Investigación generofatalisme.
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El Principio de Sincronicidad: entre la psique, la materia y el inconsciente psicoide.
Mikel García García. 16 de octubre 2025
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Trabajando con inteligencia artificial. Por Mikel García.
Mikel García García[i]
[i] Médico y cirujano (Universidad Navarra, 1975). Psicólogo (Universidad San Sebastián, 1982). Psicoanalista junguiano. Formación experiencial y teórica en: Psicoanálisis, Terapia Sistémica Familiar, Psicoanálisis Reihiano (vegetoterapia), Psicología Analítica Junguiana, Psicoterapia Transpersonal. Experiencia de Muerte Cercana a los 33 años. Máster en “Astronomía y astrofísica” VIU (Universidad Valencia, 2014). Doctor Internacional en «Estudios Internacionales en Paz, Conflictos y Desarrollo», Universitat Jaume I (UJI Castellón, 2020). Máster en Fotografía Artística y Narrativa Visual (Universidad Internacional de la Rioja, 2022). Máster en Inteligencia Artificial (BIG SCHOOL, Madrid 2024) y Máster en Inteligencia Artificial (Universidad Isabel I, Madrid 2025).
Colaborador con ONG médicas de intervención internacional, y en programas de formación a personal sanitario de atención Primaria; SIDA; maltrato infantil; muerte digna y a docentes. Especializado en maltrato infantil, trauma, duelo, tanatología, acompañamiento al muriente, integración de sistemas, estados de trance y místicos. Terapeuta de “Grupos de Duelo Online Ventana a ventana” desde confinamiento COVID-19. Psiconauta, antropólogo investigador del alma en la clínica médica y psicoterapéutica y trabajos de campo antropológicos cualitativos y cuantitativos, con énfasis en la Acción Participativa, docencia y divulgación psicopolítica de los hallazgos. Promotor de acciones participativas para el despertar del desierto interior y para la transformación social. Didacta de la Sociedad Internacional Para el Desarrollo del Psicoanálisis Junguiano (SIDPaJ). Fotógrafo. Buceador. Alquimista. Hilozoísta. Hijo de Hermes. Creador herido. https://bit.ly/mikelcurriculum iratxomik@gmail.com
Resumen
La Parte B desarrolla una visión actualizada del principio de sincronicidad, integrando perspectivas académicas y simbólico-poéticas. Se propone la sincronicidad como un cuarto principio estructural de la realidad, complementario al espacio, tiempo y causalidad, donde el sentido actúa como conexión acausal entre psique y materia. Esta conexión se fundamenta en el inconsciente psicoide, un sustrato unificador previo a la distinción entre lo interno y externo, lo mental y lo físico.
Desde el enfoque académico, se establece un diálogo entre la psicología junguiana, la física cuántica y la alquimia. La no-localidad y el entrelazamiento cuántico ofrecen un paralelismo con la acausalidad sincronística, sugiriendo un orden implicado (Bohm) o campo unificado donde mente y materia coexisten como expresiones de una misma totalidad. La emoción se identifica como el factor que distingue una sincronicidad auténtica de una mera coincidencia, actuando como resonancia interna que confirma el significado compartido entre evento psíquico y físico.
En la parte simbólico-poética, la sincronicidad se presenta como un acto estético donde el universo se autorrevela a través de coincidencias significativas. El símbolo funciona como lenguaje mediador, traduciendo lo invisible en forma tangible, en una coniunctio oppositorum que une los planos interno y externo. El arte se equipara a la sincronicidad: ambos son manifestaciones de un mismo principio creador donde la totalidad se expresa a través de la conciencia humana.
La propuesta culmina con la tétrada del mundo (espacio, tiempo, causalidad y sincronicidad), invitando a una ciencia del sentido que supere la fragmentación entre sujeto y objeto, razón y espíritu. La sincronicidad, así entendida, no es un fenómeno paranormal, sino la huella de una unidad profunda que se manifiesta cuando la conciencia participa activamente en la revelación de un orden significativo en el cosmos.
Palabras clave:
Sincronicidad
Inconsciente psicoide
Sentido
Acausalidad
Unus mundus
Coniunctio oppositorum
No-localidad
Entrelazamiento cuántico
Orden implicado
Emoción
Símbolo
Tétrada
El presente trabajo se estructura en dos grandes partes —una revisión teórica y una elaboración propia— con el propósito de actualizar y expandir el principio de sincronicidad formulado por C. G. Jung en diálogo con el físico Wolfgang Pauli.
Esta sección revisa los fundamentos conceptuales del principio de sincronicidad según los textos originales de Jung (1952) y su contexto histórico-científico. Y con ideas principales extraídas a modo de apuntes.
Este apartado constituye el estado del arte sobre el concepto, y establece el marco desde el cual se desarrolla la interpretación posterior.
B.1. Parte académica
En esta parte se propone una lectura actualizada del principio de sincronicidad como un cuarto eje de la realidad —junto a espacio, tiempo y causalidad— que introduce el sentido como principio estructurante.
El texto articula un diálogo entre la psicología analítica, la alquimia, la física cuántica y la neurociencia, proponiendo la sincronicidad como fenómeno de coherencia entre la conciencia humana y el orden del cosmos.
En este marco, se plantea la idea de una posible “ciencia del sentido”, capaz de integrar causalidad y acausalidad, materia y significado, dentro de una comprensión ampliada del ser.
B.2. Parte simbólico-poética.
La segunda parte traduce el contenido teórico en un lenguaje poético y curatorial.
Aquí la sincronicidad se presenta como acto estético y revelación del inconsciente psicoide: un momento en que el alma y el mundo se reflejan mutuamente.
El texto se despliega como una meditación visual y sonora, donde la alquimia, el arte y la física se entrelazan en un mismo gesto creador.
Cada sincronicidad se interpreta como una obra de arte del universo, una resonancia entre el símbolo y la materia, una forma en la que el cosmos se contempla a sí mismo a través de la conciencia humana.
Sentido global del documento.
El conjunto del trabajo propone una visión unitaria del ser donde psique, materia y sentido no se oponen, sino que forman una totalidad dinámica.
La sincronicidad es aquí entendida como la puerta de entrada a esa unidad, un fenómeno liminar donde el inconsciente psicoide manifiesta su poder creador tanto en la ciencia como en el arte.
En su doble vertiente —académica y poética—, el documento busca tender un puente entre el conocimiento racional y la experiencia simbólica, ofreciendo un marco contemporáneo para pensar la relación entre conciencia, cosmos y significado.
Un puente que sirva para comprender y aplicar en la propia individuación y en el trabajo clínico.
Mediante el Principio de sincronicidad (sin- del griego συν-, unión, y χρόνος, tiempo), C. G. Jung intenta dar cuenta de una forma de conexión entre fenómenos o situaciones de la realidad que se enlazan de manera acausal, es decir, que no presentan una ligazón causal, lineal, que responda a la tradicional lógica causa-efecto.
Jung describe casos clínicos en los que se da el fenómeno y precisamente por el asombro de estos eventos empieza a formular el principio.
Será a través de dos de sus escritos de 1952 como expondrá el concepto de sincronicidad:
En ellos establecerá que la manera en que los fenómenos se vincularían sería a través de su significado. Un típico ejemplo de sincronicidad se da cuando una persona constata que una imagen mental suya, netamente subjetiva, es reflejada, sin explicación causal, por un evento material exterior a él. En términos de Jung, sería la concordancia, en el nivel del significado, de una imagen mental con un fenómeno material que se dan simultáneamente. Por lo tanto, Jung considera que las sincronicidades son «concordancias significativas acausales».
Para Jung, la sincronicidad es, «la coincidencia de dos o más acontecimientos, no relacionados entre sí causalmente, cuyo contenido significativo es idéntico o semejante…». «la simultaneidad de dos sucesos vinculados por el sentido, pero de manera acausal». «Así pues, emplearé el concepto general de sincronicidad en el sentido especial de una coincidencia temporal de dos o más sucesos relacionados entre sí de una manera no causal, cuyo contenido significativo sea igual o similar».
No puede tratarse en definitiva de causa y efecto, «sino de una coincidencia en el tiempo, de una especie de simultaneidad», de ahí el término sincronicidad. Se describe la sincronicidad «como una relación entre tiempo y espacio psíquicamente condicionada.
Para evitarse malentendidos «lo diferenciaré del término sincronismo, que constituye la mera simultaneidad de dos sucesos».
La acausalidad es esperable cuando parece impensable la causalidad. Ante la causalidad solo resulta viable la evaluación numérica o el método estadístico. Las agrupaciones o series de causalidades han de ser consideradas causales mientras no se sobrepasen los límites de la probabilidad. Si así se demostrara implicaría un principio acausal o conexión transversal de sentido.
Pero esta posibilidad se da solo cuando la psique se observa a sí misma, es decir, a partir de la manifestación de lo inconsciente, de los arquetipos de lo inconsciente colectivo caracterizado como psicoide que tiene la propiedad de Transgresividad.
Los casos de coincidencias de sentido parecen sustentarse en una base arquetípica:
Constaría así mismo de dos factores:
1.Una imagen inconsciente accede a la consciencia directamente o simbolizada como sueño, ocurrencia o presentimiento.
2.Una situación objetiva en la realidad material coincide con dicho contenido psíquico.
Jung aborda ciertos métodos intuitivos (mánticos) de larga tradición: el I Ching oriental y la Geomancia occidental. Dirigirá entonces su interés hacia la Astrología, llevando a cabo un extenso experimento astrológico.
La sincronicidad constituye en sí misma «una magnitud sumamente abstracta e inmaterializable». Representa un criterio de comportamiento al igual que el espacio, el tiempo y la causalidad.
Se renunciaría así a la hipótesis de una conciencia asociada a un cerebro vivo, el factor formal sería ajeno a una actividad cerebral. De ahí que se plantee la pregunta de si todo proceso psicofísico tendría como fundamento la sincronicidad y no la causalidad. De esta última se deducen dos posibilidades que ponen en entredicho la experiencia y el entendimiento:
1.Procesos físicos generan la psique.
2.Psique inmaterial que determina procesos físicos.
De este modo, la sincronicidad, o disposición acausal o con sentido, representaría una posibilidad de esclarecimiento de la encrucijada cuerpo-alma o paralelismo psicofísico. En esta dirección apunta el «saber absoluto», o sentido absoluto, implícito al fenómeno, caracterizado de trascendental al hallarse en un espacio psíquicamente relativo o continuum espacio-temporal irrepresentable.
En conclusión, la clásica imagen física tríadica del mundo compuesta de espacio, tiempo y causalidad se convertiría en una tétrada o cuaternio al unírsele la sincronicidad. Ello posibilitaría un juicio global que se aproximaría a un concepto unitario del ser eliminándose la incompatibilidad entre sujeto y objeto.
«La sincronicidad en sentido estricto sólo es un caso especial de un orden general acausal que da lugar a actos de creación en el tiempo»
Debe evitarse interpretar toda situación aparentemente sin causa como acausal. La sincronicidad solo acontece cuando ni siquiera es pensable una causa. Es decir, dicha «falta de explicación» incluye:
Todo fenómeno sincronístico puede clasificarse en tres categorías:
En psicología y ciencia cognitiva, el sesgo de confirmación es una tendencia a buscar o interpretar nueva información de manera que confirme las ideas preconcebidas propias y evite información e interpretaciones que contradigan creencias previas. Es un tipo de sesgo cognitivo y representa un error de inferencia inductiva, o como una forma de sesgo de selección hacia la confirmación de la hipótesis bajo estudio o refutación de una hipótesis alternativa. El sesgo de confirmación es relevante en la enseñanza del pensamiento crítico, pues este se ejecuta incorrectamente si un escrutinio crítico riguroso es aplicado sólo para evidenciar el desafío de una idea preconcebida, pero no para evidenciar lo que la apoya.
Wolfgang Pauli fue severamente crítico con el sesgo de confirmación, emprendió algún esfuerzo en investigar el fenómeno, siendo coautor con Jung de una obra sobre el tema. Algunas pruebas que Pauli citó eran que ideas que se producían en sus sueños tendrían analogías sincronísticas en la correspondencia posterior con colaboradores distantes.
Se ha afirmado que la teoría de la sincronicidad de la psicología analítica de Jung es equivalente a la intuición intelectual.
Precursores de la sincronicidad, en modos de conciencia mágica.
La historia de la ciencia occidental ha estado sostenida por el principio de causalidad: todo fenómeno tiene una causa que lo explica dentro de una cadena lineal de determinaciones. Sin embargo, el siglo XX introdujo una fisura profunda en esta visión: la física cuántica mostró que el comportamiento de la materia no siempre puede describirse mediante relaciones causales. A esta crisis del determinismo se sumó, desde el ámbito de la psicología profunda, la propuesta de Carl Gustav Jung del principio de sincronicidad, una forma de conexión acausal entre eventos psíquicos y materiales unidos por un significado común.
El principio fue desarrollado en estrecha colaboración con el físico Wolfgang Pauli, quien reconocía en los procesos subatómicos una dimensión no causal análoga a la que Jung observaba en el psiquismo. Ambos intentaron, con lenguajes distintos, articular una visión unitaria de la realidad donde mente y materia no se excluyeran, sino que se reflejaran mutuamente.
Jung definió la sincronicidad como “la coincidencia temporal de dos o más sucesos no relacionados causalmente, cuyo contenido significativo es idéntico o semejante”. En otras palabras, un acontecimiento psíquico interno —un sueño, una intuición o un presentimiento— coincide con un hecho externo de manera acausal, pero con un sentido compartido.
Para explicar este tipo de conexión, Jung recurrió a la noción de inconsciente psicoide: una zona liminar entre la psique y la materia, un fondo de realidad común donde ambas se encuentran antes de diferenciarse. El inconsciente psicoide no pertenece estrictamente al mundo interior ni al exterior, sino que constituye el sustrato unificador que posibilita la emergencia simultánea de fenómenos mentales y físicos correlativos.
Desde este punto de vista, la sincronicidad no sería un “milagro” ni una superstición, sino una manifestación estructural del inconsciente psicoide. En ella, el significado actúa como principio organizador de la realidad, tal como la causalidad organiza los procesos físicos.
III. El trasfondo alquímico y místico: el unus mundus
La idea de un fondo unitario entre espíritu y materia tiene raíces antiguas. La alquimia medieval, a la que Jung dedicó extensos estudios, concebía el cosmos como un organismo animado por un principio común, el spiritus mundi. Los alquimistas buscaban la coniunctio oppositorum, la unión de los contrarios —fuego y agua, sol y luna, alma y cuerpo— como símbolo de la totalidad.
Jung reinterpretó esta tradición en términos psicológicos: la coniunctio corresponde al proceso de individuación, y la materia alquímica a las imágenes del inconsciente. En este marco, el inconsciente psicoide cumple la función del spiritus mercurialis: mediador entre lo visible y lo invisible, entre la mente consciente y el mundo material.
Cuando un fenómeno sincronístico ocurre, el unus mundus —la realidad una e indivisible— se hace momentáneamente visible. La sincronicidad es, así, una epifanía de la unidad subyacente del ser, una grieta en la percepción dualista que separa al sujeto del mundo.
La “coincidencia significativa” es un momento de coniunctio —la unión de opuestos— donde la realidad se muestra como totalidad indivisible.
Por eso Jung consideraba la sincronicidad no solo un fenómeno psicológico, sino un acto de creación en el tiempo, es decir, una irrupción del orden invisible en la trama de los acontecimientos.
La física cuántica ha introducido un modo de pensar que resuena con la intuición junguiana y permiten reinterpretar la sincronicidad desde un lenguaje científico actual (sin reducirla). Entrelazamiento cuántico y la no-localidad como analogías del vínculo acausal: Dos partículas entrelazadas mantienen correlaciones instantáneas sin mediación causal, incluso separadas por grandes distancias. Esta “no-localidad” recuerda la acausalidad jungiana. Si se considera que mente y materia emergen de un mismo campo fundamental, las sincronicidades podrían verse como resonancias cuántico-arquetípicas entre niveles distintos de ese campo. Este fenómeno, descrito por Einstein como “acción fantasmagórica a distancia”, sugiere un tipo de orden no local que trasciende el espacio y el tiempo.
Campo unificado / información cuántica: David Bohm, en su interpretación del “orden implicado”, propuso que las partículas no son entidades separadas, sino manifestaciones desplegadas de una totalidad subyacente. Esa totalidad —el campo cuántico— contendría implícitamente toda la información del universo. En un sentido profundo, el inconsciente psicoide junguiano podría entenderse como análogo psicológico de ese orden implicado: un campo de potencialidad donde lo mental y lo material coexisten en estado de latencia. Ervin Laszlo (campo akáshico) ofrece también un marco para pensar la sincronicidad como manifestación de un orden subyacente de información que conecta todos los sistemas. Jung intuía algo similar cuando afirmaba que la sincronicidad implicaba un “saber absoluto” o “sentido trascendental”.
Asimismo, la noción de “colapso de la función de onda” introduce la idea de que el acto de observación participa en la configuración de la realidad. En una sincronicidad, el sujeto no es un espectador pasivo, sino parte del sistema total que genera el evento. La conciencia y el mundo se codeterminan en un mismo acto de revelación de sentido. En la mecánica cuántica, el acto de observación no es pasivo; el observador participa en la configuración del fenómeno. De modo análogo, en la sincronicidad, la conciencia del observador es parte del sistema: el acontecimiento externo cobra sentido solo en relación con su estado interno.
El fenómeno sincronístico podría confundirse con el sesgo de confirmación, es decir, la tendencia del cerebro a reconocer patrones que confirmen creencias previas. El sesgo de confirmación puede confundir coincidencias ordinarias con sincronicidades. Lo mismo que lo mismo que el sesgo teleológico creyendo que todo lo que sucede tiene un sentido para quien lo observa.
Sin embargo, Jung subraya que la sincronicidad no es una mera coincidencia interpretada subjetivamente: se distingue por su carga afectiva intensa y por el carácter transformador de la experiencia. El sujeto que experimenta el fenómeno necesita tener una capacidad simbólica para aprovecharlo en una ampliación del yo y la conciencia. En ocasiones el fenómeno puede regredir al sujeto a un estado disfuncional, en sus relaciones, mundo interno e incluso generando enfermedades somáticas en su cuerpo o alteraciones graves en sus relaciones o personas vinculadas, a veces esto se denomina sincronía negativa.
Las neurociencias actuales sugieren que los estados de alta significación emocional se asocian a picos de coherencia neuronal entre regiones corticales y límbicas. Esto podría corresponder a momentos en los que la mente alcanza un estado de resonancia simbólica con el entorno. En tal estado, el inconsciente psicoide podría funcionar como un “campo de coherencia” donde las configuraciones internas y externas se sincronizan bajo un mismo patrón informacional.
La sincronicidad desafía el paradigma científico tradicional porque introduce el significado como principio organizador de los fenómenos. No se trata de negar la causalidad, sino de ampliarla. Mientras la causalidad explica cómo las cosas ocurren, la sincronicidad se pregunta por qué adquieren sentido. La realidad no se reduce a causalidad lineal, sino que incluye dimensiones de resonancia de significado.
Autores contemporáneos como Ervin Laszlo o Rupert Sheldrake han propuesto teorías del campo informacional o campos mórficos que podrían servir de puente entre la mente y la materia. En estos modelos, la información o el sentido actúan como un principio estructurante no local, semejante al inconsciente psicoide junguiano. La psique y la materia no son entidades separadas, sino expresiones complementarias de un campo unificado.
La integración de estos enfoques apunta hacia una física de la mente, donde la realidad es concebida como una red de procesos informacionales interdependientes, y donde los símbolos y las experiencias de sentido poseen eficacia ontológica.
Los fenómenos sincronísticos serían momentos en los que la totalidad se autorrefleja, permitiendo que el individuo perciba el tejido invisible que lo conecta con el cosmos.
En lenguaje actual, podríamos decir que la sincronicidad revela un orden cuántico de la conciencia, donde la información y la materia son intercambiables, y donde el símbolo actúa como puente operativo entre niveles de realidad.
Jung propuso que el mundo no puede comprenderse plenamente mediante la tríada clásica de espacio, tiempo y causalidad. Es necesario añadir un cuarto elemento: la sincronicidad, como principio acausal de conexión significativa. Con esta ampliación, el universo se presenta como una tétrada viva, donde cada fenómeno puede ser leído tanto causal como simbólicamente. Una propuesta consiliente, antitética al reduccionismo, que enfatiza la complejidad.
La clave está en la noción de inconsciente psicoide, una forma intermedia entre lo psíquico y lo material, que tiene la propiedad de la Transgresividad (paso de información de una a otra parte). Este inconsciente psicoide es un arquetipo, ha sido percibido por pensadores anteriores a Jung, con explicaciones coherentes a estadios de la conciencia arcaica o mágica. También estructura la realidad objetiva, operando como patrón de organización simbólica en ambos planos.
En este sentido, el fenómeno sincronístico sería una manifestación del inconsciente colectivo en el mundo físico: una “concordancia significativa” que revela que ambos planos —mente y materia— son expresiones distintas de una misma totalidad.
El inconsciente psicoide representa el fondo común del que emergen ambos modos de conexión. Es el ámbito preformal donde la psique y la materia son aún inseparables. Las sincronicidades serían entonces actos de creación en el tiempo, momentos en que la totalidad se autorrefleja a través de la conciencia humana.
En un plano epistemológico, el principio de sincronicidad nos invita a trascender la fragmentación entre ciencia y espíritu, razón y mito, sujeto y objeto. En un plano existencial, nos recuerda que cada experiencia significativa es también una participación en el tejido invisible del cosmos.
El hilo invisible: sincronicidad y el inconsciente psicoide
Hay momentos en que el mundo se inclina hacia nosotros,
como si respondiera a una pregunta que nunca dijimos en voz alta.
Un pensamiento, un sueño, una imagen interior…
y entonces, una señal externa, un suceso, un gesto del azar
que resuena en la misma frecuencia de sentido.
Eso que Jung llamó sincronicidad —la coincidencia significativa sin causa—
es una grieta luminosa en la continuidad del tiempo,
un espejo donde el alma reconoce que también es materia.
El inconsciente psicoide: raíz común de todas las formas
Para Jung, la sincronicidad no era un capricho del azar,
sino la huella de una unidad más profunda entre el mundo interno y el externo.
En el fondo de ambos palpita un mismo tejido:
el inconsciente psicoide,
una dimensión anterior a toda separación,
donde la psique y la materia aún no se distinguen.
Desde allí emergen las imágenes que soñamos
y los sucesos que parecen responder a nuestros sueños.
No como causa y efecto,
sino como dos reflejos simultáneos de una misma corriente.
El sentido no es producto del pensamiento,
sino el modo en que el universo se reconoce a sí mismo en nosotros.
El lenguaje del símbolo y la alquimia del encuentro
En la alquimia, el mercurio era el espíritu que mediaba
entre el fuego y la tierra, entre lo volátil y lo sólido.
Así actúa el inconsciente psicoide:
como un mercurio interior que une las orillas del alma y del cosmos.
Cada sincronicidad es una coniunctio,
una unión de opuestos donde el sujeto y el mundo se funden.
Durante un instante, el unus mundus —el mundo uno—
se revela a través de una coincidencia que no puede explicarse,
solo experimentarse.
El símbolo es su lenguaje.
No describe: enlaza.
Es un puente que traduce lo invisible en forma,
la emoción en materia,
el arquetipo en acontecimiento.
Resonancias cuánticas: la materia que piensa
Las nuevas físicas han empezado a hablar en susurros alquímicos.
El entrelazamiento cuántico une partículas separadas por años luz,
como si recordaran su origen común.
En el fondo, la materia se comporta como si supiera algo de sí misma.
David Bohm la llamó “orden implicado”:
un océano invisible donde todo está ya conectado
antes de desplegarse en la forma.
Quizás el inconsciente psicoide sea eso mismo en la psique:
un campo profundo de coherencia,
un orden implícito donde pensamiento y materia son una sola onda.
Cuando ocurre una sincronicidad,
ese orden invisible se pliega momentáneamente hacia la superficie,
y la realidad se organiza no por causa,
sino por significado.
La emoción como brújula del sentido
No toda coincidencia es una sincronicidad.
Solo aquellas que nos tocan el corazón,
que producen una vibración de asombro o certeza interior,
pertenecen a ese orden acausal.
La emoción no es un error cognitivo,
sino el órgano del alma para reconocer el sentido.
En el instante sincronístico,
la mente y el mundo laten al unísono:
una coherencia viva entre el ritmo del pensamiento
y la música secreta de las cosas.
La ciencia del alma y la estética del cosmos
Jung y Pauli imaginaron una ciencia que no expulsara al espíritu,
ni una mística que negara la razón.
La sincronicidad era para ellos la puerta hacia una nueva epistemología,
donde el conocimiento se produce en la relación, no en la distancia.
En el laboratorio del alma, el observador y lo observado se transforman mutuamente.
El símbolo es la materia prima de esa alquimia:
no explica, sino que une.
En el arte, como en la sincronicidad,
el sentido aparece cuando algo invisible se hace forma
y algo íntimo se hace mundo.
El cuarto elemento
Durante siglos pensamos la realidad como una tríada:
espacio, tiempo y causalidad.
Jung añadió un cuarto principio: la sincronicidad,
la dimensión del sentido.
En esa tétrada, el inconsciente psicoide ocupa el centro,
como matriz del ser.
Desde allí brotan tanto las leyes del cosmos como los sueños humanos.
Y quizás, cuando una sincronicidad ocurre,
no sea el universo el que nos responde,
sino la totalidad que, por un instante,
se ve a sí misma a través de nuestros ojos.
Epílogo: arte como sincronicidad
Toda obra de arte es una forma de sincronicidad:
una materia que se deja habitar por el espíritu,
una imagen que revela una correspondencia invisible.
El artista no inventa, sintoniza.
Escucha el murmullo del inconsciente psicoide,
ese campo donde el tiempo y el alma aún no se han separado,
y traduce su vibración en forma, color o sonido.
La creación —como la sincronicidad—
es un acto en el que el universo se sueña a sí mismo.
Hacia una Ciencia del Sentido
Análisis político simbólico y ética de la individuación para la transformación social.
Mikel García. 6 septiembre 2025.
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Trabajando con inteligencia artificial. Por Mikel García.
Zdzisław Beksiński fue un artista polaco (1929-2005) reconocido por su distintivo y inquietante estilo en la pintura, dibujo y fotografía. Su obra, a menudo categorizada como surrealismo oscuro o fantástico, es perfecta para representar los temas junguianos y la angustia existencial de tu texto.
Su estilo se caracteriza por:
Beksiński es el maestro indiscutible de visualizar el inconsciente colectivo en su forma más cruda y arquetípica. Su estética captura la esencia de la advertencia junguiana: la belleza terrible y la necesidad de adentrarse en el horror para encontrar una forma de integración. Una imagen en su estilo no solo ilustraría el texto, sino que transmitiría visceralmente su carga emocional y psicológica.
Ejemplo de cómo Beksiński influye en
La textura erosionada y orgánica de las superficies.
La luz dramática que crea sombras profundas y misteriosas.
La sensación de que la escena es a la vez un paisaje onírico y una representación de un estado mental interno.
La desfiguración sutil pero perturbadora de las figuras (el contentamiento alienado del caballero, la mirada desesperada del Rey).
Beksiński es generar una imagen que no sea solo una ilustración, sino una experiencia emocional que encapsule la profundidad del conflicto entre el deber, la sombra y la búsqueda de una paz imposible.
Incluir el estilo de Salvador Dalí en la imagen es un complemento maestro para la base ya inquietante de Beksiński. Mientras Beksiński aporta la atmósfera oscura y decadente, Dalí aporta el subversivo simbolismo onírico y la distorsión de la realidad, elementos cruciales para representar los conceptos junguianos de lo inconsciente y los complejos.
La influencia de Dalí se manifestaría en:
Relojes: Sobre la armadura del caballero a modo de escudo, simbolizando la distorsión del tiempo y la razón, y cómo las ideologías rígidas en realidad se «derriten» y deforman bajo el sol de la realidad psíquica.
Hormigas: Un símbolo de Dalí de decadencia y muerte. En la sombra del dragón las caras representan esta corrupción y putrefacción interna en la sombra colectiva.
Elefantes de Patas de Insecto: Figuras que representan fragilidad y pesadez al mismo tiempo. Uno al fondo, portando un obelisco (símbolo de poder patriarcal) en su lomo, mostrando lo absurdo y precario de las estructuras de poder que parecen sólidas.
¿Por qué la combinación Beksiński + Dalí es tan poderosa?
Juntos, crean una visualización perfecta del inconsciente colectivo en estado de crisis: un paisaje de pesadilla que es a la vez personalmente traumático y simbólicamente complejo, exactamente como el análisis del texto que se quiere representar.
Mikel García García[i]
[i] Médico y cirujano (Universidad Navarra, 1975). Psicólogo (Universidad San Sebastián, 1982). Psicoanalista junguiano. Formación experiencial y teórica en: Psicoanálisis, Terapia Sistémica Familiar, Psicoanálisis Reihiano (vegetoterapia), Psicología Analítica Junguiana, Psicoterapia Transpersonal. Experiencia de Muerte Cercana a los 33 años. Máster en “Astronomía y astrofísica” VIU (Universidad Valencia, 2014). Doctor Internacional en «Estudios Internacionales en Paz, Conflictos y Desarrollo», Universitat Jaume I (UJI Castellón, 2020). Máster en Fotografía Artística y Narrativa Visual (Universidad Internacional de la Rioja, 2022). Máster en Inteligencia Artificial (BIG SCHOOL, Madrid 2024) y Máster en Inteligencia Artificial (Universidad Isabel I, Madrid 2025).
Colaborador con ONG médicas de intervención internacional, y en programas de formación a personal sanitario de atención Primaria; SIDA; maltrato infantil; muerte digna y a docentes. Especializado en maltrato infantil, trauma, duelo, tanatología, acompañamiento al muriente, integración de sistemas, estados de trance y místicos. Terapeuta de “Grupos de Duelo Online Ventana a ventana” desde confinamiento COVID-19. Psiconauta, antropólogo investigador del alma en la clínica médica y psicoterapéutica y trabajos de campo antropológicos cualitativos y cuantitativos, con énfasis en la Acción Participativa, docencia y divulgación psicopolítica de los hallazgos. Promotor de acciones participativas para el despertar del desierto interior y para la transformación social. Didacta de la Sociedad Internacional Para el Desarrollo del Psicoanálisis Junguiano (SIDPaJ). Fotógrafo. Buceador. Alquimista. Hilozoísta. Hijo de Hermes. Creador herido. https://bit.ly/mikelcurriculum iratxomik@gmail.com
Resumen:
Este análisis explora la conexión entre un texto sociopolítico sobre fundamentalismo cristiano y masculinidad tóxica, y una parábola simbólica de un caballero que falla en su misión. Utilizando la psicología junguiana, se argumenta que tanto el fundamentalismo como la ideología incel representan una evitación de la individuación—el proceso de integración psicológica—al aferrarse a estructuras rígidas (el «dragón» de la ley, el poder y los complejos parentales) en lugar de integrar valores femeninos y relacionales (el «ánima» o «doncella»). El documento profundiza en el polémico concepto de «constelar el Dios Oscuro», es decir, realizar acciones éticamente repugnantes pero necesarias para restaurar un equilibrio superior, diferenciándolas claramente de las atrocidades mediante criterios como la proporcionalidad, la reversibilidad del daño y la intención. Examina conflictos como Gaza y Ucrania como ejemplos de posesión por arquetipos destructivos (el Vengador, el Imperio) y concluye que la paz resiliente, tanto individual como colectiva, requiere un camino de autoconocimiento, desidentificación de arquetipos colectivos dañinos, diálogo basado en la sombra compartida y la creación de instituciones que fomenten la conciencia y la complejidad moral sobre la simplificación y la proyección del enemigo.
Palabras clave:
Individuación, Arquetipo, Sombra, Ánima, Dios Oscuro, Fundamentalismo, Paz Resiliente, Conciencia Colectiva, Moral
Summary
This analysis explores the connection between a sociopolitical text on Christian fundamentalism and toxic masculinity, and a symbolic parable about a knight who fails his mission. Using Jungian psychology, it argues that both fundamentalism and incel ideology represent an avoidance of individuation—the process of psychological integration—by clinging to rigid structures (the «dragon» of law, power, and parental complexes) instead of integrating feminine and relational values (the «anima» or «maiden»). The document delves into the controversial concept of «constellating the Dark God,» i.e., performing ethically repugnant but necessary actions to restore a higher balance, clearly distinguishing them from atrocities through criteria such as proportionality, reversibility of harm, and intention. It examines conflicts like Gaza and Ukraine as examples of possession by destructive archetypes (the Avenger, the Empire) and concludes that resilient peace, both individual and collective, requires a path of self-knowledge, disidentification from harmful collective archetypes, dialogue based on shared shadow, and the creation of institutions that foster consciousness and moral complexity over simplification and enemy projection.
Keywords
Individuation, Archetype, Shadow, Anima, Dark God, Fundamentalism, Resilient Peace, Collective Consciousness, Ethics
Laburpena
Azterketa honek testu soziopolitiko bat (fundamentalismo kristaua eta maskulinotasun toxikoa aztertzen duena) eta misioan huts egiten duen zaldun bati buruzko parabola sinbolikoaren arteko lotura aztertzen du. Psikologia jungiarra erabiliz, fundamentalismoak eta incel ideologiak indibiduazioa—prozesu psikologiko integratzailea—saihesten dutela argudiatzen du, egitura zurrunetatik helduz («herensugea»: legea, boterea, gurasoaren konplexuak) balio femenino eta erlazionalak («anima» edo «neskatoa») integratu beharrean. Dokumentuak «Jainko Iluna konstelatze» kontzeptu eztabaidagarrian sakondu egiten du, hau da, oreka gorenago bat berrezartzeko etikoki higuingarriak diren ekintzak beharrezkoak direnean egitea, eta argiro bereizten dizkie atrocitatetik proportzionaltasun, kaltearen itzulgarritasun eta intentzioaren irizpideen bidez. Gaza eta Ukrainako gatazkak aztertzen ditu adibide gisa, arketipo suntsitzaileek (Mendekatzailea, Inperioa) posseditu dituztenak, eta ondorioztatzen du bake erresistenteak, bai banako mailan bai kolektiboan, autoezagutza, arketipo kolektibo kaltegarrietatik desidentifikatzea, itzalean oinarritutako elkarrizketa, eta kontzientzia eta konplexutasun morala sustatzen duten erakundeak sortzea eskatzen duela, sinplifikazio eta etsaia proiektatzearen gainetik.
Gako-hitzak
Indibiduazioa, Arketipo, Itzala, Anima, Jainko Iluna, Fundamentalismo, Bake Erresistente, Kontzientzia Kolektiboa, Moral
Los fundamentalistas cristianos creen que han ganado en el punto central: la prohibición del aborto. Pero no han entendido que no se trata en absoluto de una vuelta a la familia cristiana, sino de una norma para la norma. Porque el gran discurso con el que se legitima el desenfrenado elitismo de la tecnología es el de la masculinidad sin límites. Es casi cómico ver a Zuckerberg, el jefe de Meta, descubrir en otoño de 2024 que es un macho castrado y que tiene los pectorales caídos. Por lo tanto, conviene poner a la mujer en su lugar: la aplicación de la prohibición del aborto es inquisitorial y no va acompañada, como querría la tradición cristiana, de una política de caridad hacia los más desfavorecidos.
La prohibición del aborto no es una defensa de la familia: es una prohibición que solo funciona como tal y deja intacta la libertad sexual de los dominantes. La prueba: apenas los cristianos tradicionalistas celebraron lo que creían que era una victoria, Trump anuncia una sorprendente nueva subvención para la fecundación in vitro.
Inmediatamente, los obispos católicos estadounidenses se indignaron: habría una contradicción. Pero no lo entendieron: la aceleración no es cristiana, es transhumanista, como otros son transgénero. Si quieren tener hijos, no es por respeto a la vida, es para perpetuarse. La defensa de la masculinidad no es el regreso de la familia tradicional, porque se dirige a individuos, no a parejas. Es una ideología de solteros, cuya versión más radical es la de los incels y que se adapta perfectamente a la poligamia de Elon Musk. Algunos incels abogan por la violencia contra las mujeres, así como contra los hombres que tienen la suerte de tener relaciones felices.
En la serie «Adolescencia» se trata este tema cuando se habla de «la regla del 80-20», que se traduce en la creencia de que el 80% de las mujeres se siente atraída solo por el 20% de los hombres, dejando a los demás sin posibilidades. También la serie toca otro tema que forma parte del ideario impulsado en estos foros: el de la píldora negra. La metáfora alude a la pastilla roja de las películas de la saga Matrix, que significa tener un despertar repentino a una verdad supuestamente oculta. Muchos autoproclamados incels instan a sus seguidores a tomar la «píldora negra» para despertar y confirmar cómo, según creen ellos mismos, su destino está sellado desde su nacimiento por fuerzas que escapan a su control. La pastilla los hará confirmar que están oprimidos por el feminismo, entre otras fuerzas que les impiden alcanzar una vida plena.
Los cristianos fundamentalistas creen en la ley, más que en el amor, como condición misma de la libertad; se quejan de las molestias administrativas solo en la medida en que les impiden aplicar sus propias normas, como por ejemplo exigir a sus empleados que se adhieran a los valores cristianos. Cuando hablan de libertad, no dicen «freedom», sino «liberty», es decir, no la tan odiada libertad individual, sino la autonomía de la Iglesia —libertas ecclesiae en la terminología canónica—; es característico que la orden ejecutiva de Trump que amnistía a los activistas cristianos hable más bien de «religious liberty» que de “religious freedom”. Todo el esfuerzo de los fundamentalistas cristianos es actuar por ley, de ahí la centralidad del control del Tribunal Supremo en su estrategia política.
El catolicismo contrarrevolucionario está en Europa en el centro de esta nostalgia cristiana por los viejos tiempos, porque el protestantismo o bien se ha secularizado, o bien, en su forma evangélica, afecta mayoritariamente a los inmigrantes, poco preocupados por una identidad cristiana blanca.
Sin embargo, en Estados Unidos, también son intelectuales católicos —en su mayoría conversos del protestantismo, como J. D. Vance— los que lideran la cruzada intelectual contra el progresismo. En el plano electoral, sin embargo, son los evangélicos protestantes los que constituyen los grandes batallones del trumpismo. Esta incapacidad del evangelismo para producir una vanguardia intelectual es interesante y podría explicarse en gran medida por cierto desprecio por la cultura en general y la alta cultura en particular. Por lo tanto, son los padres de la Iglesia, entre otros San Agustín y San Benito, a quienes se convoca para restablecer la ley natural y el anclaje de la sociedad en la trascendencia.
Desde lo alto de su castillo, un rey ve llegar a un caballero. Éste va a caballo y, muy contento, lleva un dragón en sus brazos. El rey le grita: » ¡Estúpido tu misión era matar al dragón y traer a la doncella!».
La conexión entre los dos textos, enriquecida por la lectura junguiana, revela una crítica profunda a las falsas soluciones y las evasiones psicológicas y culturales que impiden la verdadera individuación (concepto clave de Carl Jung para el proceso de convertirse en un ser psicológicamente íntegro y único).
La parábola del texto 2 es una metáfora perfecta de la dinámica que describe el texto 1. Según la lectura junguiana:
El texto 1 describe a los fundamentalistas cristianos y a los ideólogos de la masculinidad tóxica (incels) haciendo exactamente lo que hace el caballero: en lugar de «rescatar a la doncella» (integrar lo femenino, el ánima), se aferran al «dragón» (estructuras de poder, ley sin amor, complejos parentales).
El texto 1 describe una «masculinidad sin límites» y «castrada» (como la autorreflexión de Zuckerberg). Esta crisis de masculinidad es el equivalente del caballero que se siente fracasado. Sin embargo, su solución no es introspectiva ni integradora.
El texto 1 menciona que los fundamentalistas convocan a los Padres de la Iglesia (San Agustín, San Benito) para «restablecer la ley natural». Desde la perspectiva junguiana, esto es otro intento de encontrar una solución externa y arquetípicamente paternal.
Conclusión
La relación entre los textos es profunda. El fundamentalismo cristiano y las ideologías de la masculinidad tóxica representadas en el texto 1 son el equivalente colectivo y cultural del caballero del texto 2. Ambos:
Su misión ya no sería externa («matar al dragón»), sino interna. Siguiendo la lectura junguiana del texto, su camino implicaría:
En resumen, su nueva misión sería un viaje de nekyia, de autoconocimiento, donde el enemigo exterior (el dragón) se convierte en un desafío interior a integrar, y el premio (la doncella) no es un objeto a poseer, sino una parte de su propia psique a rescatar y con la que debe aprender a convivir.
La relación del caballero individuado con los fundamentalistas no sería de confrontación directa ni de alineamiento, sino de comprensión profunda y límites claros. Actuaría desde una posición centrada (desde su sí-mismo), no desde la reactividad.
En esencia, el caballero individuado transciende la batalla cultural en la que están atrapados los fundamentalistas. No niega la lucha, pero la aborda desde un nivel superior de conciencia. No busca vencerlos, sino volverse inmune a su patología y, en el mejor de los casos, ser un espejo que les muestre, aunque sea de refilón, la posibilidad de un camino más integrado y menos temeroso. Su mayor contribución sería demostrar que hay una alternativa al dilema de «abrazar el dragón o ser devorado por él».
Siguiendo al Jung de constelizar el dios oscuro, es decir, tener que hacer acciones antiéticas que a uno le repugnan, no le causan placer, sino dolor, pero son necesarias para equilibrar justicia. ¿Que tendría que hacer el caballero con los fundamentalistas?
Esta es una pregunta profunda y crucial que lleva el análisis al corazón de una de las paradojas más difíciles de la psicología junguiana: la integración de la Sombra y la constelación del «Dios Oscuro» o el aspecto implacable de la justicia arquetípica que trasciende nuestra moral convencional.
Para el caballero individuado, actuar desde este lugar no se trata de cometer actos inmorales por placer o crueldad, sino de asumir la terrible responsabilidad de realizar un acto que, desde una perspectiva personal y ética superficial, le repugna, pero que es necesario para restaurar un equilibrio mayor. Es un sacrificio de su propia inocencia moral.
En el contexto de su relación con los fundamentalistas, esto implicaría acciones que no son «agradables» ni «correctas» según el guion de la corrección política o la moral light, sino que son estratégicas, contundentes y dirigidas a desmantelar su poder de manera efectiva, incluso si eso le cuesta su propia imagen de «buena persona».
He aquí lo que el caballero tendría que hacer, constelando al Dios Oscuro:
Esta no es una discusión; es un diagnóstico público diseñado para desgarrar su fachada de virtud y dejar al descubierto la Sombra que alimenta su movimiento. Causa dolor (al caballero por rebajarse a esta crudeza y a ellos por ser expuestos), pero es necesario para equilibrar la balanza de una narrativa que ellos controlan.
La Advertencia Junguiana Crucial:
Al constelar al Dios Oscuro, el caballero DEBE tener una conciencia espiritual y psicológica extraordinaria. De lo contrario, se convertirá en lo que combate.
En conclusión, el caballero tendría que convertirse en un guerrero sagrado y despiadado, dejando atrás la comodidad de la queja y adoptando una estrategia fría y efectiva que, aunque manche temporalmente su propia imagen ideal de sí mismo, es la única manera de enfrentar a una fuerza que no opera bajo las reglas de la moral convencional, sino bajo el poder de una Sombra colectiva constelada. Es el precio de la verdadera justicia.
Constelar el dios oscuro, y tipos de moralidad: deontologista y consecuencialista.
Una discusión entre la moral deontológica (Kant) y la utilitarista (Mill, Bentham) en torno al concepto de «constelar el Dios Oscuro» es fundamental para cartografiar los riesgos éticos de esta idea junguiana. Ambas perspectivas ofrecen lentes radicalmente diferentes para juzgar tales acciones.
El Marco de la Discusión: «Constelar el Dios Oscuro» como Acción
Para esta discusión, definamos la acción como: Un acto que transgrede una norma ética fundamental (deber o principio) causando un daño inmediato y repugnante al actor, pero que se realiza con la intención de prevenir un mal mayor o restaurar un equilibrio psíquico o social a largo plazo.
La deontología juzga la moralidad de un acto por su conformidad con un deber o una ley moral universal, no por sus consecuencias. Se basa en imperativos categóricos, como actuar de forma que la máxima de tu acción pueda ser una ley universal.
Conclusión Deontológica: Desde este marco, «constelar el Dios Oscuro» es siempre un error ético. Es la capitulación de la moral frente a la conveniencia. La acción incorrecta nunca puede justificarse, independientemente de las «buenas» consecuencias que pretenda lograr.
El utilitarismo juzga la moralidad de un acto únicamente por sus consecuencias. La acción correcta es la que produce la mayor felicidad o bienestar para el mayor número de personas (utilidad).
Conclusión Utilitarista: Desde este marco, «constelar el Dios Oscuro» no solo es permisible, sino que en ocasiones es un imperativo moral. No actuar por escrúpulos deontológicos, permitiendo así que un mal mayor ocurra, sería la verdadera inmoralidad.
La perspectiva junguiana no se alinea con ninguna de las dos posturas, sino que introduce un tercer elemento crucial: la conciencia y el proceso de individuación del actor.
El «Dios Oscuro» no es un concepto puramente utilitarista porque el estado interno del actor es primordial. La acción no es solo un cálculo frío; es un sacrificio psíquico que deja una cicatriz en quien lo realiza. Tampoco es deontológico, porque reconoce que a veces el cumplimiento rígido del deber puede ser un obstáculo para una justicia más profunda.
La propuesta junguiana sugiere una ética híbrida y consciente:
Conclusión: El «buen uso» del concepto de constelar el Dios Oscuro requiere:
En esencia, es una ética para momentos de excepción, donde todas las opciones son malas, pero la no-acción es la peor de todas. No proporciona una respuesta fácil, sino un marco para navegar la complejidad moral con la máxima conciencia posible, evitando tanto la rigidez paralizante como la conveniencia brutal.
Esta es una de las aplicaciones más complejas y serias de la teoría junguiana, ya que nos obliga a analizar atrocidades reales a través de una lente psicológica profunda. La idea de «constelar al Dios Oscuro» no justifica la violencia, sino que intenta explicar la dinámica psíquica arquetípica que se despliega en ella.
Desde una perspectiva junguiana, este conflicto es una proyección masiva de la Sombra colectiva y una constelación del Dios Oscuro en ambos bandos, en un ciclo de retroalimentación infernal.
Aquí la constelación del Dios Oscuro es igual de compleja en su desarrollo.
Conclusión Junguiana: El Peligro y la Necesidad de la Conciencia
El concepto de «constelar al Dios Oscuro» nos muestra que:
En la práctica política, esto se traduce en procesos de justicia transicional, comisiones de la verdad y diálogos increíblemente difíciles donde cada parte acepta su parte de responsabilidad. Es un camino casi imposible de transitar cuando el Dios Oscuro está en plena marcha, pero es el único que conduce a una paz verdadera y no simplemente a una tregua hasta el próximo episodio de violencia.
El concepto de «constelar al Dios Oscuro» es un instrumento de análisis psicológico, no un manual de acción. El peligro mortal reside en que un grupo o individuo, ya poseído por su propia Sombra, utilice esta idea junguiana para justificar ideológicamente sus impulsos destructivos, revistiéndolos de un falso manto de «necesidad arquetípica» o «justicia superior».
Ejemplo de Cooptación Peligrosa:
Imaginemos a un grupo extremista que predica el odio racial. Podrían apropiarse del discurso del «Dios Oscuro» de la siguiente manera:
La advertencia clave es: El verdadero trabajo con el «Dios Oscuro» junguiano es un proceso interno y de conciencia. Cualquier aplicación que busque destruir o oprimir a otros en el mundo exterior ha malinterpretado el concepto catastróficamente. Es una señal de que la Sombra ha ganado, no de que se la esté integrando.
La línea que separa una acción éticamente compleja de una atrocidad es abismal. Aquí se desarrollan criterios para discernirla, usando los ejemplos propuestos: un boicot económico (acción dura) vs. un crimen de guerra (atrocidad).
Aplicación Práctica:
La clave para «constelar al Dios Oscuro» sin caer en la barbarie es nunca traspasar la línea que separa el daño reversible al sistema del daño irreversible a las personas. La acción debe estar siempre guiada por un faro ético último: la preservación de la humanidad y la posibilidad de un futuro común, por difícil que este parezca. Si la acción destruye irrevocablemente esa posibilidad, se ha convertido en parte de la patología que dice combatir.
El camino hacia una paz resiliente, tanto individual como colectiva, que se desprende de este análisis, requiere varios pasos conscientes:
En última instancia, la conclusión más potente es que la paz no es un estado final que se alcanza, sino un proceso continuo de individuación colectiva. Es la capacidad constante de una sociedad de reconocer sus propias patologías, integrar sus aspectos negados y elegir conscientemente el camino de la complejidad y la conexión sobre el de la simplificación y la destrucción.
El proceso de desidentificación a escala social no se inicia con un decreto, sino con la creación de experiencias comunes alternativas. La conciencia colectiva emerge cuando un número crítico de individuos dentro de la sociedad comienza a practicar la autorreflexión y a entablar diálogos auténticos a pequeña escala. Las instituciones deben entonces detectar, apoyar y escalar estas «islas de sentido común», proporcionando el marco seguro y legitimador para que esta nueva conciencia se convierta en la norma cultural y política, sentando las bases de una paz que es resiliente porque está basada en la autoconciencia de la sociedad sobre sus propias patologías, y no en la simple ausencia temporal de violencia.
Algunas ideas para hacerlo.
Nivel 1: Intervenciones Individuales y Comunitarias
Estas acciones buscan crear «células de conciencia» dentro del cuerpo social.
Nivel 2: Estructuras e Instituciones
Estas acciones crean el marco que permite y sostiene las transformaciones individuales.
¿Usamos los rituales para repetir patrones, para crear nuevos mitos que nos salven, o para la individuación como acto político?
Mikel García. 9 marzo 2025
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Mikel García García[i]
[i] Médico y cirujano (Universidad Navarra, 1975). Psicólogo (Universidad San Sebastián, 1982). Psicoanalista junguiano. Formación experiencial y teórica en: Psicoanálisis, Terapia Sistémica Familiar, Psicoanálisis Reihiano (vegetoterapia), Psicología Analítica Junguiana, Psicoterapia Transpersonal. Experiencia de Muerte Cercana a los 33 años. Máster en “Astronomía y astrofísica” VIU (Universidad Valencia, 2014). Doctor Internacional en «Estudios Internacionales en Paz, Conflictos y Desarrollo», Universitat Jaume I (UJI Castellón, 2020). Máster en Fotografía Artística y Narrativa Visual (Universidad Internacional de la Rioja, 2022). Máster en Inteligencia Artificial (BIG SCHOOL, Madrid 2024) y Máster en Inteligencia Artificial (Universidad Isabel I, Madrid 2025).
Colaborador con ONG médicas de intervención internacional, y en programas de formación a personal sanitario de atención Primaria; SIDA; maltrato infantil; muerte digna y a docentes. Especializado en maltrato infantil, trauma, duelo, tanatología, acompañamiento al muriente, integración de sistemas, estados de trance y místicos. Terapeuta de “Grupos de Duelo Online Ventana a ventana” desde confinamiento COVID-19. Psiconauta, antropólogo investigador del alma en la clínica médica y psicoterapéutica y trabajos de campo antropológicos cualitativos y cuantitativos, con énfasis en la Acción Participativa, docencia y divulgación psicopolítica de los hallazgos. Promotor de acciones participativas para el despertar del desierto interior y para la transformación social. Didacta de la Sociedad Internacional Para el Desarrollo del Psicoanálisis Junguiano (SIDPaJ). Fotógrafo. Buceador. Alquimista. Hilozoísta. Hijo de Hermes. Creador herido. https://bit.ly/mikelcurriculum iratxomik@gmail.com
El texto “Ritualidad para la sombra, para el deseo salvífico, o para la individuación como acto político” plantea que los rituales, más allá de ser repeticiones culturales o religiosas, son actos simbólicos fundamentales para la estructuración psíquica, la integración de la sombra y la transformación social. La autora o autor propone recuperar la ritualidad como herramienta de individuación —en el sentido junguiano— y como un acto político de resistencia y sentido, capaz de sanar la fragmentación contemporánea y reorientar la energía colectiva.
Desde el pensamiento simbólico (Jung, Eliade, Campbell), los rituales son lenguajes del inconsciente colectivo que permiten ordenar el caos interno y externo, integrando las fuerzas opuestas de la psique. Los antiguos ritos de paso marcaban las transiciones vitales (nacimiento, madurez, muerte), ayudando al individuo a asimilar los cambios. Su desaparición en la modernidad ha dejado vacíos psíquicos, generando crisis de identidad y sustitutos patológicos: adicciones, consumismo, o rituales digitales vacíos. Como señala Jung, “el ritual es un sueño colectivo hecho acción”, y cuando éstos desaparecen, el inconsciente crea dioses sustitutos —ideologías, fanatismos, influencers— para llenar el vacío simbólico.
En el plano neurológico, los rituales moldean la mente a través de la neuroplasticidad: al repetirse, generan orden y reducen la ansiedad. Los rituales cotidianos o de crisis (como encender una vela ante el dolor) activan circuitos de afrontamiento y cohesión emocional. Sin embargo, los “tecno-rituales” —como revisar compulsivamente el móvil— son formas degradadas de ritualidad: aportan estructura sin significado, aumentando la sensación de vacío existencial.
El texto enfatiza que el verdadero poder del ritual reside en su capacidad de integrar la Sombra. La individuación —proceso de unificación del yo y el inconsciente— requiere confrontar lo reprimido y convertirlo en conciencia. Así, rituales de purificación, arte simbólico o performances colectivas (como “Un violador en tu camino” o el movimiento #MeToo) se convierten en espacios catárticos donde la sombra personal y social se hace visible. Estos actos son tanto terapéuticos como políticos: canalizan el trauma y denuncian la violencia estructural.
El autor critica la crisis de ritualidad en la posmodernidad. La hiperconexión y el consumo han vaciado de sentido las prácticas tradicionales, sustituyéndolas por rituales líquidos y efímeros (gimnasios, unboxings, neochamanismos comerciales). Estos no transforman la conciencia, solo alivian momentáneamente el vacío. Jung advertía que cuando los rituales auténticos mueren, emergen formas demoníacas de colectividad: nacionalismos, sectas, algoritmos adictivos.
El texto también analiza los dilemas éticos de la ritualidad. Algunas tradiciones perpetúan violencia —sacrificios humanos, ablación, tauromaquia— y deben ser cuestionadas desde una ética del respeto a la vida. Como plantea Appiah, “las tradiciones que no soportan la crítica merecen perecer”. Frente a ello, surgen nuevas formas de ritualidad emancipadora: ceremonias feministas, ritos afrodiaspóricos o memoriales digitales para víctimas.
La muerte, señala el texto, es el territorio donde la ritualidad revela su sentido más profundo: ordenar el duelo, reconectar comunidad y trascendencia, y reconciliar vida y finitud. Hoy, la medicalización y mercantilización del duelo han vaciado este espacio sagrado.
Finalmente, se proponen rituales con sentido: actos intencionados, repetidos conscientemente, que integren opuestos, sanen heridas colectivas y promuevan comunidad. La ritualidad puede ser emancipadora o manipuladora, dependiendo de su propósito y de quién detente el poder simbólico (Foucault). Recuperarla como vía de individuación y acto político implica transformar los rituales vacíos del consumo o la red en espacios de conciencia, conexión y justicia simbólica.
La pregunta final interpela al lector: ¿para qué y para quién ritualizamos? ¿Liberamos o perpetuamos nuestras sombras?
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Mikel García García[i]
[i] Médico y cirujano (Universidad Navarra, 1975). Psicólogo (Universidad San Sebastián, 1982). Psicoanalista junguiano. Formación experiencial y teórica en: Psicoanálisis, Terapia Sistémica Familiar, Psicoanálisis Reihiano (vegetoterapia), Psicología Analítica Junguiana, Psicoterapia Transpersonal. Experiencia de Muerte Cercana a los 33 años. Máster en “Astronomía y astrofísica” VIU (Universidad Valencia, 2014). Doctor Internacional en «Estudios Internacionales en Paz, Conflictos y Desarrollo», Universitat Jaume I (UJI Castellón, 2020). Máster en Fotografía Artística y Narrativa Visual (Universidad Internacional de la Rioja, 2022). Máster en Inteligencia Artificial (BIG SCHOOL, Madrid 2024) y Máster en Inteligencia Artificial (Universidad Isabel I, Madrid 2025).
Colaborador con ONG médicas de intervención internacional, y en programas de formación a personal sanitario de atención Primaria; SIDA; maltrato infantil; muerte digna y a docentes. Especializado en maltrato infantil, trauma, duelo, tanatología, acompañamiento al muriente, integración de sistemas, estados de trance y místicos. Terapeuta de “Grupos de Duelo Online Ventana a ventana” desde confinamiento COVID-19. Psiconauta, antropólogo investigador del alma en la clínica médica y psicoterapéutica y trabajos de campo antropológicos cualitativos y cuantitativos, con énfasis en la Acción Participativa, docencia y divulgación psicopolítica de los hallazgos. Promotor de acciones participativas para el despertar del desierto interior y para la transformación social. Didacta de la Sociedad Internacional Para el Desarrollo del Psicoanálisis Junguiano (SIDPaJ). Fotógrafo. Buceador. Alquimista. Hilozoísta. Hijo de Hermes. Creador herido. https://bit.ly/mikelcurriculum iratxomik@gmail.com
El texto “¿Estamos al final de una era civilizatoria? Reflexiones anti estupidocracia” analiza el auge de los neofascismos contemporáneos como síntoma de una profunda crisis civilizatoria. Estos movimientos reproducen rasgos del fascismo histórico —nacionalismo extremo, xenofobia, autoritarismo, intolerancia a la disidencia— y se nutren de nuevas formas de manipulación a través de la tecnología, la propaganda y la desinformación digital. En este contexto, el autor recupera el concepto de “estupidez” de Dietrich Bonhoeffer, no como falta de inteligencia, sino como una condición ética y social inducida por el poder: bajo la presión de la propaganda, las personas pierden su capacidad de juicio y se vuelven impermeables a la razón.
Esta “estupidocracia” describe un sistema en el que la ignorancia es funcional al poder. Los neofascismos prosperan cuando las masas, anestesiadas por la simplificación mediática y las emociones primarias, renuncian al pensamiento crítico. El autor vincula este fenómeno con estrategias populistas globales como el “Make America Great Again”, que explotan el miedo, la nostalgia y la polarización para obtener obediencia.
La inteligencia artificial (IA) amplifica estos mecanismos. Los algoritmos, bots y deepfakes pueden difundir mensajes extremistas o falsos a gran escala, erosionando la confianza pública y fragmentando el tejido social. Además, la IA puede ser utilizada para la vigilancia masiva, el control político y la manipulación electoral, reproduciendo lógicas de dominación similares a las del totalitarismo clásico, pero con medios tecnológicos más sofisticados. En este sentido, el autor compara su función con la antigua religión como instrumento de poder: una fe ciega en la “verdad” algorítmica que reemplaza la razón y legitima el control.
El texto identifica también una crisis del Estado de derecho y de la justicia, manifestada en fenómenos como el autoperdón, los indultos preventivos o la inviolabilidad de ciertas figuras políticas y monárquicas. Estas prácticas generan impunidad estructural, socavando la democracia y fomentando un clima propicio para el autoritarismo.
La figura de Donald Trump ejemplifica la mentalidad de escasez y manipulación moral de la política contemporánea. Su enfoque transaccional en el conflicto de Ucrania —reducido a un intercambio económico basado en recursos y “agradecimiento”— ilustra una ética pragmática carente de responsabilidad moral. El autor interpreta esta postura a través de la dialéctica hegeliana del amo y el esclavo: el “amo” busca reconocimiento mediante la coerción y el miedo, mientras el “esclavo”, forzado a aceptar una paz humillante, queda atrapado en la dependencia. Este modelo revela cómo las relaciones internacionales reproducen estructuras de dominación económica y simbólica.
Desde la psicología junguiana, el texto introduce la idea de la sombra colectiva, es decir, los aspectos reprimidos de una cultura que emergen como violencia, intolerancia o negación de la justicia. Cuando una sociedad evita confrontar sus sombras —la corrupción, la impunidad, la codicia—, éstas se proyectan en “enemigos externos” y alimentan dinámicas autoritarias.
El autor concluye que la combinación de impunidad institucional, manipulación tecnológica, moralismo religioso y negación de la sombra colectiva anuncia el fin de la era liberal y democrática moderna. Surge así una nueva forma de esclavitud simbólica, donde las cadenas son el miedo, la desinformación y la sumisión voluntaria.
Frente a la “estupidocracia”, propone una renovación ética y consciente, basada en la justicia, la rendición de cuentas y la integración de las sombras colectivas, antes de que estas terminen por dominar completamente el destino de la humanidad.