles más profundos de la corporalidad —la experiencia elemental de ser materia energética— permite una posterior expansión de la consciencia. Las fronteras corporales se difuminan, y el yo corporal pierde su carácter de límite absoluto. Puede emerger la intuición de la naturaleza impermanente e insustancial del propio yo.

En el orgasmo genital, el cuerpo participa globalmente en movimientos clónicos que pueden generalizarse por todo el organismo. En la fenomenología reichiana, estas corrientes energéticas se perciben con una dirección ascendente (genitales → cabeza por la parte posterior) y descendente (cabeza → genitales por la parte anterior), representadas psíquicamente como el movimiento zigzagueante de la kundalini.

La calma post-orgástica no es la abolición de la falta, sino un modo de habitarla. El yo genital no es el que se cura del deseo, sino el que sabe gozar sin pretender llenar el vacío. La experiencia transpersonal no es la conquista de un objeto total, sino el abrazo de la propia finitud y la conexión con el campo energético sin renunciar a la singularidad.

5. El orgasmo genital

Se experimenta entonces el orgasmo genital. Partiendo de los genitales, el cuerpo participa globalmente en movimientos suaves, armónicos y clónicos que pueden generalizarse por todo el organismo. En la fenomenología descrita desde el funcionalismo reichiano, estos movimientos pueden percibirse con una dirección ascendente desde los genitales hacia la cabeza por la parte posterior del cuerpo y descendente desde la cabeza hacia los genitales por la parte anterior.

Las corrientes energéticas experimentadas de este modo pueden representarse psíquicamente mediante el movimiento zigzagueante de dos serpientes: la kundalini.

Esta experiencia se vincula, dentro del modelo reichiano, al carácter genital.

6.- La experiencia postorgástica como estado holístico de consciencia

Tras el orgasmo, puede aparecer un conjunto de vivencias que configuran un estado holístico de consciencia:

  1. Totalidad: una lucidez que integra aspectos de diferentes estados de consciencia (ordinarios, oníricos, otros). Es una «supraconsciencia» que permite percibir la red de interconexiones entre fenómenos. La realidad se ilumina, y el sujeto se siente copartícipe de la creación.
  2. Unidad: el sujeto se percibe holísticamente —energía, cuerpo, psiquismo y dimensión transpersonal integrados— y experimenta una unión con el otro que incluye corrientes energéticas compartidas (experiencia de aura). Aparece una desilusión del dualismo, una disminución de la separatividad.
  3. Humildad: percepción de ser una consciencia pequeña inmersa en fuerzas misteriosas y poderosas que se experimentan como aliadas cuando el sujeto se abandona a ellas.
  4. Seguridad interna: derivada del contacto profundo con la esencia de la vida, asociada al eje de la columna vertebral y sus centros energéticos (chakras, segmentos corporales reichianos).
  5. Agradecimiento: hacia uno mismo, hacia el otro, hacia las fuerzas cósmicas y hacia la totalidad de relaciones que han hecho posible la existencia.
  6. Reconciliación: reconocimiento profundo del otro y de uno mismo en las respectivas sombras, utilizando la energía de las emociones sombrías para reforzar la identificación proyectiva. A diferencia del perdón (que puede contener una defensa), la reconciliación integra la sombra.
  7. Compasión: capacidad de «padecer con» el otro, sin sentimentalismo ni lástima.
  8. Alegría, humor y celebración: la expansión de la experiencia se acompaña de una renovada capacidad celebratoria.
  9. Amor: consecuencia de una sexualidad que alcanza el corazón como centro de lo humano. El amor no es un añadido, sino la manifestación de la integración lograda.
  10. Equilibrio: capacidad de permanecer centrado y enfocado, como testigo desidentificado pero en contacto profundo con las emociones.
  11. Cuidado del cuerpo, de la mente y de las relaciones: el sujeto reconoce lo que distorsiona la salud y desarrolla una actitud orientada hacia la sanación.

 

Cuerpo, espíritu y corazón

Estas características se organizan en tres dimensiones integradas: arraigamiento corporal (seguridad y cuidado), vivencias espirituales (totalidad, humildad, reconciliación) y corazón (compasión, alegría, amor, equilibrio). La experiencia holística consiste precisamente en su integración.

Profundización en estas características.

  1. Totalidad

La consciencia entra en un estado no ordinario caracterizado por una forma de dialogismo: una lucidez capaz de integrar aspectos procedentes de diferentes estados de consciencia —ordinarios, oníricos y otros— que habitualmente aparecen fragmentados.

Esta consciencia holística puede experimentarse como una supraconsciencia, es decir, como un estado de mayor integración y, subjetivamente, de mayor realidad, autenticidad o verdad.

Desde este estado, el yo puede elaborar conflictos y alcanzar insights. La experiencia parece depender del descenso inmanente hacia lo profundo de uno mismo, condición para que emerjan fuerzas latentes del inconsciente y para que determinados contenidos, habitualmente ausentes de la consciencia, aparezcan como realidades psíquicas vivas y actuantes.

La experiencia de las corrientes energéticas fundamenta, dentro de esta perspectiva, una percepción dialéctica del desarrollo de la consciencia: el estado progresivo surge como consecuencia de un descenso regresivo hacia la inmanencia.

Se trata de un ver que amplía la capacidad habitual de mirar. El insight supone que la elaboración de un conflicto libera un bloqueo y permite ver con claridad. La supraconsciencia añade un salto cualitativo: ya no se trata únicamente de mirar activamente diferentes facetas de la realidad, sino de percibir la red de interconexiones entre fenómenos, representaciones y experiencias.

Es una visión de luz: la realidad se ilumina y se hace visible la energía que la ilumina.

La experiencia puede comprenderse como un proceso de desvelamiento de una realidad latente que se hace consciente y se revela al sujeto con su verdad: aletheia, verdad como desocultamiento.

La realidad es creada, nombrada y reconocida al salir de la oscuridad de la sombra. El sujeto puede sentirse creador, medio de la creación y copartícipe de ella, con capacidad para modificar la realidad mediante su disposición a orientar y focalizar la energía en una determinada dirección.

En este sentido aparece también una dimensión creadora. La experiencia puede acompañarse de un proceso visionario, expresión creativa de esa visión lúcida.

Las visiones pueden entenderse como constructos complejos, fantasías autosimbólicas, que en ese estado de consciencia adquieren un extraordinario realismo sensorial. El sujeto puede recorrerlas activamente, seleccionar los elementos sobre los que centra su atención, contemplarlos, interactuar con ellos y, en cierta medida, dirigirlos.

La visión constituye una concretización del dialogismo. Es el resultado de una elaboración que se presenta fenomenológicamente como revelación y que puede funcionar posteriormente como una forma de instrucción orientadora para la acción en el estado ordinario de consciencia.

En ella convergen elementos personales de la historia del sujeto —relaciones objetales personales— y figuras arquetípicas —relaciones objetales prepersonales—. Estas últimas participan en la configuración del constructo visionario.

El sujeto puede experimentar la visión como una de las informaciones más completas y abarcadoras acerca de sus propios orígenes, precisamente porque parece ir más allá de lo estrictamente personal.

Puede tratarse de una visión del Alma, experimentada como “de espíritu” por sus componentes transpersonales, que elevan al sujeto hacia la trascendencia.

El yo genital es un yo capaz de dejarse morir, abandonarse a la experiencia, al otro, al misterio.

  1. Unidad

Con respecto a sí mismo, el sujeto puede percibirse holísticamente: energía vital, cuerpo, masa y materia aparecen integrados en un estado unitario.

La imagen puede aproximarse a la de un protozoo en el que todas las células participan de un mismo proceso de polarización y despolarización, sin una jerarquización rígida entre sistemas biológicos, psicología, psiquismo y dimensiones transpersonales. Esta imagen puede ponerse en relación con el llamado reflejo esquizofisiológico de McLean.

Aparece una cierta desilusión respecto de las referencias yoicas cotidianas y un contacto con un yo expandido.

En relación con el otro puede experimentarse una unión que incluye, dentro de la interpretación bioenergética, corrientes energéticas que englobarían a ambos sujetos en un sistema orgonótico pulsante común. Pueden aparecer también percepciones visuales o lumínicas interpretadas como aura.

Se produce así una desilusión del dualismo, es decir, una disminución de la experiencia habitual de separatividad.

Estas desilusiones implican pérdidas de referencias que pueden vivirse como pequeñas muertes psicológicas. La experiencia de pérdida puede verse incrementada por la vivencia de haber cedido un quantum de energía vital durante el orgasmo, energía que, dentro del modelo orgonómico, se devuelve al cosmos y favorece el sentimiento de unión biofísica.

  1. Humildad

Aparece la percepción de ser una consciencia pequeña inmersa en un mundo de fuerzas misteriosas y poderosas que pueden experimentarse como aliadas cuando el sujeto se abandona a ellas.

  1. Seguridad interna

La seguridad interna deriva del sentimiento de que, mediante el abandono, se establece un contacto profundo con la esencia de la vida.

En el plano corporal, esta experiencia puede asociarse al contacto con el eje de la columna vertebral y con sus centros energéticos, representados tanto en los siete segmentos corporales reichianos como, por analogía, en los chakras.

La columna constituye así un eje de realización simbolizado por el árbol vertical de la espina.

  1. Agradecimiento

Surge un sentimiento de agradecimiento que puede desplegarse simultáneamente en varias direcciones: agradecimiento a uno mismo por haberse permitido conectar con lo profundo; al otro por su presencia cómplice; a las fuerzas cósmicas de la vida y, finalmente, a la totalidad de las relaciones que han hecho posible la propia existencia.

  1. Reconciliación

Puede aparecer un sentimiento de reconciliación con la vida y con las relaciones objetales que anteriormente habían sido experimentadas de forma distorsionante.

La reconciliación favorece un acercamiento al objeto, una mayor tolerancia y calma interna. También guarda relación con la experiencia del perdón, aunque considero necesario distinguir ambos procesos.

En el perdón puede existir una tendencia a no quedar atrapado en los aspectos sombríos del otro, relegándolos a un segundo plano y, en cierta medida, negando la negatividad mediante una identificación proyectiva con sus aspectos positivos. En este sentido, el perdón puede contener una defensa frente a la sombra.

La reconciliación, por el contrario, implica reconocer más profundamente al otro y a uno mismo en las respectivas sombras, utilizando incluso la energía de las emociones y sentimientos sombríos para reforzar la identificación proyectiva.

El perdón puede funcionar mediante la renuncia a la rabia siempre que los participantes mantengan las reglas del juego, dentro de un sistema de regulación moral de las relaciones. En la reconciliación no resulta imprescindible un código moral explícito: opera una forma de moralidad natural.

El control necesario para mantener el perdón puede ser costoso y desgastante; cuando las reglas del juego se rompen, la sombra puede reaparecer. La reconciliación permite, en cambio, reconocer que la sombra forma parte de la relación y del propio sujeto.

  1. Compasión

Aparece una capacidad de empatizar con el sufrimiento del otro: “padecer con”, sin sentimentalismo ni lástima condescendiente.

  1. Alegría, humor y capacidad de celebración

La expansión de la experiencia puede acompañarse de alegría, humor y una renovada capacidad para celebrar la vida.

  1. Amor

El amor aparece como consecuencia de una sexualidad que alcanza el corazón como centro de lo humano.

En este sentido, una orientación transpersonal no necesita alejarse de la vida cotidiana. Por el contrario, puede manifestarse como una capacidad renovada para amar profundamente la vida, las formas vivas y, de manera particular, al compañero o compañera sexual.

  1. Equilibrio

El sujeto desarrolla una mayor capacidad para permanecer centrado y enfocado. Puede aparecer una posición de testigo, una parte de sí mismo no apegada y desidentificada respecto de las oscilaciones emocionales, pero simultáneamente en contacto profundo con ellas.

No se trata de eliminar las emociones, sino de poder permanecer en contacto con ellas sin quedar completamente identificado con su movimiento.

  1. Cuidado del cuerpo, de la mente y de las relaciones

Finalmente aparece la convicción de que es necesario mantener sano el cuerpo, la mente y las relaciones para poder experimentar una verdadera totalidad.

El sujeto comienza a reconocer aquello que distorsiona la salud y desarrolla una actitud orientada hacia la sanación.

 

La experiencia orgástica un estado no ordinario de consciencia caracterizado por una relativa pérdida de los límites biofísicos habituales y por una percepción expandida del cuerpo. Esta experiencia no equivale a una ausencia del cuerpo, sino a una transformación de su percepción: un cuerpo profundamente relajado, sin tensiones, despolarizado y experimentado como una unidad funcional.

Debe distinguirse esta experiencia de otras formas de a-corporeidad propias de estados psicóticos, experiencias psicodélicas, experiencias próximas a la muerte o determinadas prácticas meditativas, en las que la separación perceptiva respecto del cuerpo puede ser más marcada.

La dimensión espiritual aparece asociada a la experiencia de crecimiento y autorrealización. La expresión “trascender el yo” puede resultar tautológica: el yo genital sólo puede ser yo en la medida en que no queda rígidamente encerrado en sus propios límites energético-bio-psicológicos. La trascendencia sería entonces una experiencia inherente al funcionamiento de un yo suficientemente integrado, mientras que en sujetos caracterialmente acorazados puede convertirse en una solución compensatoria.

 

Separación e individuación: el retorno transformado

El abrazo sexual termina necesariamente en el movimiento de separación del otro. Cada sujeto retorna a su individualidad, pero puede hacerlo en un nivel de individuación más maduro. La relación no destruye la individualidad: la transforma.

El sujeto se experimenta como un individuo radicalmente solo, pero esta soledad no significa aislamiento; es el reconocimiento de que la individuación es necesariamente personal. El proceso implica una dialéctica continua de regresión y progresión: descenso hacia lo profundo y expansión hacia lo trascendente, utilizando la relación con el otro como condición y vehículo de desarrollo.

Puede mantenerse durante un tiempo un estado de supraconsciencia en el que el sujeto se experimenta como un individuo radicalmente solo. Esta soledad no significa aislamiento, sino reconocimiento de que la individuación es necesariamente personal.

El proceso implica una dialéctica continua de regresión y progresión: descenso hacia lo profundo y expansión hacia lo trascendente, utilizando la relación con el otro como condición y vehículo de desarrollo.

El otro es fundamental porque permite reconocer las propias necesidades, las necesidades del otro y la propia necesidad de nuevos encuentros. Desde esta perspectiva, los sucesivos «abrazos sexuales sagrados» son experiencias potencialmente renovadoras.

El sujeto puede llegar a reconocer una dimensión de deidad interna: «es dios» cuando se encuentra enfocado y conectado con su propia inmanencia, entendida como una pulsación de trascendencia. La libertad interior se experimenta entonces en el contacto con el flujo de la energía vital —la Energía Cósmica Primordial u Orgón, en el marco reichiano—.

 

La función del abrazo sexual: crisol alquímico de transformación

El abrazo sexual constituye una profunda experiencia dialéctica regresivo-progresiva. El sujeto participa holísticamente en un recorrido ontogenético —desde la existencia intrauterina hasta el presente— orientado por la libido genital y atravesando las fases pregenitales (oral, anal, fálica). Al mismo tiempo, la experiencia puede abrir el acceso a dimensiones filogenéticas o transpersonales en un estado no ordinario de consciencia.

En un sujeto con poca coraza caracteromuscular, los procesos regresivos y progresivos se autorrefuerzan circularmente. El abrazo sexual se convierte en un proceso alquímico: en el crisol de la relación se transmutan los sujetos participantes, y el fuego que realiza esa transformación es la energía vital expresada sexualmente como libido.

Según Reich, la libido es un quantum de energía vital excedente respecto de las necesidades del organismo para el mantenimiento de su salud biológica. Ese excedente busca una vía de salida de la vesícula de masa —el cuerpo— que lo contiene. Metafóricamente, la libido es «espíritu contenido» que intenta liberarse del cuerpo que lo contiene.

Existe una analogía simbólica entre energía sexual, necesidad sexual, libido, fuego y espíritu. Decimos “tengo un fuego que quema” para referirnos a la excitación sexual. El espíritu se representa tradicionalmente mediante el fuego, las hogueras y las llamas. También aparece la imagen del espíritu que se libera mediante la combustión del cuerpo de los muertos, purificando la materia.

La función del abrazo sexual puede resumirse en una doble dirección:

  • Arraigar lo personal en la inmanencia: descender al cuerpo, a la materia, a la energía elemental.
  • Abrir el acceso a lo trascendente: expandir la consciencia sin perder el enraizamiento.

Ambos movimientos son polos de un mismo principio funcional: el desarrollo del self. La expansión de la consciencia se convierte paradójicamente en un mayor enraizamiento del yo en su propia naturaleza.

Las informaciones consideradas trascendentes se incorporan al yo, transforman sus límites y amplían su funcionalidad. De este modo, la expansión de la consciencia puede convertirse paradójicamente en un mayor enraizamiento del yo en su propia naturaleza.

La salud bioenergética del cuerpo requiere, desde el modelo orgonómico, la descarga del excedente de energía vital. Y esa misma descarga puede convertirse en una vía de acceso a lo trascendente. Lo transpersonal se incorpora entonces a la vida cotidiana y, al incorporarse, deja paradójicamente de ser exclusivamente transpersonal.

 

La sexualidad como vía de acceso a la totalidad

La función sexual constituye, desde esta perspectiva, el modo más simple de reencontrarse con la totalidad. La simplicidad radica en la intimidad absoluta, en la ausencia de ritualización necesaria, en el abandono al instinto, en la libertad y en la radicalidad de la experiencia.

En el modelo orgonómico, lo sexual tiene la categoría de instinto —no de pulsión— porque sobredetermina al organismo, impone su bagaje de funcionamiento biopsicológico y persigue al sujeto sin poder ser eliminado por una decisión consciente.

Cuando el sujeto está atrapado en un funcionamiento caracterial (acorazado), la función del abrazo sexual pierde su perspectiva evolutiva y queda reducida a un funcionamiento parcial, escindido. La represión sexual fija al sujeto en un espacio de no evolución; los movimientos dialécticos continúan produciéndose, pero separados de su sentido original, en una reiteración compulsiva: la compulsión de repetición.

La represión sexual, desde las formas pregenitales, fija al sujeto en un espacio de no evolución. Los movimientos dialécticos continúan produciéndose, pero separados de su sentido original y enfrentados entre sí. El resultado es una reiteración compulsiva del mismo juego sin salida evolutiva: la compulsión de repetición.

El sujeto desarraigado busca entonces algún espacio en el que recuperar el arraigamiento. Ese refugio puede encontrarse incluso en uno de los polos de la función: en una práctica sexual compulsiva o en la trascendencia.

También puede recurrir a ambos polos simultáneamente, pero perdiendo su dialéctica y otorgando una prevalencia absoluta a uno sobre el otro.

En la sexualidad compulsiva, el otro deja de importar: importa el ego ensimismado, atrapado en sí mismo. La dimensión transpersonal queda negada.

En la trascendencia convertida en refugio ocurre lo contrario: se niega la sexualidad y se niega la materia corporal, que puede ser experimentada como cárcel o como un mero “cuerpo de alquiler”. Desde esta perspectiva, la falta de regulación energética corporal y la ausencia de descarga orgástica afectarían negativamente a la salud del organismo.

Cuando la sexualidad queda subordinada a la trascendencia, la práctica sexual puede utilizarse como medio para “cargar” al sujeto con vistas a acceder posteriormente a lo transpersonal. La descarga queda entonces impedida, retrasada o paralizada y, desde el modelo bioenergético, la repercusión sobre la salud sería negativa.

Las formas de trascendencia alcanzadas desde estos estados predominantemente egoicos pueden convertirse en experiencias pseudotranspersonales: compensaciones aparentemente evolucionadas, estereotipos ritualizados en los que la alienación y la pérdida de libertad y salud del individuo permanecen intactas.

La conducta hipersexual, el misticismo defensivo y determinadas formas de sexualidad tántrica pueden constituir ejemplos paradigmáticos de estas posiciones egoicas cuando se convierten en sustitutos de un proceso de integración.

El yo genital como condición para la auténtica experiencia transpersonal

El yo genital —sujeto con funcionamiento suficientemente sano— se encuentra en lo que Reich denomina contacto orgonótico: un proceso de autopercepción en el que el sujeto permanece simultáneamente en contacto con:

  • su self;
  • los objetos internalizados y los afectos asociados;
  • las funciones yoicas (memoria, pensamiento lógico-deductivo);
  • el otro u otros, a quienes necesita como objetos de satisfacción y agentes de crecimiento;
  • el medio (condiciones materiales, históricas, ecológicas).

Este estar en contacto es la base del conocimiento y de la capacidad de actuar con libertad.

El yo genital sublima la libido pregenital y pone esa sublimación al servicio de la integración entre natura y cultura. Pero no sublima la libido genital: mediante la potencia orgástica trasciende sus propios límites de biomasa, energía y self. En este sentido, es necesariamente ecológico, cósmico y transpersonal.

El yo genital no es la culminación de la autorrealización, sino la condición para que el proceso de autorrealización pueda continuar de manera genuina. Es un yo capaz de «dejarse morir» —abandonarse a la experiencia, al otro, al misterio— sin perder su autonomía.

¿Qué significa que el yo genital sea transpersonal?

Desde el funcionalismo orgonómico, lo transpersonal implica al menos estas dimensiones:

  1. Conciencia de pertenencia a un campo energético común. El sujeto se sabe inmerso en un océano cósmico de energía vital compartido con otros yoes y seres vivos. Incluso los seres inanimados pueden experimentarse como animados, en una vivencia de carácter racional-animista.
  2. Incorporación de la relación con el otro como consustancial a la propia naturaleza. Sin relación no hay un yo plenamente constituido. El sujeto descubre que su autonomía se realiza precisamente en una dependencia recíproca: necesita al otro para ser, existir conscientemente y autorrealizarse.
  3. La función sexual como autorregulación energética. La sexualidad se realiza siempre con un Otro (esté o no presente biofísicamente). El placer es la motivación subjetiva; la autorregulación energética es la motivación biofísica. En la descarga orgástica plena, el sujeto experimenta una relativa a-corporeidad: no ausencia del cuerpo, sino una percepción radicalmente distinta, como un sincitio protozoario con movimientos armónicos.
  4. La dimensión espiritual en el desarrollo. La energía vital es «inteligente», «conciencia pura» o «la esencia fundamental de toda realidad». El contacto consciente con las corrientes orgonómicas produce una vivencia espiritual. Además, a medida que el cuerpo deja de crecer, la percepción del cambio se desplaza progresivamente hacia lo espiritual.
  5. El problema de la trascendencia. Para Reich, el funcionamiento viviente es la esencia de la vida y no tiene fin trascendente. La búsqueda de un fin significativo nace de la coraza que abolió el funcionamiento viviente. Por ello, la expresión «trascender el yo» puede ser tautológica: el yo genital solo puede ser yo en la medida en que no se aferra rígidamente a sus límites. La trascendencia sería entonces una experiencia inherente al funcionamiento integrado, no una huida.

Como señala Reich en Éter, Dios y el diablo: “El funcionamiento viviente es la esencia misma de la vida, que no tiene ningún fin ni ninguna significación trascendente. La búsqueda de un fin significativo de la vida ha nacido de la coraza del organismo humano que abolió el funcionamiento viviente y lo sustituyó por fórmulas vitalistas rígidas”.

Por ello, no considero adecuado reducir lo transpersonal a lo prepersonal, como plantea Wilberg. En el desarrollo del yo genital se integran las distintas fases evolutivas y el término “transpersonal” puede convertirse, si se utiliza sin precisión, en otro reduccionismo.

El yo genital sublima la libido pregenital y pone esta sublimación al servicio de la integración entre natura y cultura, pero no sublima la libido genital. Al funcionar con potencia orgástica, trasciende sus propios límites de biomasa, energía y self.

En este sentido, el yo genital es necesariamente ecológico, cósmico y transpersonal y, por tanto, puede convertirse también en agente de transformación social, oponiéndose a que la construcción social de la realidad o el principio de realidad se establezcan exclusivamente sobre un orden derivado del “triunfo de los esclavos”, en la acepción de Nietzsche.

El yo genital no supone la culminación de la autorrealización. Es precisamente la condición para que el proceso de autorrealización pueda continuar siendo genuino y para que la fuerza evolutiva siga expresando potencialidades en niveles progresivamente más desarrollados y humanizados.

En el yo-carácter, en cambio, lo “trans” puede equipararse a lo “pre” cuando el sujeto queda fijado por sus experiencias básicas en una posición de desarrollo limitada.

Considero finalmente la posibilidad de que la dimensión espiritual funcione como una fuerza favorecedora del contacto y de la autocorrección liberadora, potencialmente implicada en la compensación de determinados traumas básicos. Sin embargo, esta función parece manifestarse sólo en ocasiones excepcionales, especialmente en crisis experienciales intensas, experiencias próximas a la muerte o enfermedades graves. En muchas otras circunstancias, la experiencia espiritual es recuperada por el carácter individual y por las estructuras sociales para justificar formas de alienación.

 

Dos afirmaciones aparentemente antitéticas son compatibles desde esta perspectiva:

  • «El espíritu, Dios, es libido sublimada» (describe la experiencia del sujeto acorazado).
  • «La libido es espíritu reprimido» (describe la función sexual como expresión de energía vital que busca salida).

 

El yo genital y la pareja: características de una relación integradora. Un encuentro en la falta

En relación con el otro íntimo —la pareja—, el yo genital establece relaciones enriquecedoras y recíprocas, caracterizadas por:

  1. Diferenciación: buena delimitación del otro como self distinto, sin fusión narcisista excesiva.
  2. Reciprocidad: mutuo dar y recibir, sin asimetrías maternofiliales.
  3. Autonomía: solidaridad profunda con la autonomía del otro, sin posesividad.
  4. Complementariedad sexual e identitaria: integración de los propios aspectos masculinos y femeninos y los del otro, sin sujeción a roles sociales rígidos.
  5. Potencia orgástica: capacidad de entrega y de descarga energética plena.
  6. Transformación recíproca: disposición al cambio propio y del otro cuando aparecen distorsiones, pero sin violentar la autonomía.

Estas características difícilmente se desarrollan plenamente cuando existen fijaciones caracteriales narcisistas, orales, anales, fálicas o edípicas.

El criterio último no sería, por tanto, cuánto se trasciende el yo, sino cuánto puede el yo expandirse sin dejar de ser sujeto, cuánto puede entregarse sin perderse y cuánto puede abrirse a la totalidad sin abandonar el cuerpo, la relación y la vida.

 

Pathos-Placer: La dialéctica del cuerpo, el alma y el espíritu

El placer no llega primero. Lo primero es siempre la espiral de la contractura que oprime la piel y la hiperexcitabilidad que quema la carne sin nombre. Ese malestar es el estado primigenio de la vida antes de saber que existe un afuera: una tensión biofísica que grita sin palabras y que solo conoce la urgencia de descargar.

El parto como tormenta fundacional. El parto es el arquetipo más humano, el más universal, porque todos lo hemos atravesado, y su memoria energética —aunque no sea consciente— es la matriz de todas las narrativas de sufrimiento y salvación.

El parto, pasaje violento y masaje cósmico, carga al feto como una nube antes de la tormenta; su piel es un tambor hiperexcitado y su boca una herida abierta que aún no sabe que es hambre. En esa cuna de dolor, el neonato emerge con una sola necesidad: descargar la tensión acumulada. Y entonces, el pezón, la succión, el primer desplome de la energía. Ese instante en que el recién nacido se funde con el cuerpo materno y chupa y se relaja no es todavía «placer» en el sentido humano, sino un alivio animal, un mecanismo evacuativo del pavor del alumbramiento. Pero la carne memoriza. La mucosa oral guarda el eco de ese contacto, y el otro cuerpo —reconocible por el olor antes que por la mirada— queda inscrito como el lugar donde la tormenta cesa. Ahí, en esa huella mnémica, nace la raíz del deseo.

El placer, en su esencia, es secundario: no es la causa, sino la consecuencia, la gratificación que sigue a la necesidad imperiosa, el premio que el instinto encuentra cuando el esquema heredado —buscar, succionar, encontrar— culmina en la paz biofísica. Sin el malestar previo no hay placer que lo dulcifique; sin la cuerda tensa no hay música en su aflojamiento. Ese rudimento de placer crea un fulcro, a partir del cual se construye la relación con el otro personal y transpersonal (lo inconsciente colectivo).

La doble faz de la motivación: Eros y Pathos

Pero cuando el objeto no aparece, cuando la búsqueda se frustra y el pezón no calma la tormenta, el afecto primigenio —el que debía ser placer— se transmuta en miedo, confusión y rabia, y la rabia, con el tiempo, se sedimenta en un pathos estructural. Un fulcro, atractor. El pathos no es el dolor físico: es el sufrimiento de la búsqueda inacabada, la herida que no cierra, la repetición de la frustración, esa fuerza que empuja al sujeto cuando el placer se ha vuelto un fantasma esquivo. Muchos viven toda su existencia movidos por este hilo roto: no buscan porque desean, buscan porque duele no encontrar.

Y, sin embargo, al pathos se le atribuye con demasiada frecuencia la tarea de enseñarnos el límite. Se dice que sufrir nos hace finitos, que doler nos recuerda que no somos dioses. Pero este es un error ontológico sesgado, porque Eros también conduce al límite. Eros encuentra el límite en el cuerpo del otro, que no es una extensión del propio; Eros encuentra el límite en la masa y en las leyes cósmicas que rigen la carne; Eros encuentra el límite en la muerte, que no es un castigo sino la condición de la vida finita.

La diferencia es radical. Pathos arrastra al sujeto hacia el límite como un condenado hacia su cadena; Eros, en cambio, conduce al sujeto hacia el límite como un amante hacia el abrazo. Eros no necesita del sufrimiento para reconocer la muerte: la abraza, la integra y, desde esa integración, impulsa una acción genuina, creativa y presente. Pathos solo sabe de la muerte como amenaza, y por eso construye dioses, sistemas, karma y pecado original, explicaciones que en el fondo son muletas para no mirar el vacío sin protección.

La dialéctica del placer: personal y transpersonal

El placer personal —la descarga orgástica, la autorregulación energética que Reich describió como la base de la salud biopsicosocial— es la puerta de entrada. En el abrazo sexual, la tensión de la excitación se resuelve en un temblor que recorre la columna, desarma la coraza muscular y devuelve al cuerpo a su ritmo pulsátil. Pero esa puerta se abre a otro umbral. Cuando el sujeto es suficientemente sano, cuando su yo no es una fortaleza acorazada sino una frontera permeable, el orgasmo no es solo una descarga: es un viaje. La energía asciende, la conciencia se expande, las fronteras del yo se difuminan y el sujeto se encuentra, por un instante, inmerso en la Totalidad, no como una idea sino como una experiencia carnal y lumínica a la vez.

Aquí el placer cambia de cualidad. En la dimensión personal, el malestar de la excitación se transmuta en placer orgástico; en la dimensión transpersonal, el malestar de la desilusión —perder las referencias egoicas, el cuerpo habitual y las certezas del yo— se transmuta en placer de reencuentro con lo numinoso. La dialéctica es la misma en ambos niveles, malestar que se vuelve tránsito que se vuelve placer final, pero el saldo cualitativo es abismal. El sujeto genital, el que ha integrado su libido sin reprimirla ni desbordarla, puede transitar ambas dimensiones sin perderse: un día el abrazo sexual le devuelve al cuerpo, otro día una meditación o un estado alterado le abre el cosmos, y elige con libertad según el momento existencial, sin que lo transpersonal se convierta en una fascinación adictiva ni en una huida de la materia.

La miseria del carácter y la trampa de lo sagrado

Pero el sujeto egoico, el acorazado, el fijado en posiciones pregenitales, el que carga con la represión sexual como un lastre, no tiene esa libertad. Su libido está atrapada; su placer, cuando llega, está teñido de pathos. El masoquista sexual es el arquetipo de esta tragedia: se somete al dolor corporal como único camino hacia una descarga precaria. El otro no es un compañero de viaje, sino un objeto funcional a su angustia; no hay cocreación, sino manipulación; no hay presencia, sino escenificación de heridas antiguas. El malestar de inicio está hipertrofiado, el placer final es pequeño, fugaz y conflictivo, y el abrazo se vuelve tan pesado y abrumador que finalmente se abandona, con las consecuencias devastadoras sobre la regulación energética y la salud mental.

Entonces, lo transpersonal llama a la puerta, pero el sujeto egoico no puede abrirla sin romperse. Por eso la religión, el karma, el pecado original y las espiritualidades de supermercado le ofrecen un dispositivo cognitivo segurizante: una explicación, un ritual, un código que le dice que sufre porque heredó errores, o porque el mal le acecha, o porque su ego es una ilusión que debe negar. Estos discursos son dulces, pero son trampas: criminalizan el carácter del sujeto —que no es más que su historia encarnada— y le exigen renunciar a sí mismo sin haber comprendido jamás el origen de su coraza. Lo transpersonal se vuelve entonces contrapersonal: un espacio donde el sujeto se aliena doblemente, negando su sexualidad y negando su singularidad en un mismo gesto.

La reconciliación en la carne

Existe, sin embargo, una salida, y no pasa por huir del cuerpo sino por hundirse más profundamente en él. El yo genital es un yo que puede morir —en el orgasmo, en el abandono, en la entrega— y reconstruirse; un yo que soporta la incertidumbre, que habita el vacío depresivo sin desmoronarse, y que reconstruye su identidad no como una fortaleza sino como un organismo vivo que respira. En este yo, Eros no necesita de Pathos para aprender el límite, porque el propio cuerpo es límite, la propia carne es frontera y la propia muerte es condición. Desde esa aceptación profunda —no resignada, sino amorosa— el placer se convierte en lo que siempre debió ser: una fuerza relacional que conecta al sujeto consigo mismo, con el otro y con el misterio que los envuelve, sin necesidad de dogmas, ni de culpabilización, ni de dioses que vigilen desde fuera.

La recompensa al duro camino

Al final, el placer no es un destino, sino el modulador del camino. Dulcifica el malestar del entrenamiento, del ayuno, de la espera, de la excitación, y también dulcifica el malestar de la desilusión, el vértigo de perder las certezas del yo para abrazar una conciencia más amplia. El sujeto sano, el que ha integrado su eros sin negar su pathos —pero sin dejar que este último sea el dueño de la partitura—, transita ambos registros con libertad. Lo transpersonal no ocupa un espacio de fascinación alienante, sino un espacio de investigación y crecimiento que enriquece el arraigamiento material del sujeto, que lo devuelve a la tierra más fértil, que no le pide que renuncie a su cuerpo, sino que lo habite con mayor hondura. Porque el espíritu, cuando es genuino, no se encuentra huyendo de la carne; se encuentra dentro de ella, como el fuego dentro de la leña, esperando que la respiración del abrazo —el roce, la entrega, el orgasmo, el silencio— avive la llama que siempre estuvo ahí. Pathos fue el maestro de la herida; Eros es el maestro del regreso. Y el placer, al final, es el nombre que le damos al hecho de que, a pesar de todo, la vida sigue buscando su propia plenitud.

Epigénesis del placer y el viaje a lo transpersonal

El viaje del placer no comienza en la cama ni en la mirada del otro: comienza en el útero, en la respiración líquida del amniota, en ese universo de ingravidez donde el feto flota sin fronteras, fundido con el cuerpo materno en una simbiosis que Jung llamaría participación mística y Reich describiría como la corriente orgonótica primigenia, un flujo energético sin interrupciones donde Eros reina como la respiración misma del cosmos, y el sujeto aún no conoce el pathos porque no hay falta ni límite que lo lastime, solo la pulsación rítmica del corazón de la madre y el rumor de sus vísceras como un océano sonoro que envuelve la carne incipiente.

Esta es la Matriz Perinatal I de Grof, la del universo amniótico, la fusión indiferenciada, el paraíso acuático que toda la vida recordará en los momentos de máxima plenitud y conexión, y el primer fulcro de este recorrido es precisamente el momento en que ese paraíso se ve amenazado, cuando las paredes uterinas comienzan a contraerse y el líquido que nutría se vuelve presión, cuando el espacio se reduce y el feto intuye que el jardín del que brota tiene un final, y ahí nace la primera herida, la del destierro del Edén, y la memoria celular inscribe esa pérdida como el origen de todo deseo: buscar regresar al estado de gracia que nunca volverá a ser igual.

Stanislav Grof llegó a las matrices desde el temblor del cuerpo de sus pacientes y el espasmo de sus propias observaciones clínicas. Fue un hallazgo empírico, inesperado, que desafió todo lo que su formación psicoanalítica le había enseñado sobre la estructura del inconsciente.

A principios de los años 50, en el Instituto de Investigación Psiquiátrica de Praga, Grof comenzó a utilizar LSD-25 como herramienta para explorar lo profundo de la psique y acelerar procesos terapéuticos que la palabra tardaba años en desbloquear. Al principio, como buen psicoanalista entrenado en la tradición freudiana, esperaba encontrar recuerdos biográficos reprimidos —escenas infantiles, conflictos edípicos, fijaciones orales o anales— que al ser traídos a la conciencia aliviaran el sufrimiento de sus pacientes. Y, efectivamente, esos recuerdos aparecían. Pero pronto se topó con un fenómeno que no encajaba en ninguna de las categorías que conocía. Grof se enfrentó entonces a un dilema teórico. Freud le ofrecía el inconsciente personal; Jung le ofrecía el inconsciente colectivo y los arquetipos; pero lo que estaba observando tenía una precisión secuencial, una estructura de fases que no se parecía a ninguna otra cosa. Y fue entonces cuando hizo la conexión que lo cambiaría todo: las sensaciones que describían sus pacientes eran idénticas a las fases del parto. No se trataba de que los pacientes recordaran conscientemente el parto —eso es imposible, porque el hipocampo no está maduro y no hay lenguaje para codificarlo— sino de que el trauma del nacimiento había quedado inscrito en la musculatura, en el sistema nervioso, en el flujo energético del cuerpo, y bajo la influencia de la sustancia, esa memoria somática emergía con una intensidad abrumadora. Grof comprendió entonces que el nacimiento no era solo un evento biológico: era el arquetipo fundamental de la muerte y el renacimiento, una plantilla filogenética que estructuraba toda experiencia de crisis, de transformación y de éxtasis. Y así, de la observación clínica y la escucha atenta de miles de sesiones psicodélicas, Grof destiló las cuatro Matrices Perinatales. Desde mi óptica este hallazgo fue una validación brutal de la idea de la coraza caracteromuscular: el parto es el primer gran espasmo de la vida, el primer momento en que el cuerpo se contrae para sobrevivir, y esa contracción se convierte en el molde de todas las futuras defensas, de todos los bloqueos energéticos y de todas las fijaciones neuróticas. Liberar la coraza, implicaba revivir el trauma del nacimiento, atravesar la angustia de la muerte simbólica para poder renacer a una sexualidad plena y a una conciencia expandida.

La Matriz Perinatal II es la de la expulsión inminente, el comienzo del parto cuando las contracciones rítmicas cierran el útero como un puño que aprisiona al feto, y ya no hay salida pero tampoco hay entrada, solo una presión oscura y creciente que no cesa y que no deja espacio para la respiración, y desde la perspectiva de Reich es aquí donde se forja la coraza caracteromuscular, porque el feto, al no poder escapar ni descargar, contrae sus músculos para contener el pavor, para sobrevivir a la asfixia del túnel sin luz, y esa contractura es el origen del primer armadura neurótica, la que luego se sedimentará en el carácter, y desde Jung es el encuentro con la sombra primordial, con el Otro hostil que no es el otro sujeto sino la materia misma que oprime y no cede, y el pathos se instala aquí con toda su crudeza como el sufrimiento sin objeto y sin razón, el sentimiento de estar atrapado en un espacio que se cierra y que no ofrece salida, el momento en que el feto se debate contra las paredes de su propio mundo y no hay pezón que alivie ni cuerpo externo que consuele, solo la repetición de la presión que sube y baja pero nunca desaparece, y el segundo fulcro de este proceso es la desesperanza, el instante en que el sujeto —feto, niño o adulto— se enfrenta a la evidencia de que el paraíso se perdió para siempre y que el camino de regreso está cerrado, y muchos quedan fijados aquí, en la queja perpetua y en la búsqueda obsesiva de un objeto que tape la falta, porque el otro —la pareja, la religión, la sustancia— se convierte en un sustituto del útero perdido, pero nunca basta porque la estructura del pathos ya está grabada en la carne como un latido de angustia.

La Matriz Perinatal III es el momento del pasaje por el canal del parto, la batalla entre la vida y la muerte, el descenso por un túnel que comprime y que exige una lucha titánica para avanzar, y Grof lo describe como una experiencia de muerte y resurrección donde el sujeto siente que va a perecer pero también que algo nuevo está naciendo, y desde Reich esta es la fase donde la coraza se tensa al máximo pero también donde el flujo energético —si el cuerpo lo permite— puede vencer la resistencia muscular y abrirse paso hacia la descarga, y desde Jung es el arquetipo del héroe que vence al dragón, la bajada a los infiernos de donde el yo debe salir transformado, y el tercer fulcro es el momento crítico de la rendición, el instante en que el feto —o el sujeto en su abrazo sexual— debe soltar la resistencia y entregarse al proceso, dejar de pelear contra la presión para confiar en la fuerza que lo empuja hacia afuera, y ahí Eros y Pathos libran su batalla más encarnizada porque Pathos grita «no puedo más, me voy a romper» mientras Eros susurra «déjate llevar, del otro lado está la luz», y en el abrazo sexual esta matriz revive cada vez que la excitación alcanza su punto de no retorno, cuando la tensión bioenergética se vuelve casi insoportable y el sujeto debe decidir si se abandona a la corriente o si frena por miedo a desintegrarse, y la potencia orgástica reichiana es precisamente esa capacidad de atravesar el túnel sin soltar la mano del otro, de sostener la vulnerabilidad del desmoronamiento sabiendo que la reconstrucción vendrá después.

La Matriz Perinatal IV es la salida del canal, la expulsión violenta hacia la luz, el primer grito que expande los pulmones y el contacto con la piel del mundo, y aquí el placer final orgástico encuentra su correlato más profundo porque la descarga energética no es solo un alivio muscular sino una explosión de vida que atraviesa todo el cuerpo, y desde Reich es la consumación del acto sexual cuando la energía asciende por la columna y se libera en ondas que recorren la periferia, y desde Jung es el nacimiento del sí mismo, la individuación que solo es posible después de haber integrado las sombras y los arquetipos que aparecieron en el viaje, y el cuarto fulcro es el reconocimiento de que la muerte no era el final sino el umbral, que el sufrimiento del túnel fue necesario para llegar a la totalidad, y en esa experiencia postorgástica el sujeto toca la dimensión transpersonal porque ya no es solo un individuo que descarga tensión sino una conciencia que se reconoce parte del océano cósmico, una chispa que emerge del fuego original y que sabe que volverá a él, y el pathos que acompañó las tres primeras matrices se transforma aquí en gratitud y en compasión porque el sufrimiento ha sido integrado como parte del viaje y no como su finalidad, pero este proceso solo se completa cuando el yo genital, ese que puede morir y renacer, ha atravesado las cuatro matrices con suficiente consciencia para no quedar fijado en ninguna de ellas.

El sujeto fijado en la Matriz I buscará eternamente la fusión con el otro sin diferenciación, querrá perderse en el abrazo como quien retorna al líquido amniótico, pero su abrazo será pegajoso y asfixiante porque no tolera la separación, y su pathos será el de la fobia al abandono, el miedo pánico a que el otro se aleje, y su Eros estará teñido de una necesidad infantil que nunca se sacia; el sujeto fijado en la Matriz II vivirá la sexualidad como una trampa, esperando siempre que el placer se convierta en dolor o que el otro lo aprisione, y su pathos será la desconfianza crónica, el sentimiento de que todo placer conduce a una celda, y su Eros estará bloqueado por la coraza que lo protege pero que también lo aísla; el fijado en la Matriz III convertirá el abrazo sexual en una batalla, en una lucha de poder donde el orgasmo es la victoria o la derrota, y su pathos será el de la competitividad, la necesidad de demostrar que puede soportar la tensión extrema, y su Eros estará herido porque el otro no es un compañero sino un adversario; y solo el que puede atravesar la Matriz IV sin quedarse en ninguna de las anteriores vive el abrazo como una celebración, como una cocreación donde el otro es testigo y cómplice del viaje, y su Eros es una fuerza que integra el pathos de las tres primeras matrices sin negarlo ni abolirlo, sino transformándolo en la materia misma del placer.

Ahora bien, este viaje transpersonal del que Grof propone matrices, no es un camino único ni universalmente accesible del mismo modo, y aquí la teoría del desarrollo de la conciencia ofrece dos grandes perspectivas que conviene deslindar para no caer en confusiones que alienan más que liberan. Por un lado, la posición de Ken Wilber, que propone un desarrollo jerárquico y escalonado de la conciencia, donde cada etapa supera a la anterior en un movimiento ascendente que va desde lo prepersonal a lo personal y de allí a lo transpersonal, un modelo que bebe más del pensamiento oriental y de la filosofía perenne que de la experiencia clínica, y que corre el riesgo de convertir el desarrollo en una escalera donde los escalones son inamovibles; por otro lado, la posición de Michael Washburn, más anclada en la práctica clínica, que plantea un movimiento dialéctico donde el yo debe construirse mediante una «represión primordial» de las fuerzas no-egoicas para luego, en un movimiento regresivo al servicio de la trascendencia, reconectarse con ellas y acceder a lo transpersonal, un modelo que reconoce la tensión entre el desarrollo yoico y las fuerzas arcaicas que lo preceden y lo exceden. Ambas posiciones coinciden, sin embargo, en un punto fundamental: el acceso a lo transpersonal requiere un devenir temporal, un tiempo de estructuración de la conciencia y de construcción de las bases personales, y sin esa condición, lo transpersonal puede ser un falso desarrollo —la célebre «falacia pre-trans» de Wilber, que confunde lo arcaico con lo trascendente— o un síntoma de compromiso defensivo, una compensación que sustituye la integración genuina por una huida hacia lo numinoso sin arraigamiento en el cuerpo y en la relación.

La presentación que he ido haciendo, al contemplar la función del abrazo sexual como el modo más integrativo de acceder a lo transpersonal, coincide con ambos planteamientos en la necesidad de asentar las bases personales antes de cualquier apertura a lo transpersonal, pero como clínico observo los procesos dialécticos en los pacientes —los movimientos regresivos y progresivos que son consecuencia y origen de la patología caracterial— y trabajo con un encuadre terapéutico que favorece la regresión al servicio del desarrollo progresivo, una regresión que no es una vuelta atrás sino un descenso hacia los fundamentos corporales, energéticos y simbólicos, que permite una posterior expansión de la conciencia, y esta dialéctica carácter-yo-sí-mismo está siempre al servicio de la maduración yoica para la individuación, porque el yo no es un enemigo que deba ser disuelto sino un aliado que debe ser fortalecido para poder abrirse sin desmoronarse.

Pero aquí se abre una cuestión crucial que la experiencia clínica no puede eludir: trabajar con pacientes —seres de pathos, sufrientes ya cuando llegan al tratamiento o que van a sufrir en el proceso de incrementar la conciencia— es trabajar empíricamente con patologías, y uno puede cometer el error cognitivo de «universalizar» como inmanente en la naturaleza humana modos de funcionamiento que están abrumadoramente presentes en lo patológico. Acostumbrados a observar el funcionamiento de sujetos con debilidad yoica, incapaces de abordar la pulsionalidad sin desestructurarse, podemos caer en el error de pensar que los potenciales no-egoicos son tan abrumadores que realmente hay que admitir la necesidad de una «represión primordial» de esas potencialidades para que el yo pueda construirse. Sin embargo, el propio Washburn apunta a que, en condiciones ideales —con padres amorosos, contenedores, estructurantes, en un campo relacional saludable— los niños pudieran tener una fuerza yoica suficiente como para no tener que hacer esa represión primordial, y desde la perspectiva reichiana y junguiana contemplo esta posibilidad como plausible si ambos progenitores tienen un funcionamiento de «carácter genital», es decir, si su propia libido no está fijada en posiciones pregenitales y su coraza caracteromuscular no obstaculiza el flujo energético y están conectados con su inconsciente colectivo.

Sin represión sexual en los padres, o si estos no la han resuelto, —sea pregenital o genital— la represión primordial no sería necesaria, y el desarrollo sería más lineal, más jerárquico, donde las funciones se adquieren, maduran y redefinen todo el desarrollo previo en una espiral con oscilaciones contractivo-expansivas, pero donde los potenciales no-egoicos, arquetípicos, están presentes como una fuerza más, junto a las relaciones objetales personales, determinando el flujo de crecimiento y desarrollo. En un niño así, ser consciente de lo transpersonal solo puede hacerse con un dispositivo yoico suficiente que requiere un tiempo de maduración, pero ese tiempo llegará antes que cuando hay represión primordial, porque no hay que desandar un camino de escisión para volver a conectar con lo que fue negado. Los aspectos pre-personales de lo transpersonal —esas fuerzas arcaicas que Grof sitúa en las matrices perinatales y Jung en los arquetipos— estarían actuantes como modulantes del propio desarrollo personal, no como amenazas que deben ser reprimidas, y los aspectos transpersonales de lo transpersonal tomarían presencia en la conciencia de un modo escalonadamente progresivo: desde las relaciones genitales infantiles —en las que el niño puede experimentar destellos de totalidad en el abrazo con los progenitores— hasta las relaciones genitales adolescentes, en las que la experiencia de acceso a lo transpersonal puede ser completa en toda su complejidad, porque el cuerpo ya ha madurado y el yo ya tiene la plasticidad suficiente para sostener la expansión sin fragmentarse.

Un desarrollo así integraría el desarrollo psicoafectivo sexual con el desarrollo de las fuerzas transpersonales, y los sujetos experimentarían un crecimiento yoico basado en la incorporación a la conciencia de realidades cada vez más complejas y abarcativas, pero siempre desde una experiencia de simplicidad y arraigamiento en la masa-tierra de la propia corporalidad, porque el espíritu no se encuentra huyendo de la carne sino habitándola con mayor hondura, y lo transpersonal como experiencia cotidiana sería una realidad, no una excepción ni un privilegio reservado a iniciados o a momentos de crisis. Hasta dónde llegaría el desarrollo de la conciencia en estas condiciones ideales, es una incógnita que ningún modelo teórico puede acotar, porque la vida misma es la que va trazando sus límites y sus horizontes, y el placer —esa brújula que nos orienta hacia la descarga y hacia la totalidad— seguirá siendo el modulador del camino, el nombre que le damos al hecho de que, a pesar de todo, la vida sigue buscando su propia plenitud, y el abrazo sexual, en esa búsqueda, sigue siendo el crisol donde el pathos de las heridas primordiales se transmuta en el Eros del regreso, y donde el yo, sin desaparecer, se expande lo suficiente para tocar, por un instante, la inmensidad que siempre lo sostuvo.

La integración solo es posible si el sujeto ha trabajado los fulcros, esos puntos de inflexión donde la repetición compulsiva puede detenerse y el flujo energético puede encontrar nuevos cauces, y Reich propuso que el carácter genital es el que puede abandonarse al orgasmo sin retener, ni coraza, y Jung propuso que la individuación es el viaje que reconoce los arquetipos sin quedar atrapado en ellos, y desde esa confluencia el abrazo sexual es una recapitulación de toda la historia perinatal y filogenética, un viaje en miniatura que dura minutos pero que contiene eones de evolución, y la experiencia transpersonal no es una escapatoria sino la culminación de ese viaje, el instante en que el sujeto comprende que su cuerpo es el límite pero que su conciencia puede expandirse más allá de la masa, que la muerte es una transición más en el ciclo de contracción y expansión que rige el universo, y entonces el pathos se convierte en el reconocimiento de la finitud que hace posible el abrazo, y Eros se convierte en la fuerza que impulsa a abrazar a pesar de esa finitud, y el placer es la señal de que la vida sigue moviéndose, pulsando, buscando su plenitud a través de los cuerpos que la habitan, y el sujeto genital —el que ha nacido varias veces en la intimidad del encuentro— sabe que cada abrazo sexual es un nuevo parto, una nueva batalla y una nueva resurrección, y que cada vez que elige entregarse al otro sin perderse, está tejiendo el puente entre la carne y el espíritu, entre la herida y el regreso, entre el pathos que lo formó y el Eros que lo redime, sin necesidad de dioses ni de dogmas, solo con el temblor de su propia columna y la respiración del otro que se funde con la suya en el ritmo inmortal de lo que siempre fue y siempre será: la vida que busca su propio nombre en el abrazo.

 

La represión sexual, la religión y lo pseudotranspersonal

La represión sexual no impide que el instinto busque vías de expresión, tanto para la descarga orgástica como para el contacto con la totalidad. Aparecen entonces espacios de compromiso —como las religiones— que canalizan parcialmente ambas necesidades, pero conservando componentes libidinales pregenitales que sitúan al sujeto en una posición oral y dependiente de sistemas externos.

Las religiones ocupan el espacio ambivalente de la madre protectora y del padre castrador, regulando el acceso a lo transpersonal mediante códigos cognitivos y rituales. Pueden permitir experiencias místicas, pero también generan alienación: desarraigan al sujeto de su cuerpo y dificultan su acceso directo a la totalidad.

La represión sexual es, por tanto, doblemente alienante. Produce sujetos egoico-caracteriales que necesitan estructuras jerarquizadas para acceder a lo transpersonal. Estas superestructuras se mantienen mediante la represión y, a su vez, producen nueva represión.

Cuando la sexualidad queda subordinada a la trascendencia —por ejemplo, en prácticas tántricas que retrasan la descarga para «cargar» al sujeto—, la repercusión sobre la salud es negativa desde el modelo bioenergético. Las formas de trascendencia alcanzadas desde estados predominantemente egoicos pueden convertirse en experiencias pseudotranspersonales: compensaciones aparentemente evolucionadas, estereotipos ritualizados que mantienen intacta la alienación.

Sexualidad, pantallas y transpersonalidad

La hipótesis central que emerge de este recorrido es que sexualidad y transpersonalidad no son dos territorios independientes ni opuestos. Pueden ser comprendidas como dos dimensiones de un mismo proceso de integración cuando el funcionamiento yoico ha alcanzado suficiente madurez.

El abrazo sexual puede constituir, en determinadas condiciones, una experiencia privilegiada de ese proceso. En él se articulan cuerpo, deseo, relación, diferenciación, abandono, placer, individuación y apertura a dimensiones que el sujeto experimenta como superiores o más profundas que su consciencia ordinaria.

El movimiento fundamental no sería escapar del cuerpo para alcanzar lo espiritual, sino descender suficientemente hacia el cuerpo para poder expandir la consciencia sin perder el arraigamiento. La regresión no sería necesariamente una vuelta atrás, sino un descenso hacia los fundamentos de la experiencia que hace posible una progresión posterior. La trascendencia no debería entenderse como huida de la inmanencia, sino como una expansión que solo puede sostenerse cuando existe un arraigamiento suficiente.

El sujeto se encuentra con el otro, se diferencia, se abandona al otro, se descubre en la relación, desciende hacia su propia profundidad corporal, experimenta la pérdida provisional de sus límites, accede a una experiencia de totalidad y finalmente retorna a sí mismo. Pero retorna siendo otro.

El desafío de la cultura digital y la estructura del deseo

La sociedad actual nos sobreestimula con dopamina barata —pantallas, pornografía, comida ultraprocesada, scroll infinito, notificaciones— y explota la metonimia del objeto *a*, lo que está rompiendo el ciclo natural del abrazo sexual y, por extensión, de cualquier vínculo humano profundo. Este ciclo de deseo → búsqueda → (si no hay placer) → más deseo explica por qué pasamos horas pasando de pantalla en patalla, revisando el móvil 150 veces al día o cambiando de pestaña sin motivo.

Las pantallas no solo alteran la melatonina y el cortisol; secuestran la estructura del deseo al ofrecer una sucesión infinita de objetos sustitutos. El ciclo de deseo → búsqueda → (si no hay placer) → más deseo explica por qué pasamos horas. La pantalla te da deseo (dopamina), pero te quita el apetito por el placer real.

La consecuencia es una trampa:

  • Deseo constante, pero placer fugaz: la dopamina pide más y más rápido, pero al llegar al clímax, las endorfinas y la oxitocina no tienen tiempo de asentarse porque ya estás pensando en la siguiente dosis.
  • El período refractario se alarga en lo físico, pero se acorta en lo mental: puedes tener relaciones y, a los 5 minutos, estar mirando el móvil. La oxitocina no logra consolidarse porque la dopamina ya está llamando de nuevo.
  • El abrazo post-coital se vuelve incómodo: sin la calma hormonal, muchas personas sienten ansiedad o vacío después del sexo.

Para recuperar el placer auténtico —esa calma con oxitocina y endorfinas— hay que aburrirse un poco, dejar de buscar, y permitir que la dopamina baje. Pero eso, en la era digital, es casi un acto de rebeldía.

Un camino de vuelta

La salud sexual no puede reducirse a la ausencia de síntomas o a la capacidad mecánica de obtener placer. Implica la capacidad de establecer una relación en la que dos sujetos puedan:

  • conservar su diferenciación sin perder la conexión;
  • entregarse sin desaparecer;
  • depender sin quedar sometidos;
  • experimentar placer sin convertir al otro en objeto;
  • acceder a dimensiones profundas de la experiencia sin convertirlas en refugios frente a la realidad.

El criterio último no sería, por tanto, cuánto se trasciende el yo, sino cuánto puede el yo expandirse sin dejar de ser sujeto, cuánto puede entregarse sin perderse y cuánto puede abrirse a la totalidad sin abandonar el cuerpo, la relación y la vida.

Reducir el uso de pantallas —especialmente 1 o 2 horas antes de dormir— no es solo una medida higiénica para mejorar el sueño. Es una condición neuroquímica para que el deseo real, el abrazo profundo y la experiencia transpersonal puedan volver a ser posibles. Porque la pantalla te da deseo, pero te quita el apetito por el placer real. Y el placer real —el que integra cuerpo, corazón y espíritu— no necesita buscar fuera: ya ha encontrado.

 

Conclusiones

El recorrido realizado a lo largo de este ensayo permite extraer una serie de conclusiones que entrelazan las dimensiones neuroendocrina, psicoanalítica, junguiana, reichiana y transpersonal del abrazo sexual, situándolas en el contexto de la cultura digital contemporánea.

Primera conclusión: el abrazo sexual como ciclo neuroquímico integrado. La sexualidad humana no puede reducirse a un mero impulso biológico ni a una construcción cultural arbitraria. Constituye un ciclo neurohormonal completo —deseo, excitación, clímax y resolución— que, cuando se despliega sin interferencias, ofrece al sujeto una experiencia de regulación energética, vinculación afectiva y bienestar profundo. La dopamina moviliza la búsqueda; la oxitocina y las endorfinas consolidan el vínculo y la calma. Este ciclo está diseñado para la satisfacción y el reposo, no para la acumulación infinita de estímulos.

Segunda conclusión: la cultura digital secuestra el ciclo natural del deseo. Las pantallas, el scroll infinito, las notificaciones y la pornografía de consumo rápido generan picos constantes de dopamina sin la correspondiente descarga de oxitocina y endorfinas. El resultado es un estado de deseo permanente sin plenitud: el sujeto busca sin encontrar, consume sin saciarse, y el abrazo sexual real —que exige tiempo, presencia, vulnerabilidad y entrega— se vuelve «demasiado trabajo» para un cerebro acostumbrado a la recompensa instantánea. La luz azul nocturna, al bloquear la melatonina y elevar el cortisol, deteriora la calidad del sueño y reduce la testosterona, cerrando un círculo vicioso que aleja al sujeto de su propia corporalidad.

Tercera conclusión: la dimensión transpersonal del abrazo sexual es real, pero no automática. No todo acto sexual abre la puerta a lo transpersonal. Para que el abrazo sexual trascienda la mera descarga mecánica y se convierta en una experiencia de totalidad, unidad, humildad, reconciliación y amor, se requiere una condición fundamental: que el sujeto haya alcanzado un grado suficiente de integración yoica —lo que Reich denominó carácter genital. Sin esa madurez, la experiencia transpersonal puede degenerar en fascinación regresiva, en búsqueda compulsiva de éxtasis o en refugio pseudotranspersonal que aliena al sujeto en lugar de liberarlo.

Cuarta conclusión: el yo genital es la condición de posibilidad de la auténtica experiencia transpersonal. El yo genital no es un yo perfecto ni exento de conflicto; es un yo capaz de sostener la ambivalencia, de diferenciarse del otro sin perder la conexión, de abandonarse al placer sin disolverse, y de integrar la sombra sin proyectarla. Este yo no sublima la libido genital: la vive, la descarga y, al hacerlo, trasciende sus propios límites de biomasa y conciencia. La trascendencia no es, entonces, una huida del cuerpo, sino una expansión que solo es posible desde un arraigamiento corporal profundo.

Quinta conclusión: la represión sexual y la positividad tóxica convergen en la misma alienación. La sociedad del rendimiento y la cultura digital exigen al sujeto ser feliz, productivo y optimista sin fisuras, al tiempo que saturan su deseo con estímulos que nunca sacian. Esta doble imposición —goza, pero no sufras; desea, pero no te detengas— produce un sujeto escindido que no puede elaborar el duelo, ni la frustración, ni la negatividad transformadora que todo crecimiento auténtico requiere. La vuelta al abrazo sexual pleno implica, por tanto, una resistencia política y existencial: recuperar el silencio, la pausa y la carne frente al ruido digital.

Sexta conclusión: la reconciliación entre Eros y Pathos es el núcleo de la salud sexual y espiritual. El pathos —el sufrimiento de la búsqueda inacabada, la herida de la falta— no es un enemigo que deba ser eliminado, sino el material mismo que el abrazo sexual puede transformar. Cuando el sujeto integra su pathos sin negarlo ni quedar atrapado en él, el placer deja de ser un premio evasivo y se convierte en una fuerza relacional que conecta cuerpo, corazón y espíritu. El orgasmo, desde esta perspectiva, es una recapitulación del parto, una muerte y un renacimiento simbólicos que permiten al sujeto emerger más consciente, más libre y más vinculado al misterio de la vida.

Séptima conclusión: la pareja integradora es el espacio privilegiado de la transformación. La relación sexual genuina no es un intercambio de objetos, sino un encuentro entre sujetos que se reconocen en su diferencia, que se eligen libremente, que cocrean un espacio de confianza y que se permiten ser transformados por el otro. En este espacio, la individuación no se ve amenazada, sino favorecida: el retorno a la propia soledad tras el abrazo no es un aislamiento, sino la afirmación de que la individuación es necesariamente personal, aunque se realice en relación.

Octava conclusión: la calidad frente a la cantidad es el gesto radical de nuestro tiempo. Frente a la lógica de la acumulación, la novedad constante y el estímulo infinito, elegir la calidad —un abrazo lento, una mirada sostenida, un silencio compartido— es un acto de rebeldía neuroquímica y existencial. No se trata de renunciar a la tecnología, sino de recuperar la capacidad de habitar el presente, de sostener la falta sin llenarla con objetos sustitutos, y de desear al otro no como un objeto más, sino como un sujeto único e insustituible.

Novena conclusión: la espiritualidad genuina no está reñida con la carne, sino que emerge de ella. La experiencia transpersonal alcanzada a través del abrazo sexual no es una negación del cuerpo, sino su culminación. El espíritu no se encuentra huyendo de la materia, sino habitándola con mayor hondura: como el fuego dentro de la leña, esperando que la respiración del abrazo avive la llama que siempre estuvo ahí. Recuperar la dimensión transpersonal de la sexualidad es, en última instancia, recuperar la posibilidad de una vida plena, encarnada, relacional y abierta al misterio que la sostiene.

 

Epílogo

Este ensayo ha pretendido trazar un mapa preliminar de un territorio que, pese a su centralidad en la experiencia humana, sigue siendo un vasto continente inexplorado en la intersección entre la psicología profunda, la neurobiología, la filosofía y la antropología de la tecnología. Hemos recorrido el ciclo hormonal del abrazo sexual, nos hemos asomado a la estructura del deseo desde la óptica lacaniana, hemos descendido a las matrices perinatales de Grof, hemos transitado por la dialéctica entre Eros y Pathos, y hemos constatado cómo la cultura digital secuestra el circuito natural del placer. Pero cada una de estas estaciones del viaje no es un destino, sino una pregunta abierta, una invitación a seguir indagando.

Lo que queda por investigar.

En primer lugar, la relación entre la integración yoica —el carácter genital reichiano— y la capacidad de acceso a estados transpersonales sigue siendo una hipótesis clínica que requiere una verificación empírica mucho más rigurosa. ¿En qué medida el desarrollo de la coraza caracteromuscular predice la calidad de la experiencia sexual y su potencial transformador? ¿Existen correlatos neurofisiológicos medibles entre la capacidad de abandono orgástico y los patrones de activación cerebral asociados a experiencias de totalidad y unidad? La neurociencia afectiva y la psicofisiología del orgasmo están todavía en sus inicios, y apenas comienzan a explorar las conexiones entre el sistema nervioso autónomo, la regulación del eje hipotálamo-hipófiso-gonadal y los estados alterados de conciencia inducidos por la experiencia sexual. La integración de la orgonomía reichiana —con su concepto de energía orgónica y su teoría de la coraza— con los modelos actuales de neuroplasticidad y regulación emocional constituye un desafío epistemológico fascinante que apenas ha sido esbozado.

En segundo lugar, la dimensión transpersonal del abrazo sexual plantea preguntas que desbordan el marco individual. Si la experiencia de unidad, totalidad y conexión cósmica no es una fantasía ni una ilusión, sino un estado de conciencia genuinamente accesible, ¿qué implicaciones tiene esto para nuestra comprensión de la naturaleza de la conciencia misma? ¿Estamos ante un fenómeno emergente de la complejidad cerebral o ante el acceso a una dimensión de la realidad que la ciencia convencional aún no ha podido integrar? La psicología transpersonal, desde Jung hasta Grof, ha sostenido que estas experiencias revelan aspectos fundamentales de la psique que no pueden reducirse a epifenómenos neurológicos. Pero la investigación empírica en este campo es todavía escasa, fragmentaria y a menudo marginada por el mainstream académico. Hace falta un programa de investigación que combine la fenomenología rigurosa, la neuroimagen funcional, la psicometría de estados de conciencia y el estudio longitudinal de sujetos que integran la sexualidad y la espiritualidad en su vida cotidiana.

En tercer lugar, el impacto de la cultura digital sobre la sexualidad y la intimidad está apenas comenzando a ser comprendido en su verdadera magnitud. El secuestro del deseo por parte de los algoritmos, la sustitución del cuerpo real por la imagen virtual, la atrofia de la capacidad de sostener la mirada y el silencio, la insensibilización dopaminérgica que convierte el abrazo físico en «demasiado trabajo» —todas estas dinámicas requieren investigaciones longitudinales que sigan a cohortes de usuarios a lo largo de años para determinar los efectos acumulativos sobre la salud sexual, la calidad de las relaciones y la capacidad de experimentar placer profundo. La pregunta no es solo cuánto tiempo pasamos frente a las pantallas, sino cómo esa exposición está reconfigurando nuestra arquitectura del deseo, nuestra sensibilidad corporal y nuestra disposición a la vulnerabilidad. Y esta pregunta no puede responderse solo desde la psicología individual: necesita una mirada antropológica, sociológica y política que sitúe el fenómeno en el contexto de la economía de la atención, el capitalismo de plataforma y la reconfiguración de los vínculos sociales.

En cuarto lugar, la relación entre la represión sexual y las formas de espiritualidad institucionalizada —religiones, escuelas místicas, prácticas tántricas comercializadas— sigue siendo un campo lleno de sombras y de promesas incumplidas. Hemos señalado el peligro de las experiencias pseudotranspersonales, aquellas que, en lugar de integrar el cuerpo y la sexualidad, los niegan o los subordinan a una supuesta elevación espiritual. Pero la investigación sistemática sobre las condiciones que diferencian una experiencia transpersonal auténtica de una compensación neurótica apenas se ha iniciado. ¿Qué criterios permiten distinguir entre una apertura genuina a la totalidad y una fuga regresiva? ¿Cómo puede la clínica psicoterapéutica acompañar procesos de desarrollo espiritual sin caer en el facilismo new age ni en el reduccionismo materialista? Estas preguntas exigen un diálogo sostenido entre la psicología profunda, la filosofía de la religión y la antropología de las prácticas espirituales, un diálogo que todavía está por construir.

En quinto lugar, la dimensión sociopolítica de la sexualidad integradora apenas ha sido esbozada. Si el yo genital —el sujeto capaz de amar, desear y entregarse sin perderse— es también un agente de transformación social, como sugiere el ensayo al mencionar la oposición al «triunfo de los esclavos» nietzscheano, entonces la investigación debe preguntarse por las condiciones históricas y estructurales que favorecen o dificultan el desarrollo de este tipo de subjetividad. ¿Qué tipo de educación sexual, afectiva y emocional podría promover la integración entre Eros y Pathos en lugar de la escisión? ¿Qué políticas públicas podrían contrarrestar el secuestro digital del deseo y restaurar el espacio para la intimidad, la lentitud y el silencio? ¿Cómo pueden las instituciones —la escuela, la familia, el sistema sanitario— contribuir a la formación de sujetos genitales, en lugar de reproducir la represión y la alienación? Estas preguntas son urgentes y, sin embargo, apenas comienzan a formularse en el debate público.

En sexto lugar, y quizá más fundamentalmente, la propia noción de «lo transpersonal» requiere una revisión crítica a la luz de los desafíos contemporáneos. La experiencia transpersonal no es un estado fijo ni un logro definitivo; es un horizonte que se desplaza a medida que el sujeto se transforma, un proceso dialéctico en el que cada apertura a la totalidad exige un nuevo arraigamiento, cada expansión de la conciencia exige un nuevo descenso al cuerpo. La investigación futura deberá abandonar los modelos jerárquicos y lineales del desarrollo espiritual para adoptar perspectivas más complejas, sistémicas y dialógicas, que reconozcan la irreductible singularidad de cada trayectoria y la imposibilidad de encajar la experiencia transpersonal en categorías universales.

Queda también por explorar con mayor profundidad la conexión entre la experiencia transpersonal del abrazo sexual y las tradiciones contemplativas de Oriente y Occidente. El tantra, el zen, la mística sufí, la tradición hesicasta cristiana y el chamanismo han desarrollado durante milenios mapas de la conciencia y prácticas de transformación que convergen sorprendentemente con la fenomenología aquí descrita. Pero la integración de estos saberes con la psicología contemporánea y la neurociencia es todavía un proyecto inacabado, lleno de riesgos de apropiación cultural, simplificación y comercialización. Hace falta una investigación que respete la profundidad de esas tradiciones sin caer en el exotismo ni en el relativismo, y que sea capaz de extraer de ellas principios operativos aplicables a la clínica y a la vida cotidiana.

Finalmente, el ensayo ha apuntado hacia una dirección que merece ser desarrollada mucho más: la relación entre la salud sexual y la salud ecológica. El yo genital, decíamos, es necesariamente ecológico, cósmico y transpersonal. Esto implica que la capacidad de experimentar placer, conexión y totalidad en el abrazo sexual no es independiente de nuestra relación con el entorno natural, con el territorio, con la comunidad de seres vivos que nos rodean. El secuestro digital del deseo no es solo una crisis individual, sino un síntoma de una desconexión más amplia: la separación entre el cuerpo y la tierra, entre la carne y el cosmos, entre el placer y la vida. Investigar esta conexión —y las prácticas que podrían restaurarla— es quizá una de las tareas más urgentes y fascinantes del pensamiento contemporáneo.

En definitiva, este epílogo no es un cierre, sino una apertura. La investigación sobre la dimensión transpersonal de la sexualidad está en sus albores, y cada una de las preguntas formuladas a lo largo de este ensayo es, al mismo tiempo, una invitación a seguir indagando, a seguir descendiendo al cuerpo, a seguir abrazando al otro y a seguir permitiendo que el misterio nos transforme. La ciencia, la filosofía y la clínica están llamadas a encontrarse en este territorio común, no para agotarlo con explicaciones, sino para habitarlo con la humildad de quienes saben que el conocimiento verdadero comienza donde la certeza termina: en el temblor del encuentro, en la respiración compartida, en el instante en que el yo se abre a la totalidad sin dejar de ser él mismo.

Autor

Mikel García García

Médico y cirujano (Universidad Navarra, 1975). Psicólogo (Universidad San Sebastián, 1982). Psicoanalista junguiano. Formación experiencial y teórica en: Psicoanálisis, Terapia Sistémica Familiar, Psicoanálisis Reichiano (vegetoterapia caracteroanalítica), Psicología Analítica Junguiana, Psicoterapia Transpersonal. Experiencia de Muerte Cercana a los 33 años. Máster en “Astronomía y astrofísica” VIU (Universidad Valencia, 2014). Doctor Internacional en «Estudios Internacionales en Paz, Conflictos y Desarrollo», Universitat Jaume I (UJI Castellón, 2020). Máster en Fotografía Artística y Narrativa Visual (Universidad Internacional de la Rioja, 2022). Máster en Inteligencia Artificial (BIG SCHOOL, Madrid 2024) y Máster en Inteligencia Artificial (Universidad Isabel I, Madrid 2025). 

Colaborador con ONG médicas de intervención internacional, y en programas de formación a personal sanitario de atención Primaria; SIDA; maltrato infantil; muerte digna y a docentes. Especializado en maltrato infantil, trauma, duelo, tanatología, acompañamiento al muriente, integración de sistemas, estados de trance y místicos. Terapeuta de “Grupos de Duelo Online Ventana a ventana” desde confinamiento COVID-19. Psiconauta, antropólogo investigador del alma en la clínica médica y psicoterapéutica y trabajos de campo antropológicos cualitativos y cuantitativos, con énfasis en la Acción Participativa, docencia y divulgación psicopolítica de los hallazgos. Promotor de acciones participativas para el despertar del desierto interior y para la transformación social. Didacta  de la Sociedad Internacional Para el Desarrollo del Psicoanálisis Junguiano (SIDPaJ). Fotógrafo. Buceador. Alquimista. Hilozoísta. Hijo de Hermes. Creador herido. https://bit.ly/mikelcurriculum  iratxomik@gmail.com

La dimensión política de la psicoterapia

La dimensión política de la psicoterapia

Descripción de la imagen
Collage trabajando con inteligencia artificial. Por Mikel García.

 

Resumen

Resumen

El artículo «La dimensión política de la psicoterapia» explora la intersección entre la psicoterapia y las estructuras políticas, y cómo la terapia puede ir más allá de la sanación individual para convertirse en una herramienta de cambio social. Se analizan las convergencias y divergencias entre los enfoques terapéuticos y los sistemas políticos, destacando que la psicoterapia no solo aborda el sufrimiento emocional, sino que también puede ayudar a los individuos a comprender cómo las estructuras sociales y políticas perpetúan ese sufrimiento.

Se enfatiza la importancia de la psicoterapia como un espacio de conciencia crítica, donde los pacientes pueden tomar conciencia de las fuentes sociales de su malestar, como la desigualdad económica o la opresión política. A partir de esta conciencia, la terapia puede empoderar a los individuos para que actúen políticamente y se involucren en la transformación social. La creación de redes comunitarias también se destaca como una herramienta clave para superar el trauma y el aislamiento, fomentando la movilización social y el empoderamiento colectivo.

El texto subraya cómo diferentes sistemas políticos, como la democracia liberal o el autoritarismo, afectan el acceso a la psicoterapia y el papel que esta puede jugar en promover o reprimir la crítica social. En contextos represivos, la psicoterapia puede ser una forma de resistencia pacífica, ofreciendo a los individuos estrategias para enfrentar la opresión. La conclusión central es que lo personal es político, y la psicoterapia no puede desvincularse de las dinámicas sociales más amplias.

Palabras clave: psicoterapia política, conciencia crítica, cambio social, empoderamiento, trauma colectivo, resistencia política, redes comunitarias, sistemas políticos.

Mikel García García, 21 septiembre 2024

 

La Dimensión Política de la Psicoterapia:

Descripción General: Este artículo explora cómo la psicoterapia va más allá de la sanación individual, convirtiéndose en una poderosa herramienta para el cambio social. A través del análisis de la intersección entre la psicoterapia y las estructuras políticas, se revela el papel crucial de la terapia en la concienciación de las causas sociales del sufrimiento emocional, como la desigualdad y la opresión política. Además, se destaca cómo la psicoterapia puede empoderar a los individuos para la acción política y la movilización social.

Características Clave:

  • Psicoterapia política: Descubre cómo la terapia no solo alivia el malestar emocional, sino que también ofrece una comprensión profunda de cómo las estructuras políticas perpetúan el sufrimiento.
  • Conciencia crítica: La psicoterapia proporciona un espacio para que los pacientes reconozcan las raíces sociales de su malestar y actúen para transformar su entorno.
  • Cambio social: La terapia puede convertirse en una herramienta clave para el empoderamiento colectivo y la movilización en pro de la justicia social.
  • Redes comunitarias: La creación de redes es esencial para superar el trauma colectivo y el aislamiento, promoviendo el empoderamiento y la resistencia política.
  • Impacto de los sistemas políticos: Se analizan cómo diferentes sistemas, desde la democracia liberal hasta el autoritarismo, afectan el acceso a la psicoterapia y su rol en la crítica social.

Por qué deberías leer este artículo: Si te interesa comprender el vínculo entre la salud mental y las dinámicas sociales más amplias, este artículo ofrece una visión profunda sobre cómo lo personal es político. Aprenderás cómo la psicoterapia puede ser una forma de resistencia pacífica y una plataforma para fomentar cambios sociales.

Palabras clave referenciales: Psicoterapia política, conciencia crítica, empoderamiento, cambio social, redes comunitarias, sistemas políticos, trauma colectivo, resistencia política.

Conceptos clave relacionados

  • Psicoterapia para el cambio social
  • Intersección entre psicoterapia y política
  • Cómo la terapia aborda la opresión política
  • Empoderamiento a través de la psicoterapia
  • Rol de la psicoterapia en la transformación social
  • Psicoterapia y conciencia crítica en contextos políticos
  • Crear redes comunitarias para superar el trauma
  • Psicoterapia política
  • Cambio social
  • Empoderamiento
  • Conciencia crítica
  • Redes comunitarias
  • Resistencia política
  • Trauma colectivo
  • Justicia social
  • Salud mental y política
  • Terapia y estructuras sociales
  • Activismo a través de la terapia
  • Desigualdad y psicoterapia
  • Movilización social y sanación emocional
  • Contextos represivos y psicoterapia
Comentario autocrítico

Comentario autocrítico

El artículo La dimensión política de la psicoterapia ofrece una reflexión interesante que intenta estar bien fundamentada sobre la interrelación entre el campo de la psicoterapia y las estructuras políticas que influyen en la vida humana. Una de las principales propuestas del texto es su propuesta para conectar el trabajo terapéutico, que a menudo se considera un proceso individual y privado, con la realidad social más amplia en la que se encuentran los pacientes. Esta articulación entre lo personal y lo político intenta ser una de las contribuciones más valiosas del artículo, pues proporciona una visión holística de cómo los problemas emocionales y psicológicos no pueden separarse de las condiciones políticas y sociales en las que se desarrollan.

Uno de los puntos más fuertes del texto es su análisis de cómo diferentes sistemas políticos afectan el acceso y el rol de la psicoterapia. En regímenes democráticos, la terapia es vista como un medio legítimo para fomentar el bienestar personal, mientras que en contextos autoritarios, es vista como una amenaza al control social y político. Esta distinción es útil para entender la relevancia política que puede tener la terapia en la sociedad contemporánea, especialmente en momentos donde las libertades civiles están bajo amenaza en varios países.

Sin embargo, el artículo es generalista, podría ser más detallado en cuanto a ejemplos concretos de cómo la psicoterapia ha funcionado como un medio de resistencia pacífica en contextos represivos. Aunque se menciona esta idea, falta un desarrollo más profundo que muestre ejemplos históricos o actuales de esta resistencia, lo cual ayudaría a fortalecer el argumento. Falta también ejemplificarlo con ejemplos concretos de pacientes tratados en psicoterapia. Además, aunque se menciona el trauma colectivo, el texto no profundiza en cómo la terapia puede abordar el trauma histórico o intergeneracional, que es clave en muchas situaciones de represión política. Integrar enfoques terapéuticos que aborden el trauma social a gran escala podría haber añadido una dimensión adicional a la discusión.

Del mismo modo, el texto podría beneficiarse de un análisis más crítico de los límites que tiene la psicoterapia como herramienta de cambio social. Si bien es cierto que la terapia puede empoderar a los individuos para actuar políticamente, también es importante reconocer que no siempre lleva a un compromiso social o político, ya que muchos procesos terapéuticos se centran únicamente en el individuo y muchas corrientes de psicoterapia no se plantean ir más allá de normalizar al individuo adaptándolo a las condiciones de su sociedad, o no se planean nada más que paliar unos síntomas sin tratar de modificar la estructura de la personalidad.

Por último, el artículo ofrece una visión idealista de la psicoterapia como catalizador del cambio social, ya que el contexto de la realidad política actual presenta desafíos significativos. En muchos lugares, el acceso a la terapia sigue siendo limitado a sectores privilegiados, y las barreras económicas y sociales impiden que grandes grupos de personas puedan beneficiarse de los efectos emancipadores que propone el texto. Abordar estos límites más concretamente habría brindado una perspectiva más equilibrada.

Soy consciente de estos sesgos y de las carencias académicas por no haber incluido citas de propuestas de autores psicoanalíticos, filósofos, políticos, antropólogos, … y de investigaciones sobre esta temática, pero espero que aun con ello el artículo pueda servir para estimular a pensar sobre la importancia de vincular la psicoterapia con las dinámicas políticas, resaltando su capacidad para empoderar a los individuos frente a las estructuras opresivas. Me he permitido la licencia de hacer un artículo ligero de citas y, por lo tanto, más rápido de construir. Con las referencias que aporto a continuación el lector puede hacerse una idea de los autores y obras que me inspiran para mis reflexiones y propuestas.

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Autor

Mikel García García

Médico y cirujano (Universidad Navarra, 1975). Psicólogo (Universidad San Sebastián, 1982). Psicoanalista junguiano. Formación experiencial y teórica en: Psicoanálisis, Terapia Sistémica Familiar, Psicoanálisis Reichiano (vegetoterapia caracteroanalítica), Psicología Analítica Junguiana, Psicoterapia Transpersonal. Experiencia de Muerte Cercana a los 33 años. Máster en “Astronomía y astrofísica” VIU (Universidad Valencia, 2014). Doctor Internacional en «Estudios Internacionales en Paz, Conflictos y Desarrollo», Universitat Jaume I (UJI Castellón, 2020). Máster en Fotografía Artística y Narrativa Visual (Universidad Internacional de la Rioja, 2022). Máster en Inteligencia Artificial (BIG SCHOOL, Madrid 2024) y Máster en Inteligencia Artificial (Universidad Isabel I, Madrid 2025). 

Colaborador con ONG médicas de intervención internacional, y en programas de formación a personal sanitario de atención Primaria; SIDA; maltrato infantil; muerte digna y a docentes. Especializado en maltrato infantil, trauma, duelo, tanatología, acompañamiento al muriente, integración de sistemas, estados de trance y místicos. Terapeuta de “Grupos de Duelo Online Ventana a ventana” desde confinamiento COVID-19. Psiconauta, antropólogo investigador del alma en la clínica médica y psicoterapéutica y trabajos de campo antropológicos cualitativos y cuantitativos, con énfasis en la Acción Participativa, docencia y divulgación psicopolítica de los hallazgos. Promotor de acciones participativas para el despertar del desierto interior y para la transformación social. Didacta  de la Sociedad Internacional Para el Desarrollo del Psicoanálisis Junguiano (SIDPaJ). Fotógrafo. Buceador. Alquimista. Hilozoísta. Hijo de Hermes. Creador herido. https://bit.ly/mikelcurriculum  iratxomik@gmail.com

«Vida consciente más allá de la muerte». Publicación en Journal of Transpersonal Research

«Vida consciente más allá de la muerte». Publicación en Journal of Transpersonal Research

Descripción de la imagen

«Sin mar no hay individuación». Es un título que le he puesto al montaje que te he compartido, para resaltar la importancia del mar en mi evolución. Las imágenes de los seres son de Miguel Maldonado, mi compañero de buceo en el viaje a Mozambique: Mis ojos ven lo que vieron los suyos. En «Los arquetipos y lo inconsciente colectivo» (1934) Jung afirma que el agua es el símbolo más corriente de lo inconsciente. Mi experiencia de muerte cercana -EMC por ahogamiento- me introdujo profundamente en el mundo simbólico, la imaginación, la mitología, y preparó mi acceso a la epistemología junguiana. Me encanta el buceo, me conecta con mi EMC y lo inconsciente. Cada buceo es un reencuentro místico conmigo y los seres marinos, especialmente cuando me encuentro con los delfines. Voy a tener que dejar el buceo por mi lesión de mi oído izquierdo debido a una inmersión de buceo: sordera moderada-grave, a pesar de la mejoría de 30 sesiones cámara hiperbárica (empezada tarde). Lo peor, la causa no está clara y eso genera incertidumbre, pues dificulta prevenir que no se repita. El montaje es una despedida un poco amarga y nostálgica mostrando que en mi mente están los últimos seres con los que me relacioné en el buceo y con los que sigo relacionándome ahora con el ojo introspectivo de mi imaginación activa.

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Un podcast sobre el texto en IVOOX

 

 

 

PROYECTO - Explicación

Publicación en Journal of Transpersonal Research Investigación Transpersonal

Volume 14, Issue 1, 2022  Pág 41-60
e-ISSN: 1989-6077
p-ISSN: 2307-6607

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Vida consciente más allá de la muerte

Mikel García García, 13 noviembre  2022

Artículo para comunicación del autor en congreso anual de la ETPA (asociación europea de psicología transpersonal) Más allá de la muerte, un viaje a la otra realidad. Madrid. Octubre 2022.

Resumen: El artículo comienza situando el contexto del análisis desde la perspectiva del psicoanálisis junguiano en la acepción del autor. Se sitúan los conceptos arquetipo y sombra con amplificaciones que son útiles para entender el artículo. Carl Gustav Jung fue pionero en reflexionar sobre la potencialidad del símbolo y el ámbito transpersonal de la conciencia humana. En introducción se enfatiza la importancia de que hable la muerte y se proponen ejercicios de imaginación para hacer presente la muerte del lector mientras se lee el artículo. En Estado del Arte se citan las fuentes del autor para su experticia en la materia y se desarrollan algunos que describen y analizan bajo la perspectiva hermenéutica clínica del método científico del empirismo interno: EMC, sueños de murientes y una experiencia premortem. En Propuestas basadas en hallazgos empíricos que son a su vez hipótesis en verificación se profundiza en 13 hipótesis, que apuntalan la importancia de los arquetipos sí-mismo y tánatos, como orientadores al trabajo de morir para renacer a un estado de vida evolucionado. ¿De qué nos habla el sí-mismo con la propuesta de vida más allá de la muerte? En Hipótesis inmortalidad humana y vidas pasadas se presenta un acercamiento psicológico del autor a la comprensión de estos fenómenos. En Recapitulación y amplificación se apunta una hipótesis sobre lo que sobrevive a la muerte. Para finalizar en conclusiones propongo hablar del Alma de nuestro tiempo.

Palabras clave: Muerte humana. Arquetipo. Sombra. Psicoanálisis junguiano. Inmortalidad. Experiencias de muerte cercana. Sueños. Alma de nuestro tiempo. Complejos culturales.

 

 

Conclusiones del articulo

He tratado de acercar al lector a reflexionar sobre la muerte humana -tratando de personalizar la propia muerte para que hable- navegando por diversas informaciones filosóficas, antropológicas, literarias y clínicas. El objetivo del artículo es propiciar la muerte de cosmovisiones rígidas consteladas individualmente y en complejos culturales, y fertilizar la disposición, en quien tenga la paciencia de leerlo, a reflexionar sobre cambios necesarios individuales y sociales. Compartir mi perspectiva e el modo de convocar la necesidad de la diversidad, del debate y del dialogo constructivo tan necesario en estos tiempos de la ausencia del prójimo matado (Zoja, 2016), del enjambre digital (Han, 2014) y la anomia social.

El Zeitgeist o Espíritu de nuestro tiempo –concepto asociado a la filosofía de la historia de Hegel- respecto a la muerte, nos aleja de relacionarnos con la potencialidad creativa de la muerte humana. Desde mi punto de vista hacer hincapié en la abstracción -del espíritu- ya es un modo de alejarse de la muerte humana. Propongo hablar del Alma de nuestro tiempo.

¿Acaso existe una vida después de la muerte? Hagámosla realidad creando el paraíso ahora.» (Grosso, 1993, p. 292).

Autor

Mikel García García

Médico y cirujano (Universidad Navarra, 1975). Psicólogo (Universidad San Sebastián, 1982). Psicoanalista junguiano. Formación experiencial y teórica en: Psicoanálisis, Terapia Sistémica Familiar, Psicoanálisis Reichiano (vegetoterapia caracteroanalítica), Psicología Analítica Junguiana, Psicoterapia Transpersonal. Experiencia de Muerte Cercana a los 33 años. Máster en “Astronomía y astrofísica” VIU (Universidad Valencia, 2014). Doctor Internacional en «Estudios Internacionales en Paz, Conflictos y Desarrollo», Universitat Jaume I (UJI Castellón, 2020). Máster en Fotografía Artística y Narrativa Visual (Universidad Internacional de la Rioja, 2022). Máster en Inteligencia Artificial (BIG SCHOOL, Madrid 2024) y Máster en Inteligencia Artificial (Universidad Isabel I, Madrid 2025). 

Colaborador con ONG médicas de intervención internacional, y en programas de formación a personal sanitario de atención Primaria; SIDA; maltrato infantil; muerte digna y a docentes. Especializado en maltrato infantil, trauma, duelo, tanatología, acompañamiento al muriente, integración de sistemas, estados de trance y místicos. Terapeuta de “Grupos de Duelo Online Ventana a ventana” desde confinamiento COVID-19. Psiconauta, antropólogo investigador del alma en la clínica médica y psicoterapéutica y trabajos de campo antropológicos cualitativos y cuantitativos, con énfasis en la Acción Participativa, docencia y divulgación psicopolítica de los hallazgos. Promotor de acciones participativas para el despertar del desierto interior y para la transformación social. Didacta  de la Sociedad Internacional Para el Desarrollo del Psicoanálisis Junguiano (SIDPaJ). Fotógrafo. Buceador. Alquimista. Hilozoísta. Hijo de Hermes. Creador herido. https://bit.ly/mikelcurriculum  iratxomik@gmail.com

La muerte del terapeuta junguiano

La muerte del terapeuta junguiano

Descripción de la imagen
Collage trabajando con inteligencia artificial. Por Mikel García.

 

PROYECTO - Explicación

La muerte del terapeuta junguiano

 Mikel García García[i]

Artículo para el número 2 de la revista Palestra junguiana de la (SIDPaJ). https://sidpaj.es/revista-palestra-junguiana/

4 febrero 2023

[i] Médico y cirujano (Universidad Navarra, 1975). Psicólogo (Universidad San Sebastián, 1982). Psicoanalista junguiano. Formación experiencial y teórica en: Psicoanálisis, Terapia Sistémica Familiar, Psicoanálisis Reihiano (vegetoterapia), Psicología Analítica Junguiana, Psicoterapia Transpersonal. Experiencia de Muerte Cercana a los 33 años. Doctor Internacional en “Paz, Conflictos y Desarrollo” (Universitat Jaume I – UJI Castellón). Máster en “Astronomía y astrofísica”. Máster en Fotografía Artística y Narrativa Visual. Colaborador con ONG médicas de intervención internacional, y en programas de formación a personal sanitario de atención Primaria; SIDA; maltrato infantil; muerte digna y a docentes. Especializado en maltrato infantil, trauma, duelo, tanatología, acompañamiento al muriente, integración de sistemas, estados de trance y místicos. Terapeuta de “Grupos de Duelo Online Ventana a ventana” desde confinamiento COVID-19. Psiconauta, antropólogo investigador del alma en la clínica médica y psicoterapéutica y trabajos de campo antropológicos cualitativos y cuantitativos, con énfasis en la Acción Participativa, docencia y divulgación psicopolítica de los hallazgos. Promotor de acciones participativas para el despertar del desierto interior y para la transformación social. Didacta clínico y didacta en Arteterapia de la Sociedad Internacional Para el Desarrollo del Psicoanálisis Junguiano (SIDPaJ). Fotógrafo. Buceador. Alquimista. Hilozoísta. Hijo de Hermes. https://bit.ly/mikelcurriculum  iratxomik@gmail.com

 

Legibilidad del documento.

290 frases. Su lectura es normal en los índices de legibilidad: Lecturabilidad de Fernández Huerta, Comprensibilidad de Gutierrea, Perspicuidad de Szigrist-Pazos, e INFLESH. El índice Crawford de comprensibilidad indica que se requieren 5,6 años de escuela para entenderlo. Su lectura es un poco difícil en el índice Mu (μ=50,1) por la diversidad en los caracteres medios de cada palabra y el vocabulario especializado como muestra, el también moderadamente difícil, índice Spaulding (94,1) de palabras (95) no incluidas en la lista de 1500 lemas frecuentes en castellano de Milton Buchanan.

Muñoz, B., M. y Muñoz, U., J. M. (2019). Legibilidad Mu. Viña del Mar, Chile. Recuperado de http://www.legibilidadmu.cl

Tiempo estimado de lectura: 26 minutos.

Presentación

El texto está escrito en diálogo con mi interioridad personificada en mi Otro, al que desde hace mucho nombré como Iratxo. Más o menos sabía lo que quería decir, pero la construcción de sus partes se ha ido produciendo como consecuencia del diálogo, con saltos asociativos y a medida que el texto se iba completando me ha ido enseñando algo más de lo que sabía. Espero que se note y que facilite la lectura.

Pido disculpas al lector que pueda sentirse ofendido por mi tendencia a expresarme con diatribas, irreverencias y comentarios irónicos. Nietzsche en el capítulo el amigo de Así habló Zaratustra, afirma que el amigo encuentras una flecha hacia lo sublime, pues el amigo es en cierta forma un enemigo que te hace confrontarte con lo que realmente eres. En el crisol público que es Palestra Junguiana, es un medio para animar tensiones de opuestos para desplegar el pensamiento crítico, a diferencia de la moda de las revisiones de textos por los sensitivity readers o lectores de sensibilidad profesionales, que buscan las carencias de “corrección política-moral”, antes de dar luz verde a una publicación.

El lenguaje intenta tener en cuenta la perspectiva de género, entre otras cosas se notará en la referencia a la autoría de Emma, mujer de Jung, que la cito con su apellido de soltera.

Se inicia el viaje con el sueño de un analizando que sirve de mediador para el conjunto de reflexiones acerca de los requerimientos para ser analista.

El análisis de los materiales, no se hace en profundidad. Se trata de responder a las preguntas con preguntas o respuestas abiertas, entendiendo que nuestra materia prima, en psicoterapia, puede abordarse con los parámetros del método científico de las ciencias específicas de estado Tart (1971) del empirismo interno. La validez del conocimiento específico de estado se basa en el acuerdo intersubjetivo de observadores debidamente preparados (Tart, 1983). De ahí la importancia de un acuerdo consensuado y, para ello es fundamental, el debate tras la comunicación de trabajos. El método científico se basa tanto en el arte de hacer las preguntas adecuadas, como en tener una actitud abierta y capacidad de soportar la incertidumbre sin querer respuestas rápidas y cerradas. Si no se formula la pregunta adecuada se corre el riesgo de perder años como le ocurre a Perceval en la búsqueda del Grial (Rauschenbach y von Franz, 1999). Formular la pregunta adecuada convoca daimones que participan junto a los yoes en la construcción de la respuesta siempre provisional e hipotética.

La sección la forja de Hefesto se centra en recoger lo presentado antes de un modo sincrético a golpes de martillo. Antes del epílogo se abunda en el sentido del título del artículo. Si Erich Fromm lo leyese podría tacharme ubicaría, como hizo con Jung, de necrófilo.

Las citas están referenciadas en la bibliografía y en las de mis trabajos están disponibles enlaces para descargar documentos, ver alguna presentación en video o explorar algún evento.

Mikel García García, 4 febrero 2023

 

 

Leer el artículo

Comienzo del viaje

L, analizando, 38 años, en psicoanálisis junguiano con setting: témenos en línea y ocasionalmente sesiones presenciales. Antes de cada sesión enviaba un documento con materiales desde la sesión anterior: sueños, trabajos de imaginación activa, dibujos, amplificaciones, comentarios, … El siguiente sueño es el primer material de uno de esos documentos.

«En una especie de laberinto hay una criatura monstruosa de género masculino, viscosa, en parte descarnada. Se encuentra en alguna parte del laberinto, de tal manera que te puedes topar inesperadamente con él. Está cargado de una terrible hambre sexual y emana erotismo, con el que puedes quedar embrujado. Al principio estoy tranquilo porque sé que “la película” acaba bien, al final nos salva algún protagonista del estilo de Dicaprio en “Titanic”. Observando el sueño y la atrocidad de la criatura, contemplo una escena en la que se encuentra con una especie de damisela de época Romántica, podría ser una suerte de Mary Shelley. La criatura primero la seduce y ella queda como hipnotizada. Fascinada por ella, la mujer deja que apoye su palma derecha en su pecho. En ese momento le revienta el esternón y le agarra el corazón, cuando esto ocurre, explota su pelvis. Me horrorizo ante esta escena y me despierto.»

Este sueño estaba acompañado de la descripción de un contexto consciente en los días previos y una aclaración acerca de que el monstruo podría parecerse a los monstruos de Clive Barker de Hellraiser. Después del sueño informaba de otros materiales en un informe de 3 folios.

Antes de profundizar en el sueño presento un marco general que sustenta lo que considero que necesita ser, y saber, el psicoanalista junguiano. El marco es necesario, pero podría hacerse después. Lo hago ahora apelando a la dimensión hermética, necesaria en el terapeuta hijo de Hermes (López Pedraza), para “engañar” lo que esperaría el lector. Emulo la picaresca del trickster necesaria siempre, —saber de la alquimia[1]—, para estimular la transformación.

El encuadre es el marco analítico propicio para desarrollo del análisis. Es una parte importante del dispositivo analítico. Encuadre no es un término de Sigmund Freud, quien no hizo ninguna mención taxativa o autoritaria sobre un esquema de trabajo formal reglamentario, coherente con su plasticidad, su libertad interna y externa, y su espíritu exploratorio. Freud enunció sugerencias para incrementar la eficacia de las operatorias psicoanalíticas. Winnicott (1941) fue uno de los primeros autores que citó este término y a medida que se complicaba la episteme psicoanalítica se le fue dando más valor.

Como en el encuadre fotográfico, el encuadre analítico porta un significado, pero a diferencia del fotográfico, el encuadre del psicoterapeuta le permite a este pintar la luz con límites borrosos, pues es terapeuta, es consciente de sus luces, sombras y heridas. El psicoanalista junguiano ha adquirido un saber existencial para transformar y el arte de enseñarlo a su analizando.

Como en el encuadre fotográfico, el encuadre analítico porta un significado, pero a diferencia del fotográfico, el encuadre del psicoterapeuta le permite a este pintar la luz con límites borrosos, pues es terapeuta, es consciente de sus luces, sombras y heridas. Esa capacidad no se alcanza sin un suficiente análisis personal, proceso clave para asentar un proceso de individuación fundamentado en la armonía dialéctica del eje sí-mismo/complejo yo. Además, se requiere tanto el conocimiento epistémico y la tekné de las psicoterapias, como una supervisión clínica que integre psicoanálisis y psicología analítica.

El psicoanalista junguiano ha adquirido un saber existencial para transformar y el arte de enseñarlo a su analizando. Su búsqueda de saber, se encontraría muy cerca de lo que H. Corbin ha desarrollado, con respecto a la filosofía de Avicena, como el Ta’wil: “El Ta’wil es, etimológica e inversamente, hacer volver a, reconducir, llevar al origen y al lugar al que se vuelve; en consecuencia, volver al sentido verdadero y original. […] Es hacer llegar una cosa a su origen”. Avicena y el relato visionario (Corbin, 1995, p. 42). Para Marta Vélez Saldarriaga, en Las vírgenes energúmenas (Vélez Saldarriaga, 2004) este saber es más propio de lo femenino. Añadiría que lo femenino en ambos géneros. Los alquimistas consideraban a la imaginación como Sofía, la sabiduría femenina.

El encuadre es para el paciente su fusión más primitiva con el cuerpo de la madre, mientras que el encuadre al psicoanalista sirve para, precisamente por la regresión, actualizar la simbiosis originaria en la transferencia para elaborarla y poder abandonarla. No abundo, en este texto, en la importancia del cuerpo real del paciente y del terapeuta en el vínculo terapéutico y en los procesos transferenciales. Este saber va más y e incorpora a lo referido antes lo masculino de ambos géneros.

Volver al sentido original no es para que el analizando se instale en ese Kairós, no es para que se funda con una identidad pasada de ese espacio-tiempo. El terapeuta ha adquirido la habilidad de resucitar los muertos e integrarlos en el ciclo de la vida. ¡No puede ser terapeuta quien no haya muerto menos de 1000 veces en su vida personal y propio proceso analítico!

El encuadre adecuado a cada caso, es un arte que se adquiere con la experiencia analítica y el despliegue de la creatividad aplicada a ese arte. En encuadre es un marco, un “no-proceso”, con constantes que permiten el adecuado desarrollo del proceso.

Trabajar en una unidad de hospitalización psiquiátrica de agudos me entrenó para ese arte con un encuadre muy flexible y muy adaptado a que el desarrollo del análisis fuese propicio. Un mínimo orden es necesario para que el caos sea efectivo, garantiza un mínimo de interferencias en el trabajo analítico, protege de arbitrariedades dependientes del deseo de unos u otros, sostiene un aspecto regresivo y marca un aspecto simbólico vinculado al principio de realidad.

La verdad es profética y casi siempre se anuncia anticipadamente, pues ella es el despliegue de unas potencias que se van transformando en actos.

 La verdad es profética y casi siempre se anuncia anticipadamente, pues ella es el despliegue de unas potencias que se van transformando en actos. Las potencias —genéticas— no determinan el resultado del acto, sino que este se construye integrando lo genético con lo epigenético. Podemos incluir los campos arquetipales, el espíritu, en la categoría de genético. En la psicología junguiana lo que se llama arquetipal pertenece a la naturaleza. En Símbolos de transformación, Jung afirma que el espíritu (Geist) proviene de un inconsciente colectivo y aparece como arquetipos, tanto como “imágenes primordiales” y “formas primarias” (Jung & von Franz, 1964, p. 413).

Podemos incluir el alma en lo epigenético. El alma se forja en las relaciones humanas, que, en última instancia, se nutren del espíritu de la naturaleza mediado por los humanos: el alma constela la cultura.

Estas reflexiones me condujeron a proponer la sustitución de espíritu de los tiempos por alma de los tiempos. En cursos o escritos lo voy explicando.

El crecimiento de la conciencia es un milagro de continuo pecar —un opus contranatura— que termina integrando natura y cultura. Milagro que puede ser considerado posibilidad mortal o realización libertaria, en unificación o matrimonio interior. Una de las razones de que la alquimia haya sido considerada herética y sus adeptos herejes, viene del hecho de que ellos consideraban que mediante su arte ayudaban a perfeccionar la obra de Dios, quien la había hecho imperfecta. Por esta razón, se equiparaban con Dios en tanto co-artífices de la creación. El psicoanalista junguiano es un alquimista que opera en la clínica con la materia prima del analizando y lo puede hacer porque ya lo inició en su vida personal con su propia materia prima.

Hillman discrepa de la idea del sí-mismo entendido como un “mapa de la vida” que hay que seguir para crecer de forma apropiada. Argumenta que el sí-mismo, en familias junguianas, y en el mismo Jung, se convirtió, como en las religiones monoteístas, en una deidad superior rectora, en un jerarca omnipresente que reunía, ordenaba y era capaz de dar cuenta de todo. Sin embargo, en su obra El Código del Alma (1998), propone “la teoría de la bellota del alma”. E insiste que basta con desplegar las posibilidades que ya se traen, y que lo epigenético de las relaciones humanas, los padres, enreda y construye un ego obstáculo para desplegar lo genuino verdadero. López Pedraza tenía dificultad de pensar en el Self como una instancia reguladora cuya función predeterminada era inducir a la armonía y a la totalidad.

Comparto la des-deificación del sí-mismo hipostasiado y expongo la siguiente posición que inspira la bitácora del encuadre clínico que operativizo.

La verdad del sujeto que está en la individuación, es que está inmerso en un camino único de desarrollo y que es aquello que es en cada momento que se formule una pregunta autoreflexiva, y que camina siempre forjando aún más el alma y que será distinto en un futuro próximo. Es una verdad sencilla, humilde de barroquismos, que trasciende las verdades de desvelamiento (aletheias), antitética a los reduccionismos que predican que lo verdadero es que somos completos al nacer y que el destino humano es descubrir y constelar la misión que tiene para nosotros el sí-mismo. La individuación no es realizar aquello que ya éramos, —para lo que fuimos concebidos y hemos olvidado—, sino forjar el alma, desplegando potencialidades propias y adquiriendo nuevas en sintonía con lo inconsciente colectivo que también resulta transformado, modulado en informaciones arquetípicas previas y quizás sanado, por nuestra interacción.

Paracelso señaló que el hombre “es un profeta de la luz de la naturaleza” y aprende de ella a través de los sueños (von Franz, M. L., 1991).

El encuadre cumple una función de tercero. Un campo o escenario que contiene, sostiene, que es la ley —que incluye una prueba transicional para infringirla—, y propicia la neo-simbolización. Analista y analizando se someten al encuadre-tótem aceptando la castración del goce y la sublimación. El analista —supuesto poder— se somete al saber, el analizando se somete al supuesto saber y poder del analista. Una simetría asimétrica (López Pedraza) que produce compensaciones, conflictos y balances autorregulatorios.

El pacto del contrato terapéutico, como ocurre con la simbiosis, es mudo, hasta que se produzcan variaciones o rupturas que actúan como desmentidas de la fusión y llevan a la producción de una crisis. Se podría decir que en el pacto —entre simbiontes humanos—, hay dos pactos que concurren: uno, el que propone y mantiene el analista, aceptado conscientemente por el paciente, y otro, el del “mundo fantasmático” en que proyecta el paciente. Siendo este último una tormenta perfecta de compulsión de repetición, —ya que es la más completa, menos conocida y más inadvertida—, es preciso detectarlo en el diagnóstico explorando las “motivaciones inconscientes” del paciente para emprender el proceso terapéutico.

El pacto incluye: Confidencialidad. Secreto. Misterio. Temporalidad y artificialidad: Realidad separada de la realidad externa, laboratorio de investigación íntima. Relación de carácter profesional: Abstinencia. Ética.

“Después que hubo pronunciado este juramento, con él me hizo prometer que jamás diría el misterio que estaba a punto de oír, […] Ven y mira, y pregunta al campesino Acharontos, y aprende de él quién es el sembrador, quién es el cosechador, y aprende asimismo […] y sabes que un hombre solo es capaz de producir un hombre, y un león un león, y un perro un perro y si algo sucede contrario a la naturaleza, entonces es un milagro y no puede continuar existiendo, porque la naturaleza disfruta de la naturaleza, y la naturaleza vence a la naturaleza. […] lo mismo produce lo mismo. Ahora he manifestado para ti el misterio.” Alquimia (von Franz, 1991, pp. 66-67).

Entman, Matthes y Pellicano (2009) señalan que los encuadres presentan un total de cuatro posibles localizaciones en el proceso, o continuum, comunicativo: el emisor, el texto, el receptor y la cultura. Es evidente que un encuadre psicoanalítico no es entendido en una cultura reduccionista. El contrato terapéutico no es un contrato civil al uso. El analizando conoce el civil y se vale de él como resistencia al contrato clínico en momentos de confrontación, o para dejar la terapia. En una ocasión fui condenado en un juicio porque a pesar de que lo que me imputaban era falso, no había requerido de un analizando la firma de un consentimiento informado. El colegio de médicos, en comisión deontológica, no atendió mis argumentos y consideró mi demanda como de contrato civil y emitió al juzgado un informe indicando que de haber tenido un documento que indicara que el analizando acudía a unas prácticas bajo su responsabilidad y sin mi permiso, todo estaría en orden. Un psicoanalista no antepone su protección civil al contrato clínico. No lo hice antes de la demanda y decidí seguir sin hacerlo a pesar de mi condena.

La ética junguiana tiene unas connotaciones más radicales —raíz, rizoma— que otras formulaciones éticas porque incluye lo inconsciente colectivo como parte integrante del sujeto humano que participa de la totalidad.

 La ética junguiana tiene unas connotaciones más radicales —raíz, rizoma— que otras formulaciones éticas porque incluye lo inconsciente colectivo como parte integrante del sujeto humano que participa de la totalidad. La ética de los cuidados habitual se amplía a cuidar el cosmos como ecosistema psicoide del que formamos parte con la particularidad de ser probablemente el animal más consciente que conocemos.

He señalado en varias ocasiones que esta ética no es fácil interiorizar. En el proceso de hacerlo hay fases, desde integrar la sombra personal hasta constelar el dios oscuro, como afirma Jung. Sin lo último, difícilmente se trasciende la escisión bien/mal y el sujeto ético puede estar fijado en una actitud de santidad altruista con moral deontológica. Los aprioris del formalismo kantiano de la moralidad se limitan a procesos cognitivos de la especie que nos permiten aprehender objetos de experiencia. La hipótesis de lo inconsciente colectivo amplía los aprioris, incluyendo los arquetipos, que, en sí mismos, son agentes presubjetivos, precondiciones ontológicas que confluyen para que la subjetividad sea posible.

“A menos que, gracias a una decisión ética libremente tomada, uno tenga éxito en vigorizar una posición que sea igualmente fuerte e invencible contra este fenómeno natural… El hombre es libre de decidir si “Dios” será un “Espíritu” o un fenómeno natural como el deseo vehemente de un adicto a la morfina, y en consecuencia si “Dios” actuará como una fuerza benéfica o destructiva”. Jung, OC. 11. (Jung, 2009, párr. 149).

“… Dios a veces demanda de nosotros el mal y que entonces cueste lo que cueste debemos obedecer. Hacer el mal – o el bien, para el caso es lo mismo— a la ligera, sin hacer el mínimo esfuerzo por asegurar el Kairós, lo que pertenece al momento justo o el momento oportuno, es en realidad sólo destructivo; pero hacer el mal de forma consciente – tal como Jung llevó aquel pensamiento blasfemo hasta el final— puede ser puramente creativo” El viaje interior (Hannah, 2010, p. 31).

Es de interés la propuesta de Simbioética de Riechmann (2022). Desarrolla posiciones morales de amor compasivo congruentes con lo que ontológicamente somos: holobiontes en un planeta simbiótico. Es la vertiente moral de una reflexión que, en lo político, se ha articulado como ecosocialismo descalzo. Incide no solo en lo personal sino en la acción política necesaria para la transformación. Si el sujeto ha integrado la individuación, su amor compasivo no será un axioma deontológico superyoico, sino una praxis viva. En la práctica, para muchos es una posición voluntarista, que no se acerca a la voluntad de poder en Nietzsche.

En el camino de la individuación, los analizandos van modificando su actitud ética. Realicé una investigación de la que se publicó un artículo en valenciano en Anuari de Psicología (¿La psicoteràpia transforma la praxis moral?, García, 2017). En la investigación se concluye que hay cambios significativos en la dimensión ética en los analizandos. De ello también hablé al explicar un caso clínico en una comunicación en FAPyMPE y en su posterior publicación en la revista Intersubjetivo (Resignificar la psicoterapia en el cáncer., García, 2019). A la dimensión ética pocos analistas le prestan atención en los análisis y, desde mi punto de vista, es crucial como señal de individuación y posición política transformadora. Tampoco es una dimensión que se cuide en las relaciones colectivas institucionales, ni siquiera en su acepción de ética de los cuidados. Concepto introducido por Carol Gilligan en 1982 como respuesta a lo que ella definió como modelo de moral masculina imperante que llevaba a Polvera (ética de la justicia) a proponer como universal la ética masculina. En mi tesis doctoral (García García, 2020) discuto sobre las medidas de ética en la muestra y sus diferencias de género, pero es esta comunicación lo traigo a colación por la falta habitual de esta ética en las relaciones institucionales, lo cual no es admisible en analistas, y si se atiende al aserto de Neumann es evidente que no hay justificación.

«Está ligado al mal todo aquel que ha visto y no ha actuado; todo aquel que ha desviado la mirada porque no quiso ver; todo aquel que no ha visto, aunque hubiese podido ver; pero también aquel cuyos ojos no han podido ver» (Neumann, 2007, p. 9).

Esta ética es hermana de la justicia, y, ambas, madres de la justa confianza, que se construye entre los miembros de una comunidad. Justa confianza que lleva implícita la imaginación y la cooperación con el diverso, con el amigo-enemigo, para la construcción y la resolución de conflictos. Lo habitual es que los sujetos estén muy alejados de un funcionamiento ético y funcionen con una moral heterónoma deontológica. Además de la dimensión espiritual la terapia tiene una dimensión política que trasciende al sujeto, y el terapeuta tiene que atenderla.

Dormir con el enemigo. ¿Las noches de insomnio son desiertos donde el tiempo se vuelve enemigo? ¿Son oportunidades? Algunxs insomnes utilizan estrategias como intentar engañar al insomnio perseverando en recetas de libros de autoayuda. Lo esencial, como el dormir, no se cultiva con fórmulas mecánicas de la voluntad obsesiva de control. Agradece a tu amigo pinche «el insomnio» la oportunidad de consciencia que te da para dialogar con él, entender por qué ha venido a visitarte y, entonces, podrás dejar, con una sonrisa irónica, que el insomnio descanse a tu lado, contigo, en tu descanso, consciente que compartes el lecho con un compañero que, no por impertinente, es peor que muchos con los que te has acostado antes, y, al contrario, podría ocupar el espacio de los fantasmas que te ha enseñado a reconocer y forzar al exilio.

            En este punto me parece de interés el mito que comparto en versión propia.

Iktomi, el dios Lakota de la sabiduría, … comenzó a tejer un “yantra” … y dejó un hueco en el centro: un “agujero negro”…

Iktomi, el dios Lakota de la sabiduría, tomó una rama del sauce más viejo que había en el lugar y con ella hizo un aro. Luego, arrimó un poco de pelo de caballo, también bellas plumas de pájaros de colores, cuentas y otros objetos pequeños y hermosos y comenzó a tejer un “yantra”. Tejía la tela de araña desde el exterior del aro de sauce hacia el interior. Sin embargo, en un momento dado se detuvo y dejó un hueco en el centro: un “agujero negro” que simboliza que el final es similar al comienzo y que el ciclo se repite una y otra vez con la vida de cada ser humano que llega a la tierra y parte para desplegar sus ensoñaciones.

Volviendo al sueño de mí analizando y al encuadre clínico.

Este sueño es un relato “semimuerto” hasta que no sea vivificado por la presencia del paciente en la relación analítica. ¿Tiene sentido que el terapeuta lo tenga antes de la sesión? Sí, estas informaciones mantienen activo el proceso en el vaso alquímico de un, témenos multiverso[2]. La paradoja es que la no presencialidad física (ni completa, corporal ni parcial del ventana a ventana de los extremos del gusano: las pantallas-espejo) torna en presencia continua los distintos niveles de universos. Como analista recojo el sueño en atención flotante y lo dejo en segundo plano sin entusiasmarme, ni preocuparme, ni hacer un análisis del mismo. Cuando paciente y terapeuta se encuentran, ambos han sido fertilizados por el sueño en distintas dimensiones y, en el encuentro, las resonancias vivifican el material y la relación entre analizando y analista y eventualmente se convocan fuerzas arquetípicas.

Así se puede ver el sueño que ha soñado al analizando y que no es propiedad de nadie.

 Así se puede ver el sueño que ha soñado al analizando y que no es propiedad de nadie. Ese aspecto lo tienen claro las etnias que se comunican los sueños y los psicoanalistas junguianos lo compartimos, y, como resulta extraño en las culturas individualistas como la nuestra y los pacientes son de esta, es un aspecto que interesa introducir al final del análisis.

Conviene precisar la diferencia pedagógica entre Psicoterapia junguiana y Psicoanálisis junguiano. La primera tiene un objetivo primordial, la cura. El equilibrio entre enfermedad/salud. Mientras que el Psicoanálisis junguiano, parte de la cura y su objetivo es la individuación. En términos junguianos, la salud psicológica significa “asegurar un camino abierto para que se desarrolle el proceso de individuación, para que los contenidos inconscientes (anima, animus, sombra) sean llevados a la consciencia […]. Este proceso generalmente involucra a otras personas sobre las cuales se proyectan contenidos inconscientes (anima/animus)”. (Cowburn, 2019, p. 84).

L, había iniciado el análisis conmigo en una fase en la que la cura no se había logrado en su anterior proceso de psicoterapia antes de empezar conmigo: un psicoanálisis corporal (vegetoterapia reichiana). Realicé un diagnóstico inicial, no etiqueta, útil como esquema conceptual referencial operativo consiliente (ECROc). Su ECROc en el momento del sueño era distinto del diagnóstico inicial y L. era consciente de los porqués del cambio: elaboración del material, transferencia, … Estaba en un proceso de Psicoanálisis Junguiano, lo que no significa que la cura se ha terminado, pues se acceden a capas más profundas.

“’Es en el sueño’, dice Jenofonte, ‘cuando el alma (psykhé) muestra mejor su naturaleza divina; es en el sueño cuando goza de una cierta penetración para el futuro, y es así, sin duda, porque es en el sueño cuando es más libre’”. Los griegos y lo irracional (Dodds, 1994, p. 139).

Hillman afirma que “los sueños nos dicen dónde estamos, no qué hacer”. Los sueños son fenoménicos y no cree que sean compensaciones de la vigilia, o que contengan mensajes “secretos” sobre cómo debería vivir uno, como hizo Jung.

Matizo a Dodds y a Hillman. Efectivamente, en el sueño de un sujeto con buen nivel de individuación, el alma está más liberada de las demandas de la cotidianidad y anticipa el futuro. El sueño es, entonces, más que fenoménico, pero no porta mensajes fijos de cómo se debería vivir, y, posiblemente, propicia las condiciones de futuro para que sucedan fenómenos congruentes con el trabajo del alma y sus necesidades. En sujetos en necesidad de cura quizás necesiten experimentar el aspecto divino del alma para empezar a considerarla o necesiten pautas de lo que deban hacer para salir de una situación y el self acuda a su rescate construyendo un sueño para mandar los mensajes.

Al empezar la sesión para la que me mandó el documento del sueño, L. me relató primero unas experiencias. Tres días antes de la sesión empezó con dificultades respiratorias que fueron en aumento. El día anterior de la sesión acudió a su fisioterapeuta. Cuando ella le estaba haciendo un masaje doloroso en los intercostales izquierdos se sintió trasladado en el tiempo a una vivencia traumática a sus seis años, la revivió con una nitidez mayor que en otras ocasiones y conectó con un sentimiento de rabia profunda a su madre, pues, sintió que no lo había protegido, en el que estuvo inmerso un tiempo hasta que lloró, su respiración se hizo más profunda y cedieron las contracturas costal y diafragmática. Al contar la experiencia relató que le resulto familiar un sentimiento de disociación, lo mismo que en la consulta de la fisio se había desplazado al pasado, en el hecho traumático se disoció. E interpretaba que eso le sirvió para no vivir el dolor del momento, y la profunda rabia que le produjo el abuso y la falta de protección de su madre, sentimientos que ahora afloraban con fuerza al hacerse más nítida la escena.

Formulé una pregunta acerca de si encontraba relación entre el sueño y la experiencia. La pregunta le movilizó, y se dio cuenta de la conexión: El monstruo toca el pecho de la doncella, la hace estallar, y él se despierta horrorizado, la fisio le toca el pecho y el conecta con su trauma, explota y se libera de la asfixia. Sentía una emoción numinosa, sincronías e insights sobre aspectos de su vida que comprendía de un modo más profundo que antes y con líneas evolutivas.

La escena traumática consistió en una fiesta del pueblo, un hombre borracho lo cogió, lo colocó sobre sus piernas boca arriba, la gente se paró, el hombre lo miraba con sadismo, L. tenía mucho miedo, el hombre miraba desafiante a la gente y se quedó mirando fijamente a la madre de L.

La escena traumática consistió en una fiesta del pueblo, un hombre borracho lo cogió, lo colocó sobre sus piernas boca arriba, la gente se paró, el hombre lo miraba con sadismo, L. tenía mucho miedo, el hombre miraba desafiante a la gente y se quedó mirando fijamente a la madre de L. un tiempo eterno para L. quien se sentía estando fuera de ese lugar, sin energía para moverse y sin sentir, de pronto el hombre le abrió la bragueta del pantalón y le derramó dentro una botella de vino blanco, L. recuerda que la botella estaba elevada y veía caer un chorro de vino como una cascada, estaba aterrado, humillado, sentía mucha vergüenza, la cosa paró cuando llegó la madre y se encaró con el hombre.

L, entendía el impacto de esa escena como una violación a su parte femenina, con las consecuencias de un destrozo de su relación con su ánima, el rechazo a su cuerpo femenino por el temor a ser objeto de deseo y de nuevo violado, su defensa escisiva y narcisista, su abandono y sentimiento de ser objeto de pelea entre dos polos de poder psicopático: el hombre y su madre, ambos pasaban de él en su pelea erotizada, y el hombre no buscaba el goce sexual, sino el goce del poder.

Ese esquema de ser objeto de pelea entre polos de poder psicopático, la disociación de su cuerpo como defensa (a pesar de haber hecho un análisis reichiano), la reactividad ante violaciones simbólicas, … se presentaba como un fulcro explicativo de muchas de sus experiencias.

Un analizando no preparado no asociaría tan rápidamente. En el sueño habría que amplificar los símbolos, laberinto, ir poco a poco … explorar los complejos, el ánima anémica y frágil del romanticismo, … los aspectos edípicos.

Hay una relación muy estrecha entre verdad y poder. Para Nietzsche la verdad se encuentra en la voluntad de poder, que es la fuerza de la vida eyectada hacia un horizonte en el que confiamos encontrar y obtener lo que deseamos. La voluntad de poder sucumbe en los traumas, no hay ni resiliencia ni amor espiritual ni sexual genital (el seductor monstruo arranca el corazón de la doncella y estalla su pelvis). Recuperar la voluntad de poder permite transformar el mundo, vitalizarlo, habitar lo inhabitado: el propio cuerpo espiritualizado. Cobra un sentido más profundo el término empoderar, antiguo verbo español (curiosamente se dejó de usar) entendido hoy en términos más políticos: Hacer poderoso o fuerte a un individuo o grupo social desfavorecido.

Acerca del trauma. ¿Es posible sentirse violado si no ha sido de modo completo, por ejemplo, con penetración corporal? Sí. Aunque no hace falta abundar, hay casuística de hombres o mujeres que sufren violaciones grupales en el metaverso y quedan tan traumatizados o más que en la vida real, aunque la violación sea a su avatar. L. se escindió como otros violados, en la violación al avatar es más difícil, ya estás en una realidad virtual.

El psicoanalista junguiano tiene bastantes incertezas e incertidumbres y confianza en la ocurrencia de fenómenos misteriosos en los que concurren fuerzas sinérgicas que se orientan hacia el desarrollo evolutivo más complejo, distinguiendo este hecho de la fantasía del sesgo teleológico.

 El psicoanalista junguiano tiene bastantes incertezas e incertidumbres y confianza en la ocurrencia de fenómenos misteriosos en los que concurren fuerzas sinérgicas que se orientan hacia el desarrollo evolutivo más complejo, distinguiendo este hecho de la fantasía del sesgo teleológico.

La episteme define más o menos los arquetipos, el sí-mismo, ánima, ánimus, sincronicidad. Definiciones complejas, con contradicciones interpretativas y casi siempre malentendidas, y más difícil todavía saber operativizarlas en la psicoterapia.

He ido utilizando estos conceptos con mi óptica que es la destilación de una praxis clínica prolongada en años y rica en diversos paradigmas. Hace falta compartir más información de casos clínicos. Las dudas epistemológicas requieren un debate serio.

En The myth of the collective unconscious (Mills, 2019) el autor cuestiona lo inconsciente colectivo de un modo respetuoso con Jung. Merece la pena leerlo. Algunas preguntas se las hacen también postjunguianos de diversas generaciones. Hacérnoslas y tratar de contestarlas es necesario. Se preguntan: ¿Es lo inconsciente colectivo el verdadero arché, o debería atribuirse más apropiadamente a los arquetipos mismos? Afirman: El inconsciente colectivo o cultural, un macroanthropos, equivale a una divinidad o agente o ser transpersonal supraordenado. Quizás Jung no pudo escapar a la influencia de sus inculcaciones teológicas y educación cristiana.

Continuando con L.

¿Cómo se puede entender esta parte del sueño? «Al principio estoy tranquilo porque sé que “la película” acaba bien, al final nos salva algún protagonista del estilo de Dicaprio en “Titanic”.» Siguiendo el axioma de la función teleológica de lo inconsciente colectivo, se podría hipotetizar que el sentimiento objetivo de que todo acabará bien, dictado por una instancia ordenadora “con intencionalidad”, le prepara para el palo que va a recibir en la siguiente parte del sueño. ¿El alma se proyecta al futuro y sabe que acabará todo bien en la sesión de terapia? ¿Es un exceso de confianza narcisista, una inflación del yo que minimiza el peligro negándolo?

¿Hubo sincronicidad? Descartando la sincronitis aguda que afecta a bastantes acólitos junguianos y genera un sesgo de sincronismo fascinador.

No voy a responder a las preguntas, sino con más preguntas.

¿Es necesario apelar a lo inconsciente colectivo y los arquetipos o bastaría con tener en cuenta los descubrimientos de la física cuántica? Jung ya encontró en esa física un marco explicativo para sus postulados.

El terapeuta artesano deja su localidad (su yo personal fuera del setting, en el uso de la disociación instrumental de Bleger) pero tiene la “intención” latente de mover el proceso (y está preparado por su análisis para no contaminar el mismo con sus proyecciones).

 El terapeuta artesano deja su localidad (su yo personal fuera del setting, en el uso de la disociación instrumental de Bleger) pero tiene la “intención” latente de mover el proceso (y está preparado por su análisis para no contaminar el mismo con sus proyecciones). El analizando tiene el deseo de salud, pero se autoboicotea con resistencias, que no impiden que la información cuántica llegue al campo de terapeuta. … Este modo particular de encuentro propicia que precisamente porque el terapeuta se disocia se produzcan los colapsos de onda y fenómenos no locales en el sentido de su intención.

Los arquetipos son informaciones abstractas, objetivas, impersonales, la mente humana es mitopoyética, y les pone alma, llegando, por ejemplo, al mito Hera. Como toda personalización, la del arquetipo lo humaniza con el riesgo de confundir lo arquetípico con lo mítico. Fenómeno que se agrava con la dialéctica cultural de los mitos prevalentes por estar ligados a las culturas hegemónicas dominantes.

Producto de cierta arquetipitis del tejido conjuntivo, es decir flogística, se llega a proponer como arquetipo junguiano el Patriarcado o la Histeria o la Psicopatía. No me refiero al uso cultural de arquetipo como hace Silvana Serafín (2008) en un interesante trabajo La piel del cielo: desestructuración del arquetipo femenino patriarcal.

Hera es un mito de una cultura patriarcal, hegemónica y dominante. Se impone a los mitos de culturas dominadas en ocasiones matrilineales. La analista junguiana no puede dejarse cegar por la luz de Zeus y dejar de buscar los mitos de las culturas originarias en donde reside (Euskal Herria, México, Venezuela, Bali, …). En la jungpisteme se mantiene que, incluso desapareciendo una cultura por genocidio, su impronta en lo inconsciente colectivo permanece y actúa en los sujetos vivos. Las tensiones que generan cosmovisiones polares en sujetos mestizos son enormes, y pueden explicar conflictos sociales y complejos culturales, que resultan de identificaciones con los de la cultura dominadora en el proceso de identificación con el agresor, cuyo correlato es el desprecio de lo que queda de las culturas originarias. En Colombia pude verificar esta hipótesis.

Es lamentable basar la terapia en descubrir cuanta Hera te falta o sobra o que otros arquetipos te faltan o sobran.

Elevar a arquetipo sociología no universal o problemas clínicos los connota con una potencia a priori que determina el desarrollo evolutivo del infante. Austin (En Palabras y Acciones. Como Hacer Cosas Con Palabras, 1971) demostró el valor performativo del lenguaje, y como este modula el modo de pensar y la cosmovisión.

Vamos, que tenemos de tanto nombrarlo y elevarlo a categoría arquetipal, tenemos patriarcado, histeria y psicopatía para tiempo.

Para Guggenbühl (2009) todos tenemos un psicópata en nosotros y la naturaleza de lo psicopático no es arquetipal, no tiene formas ni imágenes que lo respalden, y queda fuera de todo campo de visión. La generalización es excesiva ni en mi experiencia clínica con los psicópatas he constatado ese vacío de imágenes.

Neil Micklem (1996) propone la histeria como arquetipal. Es interesante señalar que la Histeria se atribuía a un problema de las mujeres y para el cual el remedio era provocarles el orgasmo, masturbándolas los médicos en el consultorio, hasta que estos hartos del trabajo inventaron los vibradores.  La obra escrita en 1913 por el médico británico Havelock Ellis, The Sexual Impulse in Women (El impulso sexual en las mujeres) calculaba que aproximadamente el 75 % de las mujeres sufría de “histeria”, una enfermedad cuyos síntomas abarcaban desde cefaleas hasta ataques epilépticos o lenguaje soez. Casi cualquier comportamiento que mostrara una mujer podía considerarse histeria y la cura número uno ―desde la invención de esa enfermedad en la Antigua Grecia― era el masaje pélvico. El médico de la Antigua Grecia Areteo de Capadocia denominó al útero “un animal dentro de otro animal”. Su teoría era que el útero, si se dejaba a su libre albedrío, era propenso a salir de paseo y estrangular a la mujer desde el interior, así que necesitaba ser atraído de nuevo hacia su lugar con aceites de olor dulce. Resulta que esos aceites se aplicaban sobre y alrededor del clítoris con movimientos vigorosos, lo que con toda probabilidad provocaba un efecto altamente restaurador en la mujer. La película Hysteria británica cómico-romántica de 2011 dirigida por Tanya Wexler trata esta temática.

En La histeria antes de Freud (De La Tourette et al., 2010), se hace un recorrido de explicaciones sobre la histeria, su conexión con la locura o la psicopatía histérica, previas a Freud, quien terminó explicando su dinámica.

Una enfermedad que se curaba con orgasmos provocados por médicos, aburridos de su trabajo, mientras las mujeres eran frígidas en sus relaciones sexuales, ¿tiene la categoría de arquetipo? ¿O más bien es un efecto del patriarcado? Esta última posición es la de Wilhelm Reich en La función del orgasmo (1945). Está recién horneado, en este diciembre del 22, un artículo interesante que afirma que a los hombres les sigue excitando ver la lordosis en las mujeres, la antigua postura sexual de los mamíferos femeninos (Yesim Semchenko et al., 2022). ¿Alguien podría argumentar que este estudio es una prueba de la impronta arquetipal del patriarcado y su necesidad histórica como etapa más evolucionada? Seguro que sí, aunque como haría falta que fueran capaces de acceder a la literatura científica, les he facilitado el acceso.

La capacidad empática es una excelente herramienta para la hermenéutica, pero un sujeto que quede pegado al padecer del otro no puede ser psicoterapeuta. Los psicoterapeutas también utilizamos la empatía como medio -engaño hermético maquiavélico- no para salvar, sino para facilitar la consciencia del paciente.

 La falta de empatía está en la base de estas aberraciones. Cualquier terapeuta necesita disponer de capacidad empática para poder experimentar el padecer del paciente para, como afirma Sigmund Freud, comprender la vida psíquica del otro dando un contenido intelectual a esta forma de conexión. La capacidad empática es una excelente herramienta para la hermenéutica, pero un sujeto que quede pegado al padecer del otro no puede ser psicoterapeuta. En la mitología sumeria se cita al dios Enki interviniendo en la anábasis (fase de ascenso, salida de la Nekya) de la diosa Inanna. Esta tuvo la precaución de advertir que iniciaba su descenso al infierno para encontrarse con Ereshkigal señalando que si no ascendía en 3 días fueran a rescatarla. Requerido Enki busca una solución creativa para llegar al corazón del infierno sorteando los obstáculos de las 7 puertas. De la porquería de sus uñas, crea dos personajes diminutos a los que instruye para que en el parto de Ereshkigal sean empáticos con ella. Así sucede y Ereshkigal agradecida les pide un deseo y estos le piden que resucite a Inanna a la que Ereshkigal había asesinado y empalado. Enki, engañador hermético y/o algo maquiavélico en la lectura napoleónica (el fin justifica los medios) instruye acerca de la empatía como medio para resucitar a Innana. Los psicoterapeutas también utilizamos la empatía como medio -engaño hermético maquiavélico- no para salvar, sino para facilitar la consciencia del paciente. Innana resucitada no sale del infierno sin un compromiso con Ereshkigal de que alguien la sustituya. Más allá de las sombras de Innana, sus venganzas, y de los componentes prepatriarcales del mito, lo interesante para los procesos psicoterapéuticos es que quien emprende sale de la Nekya se compromete a ser un agente de salud llevando a otros al infierno, pues es necesario este paso para la individuación. Ese es el trabajo del psicoterapeuta que ya experimentó sus catábasis y anábasis. Y ese ciclo, en espiral, es el camino de una mayor humanización, pues primero bajó la diosa, de desprendió de sus pegotes en las 7 puertas del infierno, hasta llegar desnuda ante Ereshkigal, y finalmente fue sustituida por una humana. Cada duelo es una Nekya. Cuando me despido, si lo veo propicio, lo hago deseando al otro una buena crisis.

Estas reflexiones nos introducen en la necesidad de la investigación clínica como parte del trabajo del terapeuta. Freud ya señaló que la psicoterapia es una investigación sobre el inconsciente. Psicoterapia en línea. Investigación psicoanalítica (García, 2022f), accesible en mi página web, es un texto horneado en el confinamiento por la sindemia COVID. Expuse reflexiones sobre el encuadre en línea y la investigación psicoanalítica. Comparto solo este concepto del texto “El psicoterapeuta no eleva a verdad irrefutable un conjunto de conocimientos, sino que se compromete con la obligación ética de apoyar cada opinión clínica en hechos externos que provean evidencia, cuanto más confiable mejor tanto interna como externamente”.

La investigación clínica ha formado parte de mi praxis como psicoterapeuta, existen métodos científicos para los estudios de único sujeto y cualitativos, y en mi praxis la investigación clínica me ha llevado a realizar investigaciones de campo buscando verificaciones más amplias.

La investigación clínica considero se hace para comunicarla. En foros públicos se puede contrastar con la audiencia, en cursos se puede comunicar en este caso señalando si es consensuada o de autoría propia. En el encuentro FAPyMPE de primavera 2021 presenté (en línea) la comunicación Psicoterapia en tiempos de caos, muerte y resiliencia, donde expuse un apartado analítico acerca de la psicoterapia en línea.

Varias de estas investigaciones tienen trabajos publicados en mi página personal, en la de SIDPaJ, en mi repositorio OSF y alguna en revistas.

No encuentro esta sensibilidad investigadora en muchos colegas psicoterapeutas, algunos incluso tachan ese esfuerzo de irrelevante, cientifista o cuantofrénico. Se obvia la importancia del número, incluso arquetípico. En Número y Tiempo, von Franz escribe el capítulo El número y los aspectos parapsicológicos del principio de sincronicidad. En mi tesis creo que experimenté un fenómeno de sincronicidad en el constructo “Paz” que resultó y explicaba la contribución de diversas variables.  Mi intento de que me mandasen artículos para publicar en © Journal of Transpersonal Research, revista de la que fui editor, no tuvo respuesta.

La investigación “Estilo del Terapeuta” (García, 2022e) la diseñé para los encuentros FAPyMPE de otoño 2022. Espero aportará datos sobre los diferentes estilos de terapeutas de diferentes paradigmas y en particular del estilo de los junguianos. Los resultados de la investigación sobre el taller Caminando junt@s hacia la sombra, que diseñé junto a María Rodríguez e impartido en esos encuentros de FAPyMPE, se pueden consultar en mi página (García, 2022d). junto a respuestas a la entrevista que me hizo Rocío Ruíz dentro del proyecto de entrevistas SIDPaJ.

En esta recopilación soy consciente de la cantidad de veces que he participado en FAPyMPE en representación de la SIDPaJ. No tengo claro que los contenidos expuestos representen a la SIDPaJ, y aunque siempre tengo la precaución de presentarlos como propios, la audiencia puede percibirlos como consensuados.

La forja de Hefesto

Hera concibió a Hefesto por partenogénesis y lo vio tan feo al nacer que lo tiró del Olimpo provocándole una cojera. Deforme y herido, Hefesto era el único dios que trabajaba.

El trabajo de forja del filosofar a martillazos de Nietzsche, es la metáfora que me inspira para los siguientes martillazos.

La estética del analista no es demasiado relevante, y tiene el espacio transferencial para elaborarse, pero sí que el analista necesita mantener consciencia de sus heridas y cuidarse. De sobra se cita el arquetipo del sanador-herido y la referencia a los cuidados del centauro Quirón. La metáfora de la forja me sirve para asociarla con el trabajo necesario para forjar el alma. En la conferencia Las Violencias del Alma de la Paz (García, 2022h), expliqué que para muchos sólo es imaginable la paz perpetua (Kant, 1795) de los cementerios llenos de muertos, de las variadas guerras y que el alma humana, en la hipótesis que comparto de Giegerich (2021), se ha forjado en rituales de violencia desde la elección de la caza como modo de alimentación, frente a, por ejemplo, el carroñerismo para el que la especie está preparada.

Sostengo que la escisión de la capacidad detrívora, que en términos equilibrados pudo ser útil al humano en su relación con el planeta, junto a la culpa por el exceso de violencia arbitraria, han engrosado la sombra colectiva que retorna en la desmesura detrívora del Antropoceno.

 Los Aghoris, son una secta hindú, heredaron sus prácticas de los Kapalikas (portadores de cráneos). Los vi en Nepal merodeando por los crematorios. Comen carne humana de los cadáveres, buscan la liberación espiritual para superar el ciclo de reencarnaciones, creen que haciendo todo aquello que los demás rechazan alcanzarán un mayor estado de conciencia, pero no consienten el sexo gay. La caza requiere matar seres vivos, arrebatar la vida a la naturaleza, los animales carnívoros no pueden elegir, el animal humano si pudo, y no lo hizo solo por el economicismo proteico. La desmesura del homo colossus del Antropoceno ha mutado al humano a detrívoro comedor de los restos orgánicos de plantas muertas, los hidrocarburos, el gas natural, … A diferencia de otros detrívoros el homo colossus no actúa dentro del ciclo ecológico, sino que lo destruye. Sostengo que la escisión de la capacidad detrívora, que en términos equilibrados pudo ser útil al humano en su relación con el planeta, junto a la culpa por el exceso de violencia arbitraria, han engrosado la sombra colectiva que retorna en la desmesura detrívora del Antropoceno. Tiene interés el libro Nosotros, los detritívoros (Casal Lodeiro, 2017) .

Cada paciente llega hasta donde haya llegado su terapeuta. El sí-mismo de paciente y terapeuta promueven, únicamente, la saliencia o emergencia de la información que el terapeuta puede escuchar. Lo no aceptable son terapeutas, semisordos, semiciegos … Tendrán pacientes en “puertas giratorias”, que se irán sin ser tocados y posiblemente iatrogenizados. En algunos casos, siendo optimista, considero que lo inconsciente del paciente los sacará del setting. ¿Puede quedarse el terapeuta tranquilo?

En el psicoanálisis junguiano se espera que el analista haya logrado en su terapia, y pueda, por lo tanto, acompañar a sus analizandos, integrar las siguientes dimensiones que señalan una suficiente individuación como estado del ser: La integración de natura y cultura: el cultivo del alma. La integración de la psique y el cuerpo: el cuerpo espiritual. La integración del pensamiento y la sensibilidad: la conciencia ética. La integración de la lógica y la creatividad: el proceso terciario. La iluminación mística profana. La dialéctica entre sí-mismo y complejo yo, que es el opus alquímico. La terapia en sí misma recorre las fases de la alquimia, como expuse en la presentación del libro de Edinger (García, 2022g). Arquetipos y símbolos en la alquimia del proceso de individuación en psicoterapia (García, 2022b) es un texto en para esa presentación, que aunque sigue en construcción, está disponible en el enlace de la bibliografía. Para muchos sujetos, como describe Cioran en Silogismos de amargura (1952), “vivir es una maldición”. En la fase nigredo de la terapia, en su interminable crepúsculo de noche oscura del alma, Dios florece en la enfermedad y el miedo.

Las posiciones teístas acerca de la naturaleza del sí-mismo determinan afirmaciones más teológicas que clínicas. Algunos ejemplos clínicos: El paciente es el único responsable de su proceso, llegar hasta donde considere, abandonar la terapia, cambiar de terapeuta o simultanear con varios terapeutas, o son pacientes eternos, … El teísmo clínico es analizable. En muchos casos es una posición cómoda, en otros de falta de ética respecto a la responsabilidad del terapeuta, en, al menos, no iatrogenizar al paciente. Algunos ejemplos ecosistémicos: El Ánima mundi, o la umbra mundi, genera movimientos regulatorios para terminar con el cáncer que es el Homo colossus para el planeta tierra: coronavirus, … Este teísmo también es analizable, y retroalimenta el teísmo clínico. Algunos ejemplos en el arte: Lo inconsciente es creativo, … En Arteterapia en psicoanálisis junguiano. Marco referencial (García, 2022c) me extiendo en esto. La propuesta de psicoanálisis junguiano es una tekné que evita los teísmos con los recursos del psicoanálisis ene especial del relacional, se requiere una profunda formación psicoanalítica.

La forja del ser terapeuta es ardua y compleja, no sobra conocer en propia carne la experiencia con entactógenos[3], siempre y cuando el terapeuta esté preparado para mantener un ojo observante en la experiencia, se relacione con el material emergente con buena capacidad dialógica, para dialogar con lo inconsciente, y dedique bastante tiempo a relacionarse con lo que ha emergido antes de repetir experiencias. Las experiencias en Estados no ordinarios de conciencia, se produzcan o de modo no buscado (raptos místicos, EMC, …) o buscados para integrar, facilitan el trabajo clínico.

Otra epistemología conveniente en la formación del analista junguiano es la sistémica. Sus propuestas circulares, su diagnóstico sistémico y prescripciones clínicas, cambian la cosmovisión lineal de la causalidad sintomática y convergen bastante con la psique junguiana, que contempla la complejidad de múltiples dimensiones en sistemas convergentes: eje sí-mismo/complejo yo.

El análisis personal y supervisión clínica son interminables mientras el sujeto está trabajando como analista. Es crucial aceptarlo. ¡No caben iluminados autodidactas en procesos efímeros!

“… es estrictamente prohibido actuar como un chamán hasta que el momento de la indicación haya terminado y el iniciado haya sanado de su enfermedad iniciática.“ (Psicoterapia. La experiencia práctica, M. L. von Franz, 1985).

No puede ser terapeuta quien se identifica con el sufrimiento del paciente, proyecta su sombra, es un charlatán, un salvador altruista, …

¿Muere de un modo distinto el psicoterapeuta junguiano a cómo mueren terapeutas de otras epistemologías?

Una discusión interesante es acerca de las variables del terapeuta altamente eficaz (Pereira et al., 2023). Se sabe que la eficacia de las terapias depende más del efecto terapeuta (hasta el 21%) y la alianza de trabajo que del tipo de terapia.

¿Qué variables intervienen?

 Un buen terapeuta es aquel que puede decir “Mis padres, mis terapeutas, mi yo, mis expacientes han muerto, y he podido hacer al duelo de ellos”, y, del que muchos de sus expacientes pueden decir “Mi terapeuta murió y he podido hacer el duelo”. Un psicoterapeuta junguiano incluye más referencias, como su sí-mismo, que han muerto y de las que ha hecho el duelo.

 En el texto se han ido citando condiciones que las permiten inferir, pero expongo la que me parece clave. Un buen terapeuta es aquel que puede decir “Mis padres, mis terapeutas, mi yo, mis expacientes han muerto, y he podido hacer al duelo de ellos”, y, del que muchos de sus expacientes pueden decir “Mi terapeuta murió y he podido hacer el duelo”. Un psicoterapeuta junguiano incluye más referencias, como su sí-mismo, que han muerto y de las que ha hecho el duelo. La referencia a mi como “iratxomik” que uso en redes como identidad virtual digital, denota cómo entiendo estos procesos inherentes a la individuación. El sentido del iratxomik intuitivo lo he ido entendiendo a medida que he ido desarrollando mi individuación, representa mi eje sí-mismo (iratxomik) y complejo yo (mik). El complejo yo es una diferenciación del sí-mismo en el contexto de las relaciones objetales con humanos, e iratxomik significa la muerte de ambos polos en una realidad que los trasciende y se desarrolla más allá de las potencialidades de Iratxo.

Aún no estoy en la muerte de mi función como terapeuta y disfruto de ella atento a no caer en complejos de poder, ni crear iglesias, ni buscar acólitos. Estoy atento a que cada cese de terapia implique elaborar por el paciente y por mí, la muerte de nuestra relación. Tengo testimonios de sólo algunos expacientes acerca de si he muerto o no para ellos.

El destino del terapeuta es morir, claro, como sujeto y sobre todo como analista, función que no puede ser interminable para el sujeto, pues requiere energía, reciclaje continuado y altos cuidados. El terapeuta junguiano asume una muerte inmanente, muere con cada sesión, se metaforsea en otro cuerpo espiritual, aunque siempre queda un ser caracterizado por una ética muy distinta de otras éticas (de justicia, de cuidados y que realiza el dios oscuro). Si antes de la muerte de la función terapéutica el analista ha experimentado muchas muertes, lo que debería esperarse en un psicoanalista junguiano, estará preparado para la muerte del rol y la muerte personal.

Al menos cada 7 años se necesita una muerte de mayor nivel, que putrefacte algunas carnes —sombras, quizás ya colectivas— innecesarias detectadas en niveles muy profundos. La especie botánica, Amorphophallus titanum, saca una flor en períodos de 7 a 15 años. La flor cadáver (fálica) denominada así porque emite un olor fétido a carne podrida que atrae los insectos carroñeros que le sirven, así, de agentes polinizadores para su ciclo vital. Me parece una metáfora interesante. La muerte no es algo sin más, debe oler mal para serlo.

Integrar la sombra y los arquetipos, en el marco de la individuación, requiere de una función detrívora ajustada.

 Integrar la sombra y los arquetipos, en el marco de la individuación, requiere de una función detrívora ajustada. los arquetipos son cadáveres que provienen de ancestros que han muerto. La sombra tiene una parte de potencialidades no activadas, otra de contenidos psíquicos relegados o reprimidos. Siendo detrívoros los ingerimos, incorporamos sus potencialidades en el desarrollo del alma. Esto es muy distinto que lo citado anteriormente respecto al Antropoceno en el que usamos los restos cadavéricos con desmesura y sin integración.

Se necesitan bastantes años de estar muerto como analista antes de la despedida de la vida. Algo le pasa al analista que se resiste a esa muerte. ¿Buscará una suerte de inmortalidad?

Los mitos de Quirón y Prometeo invitan a reflexionar acerca de muchos existenciarios que aparecen en la vida y en los procesos terapéuticos para resignificar las lecturas simplistas, reduccionistas e idealizadas que se hacen habitualmente.

En este punto voy a retomar el mito de Quirón, pues conviene recordar que la inmortalidad no es un bien tan interesante. De Quirón los junguianos hacemos saliente el arquetipo del sanador herido, corriendo el riesgo de ser reduccionistas pues mito es más complejo. Quirón fue hijo de la oceánide Filira. Perseguida por Cronos que la deseaba Filira se transforma en yegua para esconderse, no le sirve pues Cronos se transforma en caballo y la viola. Rea los persigue. Al ver Filira su retoño tras parir, no puede soportarlo pide ayuda y es transformada en Tilo. Quirón tiene un origen traumático y un abandono maternal. Apolo adopta a Quirón y le transmite sus conocimientos. Quirón, educa y enseña a muchos, también a Asclepio, quien pasa a ser dios de la medicina. Aquiles no hubiera nacido sin la colaboración “violadora” de Quirón. Quirón ayuda a Peleo a tomar por la fuerza a Tetis, con lo que reedita su origen traumático de hijo de una violación. ¿Inconscientemente? Tetis quiere hacer inmortal a Aquiles quemándolo y curando sus heridas con ambrosía. Peleo arrebata Aquiles a Tetis, cuando esta no le había “tratado” todavía el talón. Tetis abandona a Peleo quien encarga a Quirón su educación. La herida que Heracles inflige a Quirón con una flecha es incurable y le obliga a Quirón a tratarse todos los días. ¿Incurable? Quirón no puede curarla a pesar de su sabiduría, y sin embargo cura la de otro centauro herido.  La flecha de Heracles es la llave que abre las heridas de Quirón, pero este se ocupa solo de la herida corporal manifiesta y no de las psíquicas desde su abandono, su trauma, sus veleidades de brujo colaborando con el mal, … Llega un momento que no puede soportar el dolor eterno por su inmortalidad. Experimenta la maldición de la inmortalidad. Es conocida la condición de Prometeo, un titán sufridor castigado por ser leal a su mandato de cuidar a la humanidad y para hacerlo ser traidor a su lealtad con Zeus entregando el fuego. Hércules, culpabilizado y compadecido, del sufrimiento de Quirón pidió a Zeus que le liberase de su inmortalidad y Quirón aceptó sustituir a Prometeo, pues el sufrimiento de Prometeo tenía más posibilidades de terminarse que el suyo propio. Prometeo fue liberado e inmortal. Cuando Quirón murió Zeus lo inmortalizó elevándolo al cielo en la constelación austral de Centaurus.

Traicionar las lealtades impuestas por padres, sociedades o dioses, sean visibles o invisibles, es la condición para poder aceptar la mortalidad.

Los mitos de Quirón y Prometeo invitan a reflexionar acerca de muchos existenciarios que aparecen en la vida y en los procesos terapéuticos para resignificar las lecturas simplistas, reduccionistas, literales e idealizadas, todas carentes de simbolismo, que se hacen habitualmente. A Quirón se le asocia con la medicina y con cualidades positivas y benévolas, a diferencia de la mayoría de los centauros, cuya naturaleza era brutal y en algunas obras de arte aparece con piernas humanas obviando sus patas de caballo. Un asteroide ubicado entre Urano y Saturno descubierto en (1977) fue denominado Quirón. La astrología lo ha incorporado interpretando que el sujeto tiene una “herida” en el Signo y la Casa donde está posicionado en la carta astral. Quirón puede considerarse el talón de Aquiles del sujeto, donde hay expuesta una fragilidad y donde es necesaria una cura.

No es habitual tejer con distintos mitos para encontrar una significación profunda en sus intersecciones. Los mitos de Quirón y Prometeo, interseccionan en un área muy significativa, y, sólo posible por la historia de cada uno de los personajes y requiere algún conector, en este caso Hércules. ¿La psique los ha conectado para algo? Si Quirón hubiera sido rescatado por Marte los mensajes hubieran sido muy distintos.

La esencia de la relación de Quirón con Prometeo, su elixir alquímico, su simbolismo profundo, infiero que es la tesis: traicionar las lealtades impuestas por padres, sociedades o dioses, sean visibles o invisibles, es la condición para poder aceptar la mortalidad. La traición es condición de la individuación. Si el infante no traiciona las lealtades impuestas desde el deseo de los padres queda atrapado en complejos materno y paterno. El adolescente debe traicionar su lealtad al clan tribal. El adulto tiene otras tareas de traición. Quirón ni pudo traicionar a su padre Cronos (se identificó con su faceta de perpetrador violador), ni a su madre-padre sustituto: Apolo (se identificó con su sabiduría y mandato de servir).

El mito de Quirón hace saliente que uno solo no puede tratarse a sí mismo, como sostiene el psicoanálisis, pues uno no puede traspasar sus resistencias, se requiere otro-terapeuta. Hércules no es un terapeuta y si lo fuera actúa desde su necesidad de liberarse de la culpa, aunque actúe por compasión. La compasión ensalzada como virtud muchas veces contiene sombras. Hércules lo salva, pero Quirón no llega a ser consciente, y menos de que su “eutanasia” es un “suicidio encubierto” para descansar en la muerte. Cioran, le diría a Quirón, que siguiera su estrategia de escribir y reflexionado sobre sí mismo, para evadirse del sinsentido de la existencia, antes que la alternativa del suicido. En eso Cioran propone un desafío útil para los terapeutas como estrategia con sus pacientes suicidas. Queda evidencia de que las fuerzas de lo inconsciente colectivo, aunque actúen y rescaten, por si solas no conducen a la individuación, sino que, incluso congelan el desarrollo psíquico. Para la individuación se requiere el concurso de la consciencia.

Pies de Página

[1] “Oh, hijo mío, cuando deseabas irte a combatir al traicionero Tifón [Seth] por todo el reino de tu padre [el reino de Osiris] yo me fui a pasar un tiempo en Hormanouthi, es decir, Hermópolis, la ciudad de Hermes, la ciudad de la técnica sagrada de Egipto, y allí me quedé un tiempo. Después de cierto transcurso del Kairoi, y del necesario movimiento de la esfera celeste, sucedió que uno de los ángeles que moraba en el primer firmamento me vio desde arriba y vino hacia mí deseoso de unirse sexualmente conmigo. Estaba con gran prisa de que así fuera, pero yo no me sometí a él; me resistí, porque deseaba preguntarle por la preparación del oro y de la plata […] Me resistí y vencí su deseo hasta que me mostró el signo sobre su cabeza, y me dio la tradición de los misterios sin reservarse nada, sino en su total verdad.” Discurso de Isis en Marie Louise von-Franz, Alquimia, Barcelona, Luciérnaga, 1991, pp. 62-65.

[2] La idea del multiverso aparece en un texto del siglo XIII. En De Luce (1225) Robert Grosseteste supone que el universo nació de una explosión que empuja todo, la materia y la luz, a partir de un solo punto, una idea que es sorprendentemente similar a la moderna teoría del Big Bang. Se encuentra en un texto medieval sobre el multiuniverso de la Bibliothèque Nationale De France.

 

[3] Entactógenos elude la connotación de dios, del término enteógenos, tanto al espacio interno, como a la sustancia gatillo (Planta sagrada, espíritu inteligente), y desfocaliza el “estímulo” en el peso de la sustancia química afianzando el del ritual como rito iniciático y de paso.

 

 

 

Epílogo

Epílogo

Estoy en período de preguntas y resignificaciones acerca de las bases epistemológicas, dudando de algunos axiomas, distanciándome de otros, traicionando … lo que me sirve para ser más cuidadoso y creativo, tejiendo algo distinto sin que sepa todavía que será, tratando de aunar e integrar la epigénesis y dinámica de los arquetipos —en Mitos en análisis integrativo (García, 2022a, pp. 45-47) explico la epigénesis del mandala-círculo como imagen arquetípica y su impacto en el desarrollo—, y cada vez más implacable con la mezquindad.

Me parece de interés el siguiente diálogo que se describe en Allan And the Ice Gods [Allan y los dioses de hielo] de H. Rider Haggard, su última novela de publicación póstuma en 1927), para enfatizar que, aunque se le acompañe a alguien en su individuación y se esté activo en su análisis, el arte del terapeuta junguiano es hacerlo con ética sin forzar ritmos y sin hacer nada en nombre del paciente.

Allan Quatermain le dice al ánima: “en todo grupo, alguien camina más rápido que los otros”. Ella responde, “En tal caso, pronto él se encontrará solo”. “No” dice Allan, “él debe regresar para poder guiar a los otros”. A lo que ella responde, “Pero entonces la noche los cubrirá antes de que alcancen la cima”. Y él, “Cuando alguien llega solo a la cima, ¿qué puede hacer él por sí mismo?”. Y ahora el ánima responde, “Él puede ver las planicies frente a sí, y morir. Es suficiente con haber sido el primero en ver lo nuevo; y un día sus huesos serán encontrados por aquellos que siguen sus pasos”. (En El ánima en el destino del hombre, Brunner, 2022, pp. 37-38).

El ánima de Haggard no tuvo en cuenta que la individuación es un camino único para cada sujeto, quien si realmente está en la individuación llegaría a una cima distinta de cualquier otro, por lo que no encontraría ningún hueso de colegas o ancestros (librándose de rituales reverenciales). El ánima se hubiese acercado mejor si en vez de su frase final hubiera parafraseado a Herman Hesse: “Y como no hay ningún camino que regrese, avancé sobre las aguas negras por el corazón de la noche” (final de Flötentraum [Sueño de flautas], 1919), expresión de aceptación de la muerte en la individuación, aunque no está claro que la individuación se pueda inferir de lo que le ocurre al trovador de Hesse.

El corazón de la noche está habitado por el ánima mundi y la umbra mundi. «Cuando la gente dice que la vida es sagrada en lo que está pensando es en la vida humana. Cabe preguntarse por qué ha de tener ésta un valor especial.» Singer, P. Ética práctica, (1984, p. 97). La sacralización de la naturaleza es un paso para desantropocenizarla y terminar desacralizando lo humano.

Una resignificación crucial para todos y para mí especialmente en la etapa de mi vida, es la relación con el ánima mundi y la umbra mundi especialmente en estos momentos del cambio climático, que ya va llegando a los consultorios. Muchos adultos lo niegan, el negacionismo psicológico tiene distintos componentes, no poder aceptar los cambios por las pérdidas del bienestar, el temor a las catástrofes naturales, la culpa por haber sido “colaboracionistas” con el deterioro consumista, la paranoia del castigo y venganza de la naturaleza, la paranoia de ver como enemigos a los contrarios a tu posición (seas creyente del cambio climático o creyente de que el cambio climático es un invento … Muchos adolescentes y niños, se sienten decepcionados por sus progenitores por lo que les legan y abandonados a su suerte. Caroline Hickman, psicoterapeuta del clima, afirma «El impacto de la ecoansiedad es equivalente al del abuso sexual». La ecoansiedad no es por una amenaza imaginaria sino real, en la que el perpetrador es la humanidad entera, al menos las generaciones precedentes. El cambio climático es un de los temas que hacen evidente que la psicoterapia requiere una dimensión política. Merece la pena leer el artículo Climate anxiety in children and young people and their beliefs about government responses to climate change: a global survey, en The Lancet, Planetary Health (Hickman et al., 2021). La muerte de la civilización no necesariamente es la de la humanidad sino la del antropocentrismo que portaba el germen de la sacralidad inmortal.

El romanticismo volvió a mirar la naturaleza con la imaginación, buscando más allá de la apariencia, un significado, una mirada simbólica, y, entonces la naturaleza dejó de ser una máquina mecánica. Hoy es crucial retomar esa mirada. A la naturaleza se la puede sentir no profana, viva y sagrada, e interpretar que se está en contacto con una divinidad trascendente, como Dios (Armstrong, 2012), Gaia-Rea (De Castro, 2019) o el ánima o la sombra mundi. Esas interpretaciones determinan conductas y cosmovisiones contrapuestas.

Termino, sin comentarios, con el inicio de unas baladas liricas del poeta romántico William Wordsworth (1770-1850), compuestas en su revisita a las cercanías de Tintern Abbey en 1798. ¿Qué puertas te abre esta poesía? En este enlace se puede descargar y leerlo más completo. https://www.ucm.es/data/cont/docs/119-2014-02-19-2.%20Wordsworth.Tintern%20Abbey%20(bilingual).pdf

Cinco años han pasado; cinco veranos, con sus largos

Inviernos! Y de nuevo oigo

Estas aguas, brotando de manantiales silvestres

Con su suave murmullo interior. –Una vez más

Contemplo estos abruptos y elevados picos,

Que me sugieren en su yermo aislamiento

Pensamientos de mayor soledad; y encadenan

El paisaje con el silencio del cielo.

Ya llegó el día cuando de nuevo descanso

Aquí, bajo este oscuro sicómoro y observo

Estas parcelas de cabañas, estas matas de huerto,

Que en esta estación, de inmaduros frutos,

De tonos verdes arropados se pierden entre

Semi-bosquecillos y arboledas. Vuelvo a ver

Estas filas de setos, desdibujadas, líneas apenas

De silvestres y salvajes arbustos: estas granjas

pastorales verdes hasta la puerta; y coronas de humo

Elevándose en silencio de entre los árboles.

Cuál nota incierta, parecería,

De vagabundos en el despoblado monte,

Ó cueva de ermitaño, donde junto al fuego

Siéntase el ermitaño solitario

También puedes leer la balada El viejo marino (1797-1798), de Samuel Taylor Coleridge, amigo de Wordsworth, una “poesía de misterios”, de hermético simbolismo, que explora la pérdida de contacto entre el ser humano y la naturaleza (Coleridge, 2013).

Referencias bibliográficas

Referencias

 

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Los mitos modernos, filogénesis, función y trabajo de consciencia.

Los mitos modernos, filogénesis, función y trabajo de consciencia.

Descripción de la imagen

Collage con imágenes alquímicas. por Mikel García. 

Diseñada para un taller presencial vivencial que se suspendió por la sindemia COVID: Mitoversieon 

Trata de transmitir trabajar con los mitos para una transformación.

Mitoversieón. Neologismo que recoge la transformación del “mito propio” de cada sujeto mediante la constelación de sus conexiones con mitos universales desde mucho tiempo que empujan al desarrollo de la conciencia.

PROYECTO - Explicación

El artículo está construido con un tono divulgador que pueda servir en redes sociales para generar debate y conciencia. Hay un formulario en el que se pueden mandar comentarios tras la lectura del artículo.

Legibilidad del documento.

290 frases. Su lectura es normal en los índices de legibilidad: Lecturabilidad de Fernández Huerta, Comprensibilidad de Gutierrea, Perspicuidad de Szigrist-Pazos, e INFLESH. El índice Crawford de comprensibilidad indica que se requieren 5,6 años de escuela para entenderlo. Su lectura es un poco difícil en el índice Mu (μ=50,1) por la diversidad en los caracteres medios de cada palabra y el vocabulario especializado como muestra, el también moderadamente difícil, índice Spaulding (94,1) de palabras (95) no incluidas en la lista de 1500 lemas frecuentes en castellano de Milton Buchanan.

Muñoz, B., M. y Muñoz, U., J. M. (2019). Legibilidad Mu. Viña del Mar, Chile. Recuperado de http://www.legibilidadmu.cl

Tiempo estimado de lectura: 26 minutos.

Los mitos modernos, filogénesis, función y trabajo de consciencia

Mikel García García, 29 marzo  2023

Resumen: El artículo reflexiona sobre la función de los mitos, presentando diversos ejemplos en ciertas áreas que podemos entender como mitemas (sacrificio, amor incondicional, …) los cuales forman parte del núcleo de mitos concretos. Los mitos explican uno o varios mitemas con particularidades diversas dependiendo de la cultura. El recorrido del artículo llega hasta la presentación de un listado de mitos modernos, que se nutren de los mitos antiguos adaptados a mensajes modernos. Enfatizan la función de aculturación de dar sentido a la existencia, pero, en muchas ocasiones, esos mitos quedan despojados de su poder simbólico originario, convertidos en signos-creencias que adoctrinan y mutan a los sujetos en consumidores de productos opioides que adormecen la conciencia. En el epílogo se invita a reflexionar (un proceso de desmembramiento) sobre qué mitos nos están poseyendo e impidiendo la evolución para poder recuperar la creatividad mitológica y la disposición a la paz resiliente.

Palabras clave: Mitología. Arquetipo. Sombra. Psicoanálisis junguiano. Sacrificio. Amor incondicional. Sueños. Alma de nuestro tiempo. Complejos culturales.

 

 

Leer el artículo

Los mitos modernos, filogénesis, función y trabajo de consciencia.

Desde tiempos inmemoriales, los mitos han sido una parte fundamental de la cultura humana. Han servido como herramientas para transmitir valores, conocimientos y creencias, y para explicar los misterios del universo.

Los mitos primordiales, también conocidos como mitos cosmogónicos, se refieren al origen del mundo y de la humanidad. Son relatos que buscan explicar cómo se creó el universo, los dioses, los seres humanos, las plantas y los animales. Estos mitos suelen ser considerados sagrados y están relacionados con las creencias religiosas o espirituales de una cultura. En ellos se pueden encontrar simbolismos y metáforas que buscan explicar conceptos abstractos y trascendentales como el bien y el mal, la vida y la muerte, y la existencia humana en sí misma.

Los mitos profanos, por otro lado, son relatos que tratan temas más cotidianos y terrenales. Se refieren a la vida diaria, la política, la economía, el trabajo, la familia, el amor y otros aspectos de la vida humana. Estos mitos no suelen ser considerados sagrados y están relacionados con la cultura popular y la tradición oral. A menudo, los mitos profanos se utilizan para transmitir valores y normas sociales, así como para entretener y educar a la población.

La función del mito como aculturizador es una de las principales características del mito en las sociedades humanas. El mito es un medio para transmitir valores, normas y conocimientos de una generación a otra, y es utilizado por las culturas para enseñar a los individuos cómo comportarse y cómo interactuar con su entorno.

Para Carl Gustav Jung (1875-1961), los mitos son un reflejo de la psique colectiva de la humanidad. Según él, los arquetipos y símbolos que aparecen en los mitos son universales y están presentes en el inconsciente colectivo de la humanidad. Eso explicaría cómo en culturas que no han tenido relación, los mitos tienen patrones —mitemas y mitologemas— iguales y cómo un individuo puede tener sueños que sean similares a mitos de otras culturas. Esto significa que, aunque cambien los tiempos y las culturas, los mitos siguen siendo relevantes porque reflejan aspectos profundos y universales de la experiencia humana. La posición de Jung es distinta a la de otros mitólogos como Joseph Campbell (1904-1987) para los cuales los mitos van permeando las culturas por difusión entre ellas. Evémero (330 aC) afirmó que los mitos fueron historias reales de antecesores humanos, implícita en esta concepción está la teoría antropológica de la religión desarrollada siglos después por Ludwig Feuerbach (1804-1872): los dioses son humanos que en la antigüedad fueron importantes, por lo que luego pasaron a ser deificados. Zecharia Sitchin (1920-2010) propuso la teoría de los antiguos astronautas, el supuesto origen extraterrestre de la humanidad, la cual atribuye la creación de la cultura sumeria a los Anunnaki (o Nefilim, o gigantes) que procederían del planeta llamado Nibiru 12° planeta que supuestamente existiría en el sistema solar, en esta hipótesis los mitos sumerios relatan historias con extraterrestres. Elon Musk ha hecho varias declaraciones públicas sobre su creencia en la «teoría de la simulación”, que sostiene que nuestra realidad podría ser una simulación creada por una civilización más avanzada.

Confundir el mito con la realidad es un error común que puede llevar a malentendidos y a una interpretación errónea de la historia y la cultura. El mito se refiere a una narración o relato simbólico que puede tener elementos reales o ficticios, pero que en última instancia es una representación simbólica de una verdad más profunda. Por otro lado, la realidad se refiere a lo que ha sucedido o está sucediendo en el mundo, basado en hechos empíricos y verificables.

Si se toman los mitos de forma literal, se pueden perder los significados simbólicos y alegóricos que subyacen a ellos, lo que puede llevar a interpretaciones erróneas o simplistas de los mitos. Además, los mitos a menudo contienen elementos fantásticos o sobrenaturales que no tienen una base en la realidad, por lo que tratar de interpretarlos de forma literal puede llevar a conclusiones absurdas o contradictorias. La literalización de los mitos puede estar relacionada con el fanatismo, ya que puede conducir a una interpretación dogmática e inflexible de las historias mitológicas. Si se toman los mitos de forma literal y se cree que son verdades absolutas e inmutables, puede ser difícil aceptar o considerar otras perspectivas o interpretaciones.

Por ejemplo, en algunas culturas, como la griega antigua, los mitos de los dioses y diosas eran una parte integral de la vida cotidiana y la religión. Sin embargo, estos mitos no deben ser tomados como una descripción literal de la realidad, sino como una representación simbólica de la relación entre los dioses y los mortales.

Pero, ¿qué pasa con los mitos en la sociedad moderna? ¿Siguen siendo relevantes? En la actualidad, se desprecian los mitos como algo irracional, arcaico, contraponiéndolo a la ciencia del logos. La psique humana es mitopoyética, construye relatos míticos para explicar las realidades existenciales. Hasta la ciencia construye mitos para explicar sus hallazgos y logros. Muchas personas se sienten desconectadas de las tradiciones y mitos antiguos, y buscan nuevas formas de encontrar sentido y propósito en sus vidas. Aquí es donde hay espacio para que surjan los mitos modernos: historias y símbolos que reflejan las preocupaciones y aspiraciones de la sociedad actual. El riesgo es que los mitos sean construidos por “el poder” como una forma de dominación al adoctrinar a los sujetos necesitados con ideologías que les dan sentido a sus vidas a base de consumir productos opioides.

Por ejemplo, en la cultura popular actual, podemos encontrar mitos modernos como los superhéroes, las historias de ciencia ficción y fantasía, y los relatos de viajes en el tiempo. Estas historias no solo entretienen, sino que también ofrecen a las personas una forma de explorar cuestiones más profundas, como el bien y el mal, el destino y la libertad, y el significado de la vida.

Pero, ¿cómo podemos usar los mitos modernos de manera consciente y constructiva? Aquí es donde la teoría de Jung puede ser útil. Según Jung, al explorar los mitos y símbolos que nos atraen, podemos conectarnos con aspectos profundos de nuestra propia psique y descubrir nuevos significados y propósitos en nuestra vida.

Por lo tanto, en lugar de descartar los mitos modernos como meras fantasías, podemos usarlos como herramientas para explorar nuestra propia psique y descubrir nuevas formas de vivir con sentido y propósito. Al hacerlo, podemos conectarnos con la sabiduría atemporal de los mitos y encontrar formas de integrarla en nuestra vida cotidiana.

Existen varias historias y mitos antiguos que podrían considerarse como precursores de los temas modernos de la tecnología y los viajes en el tiempo:

La historia de Dédalo e Ícaro: En la mitología griega, Dédalo fue un inventor y arquitecto que construyó un laberinto para el rey Minos de Creta. También construyó unas alas para él y su hijo Ícaro, con las que pudieron volar. Sin embargo, Ícaro, desobedeciendo las instrucciones de su padre, voló demasiado cerca del sol y sus alas se derritieron, cayendo al mar y ahogándose. Esta historia podría ser vista como una advertencia sobre los peligros de la tecnología y la arrogancia humana.

La leyenda de Urashima Taro: En la mitología japonesa, Urashima Taro era un pescador que salvó a una tortuga y como agradecimiento, fue llevado al reino de Ryugu, habitado por seres sobrenaturales. Allí vivió durante varios años y al regresar a su aldea descubrió que habían pasado varios siglos. Esta historia es considerada una especie de cuento de viaje en el tiempo, y muestra el deseo humano de escapar del tiempo y de la mortalidad.

El mito de la serpiente emplumada: En la mitología mesoamericana, la serpiente emplumada, también conocida como Quetzalcóatl, era una deidad asociada con la creación, la sabiduría y la tecnología. Se le atribuyen invenciones como el calendario y la escritura, y se decía que había enseñado a los humanos a trabajar con el metal y la piedra. Esta figura podría considerarse como un precursor de la idea de un ser divino que compartió conocimientos tecnológicos con la humanidad.

La historia del Rey Arturo y la mesa redonda: En la leyenda del Rey Arturo, se cuenta la historia de una mesa redonda que él y sus caballeros usaban para tomar decisiones. La mesa simboliza la idea de la igualdad y la justicia en la toma de decisiones, y también podría ser vista como una especie de tecnología social que permitió a los caballeros trabajar juntos de manera efectiva.

Los mitos de sacrificio y amor incondicional son comunes en muchas culturas y religiones del mundo. Estos mitos suelen centrarse en una figura heroica o divina que se sacrifica por el bienestar de otros, o en un amor incondicional que trasciende las limitaciones humanas y es capaz de superar cualquier obstáculo.

Mitos de sacrificio sin que la víctima esté de acuerdo:

El mito del chivo expiatorio es una historia que se refiere a la práctica antigua de sacrificar a un animal, como un chivo, para expiar los pecados de una comunidad. En la antigua cultura hebrea, por ejemplo, se seleccionaba un chivo para ser sacrificado y se le cargaban simbólicamente los pecados de la comunidad. Luego, el chivo era enviado al desierto para morir, llevando consigo los pecados de la comunidad.

El mito del chivo expiatorio es relevante en la psicología social porque ilustra cómo las personas a menudo buscan chivos expiatorios para justificar sus propias acciones y para desviar la culpa de sí mismos. En lugar de asumir la responsabilidad de sus propias acciones, culpan a alguien más por sus problemas. Este mito también puede ser utilizado para explicar la dinámica de grupos y cómo la conformidad social puede llevar a la selección de un chivo expiatorio.

El sacrificio de Isaac. Dios le pidió a Abraham que sacrificara a su propio hijo, Isaac, como una prueba de su fe y obediencia. Abraham llevó a Isaac al monte Moriah, donde construyó un altar, y estaba a punto de sacrificar a su hijo cuando un ángel detuvo la acción y le dijo que no matara al niño. El sacrificio de Abraham es a menudo visto como un ejemplo de fe extrema y obediencia a Dios. En la religión judía, es considerado como uno de los actos más heroicos y ejemplares de fe en Dios. En el cristianismo, el sacrificio de Abraham es visto como una prefiguración del sacrificio de Jesús en la cruz. Este relato plantea preguntas sobre la moralidad y la ética de los actos divinos.

Los mitos de sacrificio y amor incondicional.

Son comunes en muchas culturas y religiones del mundo. Estos mitos suelen centrarse en una figura heroica o divina que se sacrifica por el bienestar de otros, o en un amor incondicional que trasciende las limitaciones humanas y es capaz de superar cualquier obstáculo.

Uno de los ejemplos más conocidos de un mito de sacrificio y amor incondicional es el mito de Orfeo y Eurídice en la mitología griega. Orfeo era un músico excepcional que se enamoró de Eurídice, pero ella murió poco después de su boda. Desesperado por recuperarla, Orfeo descendió al inframundo y tocó su música tan hermosa que incluso Hades, el dios del inframundo, se conmovió. Finalmente, Hades permitió que Orfeo llevara a Eurídice de regreso al mundo de los vivos, pero con una condición: Orfeo no podía mirar hacia atrás mientras caminaba hacia la luz del sol. Desafortunadamente, Orfeo no pudo resistir la tentación y miró hacia atrás, perdiendo a Eurídice para siempre.

Este mito se interpreta a menudo como un ejemplo de amor incondicional y sacrificio, ya que Orfeo estaba dispuesto a arriesgar su vida por su amada esposa, incluso en el mundo subterráneo de los muertos. Además, la historia muestra cómo el amor puede superar incluso las barreras de la muerte, pero también cómo la falta de confianza y la debilidad humana pueden llevar a la pérdida y el sufrimiento.

Otro ejemplo de mito de sacrificio y amor incondicional es el mito cristiano de la crucifixión de Jesús. Según la tradición cristiana, Jesús murió en la cruz como un sacrificio por los pecados de la humanidad, demostrando su amor incondicional y su voluntad de morir por los demás. ha sido utilizado para explicar el sufrimiento y la tragedia humanas, y ha sido visto como un ejemplo de sacrificio y de amor incondicional. Además, el mito de Cristo y el sacrificio también ha sido utilizado para justificar la violencia y la opresión en algunos contextos históricos. Cristo es visto como el chivo expiatorio que acepta su sacrificio. En la mitología egipcia, el amor incondicional se relaciona con la diosa Isis, que se enamora de su esposo, Osiris, incluso después de su muerte. Isis es conocida por su amor incondicional y su capacidad para traer a los muertos de vuelta a la vida.

En la mitología hindú, el amor incondicional se representa a través de la figura de Radha, que está enamorada del dios Krishna. Aunque Krishna tiene muchas esposas y amantes, Radha sigue siendo su amor incondicional y su devoción por él es inquebrantable.

La serie de libros y películas de Crepúsculo presenta el amor incondicional a través de la relación entre los personajes de Edward Cullen y Bella Swan. A pesar de los muchos obstáculos que enfrentan, incluyendo la naturaleza vampírica de Edward y la posibilidad de que Bella sea herida o muerta, su amor se mantiene fuerte.

Mitos de sacrificio modernos.

Superman: El personaje de Superman ha sido visto como un mito moderno de sacrificio, ya que está dispuesto a arriesgar su propia vida para proteger a los demás. En muchas de sus historias, Superman se enfrenta a amenazas imposibles de detener y se sacrifica por el bien común.

Harry Potter: En la serie de libros y películas de Harry Potter, el personaje principal a menudo sacrifica su propia seguridad y felicidad para proteger a sus amigos y al mundo mágico de las fuerzas del mal. A menudo, estas acciones ponen a Harry en peligro, pero está dispuesto a arriesgar su propia vida para salvar a los demás.

Katniss Everdeen: En la trilogía de Los juegos del hambre, Katniss es vista como un mito moderno de sacrificio, ya que se ofrece voluntariamente para los Juegos del Hambre en lugar de su hermana menor y luego se sacrifica para proteger a los demás tributos en la arena.

Mulan: En la película de Disney Mulan, la protagonista se disfraza de hombre y se une al ejército chino para salvar a su padre enfermo de tener que luchar en la guerra. A lo largo de la película, Mulan arriesga su propia vida en varias ocasiones para proteger a sus compañeros soldados y, finalmente, salva al emperador y a toda China.

El Señor de los Anillos: En la trilogía de El Señor de los Anillos, Frodo y sus amigos se embarcan en una misión peligrosa para destruir el Anillo Único y evitar que Sauron tome el control del mundo. A lo largo de la historia, los personajes se enfrentan a muchos peligros y sacrifican mucho para completar su misión.

Existen varios mitos modernos que contribuyen a la normalización y perpetuación del feminicidio y la violencia de género. Algunos de estos mitos son:

“El amor todo lo puede»: Este mito hace que muchas mujeres crean que deben aceptar cualquier tipo de comportamiento de sus parejas, incluso si es abusivo. Se asume que, si una pareja «realmente se ama», entonces todo se puede superar. Sin embargo, esto no es cierto y el amor no justifica la violencia.

“La mujer provoca”: Este mito culpabiliza a las mujeres por la violencia que sufren. Se asume que las mujeres provocan la violencia de sus parejas debido a su comportamiento o vestimenta. Esto es falso y peligroso, ya que responsabiliza a las víctimas en lugar de a los agresores.

“La violencia es un problema privado”: Este mito hace que muchas mujeres no busquen ayuda cuando están en una relación abusiva, ya que se les ha enseñado que la violencia es un asunto privado que debe resolverse entre la pareja. Esto oculta la gravedad del problema y hace que las mujeres se sientan aisladas y sin recursos.

“El hombre es más fuerte”: Este mito se basa en la idea de que los hombres son naturalmente más fuertes físicamente que las mujeres, lo que hace que se justifique el uso de la fuerza contra las mujeres. Esto es falso, ya que la fuerza física no debe utilizarse para resolver conflictos y no justifica la violencia.

En algunas religiones, los roles de género están claramente definidos y se espera que las mujeres sean sumisas y obedientes a sus esposos o a los líderes religiosos masculinos. Esto puede llevar a una justificación de la violencia por parte de los hombres hacia las mujeres que no cumplen con estos roles. Además, en algunas religiones se utilizan textos sagrados o interpretaciones religiosas para justificar la violencia contra las mujeres, como la lapidación o la mutilación genital femenina. También es posible encontrar textos sagrados que promueven la igualdad de género y la no violencia, y muchas líderes religiosas han asumido un papel activo en la lucha contra la violencia de género.

Es importante tener en cuenta que los mitos y leyendas de diferentes culturas a menudo presentan diferentes perspectivas y actitudes hacia las víctimas y el trauma, y que están condicionadas por el sesgo patriarcal. Algunos ejemplos en culturas antiguas:

En la mitología sumeria, la diosa Inanna es víctima de un intento de violación por parte del dios Enki. Aunque finalmente logra escapar, este mito pone de relieve la vulnerabilidad de las mujeres y la falta de poder en la sociedad patriarcal.

La mitología griega está llena de historias de mujeres que son víctimas de la violencia masculina, como Medusa, quien fue violada por Poseidón y luego castigada por Atenea convirtiéndola en un monstruo. La historia de Procne y Filomela también es un ejemplo de la violencia sexual y la venganza, ya que Procne es violada por su esposo Tereo, y su hermana Filomela es mutilada y silenciada para evitar que revele la verdad.

En la mitología vikinga, la diosa Freya es víctima de una serie de pruebas y humillaciones para recuperar su collar mágico, que es robado por los enanos. También hay historias de mujeres que son capturadas y esclavizadas por hombres, como la historia de Skadi, quien se casa con el dios Njord a cambio de venganza por la muerte de su padre.

En la mitología azteca: Coatlicue era la diosa de la tierra y la fertilidad, fue sacrificada, por decapitación, por sus hijos al creer que estaba embarazada de un extraño. De su cuerpo sin vida surgieron los dioses Huitzilopochtli y Coyolxauhqui. Es de interés que el complot fue entre los hijos vivos y Coyolxauhqui, que estaba en el vientre, y que también quisieron matar a Huitzilopochtli, el dios de la guerra, el sol y la victoria. Sin embargo, Huitzilopochtli nació completamente armado y decapitó a su hermana. En la iconografía azteca, Huitzilopochtli era representado como un guerrero con una corona de plumas y un escudo con la imagen del sol. Coyolxauhqui, por su parte, era representada como una mujer decapitada con una serpiente en la mano.

Algunos de los mitos modernos más importantes en cuanto a su función de aculturar:

El mito del progreso: este mito sostiene que la humanidad se encuentra en un constante estado de avance y que la tecnología y la ciencia nos llevarán a una era de prosperidad sin precedentes.

El mito de la meritocracia: este mito sostiene que el éxito en la vida se debe únicamente al esfuerzo y talento individual, sin importar la posición social o económica de origen. Este mito puede ser utilizado para justificar las desigualdades económicas y sociales, ya que sugiere que aquellos que están en la cima de la jerarquía lo han logrado por su propia habilidad y trabajo duro, y no debido a factores externos como la riqueza o la posición social.

El mito del emprendedor: se refiere a la creencia de que cualquier persona puede tener éxito en los negocios si tiene suficiente determinación, creatividad y trabajo duro. El mito sugiere que los emprendedores exitosos tienen características especiales, como una mentalidad empresarial única, una habilidad innata para tomar riesgos y una pasión por crear algo nuevo. Pero no todos tienen las mismas oportunidades o recursos para iniciar y hacer crecer un negocio. Muchas veces, los emprendedores tienen que superar obstáculos significativos, como el acceso limitado a capital, la falta de redes empresariales, la competencia desleal, entre otros.

El mito de la libertad: este mito sostiene que la libertad individual es el valor más importante de una sociedad y que cualquier limitación a ella es una amenaza a la libertad y al progreso.

El mito de la globalización: este mito sostiene que la globalización económica y cultural es inevitable y deseable, y que traerá prosperidad y una mayor comprensión entre las culturas.

El mito de la posverdad: este mito sostiene que la verdad objetiva no existe, y que todo depende de la perspectiva individual o del interés de los grupos de poder.

El mito del héroe solitario: este mito sostiene que el éxito individual es alcanzado por una persona que se sobrepone a todas las dificultades y desafíos sin ayuda de nadie.

El mito de la superioridad racial: para justificar la opresión y el exterminio de grupos considerados “inferiores”.

El mito del consumismo: este mito sostiene que la felicidad y el éxito están determinados por la cantidad y calidad de bienes materiales que se poseen.

El mito del sueño americano: Esta narrativa sostiene que cualquier persona puede tener éxito en el capitalismo si trabaja lo suficientemente duro. Se basa en la idea de que el éxito individual depende únicamente del esfuerzo y la determinación de una persona, ignorando las desigualdades estructurales y las barreras que enfrentan algunas personas.

El mito de La mano invisible: Esta creencia se refiere a la idea de que el mercado se autorregula y que el interés propio de las personas lleva a resultados óptimos para toda la sociedad. Esta narrativa ignora los efectos negativos del capitalismo, como la desigualdad económica y la explotación laboral.

El mito de la competencia perfecta: Esta mitología sostiene que la competencia en el mercado es siempre justa y que los precios y salarios se establecen de manera eficiente. Sin embargo, esto no tiene en cuenta la concentración de poder en manos de grandes corporaciones y los monopolios.

El mito del crecimiento económico infinito: Esta narrativa sostiene que el crecimiento económico es siempre bueno y que se puede mantener indefinidamente. Sin embargo, esto no tiene en cuenta los límites finitos de los recursos naturales y los efectos negativos del crecimiento económico en la salud y el medio ambiente.

El mito de que la muerte es un fracaso: Este mito sostiene que la muerte es un fracaso personal o médico, y que se puede evitar con el uso de la tecnología y la medicina. Sin embargo, la muerte es una parte natural del ciclo de la vida, y puede ser importante aceptarla como tal.

El mito de la dominación humana: Esta narrativa sostiene que los humanos tienen el derecho y la responsabilidad de dominar y explotar la naturaleza para su propio beneficio. Esto ha llevado a prácticas insostenibles de agricultura, pesca, y explotación de recursos naturales.

El mito de la virilidad: Este mito sostiene que los hombres deben ser fuertes, valientes y agresivos para ser considerados verdaderamente masculinos. Este mito puede llevar a la violencia, la intimidación y la falta de empatía hacia los demás.

El mito de la independencia: Este mito sostiene que los hombres deben ser independientes y no necesitar ayuda o apoyo de los demás. Este mito puede llevar a una falta de conexión emocional y aislamiento social.

El mito de la belleza: Este mito sostiene que las mujeres deben ser bellas y atractivas para ser valoradas y aceptadas en la sociedad. Este mito puede llevar a una obsesión con la apariencia física y la falta de valoración de otras características y cualidades personales.

El mito de la debilidad: Este mito sostiene que las mujeres son débiles y necesitan protección y cuidado por parte de los hombres. Este mito puede llevar a la infantilización y la falta de autonomía y poder de decisión.

El mito del extraño: se basa en la idea de que la identidad de una persona se determina por su grupo de pertenencia, ya sea por su raza, religión, nacionalidad o cualquier otra característica. A menudo se asume que aquellos que no pertenecen a este grupo son peligrosos, desconocidos y no confiables.

El mito de la sumisión: Este mito sostiene que las mujeres deben ser sumisas y obedecer a los hombres en la sociedad. Este mito puede llevar a la violencia, la discriminación y la falta de igualdad de género.

El mito de que las víctimas siempre provocan el abuso: Este mito sugiere que la víctima de alguna manera es responsable de lo que le sucedió.

El mito de que el sufrimiento en la vida actual es consecuencia de karma negativo o malas acciones en vidas pasadas que hay que compensar en esta vida.

El mito de la maternidad: Este mito sostiene que la maternidad es el papel más importante y significativo para las mujeres. Este mito puede llevar a la falta de valoración de otras opciones y aspiraciones personales.

El mito del chivo expiatorio humano: se puede depositar en un humano las culpas para que su sacrificio termine con ellas. Está también ligado a interpretaciones de “constelaciones familiares” en los que un sujeto que padece un síntoma redime la culpa de un antecesor. La “cultura de la cancelación” se ceba en un sujeto al que se sacrifica por ser distinto sometiéndolo a un bullying público con gran encarnizamiento moral.

El mito de que el enemigo es menos humano: este mito se utiliza para justificar la violencia y la crueldad hacia los soldados enemigos. Se retrata al enemigo como una fuerza inhumana, inmoral y peligrosa que debe ser eliminada.

El mito de que la guerra es noble: este mito glorifica la guerra y la violencia como una forma de defender la libertad, la justicia y la patria. Se retrata a los soldados como héroes valientes que luchan por una causa justa.

El mito de que la victoria es inevitable: este mito sugiere que la victoria es segura y que la guerra será breve y decisiva. Puede ser utilizado para convencer a la opinión pública de que la guerra es necesaria y justa.

El mito de que la guerra es limpia: este mito sugiere que la guerra es una forma de resolver conflictos de manera ordenada y limpia. Se minimizan los horrores de la guerra, como la muerte y la destrucción.

El mito de la abundancia infinita: Esta creencia se refiere a la idea de que los recursos naturales son inagotables y que no hay límites para el crecimiento económico. Esto ha llevado a una sobreexplotación de los recursos naturales y ha contribuido al cambio climático y la pérdida de biodiversidad.

El mito del equilibrio natural: Esta narrativa sostiene que la naturaleza tiene un equilibrio natural que se regula por sí mismo. Esto ha llevado a una falta de comprensión sobre el impacto de las actividades humanas en los ecosistemas y ha contribuido a la degradación ambiental.

El mito de que la paz es simplemente la ausencia de guerra: este mito sugiere que la paz es simplemente la falta de conflicto armado. Sin embargo, la paz implica mucho más que eso. La paz implica la construcción de relaciones positivas y sostenibles entre las personas y las comunidades.

El mito de que la paz es fácil: este mito sugiere que la paz es fácil de lograr y mantener. Sin embargo, la construcción de la paz requiere trabajo arduo, dedicación y compromiso a largo plazo. Además, a menudo se requiere abordar las causas subyacentes del conflicto, como la pobreza, la discriminación y la injusticia.

El mito de que la paz significa ignorar los conflictos: este mito sugiere que la paz implica evitar los conflictos. Sin embargo, la paz implica abordar los conflictos de manera constructiva y no violenta. La resolución pacífica de conflictos a menudo implica reconocer las diferencias y trabajar juntos para encontrar soluciones sostenibles.

El mito de que la paz es posible solo a nivel internacional: este mito sugiere que la paz solo puede ser lograda a nivel internacional, entre los estados. Sin embargo, la paz también debe ser construida en el nivel local, entre las comunidades y las personas. La construcción de la paz también implica abordar las causas subyacentes del conflicto, como la pobreza, la discriminación y la injusticia.

El mito de Gaia como una deidad: En este mito, Gaia es vista como una deidad que personifica la naturaleza y que tiene poderes sobrenaturales para controlar y mantener el equilibrio en el mundo. Este mito ha sido parte de muchas culturas antiguas, y ha sido asociado con la fertilidad, la vida y la muerte.

El mito de que el Grial tiene poderes curativos: En algunas leyendas, se dice que el Grial tiene el poder de curar cualquier enfermedad o herida. Sin embargo, este elemento parece ser una invención posterior y no se encuentra en las historias más antiguas.

El mito de la masa crítica: sugiere que, una vez que una determinada cantidad de personas comparten una opinión o idea, esa opinión o idea se vuelve dominante y se expande a un ritmo exponencial. Este mito sugiere que la opinión de una minoría puede convertirse en la opinión de la mayoría si se alcanza una “masa crítica” de personas que la comparten.

El “mito de las minorías ruidosas”: la creencia de que ciertas minorías, debido a su capacidad para expresarse en voz alta y su tendencia a llamar la atención de los medios de comunicación, pueden ejercer una influencia desproporcionada en la opinión pública y en la toma de decisiones políticas.

Epílogo

Es importante recordar que los mitos no son necesariamente verdaderos y pueden ser utilizados para manipular y controlar a las personas. Asimismo, es importante cultivar y mantener un sentido crítico y analítico y buscar evidencia real y objetiva para respaldar nuestras creencias y decisiones.

Estas reflexiones sobre los mitos han tenido el objetivo de que, si has llegado hasta el final, te sirvan para hacer un viaje introspectivo y detectar que mitos te poseen y condicionan tu libertad, qué relación tienen con tus “complejos personales” y los “complejos culturales” de tu sociedad, y sus consecuencias respecto al fanatismo, la exclusión del otro, la conspiranoia y la guerra y la muerte como alternativas “reparadoras”.

El descuartizamiento de Osiris es un mito egipcio antiguo que cuenta la historia de Osiris, el dios de la vida, la muerte y la fertilidad. Las causas de por qué Osiris fue descuartizado no son lo esencial, aunque tienen importancia (fratricidio, celos, …). Lo relevante es que el mito transmite la necesidad de separar las partes para recomponer en un nuevo ser. El mito es una representación de la muerte y resurrección, y el ciclo de la vida y la fertilidad. En La trilogía de la “Materia Oscura” de Philip Pullman, el personaje principal Lyra Belacqua se encuentra en una búsqueda épica que incluye temas de muerte y resurrección, similar a la historia de Osiris. En la película «La Momia» (1999) desentierran accidentalmente la momia de Imhotep, un sacerdote de Osiris que fue momificado vivo como castigo por su amor prohibido por la princesa Anck-su-Namun. En esta resurrección el sacerdote está preso de su deseo de venganza por su castigo injusto.

¿Podrás descuartizar los mitos que te poseen para acceder a tu creatividad mitológica y transformarte en un sujeto dispuesto a la paz resiliente?

Mikel García

29 marzo 2023

 

 

 

Epílogo

Es importante recordar que los mitos no son necesariamente verdaderos y pueden ser utilizados para manipular y controlar a las personas. Asimismo, es importante cultivar y mantener un sentido crítico y analítico y buscar evidencia real y objetiva para respaldar nuestras creencias y decisiones.

Estas reflexiones sobre los mitos han tenido el objetivo de que, si has llegado hasta el final, te sirvan para hacer un viaje introspectivo y detectar que mitos te poseen y condicionan tu libertad, qué relación tienen con tus “complejos personales” y los “complejos culturales” de tu sociedad, y sus consecuencias respecto al fanatismo, la exclusión del otro, la conspiparanoia y la guerra y la muerte como alternativas “reparadoras”.

El descuartizamiento de Osiris es un mito egipcio antiguo que cuenta la historia de Osiris, el dios de la vida, la muerte y la fertilidad. Las causas de por qué Osiris fue descuartizado no son lo esencial, aunque tienen importancia (fratricidio, celos, …). Lo relevante es que el mito transmite la necesidad de separar las partes para recomponer en un nuevo ser. El mito es una representación de la muerte y resurrección, y el ciclo de la vida y la fertilidad. En La trilogía de la “Materia Oscura” de Philip Pullman, el personaje principal Lyra Belacqua se encuentra en una búsqueda épica que incluye temas de muerte y resurrección, similar a la historia de Osiris. En la película «La Momia» (1999) desentierran accidentalmente la momia de Imhotep, un sacerdote de Osiris que fue momificado vivo como castigo por su amor prohibido por la princesa Anck-su-Namun. En esta resurrección el sacerdote está preso de su deseo de venganza por su castigo injusto.

¿Podrás descuartizar los mitos que te poseen para acceder a tu creatividad mitológica y transformarte en un sujeto dispuesto a la paz resiliente?